viernes, 20 de enero de 2017

LA QUEMA DEL SABER




En una sociedad ficticia un bombero se dedica, por orden del gobierno, a la quema de libros. Esa es la base argumental de una magnífica novela, que fue llevada al cine con notable éxito y que se llama Fahrenheit 451.
La cifra de ese título hace alusión a la temperatura, en grados de esa escala, a la que arde el papel.
La inclinación de todos los regímenes totalitarios a quemar las fuentes del saber es tan antigua como la misma Humanidad, por eso no sorprende nada que desde que entramos en la historia, que es precisamente el momento en que se empiezan a recoger por escrito los acontecimientos que se van sucediendo, hayan sido muchas las veces que los gobernantes, o simplemente, los poderosos, hayan querido anular todo vestigio de aquello que no les convenía; y eso se ha hecho precisamente quemando libros, es más, quemando incluso bibliotecas enteras.
La primera noticia de la quema de una biblioteca se remonta a los últimos años del siglo segundo antes de nuestra era. Reinaba en China la dinastía Ts’in, cuyo primer emperador, Shi-Hoang-Ti, había sido el unificador del país, un hecho muy meritorio, pero que empañó, también de manera notable, cuando mando quemar todas las obras clásicas de las escuelas del pensamiento chino, excepto la que reflejaba su manera de ser y pensar o que elogiara a su dinastía. Una forma de imponer el pensamiento único, pero llevado mucho más allá, porque también ordenó que más de cuatrocientos cincuenta intelectuales, no afectos a su pensamiento, fueran enterrados vivos.
Pero habiendo sido una tragedia, la pérdida del pensamiento chino, mucho más desolador fueron los diferentes incendios por los que pasó la biblioteca más famosa de la antigüedad, la de Alejandría.
Esta ciudad, situada en el actual Egipto, fue fundada por Alejandro Magno en el delta del río Nilo. Su diseño y construcción fue encomendada a un arquitecto griego que dibujó una ciudad de perfectas cuadrículas, como un damero, cuyas calles seguían la dirección del mar y la entrada de los vientos, lo que le permitía ser una ciudad relativamente fresca, aun cuando su clima es tórrido.

Plano de la antigua Alejandría

Pronto se convirtió en una gran ciudad a la que, los Ptolomeos, dinastía reinante en Egipto desde el reparto del imperio a la muerte del conquistador, prestaron gran atención, construyendo magníficos edificios: palacio, teatro, gimnasio, puertos y entre ellos, el famoso faro, una de las siete maravillas de la antigüedad; pero sobre todo destacó la Biblioteca, la más amplia y famosa del mundo conocido.
En realidad, la Biblioteca de Alejandría, eran dos piezas: el Museo, dedicado a las musas, de ahí su nombre y la Biblioteca, en donde a partir de su construcción, se empiezan a almacenar documentos procedentes de todas partes del mundo.
A aquella biblioteca van a parar todos los volúmenes procedentes de la destruida Cartago y se va incrementando cada día gracias a su primer encargado, Demetrio Falero, un ateniense destacado en su tiempo, pero cuya figura ha pasado muy desapercibida. Falero fue discípulo de Aristóteles y destacó como poeta, escritor, orador, político y llegó a ser el líder de Atenas durante diez años.
Hay que considerar que el concepto que hoy manejamos en relación a la palabra libro, o volumen, no se corresponde con la época a la que nos referimos, pues entonces no se encuadernaba, se escribía sobre tablillas, arcilla, papiro, tela, pergamino y cualquier otro material capaz de soportar la escritura, por eso no es de extrañar que en la biblioteca llegasen a reunir casi un millón de, llamémosles, documentos.
Todas las bibliotecas representan un gravísimo peligro de incendio, ya que el material que contienen suele ser muy inflamable, pero aquella lo era doblemente, pues el papiro, la tela o las tablillas son mejor combustible que el papel.
Pero además, parece que una especie de maldición cayó sobre aquel centro del conocimiento y no fue una vez, como se suele creer, las veces que ardió, sino varias.
Y no todas fueron intencionadas, con el afán destructivo de quemar el saber, no.

