viernes, 17 de marzo de 2017

OTRO SABIO IGNORADO




No es el primer artículo que dedico a sacar del baúl de los desconocidos a una persona que, de haber vivido en otro país, o bajo otras circunstancias, habría conseguido un permanente reconocimiento mundial, pero tuvo la poca fortuna de venir a nacer a España y así les fue.
Viene siendo corriente que nos olvidemos de personas que, por destacar en lo científico, cultural, político, e incluso heroico, han protagonizado algunos de mis anteriores artículos que llevaban la buena intención de sacarlos del ostracismo, como con Juanelo Turriano, Jerónimo Aynaz, Rafaela Herrera, Gálvez, fray Antonio de Fuentelapeña, Pablo Páez, Beatriz de la Cueva, La Quintrala y muchos más, todos ellos personas notables y notablemente olvidadas.
El personaje de hoy es un científico, literato, poeta, músico, arquitecto, astrónomo, matemático, lingüista y muchas otras cosas más, que destacó de forma brillante en cada una de las disciplinas a las que se dedicó.
Su nombre es Juan Caramuel Lobkowitz y nació en el madrileño barrio de Leganitos el día veintitrés de mayo de 1606.
Además de su nombre y su lugar de nacimiento, debemos considerarlo español porque su padre, un  ingeniero nacido en Luxemburgo y su madre, Catalina Lobkowitz de origen checo, se habían afincado tiempo atrás en España y fue aquí donde el joven Caramuel recibió la primera parte de su formación académica aunque, seguramente, la inteligencia la traía de fábrica.

