viernes, 3 de marzo de 2017

EL COLÓN CHINO




Decía en el artículo anterior que la gloria de un descubrimiento no es solamente la de llegar primero, sino volver para contarlo. Darlo a conocer a los cuatro vientos y volver con más medios y más ganas: “no hay que llegar primero, pero hay que saber llegar”, decía la letra de El Rey.
Hoy se sabe positivamente y ha sido objeto de artículos anteriores, que Cristóbal Colón no fue el primero en llegar a América, pero nadie duda de que “supo llegar” y también volver y puso su descubrimiento a disposición de la humanidad.
Si desde Europa ya es meritorio navegar el Atlántico hacia el oeste para recorrer miles de leguas hasta llegar a las costas americanas, hacerlo en el Pacífico, cuya distancia desde cualquier punto es muchísimo mayor, tiene un mérito añadido.
Actualmente empezamos a conocer cosas del continente asiático, concretamente de China, que habían estado vedadas a todo el mundo como consecuencia de la fuerte presión ejercida por el confucianismo, doctrina del filósofo y pensador Kong Zi, al que también se le conocía como Kong Fu Tse y que fue el nombre de dio lugar a la traducción que muchos siglos después, los jesuitas misioneros en Asia, interpretaron por Confucio. Su doctrina que data del siglo quinto antes de nuestra era, ha perdurado en China hasta nuestros días.
Esa doctrina férrea impidió a China abrirse al exterior. Si alguien quería saber algo sobre ellos, habría de ir allí y ya serían los chinos los encargados de mostrarle o no sus secretos, según fuera de meritorio el visitante.
Pero durante un largo periodo de la historia, entre los siglos XIV y XVII, el poder fue ostentado por la dinastía Ming, la cual llevó a China a su mayor esplendor y no solamente eso, abrió sus fronteras y estableció innumerables relaciones comerciales y políticas con todos los países de su entorno. Las doctrinas de Confucio quedaron un poco arrinconadas, pero no desaparecieron del todo.
Fue en este período cuando surgió la figura de un  militar y navegante hasta entonces jamás igualado. Se trataba de Ma Ze, un chino de nacionalidad, pero no perteneciente a la raza china, sino a una etnia llamada Hui, cuya principal característica era que profesaban la religión islámica, pero usaban el chino como idioma habitual, de hecho, su nombre, Ma, es la adaptación al chino del nombre de Mahoma. Esta circunstancia fue determinante en su vida.
Ma Ze nació en la provincia de Yunnan, en el interior de China, haciendo frontera con Laos, Vietnam y Birmania.
Cuando la dinastía Ming se hizo con el poder tras el desmoronamiento de la dinastía Yuan fundada por Kublai Kan, las tropas de los nuevos gobernantes comenzaron la conquista de los territorios que permanecía fieles a la dinastía anterior, entre ellos, la provincia de Yunnan. Ma Ze fue cautivado, castrado y empleado como sirviente del príncipe Zhu Di, otra circunstancia trascendental en su vida, pues con los años, su amo, fue elevado a la categoría de emperador y gobernó durante veintiún años con el nombre de Yongle.
En la corte del príncipe recibió una exquisita educación y siguió la carrera militar, participando junto a su amo, en diferentes campañas guerreras que le acarrearon fama de buen militar y leal soldado. A pesar de ser un castrado, un eunuco, su apariencia era totalmente varonil y su voz grave y profunda, apta para dar órdenes.
Cuando en 1402 se produjo la rebelión de los eunucos, contra el emperador, Zhu Di los apoyó, consiguiendo destronarlo y colocándose él en su lugar. Por el apoyo prestado, los eunucos fueron restaurados en su condición de personas aspirantes a las máximas categorías sociales, que en el anterior mandato les estaba vedado.
El nuevo emperador, cambió el nombre del protagonista de esta historia que desde entonces se llamó Zhen He, nombre por el que ha sido conocido y reconocido. Ya con este nombre y como comandante del ejército chino, el castrado He, participó junto al emperador, en cuatro campañas militares contra los mongoles.
Pero la razón por la que Zhen He ha entrado en la historia es por haber comandado siete grandes expediciones navales por el Océano Índico, dentro de un plan pensado para abrir China al resto de países bañados por el océano Índico y sus mares interiores.
En 1403, el emperador Yongle, el gran protector de Zhen He, ordenó la construcción de más de trescientos buques, de los que casi doscientos tenían que estar adaptados para navegar por alta mar y en cuatro años se construyeron más de mil quinientas naves de todos los tipos, que fueron construidas o remodeladas en unos astilleros inmensos capaces de dar cabida a tan ingente trabajo y creados especialmente.
El principal motivo que inspiraba al emperador era el de abrir rutas comerciales marítimas, porque las rutas terrestres estaban bloqueadas por las hordas mongoles que se extendían desde el centro de China hasta parte de Europa. Pero no hay que obviar en él un cierto afán investigador de las culturas y conocimientos geográficos de sus países vecinos, así como la idea de abrir el abanico diplomático con otros países que complementara el que ya había comenzado por tierra, pues en ese momento China mantenía cordiales relaciones con países de Asia Menor y Oriente Medio.