Grabado del incendio de Alejandría

Aunque siempre se pensó que Julio César la mandó quemar, parece que en realidad fue consecuencia de un accidente. Un accidente que provocó, en el año 47 antes de nuestra era, el incendio, esta vez sí intencionado, de la flota de César, amarrada al puerto de Alejandría, que una vez incendiada fue lanzada contra la de su enemigo, Potino.
Parece ser que la configuración cuadricular de la ciudad y la entrada por sus calles del viento procedente del puerto, extendieron el incendio de las naves hasta las primeras casas y desde ahí pasó a unos almacenes que la Biblioteca tenía en el propio puerto, en donde ardieron unos cuarenta mil ejemplares.
Por tanto, no habría sido responsabilidad de César, como se le ha atribuido, el incendio de la Biblioteca y quizás ésta, en cuanto a edificio, ni siquiera fue alcanzada por las llamas.
La cantidad de material perdido no es mucho, comparado con el total y además, se siguió incrementando gracias a una curiosidad digna de resaltar. Cualquier barco que arribara al puerto era registrado y requisados todos los libros que tuviera a bordo, los cuales eran estudiados y en caso de interés, copiados para la Biblioteca y devueltos a sus propietarios.
Desde los siglos II al IV, de esta era, padeció la llamada Guerra Bucólica, el caprichoso saqueo de Caracalla y, sobre todo, la conquista de la ciudad por Zenobia, la reina de Palmira, aunque todavía hubo mucho más daño en la reconquista de la ciudad, por parte del emperador Diocleciano, el cual arrasó a conciencia la zona conocida como el “Bruchión”, en donde se encontraban el Museo y la Biblioteca.
En este caso sí que hubo intencionalidad y además doble, pues aparte de querer destruir toda la historia de Egipto, en especial desde la llegada de los Ptolomeos, Diocleciano tuvo mucho empeño en destruir todos los libros de magia, alquimia y otras ciencias con las que, supuestamente, los egipcios pudieran hacerse ricos, levantar un ejército y presentar nuevamente cara a Roma.
Por si de todo aquel desastre hubiera quedado algún resto aprovechable, entre los años 320 y 1303, Alejandría fue sacudida por veintitrés terremotos, el más intenso de todos el de 21 de agosto de 365, el cual acarreó más de cincuenta mil muertes y hundió bajo el mar más de la quinta parte de la ciudad, incluyendo la zona del Bruchión, donde estaba la Biblioteca.
Pero la capacidad de regeneración de la cultura, no tiene límites y el germen de una sociedad avanzada, con pensamiento propio y afán de superación, siguió presente en aquella ciudad que, de alguna manera parecía maldita y lo sería aún más cuando en 391, el patriarca Teófilo destruyó el Serapeum, monumental templo dedicado a la diosa Serapis, para construir un templo cristiano, creando un clima anticatólico que culmina con el asesinato de Hipatia, una de las mentes más preclaras de su tiempo, en 412.
Este luctuoso suceso, otra forma de quemar el saber, marcó el fin de las enseñanzas neoplatónicas: filosofía, astronomía, astrología alquimia, física, música, matemáticas…
En los últimos años, se viene hablando mucho de una biblioteca extraordinaria, que no fue pasto de las llamas, sino que fue ocultada por su propietario, para preservarla de sus enemigos.
Se trata de la misteriosa biblioteca de Iván IV de Rusia, apodado El Terrible, por la extrema crueldad que demostró a lo largo de su reinado.
Era nieto de Iván III, apodado El Grande, que se casó con la sobrina de Constantino XI, último emperador de Bizancio, Sofía Peleóloga y recibió en dote una parte muy importante de la biblioteca de Constantinopla, seguramente porque su tío temiera que pudiese caer en manos inadecuadas. Esta biblioteca de Constantinopla era una de las más importantes de su época y hay quien dice que se había formado con fondos rescatados de la de Alejandría, cosa que es muy probable  porque cuando Teodosio divide el imperio romano en dos, Egipto queda bajo la égida de Bizancio.
Se dice que más de ochocientos volúmenes viajaron a Moscú con la princesa y a los que había que añadir, además de su valor documental y pedagógico, que tenían joyas incrustadas, tapas de oro y muchas otras filigranas orfebres. Esto debía ser verdad, porque cuando los otomanos tomaron Bizancio, arrasaron con la biblioteca, extrajeron todas las joyas que adornaban los libros y quemaron el resto.
El fin de aquella magnífica biblioteca es un misterio y según la leyenda, el zar Terrible quiso preservarla y la escondió en la inextricable red de túneles que horadan la tierra bajo el palacio del Kremlin.
Unas pocas personas conocían la ubicación de aquella joya y todos fueron asesinados hasta que solamente Iván conocía el destino de sus libros. Pero el zar muere inesperadamente cuando jugaba una partida de ajedrez y se llevó con él su secreto.
Durante años, siglos, tal vez, se ha buscado en los túneles de Moscú. Primero ilegalmente, contra la decisión de los zares y luego con la llegada del bolcheviquismo, con la autorización de Stalin, pero nunca se ha encontrado ni rastro.
Ahora se piensa hacer prospecciones, vía satélite, usando scanners y otros adelantos geodésicos de última generación.
Lo cierto es que todo el saber acumulado en la antigüedad y de alguna manera, reunido en aquella magnífica biblioteca, se ha perdido, quizás para siempre y teniendo en cuenta que los ochocientos volúmenes que marcharon a Rusia, serían mucho más del doble de todos los volúmenes que hoy se conocen sobre las culturas mesopotámicas, egipcias y griegas, su hallazgo supondría un avance del conocimiento difícil de valorar.