Retrato de Juan Caramuel

Lorenzo Caramuel, su padre, trabajaba en la corte de Felipe II y además de prestigioso ingeniero era muy versado en otras materias como la astronomía y las matemáticas, disciplinas que inculcó a su hijo desde muy joven y a las que el jovencísimo Caramuel se aficionó de tal manera que su padre se percató que el pequeño, dotado de una mente prodigiosa, tenía que ser refrenado para evitar que, centrado en las ciencias, abandonara otras materias consideradas igualmente importantes en aquella época: filosofía, gramática, teología, retórica, música, etc., en todas las que, pasados los años, también destacó Caramuel.
Aparte de las cualidades innatas que tenía para las lenguas, desde muy pequeño habló con soltura el checo, que su madre le enseñó, español, en el que se educaba y francés, alemán y luxemburgués que su padre dominaba y que también aprendió. Luego aprendió griego, latín, árabe, hebreo, chino, italiano, portugués y hasta un total de veintisiete idiomas.
Desde muy temprana edad, demuestra una enorme afición a escribir y compone sus primeras poesías y más adelante hace anotaciones sobre la gramática que entonces se enseñaba. Ingresa en la Universidad de Alcalá de Henares en la que estudia humanidades y filosofía y en donde se licencia con diecisiete años, edad en la que siente la vocación religiosa y decide ingresar en la orden del Cister.
Ese sería un paso de vital importancia en su vida, pues la prestigiosa orden estaba plagada de cerebros y sobre todo, extendía sus tentáculos por toda la Europa culta, lo que le favoreció notablemente a la hora de estudiar y de difundir sus conocimientos.
De espíritu inquieto, no paraba demasiado tiempo en ningún monasterio, de donde sacaba todo el saber y conocimiento que almacenaba en sus archivos y bibliotecas y de inmediato marchaba a otro en el que hacer lo mismo. Así estuvo en Orense, Salamanca, vuelta a Alcalá de Henares, donde daría clases en la Universidad, luego en Valladolid y a continuación marchó a Portugal, donde tenía conocimiento de que se estudiaban dos materias que le interesaban sobremanera: las matemáticas y las lenguas orientales.
Desde el país vecino se traslada a los Países Bajos, en aquellos tiempos de dominio español, donde permaneció once años y actuó como ingeniero en las obras de fortificación de la ciudad de Lovaina.
Fue nombrado por María de Médicis, con la que tenía una profunda amistad, Abad de Melrosa, una importante abadía cisterciense en Escocia y a la vez, Vicario general del Cister en Inglaterra, Escocia e Irlanda, un título nominal que Caramuel aceptó, pero nunca pisó aquellos países protestantes.
Su constante interés por todo lo desconocido, le llevó a un descubrimiento excepcional y es que en una abadía cercana a Lovaina, donde residió varios años, encontró un escrito del abad Tritemio, maestro alquimista de Paracelso, que se titulaba Esteganografía, o Arte de la escritura oculta.
De inmediato se inició en esta nueva materia, adquiriendo conocimientos que iban más allá de su época y conociendo de la existencia del manuscrito Voynicht (puede consultar mi artículo http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/2013/03/tulli-derveni-y-voynicht.html ) decide que tiene que intentar su traducción, lo que no conseguirá, pero sí que sentará en él las bases para conformar la idea de crear un nuevo lenguaje en el que todas las personas puedan entenderse, una lengua universal.
Esta idea ya la acariciaba cuando al estudiar chino se dio cuenta de que los fonemas no describían pensamientos sino objetos, una forma mucho más fácil de comunicarse, pues todos los objetos son percibidos de igual forma sea cual sea el lugar en el que se hallen. Por cierto, escribió la primera gramática china que se hizo en Europa, escrita naturalmente en chino, lo que imposibilitó, tipográficamente, su impresión.
De hecho, en el siglo XIX, el inventor del Esperanto, que es la lengua planificada más hablada en el mundo, el polaco L.L. Zamenhof, hace referencia a Juan Caramuel, cuando habla de cómo había concebido aquel nuevo idioma.
Y después, o mejor, mientras se dedicaba a la teología, la retórica, la música y sobre todo la difusión del Canto Gregoriano, la astronomía o las matemáticas, cultivaba la arquitectura, sobre la que escribió varios tratados, hacía progresos en el cálculo binario, adelantándose más de setenta años a que este sistema de numeración se impusiera, con Leibnitz, en las operaciones de cálculo matemático realizadas por máquinas; advertía que los cuerpos celestes no ocupaban realmente la posición en la que se les veía desde la Tierra, pues al someterse a la refracción de la atmósfera se veían desplazados, así como que sus órbitas no eran circulares, sino elípticas, y, además, imperfectas.
Nada escapaba a su curiosidad ni a su pasión por escribir, habiendo dejado más obra escrita que el propio Lope de Vega, a quien se tiene por el más fecundo escritor español.
Él mismo cuenta una anécdota en la que siendo aún muy joven, con ocasión de una visita que le hizo el emperador del Sacro Imperio, Fernando III de Habsburgo, le mostró un baúl enorme en el se contenían sus escritos. El rey quedó sorprendido ante tan ingente cantidad de material y muchos años después, Caramuel se preguntaba cómo se sentiría ahora el rey cuando ya había llenado cuatro baúles con sus obras.
Todo el mundo ha visto, ya sea en la realidad, película o fotografías, la famosa plaza de San Pedro del Vaticano, con su obelisco central, levantado en el pontificado de Sixto V y a cuyo alrededor, fue construida años más tarde la famosa columnata que da una belleza singular a todo el entorno.
La columnata se conoce con el nombre de Bernini, aunque ya en época de su construcción, muchos sospechaban que la idea no correspondía al escultor y arquitecto italiano.
El conjunto arquitectónico representa unos brazos que, saliendo de la Basílica de San Pedro, quieren abrazar a toda la cristiandad. Aunque han pasado casi cuatro siglos desde su construcción, se le sigue llamando por el nombre antes mencionado, pero en los últimos años del pasado siglo, un prestigioso arquitecto italiano, llamado Bruno Zevi fallecido en el año 2000 y considerado uno de los mejores escritores y crítico de arquitectura del momento, afirmó categóricamente en uno de sus muchos libros sobre arquitectura que la idea de la columnata no hay que atribuirla a Bernini, sino al cisterciense español Juan Caramuel.