Mapa de los viajes de Zhen He

Indudablemente la nueva dinastía gobernante, se abría al mundo y se distanciaba así de lo que, secularmente, había sido aquel inmenso país.
Con más de trescientos barcos, algunos de hasta nueve palos y casi treinta mil hombres, el eunuco He al mando de la expedición que se conoce como La Flota del Tesoro, se hizo a la mar en otoño de 1405, visitando Sumatra, Java, Ceilán, recalando por último en Calcuta, para volver a China dos años después y llevando a bordo a numerosos embajadores de los países visitados.
Desde ese momento se sucedieron otros siete viajes en los que seguramente tocó muchos puntos de la costa oriental africana y la isla de Madagascar, navegando por el Canal de Mozambique.
De por sí, esta dilatada aventura marítima hubiera encumbrado, como así fue, al navegante chino, pero recientemente el marino y escritor británico, criado en China, Gavin Menzies, publicó un libro titulado: 1421: El año que China descubrió el mundo, que inmediatamente levantó una fuerte polvareda.
Según este autor, los viajes de Zhen He no se limitaron a recorrer el Océano Índico, el Mar Rojo, o el de Arabia, sino que en sus incursiones llegó hasta las costas de América, cruzando el Océano Pacífico y así, adelantándose en más de setenta años al descubrimiento de Colón.
La teoría presentada por Menzies se basa fundamentalmente en la certeza de que la ingeniería naval china era, con diferencia, la más avanzada de su tiempo con elementos como el timón de rueda o los mamparos separadores, para impedir el hundimiento y por tanto capaz de realizar la proeza. Así mismo, la existencia de un mapa que es copia de otro que en 1418 habría manejado Zhen He y en el que se describe perfectamente toda Asia, África completa, parte de Europa y, sobre todo, América, vendría a demostrar que He, habría bordeado el cabo de Hornos, llegando incluso a las costas europeas.

Supuesta copia del mapa de 1418

Como es natural, tanto el libro de Menzies, como el supuesto mapa que está lleno de anotaciones al margen, como era costumbre, despertaron dudas sobre entre la comunidad académica historiadora, porque de ser auténtico, demostraría que el navegante chino navegó las dos costas de África y América, descubrió Australia, llegó a Europa y dibujó las costas del Mediterráneo.
Eso supondría haber descubierto América setenta y cuatro años antes que Colón y un siglo antes, haber hecho lo mismo con Australia o circundado la Tierra.
Curiosamente en las notas marginales se dicen cosas tan interesantes como que los nativos americanos tienen la piel de color rojizo y se adornan la cabeza con plumas, o que los aborígenes de Australia son negros y se adornan la nariz atravesándose un hueso.
Estos detalles asombraron a los investigadores, pero también se preguntaron cómo es que en el mapa no aparecían las Islas Británicas, o cómo la Península de California se representa como una isla, lo que había sido un error europeo, muy repetido hasta que se demostró que estaba unida al continente.
Eso hacía suponer que el mapa no era de la fecha que se indicaba, 1421, sino muy posterior, como indicaban la multitud de datos sobre las costas americanas del Atlántico, que en aquella época no podían ser conocidos.
Por otro lado, la teoría del escritor británico se basa en el hallazgo de una escultura china, de la dinastía Ming, hallada en Kenia, o diversos ejemplares de porcelanas chinas encontrados en Perú y California.
Pero esos detalles, aun cuando significativos, no soportan por si solos el peso de la teoría mantenida por Menzies.

Hubiese llegado a América o no, a este gran navegante se le conoce como “El Colón Chino”.

viernes, 24 de febrero de 2017

¿QUIEN DESCUBRIÓ AUSTRALIA?