 De lo que se perdió en la Biblioteca de Alejandría se trata en el siguiente artículo.

viernes, 13 de enero de 2017

"FURIOSO"




Hace ya unas semanas que venía preparando un artículo sobre un personaje de la historia, un italiano, casi completamente desconocido, que jugó un papel importante en la independencia de los Estados Unidos. Posteriormente, el periódico La Razón, publicó un artículo sobre ese mismo personaje lo que me hizo plantearme que ya no debería escribir aquella historia; pero repasando los datos que había acumulado, comprendí que podría darle un tinte diferente y eso me animó a seguir con mi idea.
Entre los años 1774 y 1776, el Boletín Oficial de Virginia publicó varios artículos que iban dirigidos contra el dominio británico en las colonias de América.
Aquellos artículos estaban firmados con un pseudónimo: “Furioso”, una especie de “indignado” de hace más de dos siglos.
Muy pocas personas sabían quien era aquel personaje que se escondía tras un nombre tan llamativo como agresivo, pero entre ese escaso círculo se encontraba Thomas Jefferson, el redactor e inspirador de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos y considerado uno de los padres fundadores de la nación, una lista ciertamente larga, pero en la que Jefferson ocupaba un lugar preeminente.
Años más tarde, Jefferson, fue elegido tercer presidente de los Estados Unidos y durante su mandato se gestó la guerra contra Gran Bretaña de 1812, aprovechando, hábilmente, que el Reino Unido tenía que hacer un gran esfuerzo para detener a Napoleón, que se estaba adueñando de toda Europa.
Jefferson sabía quien se escondía tras aquel pseudónimo, es más, era un buen amigo suyo y él mismo, traducía al inglés los artículos, inicialmente escritos en italiano y en los que se decían cosas como que todos los hombres eran, por naturaleza, igualmente libres e independientes.