Bruno Zevi

De hecho, en 1673, seis años después de concluir las obras de la columnata, Caramuel publica un tratado de arquitectura, en el que critica la construcción de la columnata, de la que llega a decir que contiene tantos errores como columnas.
Si alguna crítica se ha hecho a este sabio del Barroco es que dispersó sus conocimientos en demasía, no llegando a profundizar en ninguno de ellos, donde seguramente hubiese alcanzado un reconocimiento mundial.
Sin embargo, su dispersión enciclopédica, le impulsó a estudiar innumerable cantidad de temas, sobre todos los que dejó obra escrita, casi siempre en latín y en el idioma del lugar en donde se encontrara en ese momento.
Cuando fue a publicar uno de sus libros, se dio cuenta de las carencias que la imprenta presentaba en aquel siglo XVII y escribió varios tratados sobre tipografía, en donde trataba de los usos de las distintas clases de letras, como cursivas o negritas, la forma de impresión o la encuadernación.
A la hora de defender una fortaleza, cosa que tuvo que hacer en más de una ocasión, diseñó baluartes y defensas e incluso perfeccionó un cañón de repetición que había diseñado su padre.
Solamente le faltó pintar y esculpir para poder decir de él que fue uno de los hombres más completamente sabios de todos los tiempos.

A pesar de eso, casi desconocido por la posteridad, porque, ciertamente, en su tiempo, fue una persona famosa en toda Europa y  terminó sus días como obispo de la ciudad de Vigevano, en Lombardía, donde murió el 8 de septiembre de 1682, después de diseñar y construir la fachada de la catedral y rediseñar la plaza en la que se encuentra, para integrarla mejor en el entorno.

viernes, 10 de marzo de 2017

NUEVE AÑOS ANTES




Recuerdo que un profesor que tuve cuando estudiaba bachiller, un hombre cultísimo, nos comentó que el ataque japonés a la base de Pearl Harbor hacía sido la lógica consecuencia de la provocación que los Estados Unidos estaba realizando en el Pacífico, para tratar de conseguir lo que, con el ataque a la base, por fin había logrado.
Los EE.UU estaban deseando entrar en la II Guerra Mundial, se lo pedían los aliados, sobre todo los británicos, pero no recibía, por parte de las potencias del eje, la provocación previa a una declaración de guerra.
Alemania e Italia se guardaban muy mucho de molestar al gigante norteamericano, sabedores del desequilibrio que causaría la entrada en combate de aquel poderoso ejército.
Entonces, el gobierno norteamericano comenzó la campaña de provocación a Japón, su vecino en conflicto más cercano y así consiguió que la aviación nipona bombardease la base naval de Pearl  Harbor.
Así lo explicaba el profesor, pero obviaba dos cosas fundamentales. La primera es la imperiosa necesidad que tenían los nipones de aprovisionamiento; Japón es un país pequeño, diseminado en centenares de islas y con una sobrepoblación, insoportable como constante histórica, que ningún otro país desarrollado hubiese sido capaz de soportar.
Tenía que ampliar sus territorios así como sus fuentes de aprovisionamiento. Los EE.UU. no veían con buenos ojos aquel avance japonés por todo el Pacífico, ni cómo, después de la crisis del 29, les andaban comiendo terreno, aprovechando la afinidad de razas con el continente asiático.
Los norteamericanos cortaron los suministros fundamentales y sobre todo el petróleo de alto octanaje, fundamental para la aviación japonesa que estaba adquiriendo proporciones muy elevadas.
La segunda cosa que olvidaba, o que quizás entonces no se conocía, es que el ataque a la Base de Pearl Harbor se ajustó a un plan concebido y desarrollado hasta en sus más mínimos detalles, pero no por los japoneses, sino por los propios norteamericanos.
Era una historia antigua, tenía ya nueve años: enero de 1932, cuando una flota norteamericana compuesta por doscientos buques de guerra y aprovisionamiento, se concentró en aguas de California para desarrollar unas maniobras navales.
El objetivo era poner a prueba las defensas de la base naval de las Islas Hawái, Pearl Harbor.
Esta base está en un pequeño mar interior en la isla de Oahu, cerca de la capital del archipiélago, la famosa ciudad de Honolulú. A este mar interior, más bien una bahía dividida en dos senos, se accede por un canal natural, lo que confiere una enorme protección a la base que se aloja en su interior.
La maniobra naval era dirigida por el almirante Harry E. Yarnell, un prestigioso marino cuya extensa carrera militar iba desde la guerra Hispano-Norteamericana, hasta la II Guerra Mundial. En la guerra de Cuba, de 1898, había participado como oficial del acorazado Oregón y se retiró del servicio activo en 1944, cuando era jefe de la Sección Especial de la Oficina de Operaciones Navales, del Gobierno de EE.UU.
Yarnell además de avezado militar y marino, era un hombre de ideas muy claras y desde un principio supo que el futuro de la marina era combinarla con la aviación, lo que hacía conformar una fuerza con extraordinario poder, desplazable a cualquier parte del mundo y capaz de atacar directamente a las costas o al interior. También sabía el almirante que Pearl Harbor sería muy bien defendida ante un ataque naval, pero si el ataque era aéreo, las cosas podrían ser muy distintas.