Si hacemos caso de lo que dicen los libros de historia, Australia fue descubierta y cartografiada por primera vez por el británico James Cook, en el año 1770.
Efectivamente, a bordo del buque de la marina británica Endeavor, recorrió la costa dibujando sus perfiles y desembarcó el día veintinueve de abril en un lugar que bautizó como “Botany Bay”, una ensenada amplia que se encuentra al sur de la actual Sidney y en la que hallaron tal cantidad de plantas diferentes y tan frondosas, que dio lugar a su nombre.
Cook sabía ya la inmensidad de aquella tierra a la que puso por nombre Nueva Gales del Sur.
Sin embargo, con ese nombre no la conoce nadie en la actualidad y sí que se le llama Australia, pero antes de seguir hagamos un poco de historia.
Al contrario de lo que se cree, Australia fue poblada unos treinta mil años antes que Europa y sus primeros habitantes, hombres como nosotros, llegaron hasta allí andando.
Lo que actualmente sería una misión imposible, en aquellos momentos era tarea fácil pues casi toda la plataforma continental del océano Índico había quedado al descubierto como consecuencia de las glaciaciones, de manera que de isla en isla, los primeros pobladores procedentes de Asia fueron avanzando hacia el sur, hasta asentarse en la actual Australia, después de haber ido poblando las islas infinitas del Pacífico. Si se observa detenidamente un mapa de Oceanía se aprecia el rosario de islas que parece dirigirse desde Malasia hasta Australia, tan cercanas unas de otras y con tan escasa profundidad que al retirarse el mar hizo posible el desplazamiento andando.

En rojo la posible ruta de las migraciones

Al acabar el periodo glacial, las aguas reclamaron sus propiedades y entre los océanos Indico y Pacífico, se crearon los innumerables archipiélagos, quedando grandes masas de tierra emergida, como Australia, Nueva Zelanda, Tasmania o Papua-Nueva Guinea, cuyo conjunto se conoce como Oceanía.
Así que, hace unos cincuenta mil años, la que luego se llamaría “Terra remota Australis” fue poblada por hombres como nosotros y por una razón fundamental que era huir del frío que se cebaba con toda la zona norte, en donde se encontraba gran parte de Asia y toda Europa.
Dada su lejanía de todas las partes del mundo conocido y habitado, aquella tierra cálida, permaneció completamente aislada, dando lugar a una raza especial, los aborígenes y sobre todo a una fauna y flora únicas en la Tierra.
Desde la más remota antigüedad se pensaba que en la parte más meridional del planeta debía existir un gran continente que “contrapesara” las masas de tierra conocidas. Una teoría aristotélica, pero sin fundamento que, al cabo de los siglos resultó ser realidad.
A finales del siglo XVII y durante el XVIII, holandeses, belgas, británicos y otros navegantes europeos, se aventuraron en los llamados Mares del Sur, descubriendo y cartografiando las costas de las grandes islas que se iban colonizando. Así se descubrió Tasmania, por el navegante Abel Tasman, que arribó a sus costas en1642 a bordo de un buque de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales.
Algo más de un siglo después, el capitán Cook dijo haber descubierto Nueva Zelanda y así ocurrió con otras grandes y pequeñas islas del Pacífico Sur, cuyos descubrimientos se adjudicaron los norte europeos.