Oleo de la Declaración de Independencia, con Jefferson en el centro

Aquel pensamiento se plasmó en el Acta de Declaración de Independencia que se firmó en Filadelfia el cuatro de julio de 1776 y que dice: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad…”
Jefferson, John Adams o Benjamin Franklin, considerados los padres de aquella Declaración, no tuvieron inconveniente alguno en suscribir el pensamiento de un italiano.
Es de todos conocido que América debe, a personajes italianos, desde su descubrimiento, hasta su propio nombre, pero que en la redacción del Acta fundacional de los Estados Unidos, hubiera influido otro italiano que, además, resulta totalmente desconocido, ya es más extraño.
¿Quién era este personaje y qué hacía en Virginia?
Hay que ahondar un poco en la historia y en archivos para conocer que se llamaba Filippo Mazzei y que había nacido el veinticinco de diciembre de 1730 en La Toscana, hijo de un matrimonio de terratenientes acomodados, lo que le permitió una exquisita educación que completó con estudios de medicina en Florencia.
Acabada la carrera, trabajó como médico en diversas ciudades italianas, trasladándose después a Turquía, donde ejerció en Esmirna y Constantinopla.
Quizás desencantado de la medicina que, en aquella época, bien poco conseguía en su lucha contra las enfermedades, con menos de treinta años, se trasladó a Inglaterra, con la intención de introducir en aquel país los productos que su familia producía en Toscana: vino, quesos, aceite de oliva.
Seguramente apadrinado por el VIII Gran Duque de Toscana, Francisco de Lorena, llegó a crear una sociedad exportadora que muy pronto amplió sus horizontes con toda clase de productos innovadores que por el mundo se iban inventando. En esa actividad, se desplazó a los Colonias americanas con el fin de investigar sobre unas estufas, invención del sabio americano Benjamín Franklin, que estaban causando revuelo.
Eran las actualmente conocidas como “Estufas Salamandra”, el primer sistema moderno de calefacción que aprovecha el calor muchísimo más que el hogar, o chimenea tradicional.
En las Colonias, Mazzei compró diez estufas que trasladó a Inglaterra y en donde fueron un éxito rotundo por lo económicas que resultaban, a la vez que proporcionaban un enorme confort en los hogares.
Pero aquel viaje a las tierras americanas tuvo otra consecuencia añadida, además de iniciar la importación de las estufas y es que le permitió conocer, no solamente a Franklin, un científico e inventor de talla mundial, sino a muchos otros personajes importantes del momento como Adams o Jefferson, los cuales, apreciando el talento del joven italiano, así como las enormes inquietudes que poseía, le convencieron para crear una nueva empresa, esta vez colonial, para fomentar la vid, el olivo, la fruta mediterránea, la producción de quesos y, sobre todo, la introducción del gusano de seda, que en Europa estaba haciendo furor.
Quien desee profundizar sobre la cría del gusano de seda, puede consultar mi artículo sobre el tema en este enlace:
Fue Jefferson quien convenció a Mazzei para que comprara unos terrenos adyacentes a la finca de su propiedad, que se llamaba Monticello. Nació así una amistad que perduró más de cuarenta años.
Puso a su nueva finca el nombre de “Colle” –La Colina- y en ella vivió con su familia y algunos amigos italianos, a los que se trajo para que colaboraran en las tareas de implantación de los nuevos productos. Entre estos se encontraba su paisano Carlo Bellini, hombre de ideas liberales que tuvo que exilarse de La Toscana, viviendo en París y Londres, donde ambos se conocieron.
Otra de las innovaciones que Mazzei introdujo en las Américas, fue la figura del sastre, tal como ya se conocía en Londres, donde la profesión gozaba de un gran predicamento, aunque todavía eran más las mujeres que los hombres, las que se dedicaban a la labor.
No dudó Mazzei en intervenir con las armas, frente a las tropas británicas que trataban de sofocar la revolución de las colonias, aunque hacia 1778, su amigo Jefferson y los otros padres de la patria, decidieron que Filippo sería mucho más útil como “embajador” del nuevo estado de Virginia ante Europa, a donde fue enviado con el fin de conseguir financiación para la guerra, que se preveía larga y costosa.
Tras muchas vicisitudes, entre las que fue secuestrado en alta mar por piratas, Filippo consiguió llegar hasta Irlanda, desde donde escapó a Francia y posteriormente llegó a La Toscana, en donde solicitó la ayuda del Gran Duque para comprar bienes y armas, a la vez que daba a conocer la situación en el nuevo continente.
En 1783, Mazzei volvió a Virginia, en donde permaneció dos años, regresando a Europa para no volver. Pero dejó allí a su familia y en 1788 falleció su esposa, Mary Marti, que fue enterrada en el camposanto de la finca de Jefferson.
Desde Italia, siguió trabajando para la causa americana y ya contrataba arquitectos para construir edificios en la nueva capital de los Estados, Washington, como enviaba artesanos especializados en materias que en el nuevo país interesaban.
En 1788 hizo su gran contribución a la causa americana publicando un tratado sobre la historia y la política en los Estados Unidos de América del Norte, en el que describe concienzudamente desde el germen de la revolución, hasta la independencia de las primeras trece colonias y el desarrollo del gobierno de lo que empezaba a ser una nación.
Aquel libro, de cuatro tomos, se hizo muy popular en Europa y muchos dignatarios quisieron conocer a su autor, entre ellos el rey Estanislao de Polonia, país en el que estuvo algún tiempo como amigo y consejero del rey, ayudando a redactar su constitución.
En 1792 regresó a Pisa y se casó nuevamente, llegando con más de sesenta años a tener una hija, Elizabetta. En la bella ciudad italiana, Filipp olvidó su vida pasada y adoptó una forma de pasar el tiempo, más acorde con su ya avanzada edad. En aquel tiempo se dedicaba a cultivar su huerto, siendo conocido desde entonces como “Pippo el Hortelano”.
Murió en 1816, sin que volviera a sus queridas colonias americanas, cuando contaba ochenta y seis años.
Varios presidentes norteamericanos han señalado y recordado la contribución de Mazzei a la formación de los Estados Unidos, entre ellos Franklin Delano Roosevelt y más recientemente John F. Kennedy, en su libro Una nación de inmigrantes.
Quizás, de la lectura de este artículo, se pueda pensar que el tema no es de excepción; que la contribución de aquel italiano, a la carta fundacional de los Estados Unidos, no es cosa de importancia y que esa carta contiene muchísimas otras declaraciones que empañan las aportadas por Mazzei. Es cierto, pero hay que pensar en el lugar y en el momento y ahí es cuando se produce la tremenda novedad: una persona que habla de que un pueblo tiene derecho a la libertad, porque todos hemos nacidos iguales, pero es que además, todos tenemos derecho a ser felices, lo que entraña no insignificante reto.