Almirante Harry E. Yarnell

Así, aquellas maniobras se formularon bajo una doble vertiente. Parte de la escuadra atacaría la basa hawaiana y la otra parte, junto con los efectivos de la propia base, se encargaría de defenderla.
Se dividió la escuadra en dos flotas. La atacante estaba compuesta por los portaaviones: Lexinton y Saratoga, en el que Yarnell colocó la insignia de comandante de la flota.
A estos dos buque se unieron solamente cuatro cazatorpedos, con la finalidad de actuar como escoltas, mientras el grueso de la flota navegaba por separado.
Favorecidos por una densa niebla y un tiempo muy tormentoso que cerraba el horizonte a cualquier tipo de observación visual y en una época en que los radares no tenían la precisión que posteriormente llegarían a alcanzar, los portaaviones y los cazatorpedos fueron avanzando hasta situarse en una posición noreste con respecto a la base y a un día de navegación, mientras la flota que estaba preparada para la defensa de un ataque naval, no tenía a su vista a ninguna fuerza enemiga. Se le había confiado la defensa del canal de la bahía de Pearl Harbor, colocando una flotilla de submarinos dentro de la propia bahía, mientras en tierra se concentraba una división de marines con suficiente potencia artillera con baterías de costa y antiaéreas.
El seis de febrero de 1932 los portaaviones y su escolta navegaron a toda máquina, con la intención de que al día siguiente, domingo, estuvieran a unas sesenta millas de la costa, distancia que se consideraba ideal para iniciar el ataque.
Antes del amanecer, en un mar casi arbolado que presentaba grandes dificultades para maniobrar, ciento cincuenta y dos aviones, cazas y bombarderos, despegaron de las cubiertas del Lexinton y del Saratoga, sin que ninguno tuviese incidencia.
Agrupados en escuadrillas de vuelo, se acercaron en la misma dirección en la que, durante todo el invierno, soplan los vientos alisios, que chocan con la cordillera Koolau, que alcanza unos novecientos metros, y que los detiene, creando una nubosidad casi permanente.
Todos esos datos eran perfectamente conocido por el almirante Yarnell que supo aprovecharlos, ocultando a sus aviones entre las espesas nubes, de las que salieron a penas sin tiempo para preparar la defensa antiaérea.
Los cazas atacaron a la flotilla de aviones que estaban en tierra, mientras los bombarderos machacaban los buques atracados en puerto, las instalaciones militares estratégicas, las vías de comunicación y cuanto pudiera ser de interés para la defensa de la base.
El análisis crítico efectuado por el Estado Mayor era concluyente: de haber sido un ataque real, todo hubiese quedado en ruinas.
Algunas voces quisieron restar importancia a aquel desastre, atribuyendo al mal tiempo y a la sorpresa todo lo ocurrido, pero Yarnell tenía muy claro que esas dos circunstancias se pueden dar cientos de veces con idénticas condiciones.
Pero el gobierno norteamericano no hizo caso de la advertencia y las cosas siguieron prácticamente igual.