Así continuaron las cosas y de ese modo se explicaba en los libros de historia, hasta que en 1982 Roger Hervè, conservador de la Biblioteca Nacional de París, publicó un estudio en el que aseguraba que Australia y Nueva Zelanda fueron descubiertas entre 1521 y 1528 por españoles y portugueses. Basaba su aseveración en la existencia dentro de la conocida Colección Dieppe, de unos mapas de aquel inmenso continente que se conservaban en la biblioteca y que estaban escritos en idioma español y datados en más de doscientos años antes de que Cook dijera haber descubierto la Nueva Gales del Sur. Este mapa, de mediados del siglo XVI había sido un regalo de Pierre Descelier, el famoso cartógrafo francés, al rey Enrique II de Francia y en él aparece Australia dibujada a la perfección y con numerosas banderas señalando puntos estratégicos de la costa, cabos, ensenadas y otros accidentes. Todas esas banderas eran españolas o portuguesas.
Es cierto que fue Gran Bretaña el primer país que mostró un interés en colonizar los dos “descubrimientos” de Cook y también el primero en cartografiarlo detalladamente, pero eso no quiere decir que fuera su descubridor.
Existe una poderosa razón para que Inglaterra se interesara de pronto en hacerse con aquellas tierras tan lejanas y es que estaban perdiendo sus colonias en Norteamérica y entre otras dificultades que se les venían encima, es que no sabían a donde llevar a sus presos, criminales, ladrones, desterrados, maleantes, prostitutas, golfos y borrachos, que hasta entonces iban a las Colonias Americanas. Australia quedaba lo suficientemente lejos como para desentenderse de ellos, abandonándolos un poco a su suerte. Precisamente en Botany Bay, donde arribó Cook por primera vez, se construyó la primera colonia penitenciaria.
El estudio publicado por Hervè se fundamenta en un hecho constatado y es en la expedición de García Jofre de Loaisa, el fraile manchego descubridor del Cabo de Hornos, que comandaba una flotilla compuesta por siete naves que iban a colonizar las Islas Molucas y en la que se habían alistados navegantes y mareadores de la talla de Elcano, del agustino Urdaneta, posiblemente nuestro mejor navegante, de Hoces o de Alonso de Solís.
En esta expedición navegaba una carabela, la San Lesmes, a cuyo mando iban precisamente estos dos últimos marinos señalados en el párrafo anterior, la cual se separó de la flota debido a una fuerte tormenta y fue navegando sola desde el archipiélago de Juan Fernández, frente e las costas de Chile, hasta llegar a Nueva Zelanda y Australia.
En aquella época, solamente España y Portugal estaban en condiciones de navegar por cualquier mar del mundo, pues desde que se circundara la Tierra, existía un pleno conocimiento de los comportamientos de los vientos en todos los océanos, habiéndose podido comprobar que éstos, al igual que las corrientes marinas, se comportaban de una forma razonablemente parecida en todos los mares y océanos, por lo que no resulta improbable que la San Lesmes fuera capaz de realizar ese enigmático viaje.
La teoría que se plasma en el estudio de Hervè se fundamenta, además de en los mapas, en ciertos hallazgos que en su día fueron desechados por incomprendidos.
En 1952, en el lecho de un río neozelandés, se encontró una espada española del siglo XVI con empuñadura de plata, así como un casco típicamente castellano, llamado morrión. Como quiera que aún no se hablaba de la presencia española en aquellas tierras en el siglo XVI, fueron catalogados y guardados como objetos fuera de lugar, sin dar explicación de su procedencia. Ambos objetos están actualmente expuestos en un museo de Nueva Zelanda.
Con posterioridad, fueron apareciendo en las costas australianas diversos objetos, como monedas, puñales, hojas de espadas, petos, incluso un trozo de campana que por su aleación se ha clasificado como española y una borgoñeta, un casco ligero que deja la cara al descubierto y que era muy usado por hombres de la mar, y todos ellos eran datados del siglo XVI. Todos estos datos confirman la presencia en aquellas aguas de un navío español, no pudiendo ser otro que la San Lesmes, pues el registro de buques que se hacían a la mar era muy controlado por la Casa de Contratación.