Creo no haber seguido la línea del periódico que arriba mencionaba, nada más que en los hechos trascendentales y contrastados y haber introducido vértices nuevos en la apasionante vida de este librepensador, norteamericano de adopción, pero italiano de nacimiento.

viernes, 6 de enero de 2017

LA INCÓGNITA GULLIVER




Casi todos los jóvenes de mi edad, que hacíamos aquel bachillerato largo, monótono, con dos reválidas y unos libros de texto que no tenían ni un solo dibujo, estábamos obligados a estudiar si queríamos pasar de curso. Había que aprenderse desde la primera página hasta la última de cada texto y demostrar que lo sabías en un día de verdadera maratón, en el que nos examinaban, por escrito, de todas las asignaturas del curso.
Ya lo he comentado en otras ocasiones y siempre he mantenido que ni para mi, ni para mis compañeros, supuso un trauma esta manera de estudiar. Teníamos clases mañana y tarde de lunes a sábado y algunos años después, empezamos a librar los sábados por la tarde.
Y nos daba tiempo a todo, incluso a jugar y leer, porque ambas cosas eran una distracción.
Cierto que en la escuela nos obligaban a leer y resumir algunos libros, casi siempre calificados de “peñazos”, pero nos tomábamos la revancha leyendo a Mark Twain, Julio Verne, Emilio Salgari, Walter Scott, Jonathan Swift…
Precisamente de este último es de quien quería escribir; de su obra más conocida, aquella que leímos como si de un cuento se tratara y que nos apasionó sobremanera: Viajes de Gulliver.