Fotografía desde un avión japonés al inicio del ataque

Unas semanas más tarde, en Tokio, también se reunía el estado mayor de la Armada Imperial para estudiar el ataque. Desde hacía meses tenían desplegada una camuflada red de espionaje que ocupaba todas las alturas boscosas de las montañas de la isla, mientras que unas decenas de barquitos de pesca pululaban en todo el perímetro isleño fingiendo que pescaban, aunque en realidad lo que hacía era transmitir información de todo lo que acontecía alrededor de la isla.
Cuando tuvieron las informaciones detalladas de todos sus observadores, realizaron un intenso estudio que les sirvió de base para futuras maniobras navales y sobre todo, para nueve años después.
Los japoneses vieron con total claridad que le llovía del cielo un plan de ataque perfectamente estudiado, con todos sus detalles, hasta las inclemencias y las constantes meteorológicas y lo conservaron como oro en paño, hasta que el sábado seis de diciembre de 1941 lo pusieron en práctica.
En la madrugada del domingo 7, despegaron de cuatro portaaviones, un numero de aviones similar al de la maniobra anterior y surgieron de las nubes como un enjambre de abejas destruyendo todo a su paso.
Cierto que los nipones encontraron mayores dificultades que los aviones de Yarnell, pues las defensas antiaéreas de la isla se habían reforzado y sobre todo, los medios de detección por radar había prosperado mucho y su calidad era muy superior a la de entonces.
Aún así, la destrucción de la base fue total, como en el simulacro anterior y las pérdidas japonesas reales muy similares a las habidas en las maniobras.
La experiencia adquirida en Pearl Harbor hizo cambiar el sentido de las flotas norteamericanas. Ya no eran los acorazados los principales buques, había que sustituirlos por los portaaviones, porque el futuro de la guerra naval, hasta la llegada de los misiles, sería la aviación.
Los japoneses, que desde muchos años venían cimentando su producción en la copia de otros productos, copiaron hasta el diseño de aquel ataque por sorpresa y traicionero.
Los Estados Unidos, en los que prevalecía una fuerte presión para no entrar en la guerra, cambiaron de opinión de la noche a la mañana y de inmediato se declaró la guerra al Imperio Japonés, con el beneplácito del manejable pueblo, aunque los sectores de población de predominio asiático, sufrieron las duras consecuencias de la venganza popular.

Tres días más tarde, Alemania e Italia declararon la guerra a los EE.UU, lo que satisfizo y mucho, a los aliados europeos que hasta entonces había contado con una ayuda bélica encubierta y que a partir de ese momento sería abierta y comprometida.