Borgoñetas en cuero y oro pertenecientes a Carlos I y Felipe II

Muy posiblemente, cuando la carabela navegaba por el sur de Australia, naufragó y con los restos de la embarcación, los tripulantes construyeron un barco más pequeño con el que siguieron su aventura, pues actualmente se sabe que llegaron hasta el Cabo York, la punta más septentrional del continente, muy cerca ya de Papúa Nueva Guinea.
En el cabo York terminó la aventura de la San Lesmes y todos sus tripulantes, pues fueron apresados por los portugueses allí asentados que los eliminaron a todos.
Era esta una costumbre de la época con el fin de proteger el descubrimiento y los portugueses no solo lo protegieron sino que se apropiaron de toda la cartografía levantada por los pilotos de la carabela. Estos datos, recogidos años más tarde por el capitán Hernando de la Torre, se conservan actualmente en el Archivo de Indias.
Según toda la documentación, avalada por los restos arqueológicos encontrados, la cartografía de Australia estaba realizada en el siglo XVI, lo cual quiere decir que tanto fueran españoles, como portugueses, fueron estos los descubridores del continente y no James Cook, quien antes de partir en su viaje con el Endeavor, ya conocía aquel mapa y tenía certeza absoluta de a donde se dirigía.

Lo mismo que diríamos para Cristóbal Colón, cabría atribuir a Cook, que no habiendo sido los primeros en llegar a tierras aisladas e ignoradas por la civilización, nadie puede sustraerles el honor de haber sido los primeros en dar a conocer sus descubrimientos.

viernes, 17 de febrero de 2017

LA QUINTA DE LOS SORDOS




Lo pienso ahora y se me ponen los vellos de punta. Nunca podemos imaginar lo atrevida que es la ignorancia. Durante bastantes años de mi vida profesional, estuve destinado en lo que entonces se llamaba “Gabinete de Identificación”.
Este Gabinete tenía la responsabilidad de realizar las inspecciones oculares en los lugares en los que se hubiera cometido un delito para, fundamentalmente, certificar que ese delito se había perpetrado, determinar el móvil y las consecuencias y tratar de identificar al autor o autores.
En esta última tarea era en la que se empleaba mucho más tiempo y también una sustancia de la que ahora voy a hablar, pero para situarnos en el tiempo es necesario decir que esto sucedió hasta la época de los setenta. Luego cambió radicalmente.
Para identificar las huellas latentes que todas las personas vamos depositando en los lugares en los que tocamos, se empleaban fundamentalmente dos tipos de polvos: uno negro y otro blanco.
Al negro lo llamábamos Negro de humo y estaba hecho de huesos quemados, mezclados con otras sustancias muy pesadas.
El blanco era “la cerusa” o “albayalde” que no era otra cosa que carbonato de plomo. Un metal pesado, extremadamente peligroso que produce la grave enfermedad conocida como “saturnismo” y que se empleaba en varios usos, pero sobre todo en la fabricación de pinturas de todo tipo y en cosmética.
Pues bien, durante años y años, los policías destinados en los Gabinetes de Identificación estuvimos usando carbonato de plomo que tomábamos con un pincel de una cajita que contenía un polvo blanco muy denso, que rellenábamos de cuando en cuando. Con el pincel extendíamos el polvo sobre las superficies susceptibles de encontrar huellas, lo repasábamos y soplábamos el polvo sobrante, que volaba en el aire y se depositaba en nuestras manos, cara… y nos lo tragábamos.
En fin, un disparate que afortunadamente cambió cuando aquellos polvos fueron sustituidos por unas finísimas limaduras magnéticas mucho más útiles y efectivas y sobre todo, menos peligrosas.
Y por qué cuento esto, pues porque leyendo algo sobre la biografía de Goya, me llamó poderosamente la atención un cuadro en el que aparece el propio pintor, muy enfermo y el médico que le atiende; en los márgenes, en tonos muy oscuros aparecen unas caras que se identifican con la muerte, que espera recibir al enfermo. El cuadro se llama “Goya atendido por el doctor Arrieta”.
El protagonista presenta un feo aspecto: extremadamente pálido, cara desencajada, casi sin fuerzas para sostenerse, agarrado convulsivamente a las mantas que lo cubren. Parece entregado a su suerte, mientras su amigo, el doctor Eugenio García Arrieta, le mantiene incorporado y le hace beber una supuesta medicina, mientras le tiende su brazo izquierdo sobre el hombro del artista, en una actitud cariñosa y compasiva.
El cuadro se encuentra en la actualidad en Minneapolis, Estados Unidos, en el Instituto de Arte que es su propietario y en su parte inferior figura una anotación, supuestamente manuscrita por el autor que dice: “Goya agradecido a su amigo Arrieta: por el acierto y esmero con que le salvó la vida en su aguda y peligrosa enfermedad, padecida a fines del año 1819, a los setenta y tres años de edad. Lo pintó en 1820”
¿Qué grave enfermedad padeció Goya de la que fue salvado gracias a los cuidados de su amigo?
Como es natural, no se sabe con certeza y todo lo que sobre el tema se ha escrito es pura especulación que médicos, psicólogos, escritores y otras personalidades dedicadas a escudriñar en la historia, han compuesto.