Portada de la primera edición de los Viajes de Gulliver

Reconozco que me gustaron más los dos primeros viajes, en los que Gulliver llega a Liliput, la tierra de los pequeñitos y de inmediato se convierte en un héroe y luego a la tierra de gigantes en la que el pequeñito es él. No me arrastraron tanto los otros dos viajes, aunque en el tercero suceden cosas tan extrañas como las que se relatan más adelante.
Aun así, todo el libro, aquella apasionante novela, me cautivó y la leí con avidez y con el mismo afán la volví a leer, tiempo después.
Pero siempre leí un libro de aventuras; nunca me planteé que detrás de todas aquellos formidables y fantásticos acontecimientos, se encerrara algo más que un libro de entretenimiento.
Han tenido que pasar años para comprender que, más allá de la diversión que suponía la lectura de tan fascinante novela, el autor quería decir algo sobre la sociedad de su época.
Jonathan Swift nació en Dublín en 1667, cuando su padre ya había fallecido, por lo que fue criado y educado por un tío y en la más absoluta pobreza. Pero destacaba en los estudios y adquirió una educación superior a la media de su época, lo que le permitió, siendo muy joven, entrar de secretario en una importante familia, uno de cuyos miembros era un político inglés.
Viendo que carecía de futuro en aquella profesión, la abandonó para entrar en la iglesia, en donde se ordenó sacerdote.
Durante toda su vida fue un amante de la escritura y tanto en prosa como en verso, escribió varias obras, una de las cuales “Cadenus y Vanessa”, presentan una singularidad que es necesario resaltar. “Cadenus” es “decanus”, el puesto que él tenía en la catedral de San Patricio, en Dublín, en otro orden de sílabas y “Vanessa” es un nombre de mujer que él inventó con las primeras sílabas del nombre y apellidos de una dama a la que, secretamente, amaba. Antes de la publicación de esta obra, no se tiene noticias de la existencia del nombre de “Vanessa”, por lo que se considera una invención suya.