viernes, 3 de marzo de 2017

EL COLÓN CHINO




Decía en el artículo anterior que la gloria de un descubrimiento no es solamente la de llegar primero, sino volver para contarlo. Darlo a conocer a los cuatro vientos y volver con más medios y más ganas: “no hay que llegar primero, pero hay que saber llegar”, decía la letra de El Rey.
Hoy se sabe positivamente y ha sido objeto de artículos anteriores, que Cristóbal Colón no fue el primero en llegar a América, pero nadie duda de que “supo llegar” y también volver y puso su descubrimiento a disposición de la humanidad.
Si desde Europa ya es meritorio navegar el Atlántico hacia el oeste para recorrer miles de leguas hasta llegar a las costas americanas, hacerlo en el Pacífico, cuya distancia desde cualquier punto es muchísimo mayor, tiene un mérito añadido.
Actualmente empezamos a conocer cosas del continente asiático, concretamente de China, que habían estado vedadas a todo el mundo como consecuencia de la fuerte presión ejercida por el confucianismo, doctrina del filósofo y pensador Kong Zi, al que también se le conocía como Kong Fu Tse y que fue el nombre de dio lugar a la traducción que muchos siglos después, los jesuitas misioneros en Asia, interpretaron por Confucio. Su doctrina que data del siglo quinto antes de nuestra era, ha perdurado en China hasta nuestros días.
Esa doctrina férrea impidió a China abrirse al exterior. Si alguien quería saber algo sobre ellos, habría de ir allí y ya serían los chinos los encargados de mostrarle o no sus secretos, según fuera de meritorio el visitante.
Pero durante un largo periodo de la historia, entre los siglos XIV y XVII, el poder fue ostentado por la dinastía Ming, la cual llevó a China a su mayor esplendor y no solamente eso, abrió sus fronteras y estableció innumerables relaciones comerciales y políticas con todos los países de su entorno. Las doctrinas de Confucio quedaron un poco arrinconadas, pero no desaparecieron del todo.
Fue en este período cuando surgió la figura de un  militar y navegante hasta entonces jamás igualado. Se trataba de Ma Ze, un chino de nacionalidad, pero no perteneciente a la raza china, sino a una etnia llamada Hui, cuya principal característica era que profesaban la religión islámica, pero usaban el chino como idioma habitual, de hecho, su nombre, Ma, es la adaptación al chino del nombre de Mahoma. Esta circunstancia fue determinante en su vida.
Ma Ze nació en la provincia de Yunnan, en el interior de China, haciendo frontera con Laos, Vietnam y Birmania.
Cuando la dinastía Ming se hizo con el poder tras el desmoronamiento de la dinastía Yuan fundada por Kublai Kan, las tropas de los nuevos gobernantes comenzaron la conquista de los territorios que permanecía fieles a la dinastía anterior, entre ellos, la provincia de Yunnan. Ma Ze fue cautivado, castrado y empleado como sirviente del príncipe Zhu Di, otra circunstancia trascendental en su vida, pues con los años, su amo, fue elevado a la categoría de emperador y gobernó durante veintiún años con el nombre de Yongle.
En la corte del príncipe recibió una exquisita educación y siguió la carrera militar, participando junto a su amo, en diferentes campañas guerreras que le acarrearon fama de buen militar y leal soldado. A pesar de ser un castrado, un eunuco, su apariencia era totalmente varonil y su voz grave y profunda, apta para dar órdenes.
Cuando en 1402 se produjo la rebelión de los eunucos, contra el emperador, Zhu Di los apoyó, consiguiendo destronarlo y colocándose él en su lugar. Por el apoyo prestado, los eunucos fueron restaurados en su condición de personas aspirantes a las máximas categorías sociales, que en el anterior mandato les estaba vedado.
El nuevo emperador, cambió el nombre del protagonista de esta historia que desde entonces se llamó Zhen He, nombre por el que ha sido conocido y reconocido. Ya con este nombre y como comandante del ejército chino, el castrado He, participó junto al emperador, en cuatro campañas militares contra los mongoles.
Pero la razón por la que Zhen He ha entrado en la historia es por haber comandado siete grandes expediciones navales por el Océano Índico, dentro de un plan pensado para abrir China al resto de países bañados por el océano Índico y sus mares interiores.
En 1403, el emperador Yongle, el gran protector de Zhen He, ordenó la construcción de más de trescientos buques, de los que casi doscientos tenían que estar adaptados para navegar por alta mar y en cuatro años se construyeron más de mil quinientas naves de todos los tipos, que fueron construidas o remodeladas en unos astilleros inmensos capaces de dar cabida a tan ingente trabajo y creados especialmente.
El principal motivo que inspiraba al emperador era el de abrir rutas comerciales marítimas, porque las rutas terrestres estaban bloqueadas por las hordas mongoles que se extendían desde el centro de China hasta parte de Europa. Pero no hay que obviar en él un cierto afán investigador de las culturas y conocimientos geográficos de sus países vecinos, así como la idea de abrir el abanico diplomático con otros países que complementara el que ya había comenzado por tierra, pues en ese momento China mantenía cordiales relaciones con países de Asia Menor y Oriente Medio.