Goya atendido por el doctor Arrieta

Por supuesto que hay variedad de interpretaciones, desde crisis psicótica, para la que el doctor le estaría dando una infusión tranquilizante, a la más grave y quizás más acertada: saturnismo.
Goya, igual que todos los pintores, usaba polvos de carbonato de plomo para componer sus pinturas al óleo y además tenía la costumbre de sujetar un pincel con la boca mientras pintaba con otro. Esto habría hecho, con el paso de los años, envenenarse progresivamente la sangre hasta el extremo de presentar la temida enfermedad, presagiada por los permanentes cólicos abdominales y otras dolencias gástricas que el artista padecía.
Años más tarde, otro sordo ilustre, Beethoven, también murió víctima de la intoxicación por plomo, como demostró el análisis que se hizo recientemente de un mechón de cabellos del músico que se salvó de la tala capilar a la que lo sometieron sus admiradores después de muerto.
Desde luego no parece que el músico pudiera tener mucho contacto con pinturas o con plomo, sin embargo, se descubrió que sentía verdadera pasión por las tencas y los lucios, pescados de río que se daban mucho en el Danubio, el cual se encuentra altamente contaminado del metal pesado. Precisamente el famoso vals de Strauss “Danubio Azul”, expresa la tonalidad azulada de las aguas del famoso río, teñidas de color “azul plomo”.
También se manejan otras hipótesis de las causas por la que altas concentraciones de plomo se encontraban en el cuerpo del músico, como la ingesta de aguas de un balneario al que acudía frecuentemente para aliviar sus dolencias, aunque fue prontamente descartada porque la enfermedad padecida no era hídrica.
La última alternativa es una larga secuencia de cataplasmas de jabón y plomo que su médico le aplicaba para combatir el edema pulmonar que padecía.
Sin análisis previos es muy difícil diagnosticar la enfermedad que acarreó la muerte de famosos siglos atrás, pero la ciencia avanza cada vez más y por la sintomatología se pueden sacar conclusiones bastante certeras, como en el caso del también pintor Vincent Van Gogh, que usaba profusión de “cerusa” para componer sus tonos amarillos. Y puede que la misma suerte corriera el español Mariano Fortuny, que murió prematuramente a la edad de treinta y seis años con los síntomas de haber padecido la temida intoxicación. Fortuny fue el pintor vivo más cotizado de su época.
El plomo es un metal mal visto en la actualidad, pero con enorme presencia hasta hace pocos años. Hasta las gasolinas llevaban altas concentraciones de plomo, como antidetonante.
Los tubos de pasta de diente eran de plomo. En mi casa, yo los iba guardando cuando se acababan y cuando tenía bastantes, los vendía en una chatarrería y obtenía buenas pesetas.
En aquel plomo se contenía una pasta que iba directamente a la boca y estuvimos así años y décadas y no nos pasó nada.
El plomo se empleaba en la imprenta para fundir los moldes de las letras y en las cristalerías, para hacer las famosas “vidrieras emplomadas” y en la construcción, pues la práctica totalidad de las tuberías eran de plomo que, por cierto, solían picarse con frecuencia y allá que venía al fontanero con la lamparilla y el estaño a reparar la fuga. Con plomo se hacían los adornos de rejas, cancelas y balcones y con plomo se reparaban los fondos de las sartenes consumidas por el fuego y el uso.
Y sin embargo, no nos ha pasado nada, o es que sí que hubo numerosas intoxicaciones que pasaban inadvertidas. No lo sabemos, pero yo puedo asegurar que ni en mi familia ni mi entorno ha habido ninguna muerte por esta causa.
Pero el artículo responde a otro título que nada tiene que ver con lo que se ha expuesto hasta ahora.
Cuando Goya fue nombrado pintor de la corte, se trasladó definitivamente a Madrid, pues antes había residido en diversas ciudades como Sevilla o Cádiz.
Allí, en el municipio entonces cercano a Madrid y actualmente absorbido por la capital, de Carabanchel Bajo, se compró una finca en la que vivía alejado de la corte en la que no se encontraba muy a gusto, dado su carácter liberal. Pero también para ocultar los amores que mantenía Leocadia Zorrilla, esposa de un conocido personaje madrileño.

Foto de la maqueta conservada en el Museo de Historia de Madrid

La quinta adquirió mucha fama porque en sus paredes pintó Goya los catorce murales que componen la conocida serie de Pinturas Negras, entre las que se encuentran Saturno devorando a sus hijos o el Duelo a Garrotazos, pero en realidad se trataba de una finca modesta y sin pretensiones, aislada y a unos trescientos metros del río Manzanares.
Ha pasado a la historia por sus murales y se la conoce como “La quinta del Sordo”, habiéndose creído siempre que recibía este nombre por la sordera del pintor, pero resulta que no es cierto. Cuando Goya la compró a un ciudadano llamado Pedro Marcelino Blanco, la finca ya se llamaba así y en este caso sí que debía su nombre a la sordera del anterior propietario.
Allí vivió Goya con su amante y una hija de esta, de la que muy posiblemente fuera el padre, pues la joven Rosario demostró un talento natural para la pintura.
Pero al terminar la etapa de Riego y el Trienio Liberal, el pintor comprendió que en España no estaría cómodo y se marchó a Burdeos donde falleció en abril de 1828.

La “Quinta de los Sordos” fue demolida después que sus murales se trasladasen a lienzos que se exhiben actualmente en el Museo del Prado.