Retrato de Jonathan Swift

Su obra cumbre, fue, sin duda, Viajes de Gulliver, que según los estudiosos, los críticos literarios, los hombres de letras, en general, suponen una visión satírica de los diferentes gobiernos de los países europeos, profundiza sobre la corrupción, a la vez que va describiendo las desgracias por las que pasa el personaje, cada una de ellas más dramática y perversa que la anterior. Por otro lado, la actitud de Gulliver ante la vida se va endureciendo conforme el destino no deja de depararle calamidades. A lo largo de la novela, el protagonista va relatando sus vicisitudes: primero es grande, luego pequeño, luego sabio en un país de ignorante y por último ignorante en un país de sabios.
Es ciertamente un coctel inquietante y sugestivo que impulsa a leer sin parar, aunque lo más curioso es que quien quiera ver en el libro una novela de aventuras marítimas, pues todas las controversias ocurren en viajes por mar, no tiene obstáculo alguno para hacerlo, pero el que quiera ver la faz crítica que los eruditos han advertido, es también muy libre de hacerlo.
Yo, sinceramente, pienso que la novela merece la pena leerla simplemente por lo divertida que resulta y que, además, se sacan conclusiones interesantes, acerca del comportamiento humano.
Por si esas razones fuesen poco, a largo de sus páginas aparece un relato tan sorprendente, que por sí mismo ya merece que tomemos en serio a Jonathan Swift y leerlo.
El padre Swift, además de su faceta crítica y aventurera, se revela en esta obra como un verdadero adivinador, una especie de Verne que anticipa en su libro datos que es imposible que pudiera conocer.
Todo comienza cuando en el tercer viaje, unos piratas lo abandonan en un pequeño bote y pocas provisiones. Con alguna dificultad se dirige a unas islas que ve a lo lejos. Recorre un pequeño archipiélago y cuando se encuentra en la quinta isla, observa que a unas dos millas de altura se desplaza un gran objeto que se interpone entre el Sol y él.
Lo describe como un enorme cuerpo opaco que lo dejó en sombra durante seis o siete minutos y que tenía el fondo plano, liso y muy brillante, en el que se reverberaba el mar. Entonces el protagonista se sube a una colina y ve como el objeto, aquella especie de isla flotante comienza a bajar y se coloca a su altura y a una milla de distancia. Sacando su catalejo, observó que encima de aquel objeto había personas moviéndose.
Después de intentar comunicarse con aquellos seres que pululaban por el extraño objeto, de éste descendió una cadena con un asiento en el que lo izaron hasta la isla flotante.
A continuación describe las extrañas costumbres de aquellas gentes que tienen unos sirvientes que los van despabilando constantemente, porque sus cerebros tienden a ensimismarse. En los capítulos siguientes describe la angustia de aquellas gentes que temen constantemente que el Sol se extinga o que la Tierra choque con algún cometa y luego describe la “isla flotante” que se llama Lupata y que depende de un “imán de prodigiosa magnitud” gracias al cual “la isla se remonta, desciende o se mueve a voluntad” y que está a cargo de ciertos astrónomos que le imprimen la dirección que el monarca de la isla desea.
“Estos astrónomos están muy avanzados y con unos telescopios pequeños, pero de una gran potencia, han realizado un catálogo de diez mil estrellas y han descubierto “dos astros menores, o satélites que giran en torno a Marte”, el primero de los cuales está a una distancia de tres diámetros del planeta y el segundo a cinco diámetros.
El fantástico Gulliver describe las órbitas de ambos satélites y concluye que está regido por la misma ley gravitacional que los demás astros.
¿Cómo es posible que antes de 1727, cuando se publicó el libro, Jonathan Swift supiera que Marte tenía dos satélites y que eran de pequeño tamaño, cuando estos no se descubrieron hasta 1877?
Efectivamente, el dieciocho de agosto de 1877, el astrónomo estadounidense Asaph Hall, descubrió dos pequeños satélites girando alrededor del planeta rojo, a los que llamó Fobos (miedo) y Deimos (terror), nombres de los dos hijos del dios Marte, que siempre le acompañaban.
¿Premonición?, ¿profecía?, ¿casualidad? ó simplemente conocimiento. No se sabe, lo cierto es que ciento cincuenta años antes de su descubrimiento, este genial escritor nos adelantó datos que con el tiempo se demuestran totalmente ciertos.
Y lo que es mas sorprendente, si cabe, es que al hablar de las órbitas dice que una está a tres diámetros y la otra a cinco; la moderna astronomía ha demostrado que el menor de los satélites, Fobos, se encuentra actualmente algo más cerca de los tres diámetros, pero también se ha comprobado que su órbita se va cerrando y acercando a Marte, sobre en el que terminará cayendo, mientras el segundo, Deimos, se encuentra actualmente a algo más de la distancia que el autor relataba, pero también se ha comprobado que su órbita se va alejando del planeta y que terminará escapando de su atracción.
Todo esto en una novela fácil de leer y sumamente entretenida, de unas doscientas cincuenta páginas, a través de las cuales el autor no va a dejar de sorprendernos con aventuras cada vez más desafortunadas que deberían haber llevado a Gulliver al extremo de la cordura.
No sorprende, por eso mismo, saber que Jonathan Swift acabó sus días completamente loco, sin ser capaz de relacionarse con nada de su entorno y llevándose su secreto.

Toda la fortuna que dejó, que fue considerable, se dedicó a la construcción de un hospital psiquiátrico.