Mapa de los viajes de Zhen He

Indudablemente la nueva dinastía gobernante, se abría al mundo y se distanciaba así de lo que, secularmente, había sido aquel inmenso país.
Con más de trescientos barcos, algunos de hasta nueve palos y casi treinta mil hombres, el eunuco He al mando de la expedición que se conoce como La Flota del Tesoro, se hizo a la mar en otoño de 1405, visitando Sumatra, Java, Ceilán, recalando por último en Calcuta, para volver a China dos años después y llevando a bordo a numerosos embajadores de los países visitados.
Desde ese momento se sucedieron otros siete viajes en los que seguramente tocó muchos puntos de la costa oriental africana y la isla de Madagascar, navegando por el Canal de Mozambique.
De por sí, esta dilatada aventura marítima hubiera encumbrado, como así fue, al navegante chino, pero recientemente el marino y escritor británico, criado en China, Gavin Menzies, publicó un libro titulado: 1421: El año que China descubrió el mundo, que inmediatamente levantó una fuerte polvareda.
Según este autor, los viajes de Zhen He no se limitaron a recorrer el Océano Índico, el Mar Rojo, o el de Arabia, sino que en sus incursiones llegó hasta las costas de América, cruzando el Océano Pacífico y así, adelantándose en más de setenta años al descubrimiento de Colón.
La teoría presentada por Menzies se basa fundamentalmente en la certeza de que la ingeniería naval china era, con diferencia, la más avanzada de su tiempo con elementos como el timón de rueda o los mamparos separadores, para impedir el hundimiento y por tanto capaz de realizar la proeza. Así mismo, la existencia de un mapa que es copia de otro que en 1418 habría manejado Zhen He y en el que se describe perfectamente toda Asia, África completa, parte de Europa y, sobre todo, América, vendría a demostrar que He, habría bordeado el cabo de Hornos, llegando incluso a las costas europeas.

Supuesta copia del mapa de 1418

Como es natural, tanto el libro de Menzies, como el supuesto mapa que está lleno de anotaciones al margen, como era costumbre, despertaron dudas sobre entre la comunidad académica historiadora, porque de ser auténtico, demostraría que el navegante chino navegó las dos costas de África y América, descubrió Australia, llegó a Europa y dibujó las costas del Mediterráneo.
Eso supondría haber descubierto América setenta y cuatro años antes que Colón y un siglo antes, haber hecho lo mismo con Australia o circundado la Tierra.
Curiosamente en las notas marginales se dicen cosas tan interesantes como que los nativos americanos tienen la piel de color rojizo y se adornan la cabeza con plumas, o que los aborígenes de Australia son negros y se adornan la nariz atravesándose un hueso.
Estos detalles asombraron a los investigadores, pero también se preguntaron cómo es que en el mapa no aparecían las Islas Británicas, o cómo la Península de California se representa como una isla, lo que había sido un error europeo, muy repetido hasta que se demostró que estaba unida al continente.
Eso hacía suponer que el mapa no era de la fecha que se indicaba, 1421, sino muy posterior, como indicaban la multitud de datos sobre las costas americanas del Atlántico, que en aquella época no podían ser conocidos.
Por otro lado, la teoría del escritor británico se basa en el hallazgo de una escultura china, de la dinastía Ming, hallada en Kenia, o diversos ejemplares de porcelanas chinas encontrados en Perú y California.
Pero esos detalles, aun cuando significativos, no soportan por si solos el peso de la teoría mantenida por Menzies.

Hubiese llegado a América o no, a este gran navegante se le conoce como “El Colón Chino”.