viernes, 17 de agosto de 2018

CLARIS Y EL "ACQUA DI NÁPOLI"





Se dice que la curiosidad mata al hombre, pero también puede enriquecerlo, sobre todo de manera intelectual.
Hace ya unas fechas, el ex presidente de la Generalidad, (con “t” que lo escriban los catalanes), Puigdemont, alardeaba de que no tardará veinte años en pisar suelo catalán, refiriéndose al suelo perteneciente a la Cataluña francesa.
Sin citar el medio, ni la persona que le respondió, un video se hizo rápidamente hueco en las redes sociales y contenía una contestación contundente: España había perdido el Rosellón y la Cerdaña por la incuria y el odio a todo lo español que tenía un presidente de la Generalidad. Se trataba de Pau Claris Casademunt, sacerdote, político y catalán, como indica su nombre.
Este personaje nació en 1586, en el seno de una familia burguesa bien situada económicamente; tras ingresar en el seminario, estudió derecho civil y canónico, doctorándose en ambas disciplinas, siendo nombrado seguidamente canónigo de la catedral de Seo de Urgel, una de las sedes episcopales más importantes de Cataluña.
Tras una carrera política fulgurante, en la que ya demostraba su posición enfrentada con España y su monarquía, en 1638 fu nombrado presidente de turno de la Generalidad, cargo que ocupaba cuando tuvo lugar la sublevación de los segadores y el trágico Corpus Sangriento.

Estatua de Pau Claris en Barcelona

La situación, que se estudia en la historia verdadera y no en la transfigurada que se usa en Cataluña, acabó con una rotura total de relaciones entre la Generalidad y la monarquía, sobre todo después de la muerte del virrey Dalmau de Queralt y la proclamación de una República Catalana que Pau Claris puso bajo la protección del rey de Francia Luís XIII y al que el día 23 de enero de 1641, ante la proximidad del ejército español, tuvo que reconocer como Conde de Barcelona, condición impuesta por los franceses para aceptar el protectorado.
La causa principal para este acto rebelde era que los ejércitos españoles acampados en Cataluña, para defender la frontera durante la Guerra de los Treinta Años, que estaba en pleno desarrollo, habían de ser cobijados, alimentados y socorridos por los payeses catalanes que tenían que facilitarle techo para resguardarse.
En esa situación, los soldados españoles, en su mayoría procedentes de los Tercios y por tanto personal profesional y muy aguerrido, cometían múltiples desmanes, sobre todo contra la propiedad y las mujeres. Pero puesta Cataluña bajo la protección francesa, los ejércitos galos no observaron mejor comportamiento y la cosa se puso muy mal, hasta el punto de cambiarse la camisa y pedir ahora la protección española contra los gabachos.
El conflicto acabó con la paz de los Pirineos, por la que España tuvo que ceder a Francia, Rosellón y Cerdaña, por mor de la desleal, egoísta, insolidaria y vesánica actuación del mosén Pau Claris, hoy héroe nacional catalán, con calle y estatua en la Ciudad Condal y en muchos otros municipios.
Así que el territorio catalán que Puigdemónt piensa pisar en breve es aquel que su antecesor en el cargo, el amigo Pau, regaló a los franceses y que Cataluña perdió para siempre.
Pero no es este el motivo que inspira este artículo, sino las causas de la muerte de tan insigne personaje.
El “Muy Honorable” murió a finales de febrero de 1641, envenenado con la pócima de moda en aquella época: El Acqua di Napoli.
Sobre quiénes fueron los causantes de la muerte del mosén, existe una variada controversia, pues unos lo achacan a los realistas y otros a sus propios partidarios, descontentos de sus actos separatistas, mutantes y traidores, pero lo único cierto es que el autor material, el que le diera a beber el agua milagrosa que hacía viajar al otro barrio sin levantar sospecha alguna, tuvo que ser una persona de su entorno.
Porque el agua venenosa era un líquido transparente, insípido e inodoro que había sido creado por una especie de bruja-alquimista llamada Toffana d’Adamo que vivía en la isla de Sicilia.
A su brebaje le llamaba Agua de Toffana y era muy recomendado y altamente consumido por aquellas esposas que hartas de soportar a sus maridos, decidían enviarlo al otro mundo sin levantar sospechas y por eso la mayor parte de la clientela de Toffana eran mujeres, aunque no se descarta el caso contrario del marido que se quiera deshacer de su esposa, o para cualquier otro fin menos claro ya que no dejaba rastro alguno y los médicos de la época eran incapaces de detectar aquel veneno que contenía arsénico, un metaloide altamente venenoso y, al parecer, extracto de cimbalaria, una planta muy común en la Europa meridional que crece en las paredes húmedas. La Toffana preparaba un condimento como había visto hacer a los alquimistas, de los que fue aprendiz durante unos años.
Esta maga venía preservando su actividad hasta que en 1633 una dama de Palermo le compró un frasquito del venenoso bebedizo para darlo a su marido en la comida, pero éste por alguna razón que se desconoce, cambió los platos, por lo que la dama resultó envenenada. En el último momento de vida confesó su fechoría y desveló a la persona que se lo había vendido.
La Toffana fue detenida y ahorcada, su cuerpo fue descuartizado y arrojado en todas las direcciones para que fuera pasto de las fieras.
Pero con la muerte de esta mujer no se terminó la historia, si bien sufrió un cambio. Su hija Giulia Toffana que se trasladó a Nápoles tras la muerte de su madre, conocía a la perfección todo el proceso para la fabricación de la pócima y comenzó a venderla nuevamente, ahora con el nombre de “Acqua di Napoli”.
La eficacia de este medio para viajar a la otra vida consistía fundamentalmente en que administrado cautamente, a base de tres o cuatro gotas diarias, mezclada con la comida, iba produciendo una sensación de cansancio, falta de apetito, vómitos, sed intensa, depresión y finalmente la muerte, pero si se suministraba una cantidad mayor, unas treinta gotas, producía la muerte casi inmediata. Era un veneno ideal para mezclar con bebidas aromáticas como café, te o chocolate, tan de moda en aquella época. Todas las tardes, la sumisa esposa, servía a su marido una taza de buen chocolate que éste bebía con delectación al principio, aunque ya se han expuesto los síntomas que irían apareciendo y que tendrían confundido a los médicos hasta que certificaran su defunción.
En cualquiera de los dos casos era un veneno indetectable para los galenos de la época, pues en el primer caso se confundía con una enfermedad del sistema nervioso y en el segundo con cualquier caso de muerte repentina, infarto, ictus, (congestión), “cólico miserere”, etc.
Desde Nápoles, Giulia pasó a Roma donde el negocio era mayor y allí se popularizó la famosa agua que vendía en una pequeña redoma en la que aparecía grabada una imagen de San Nicola di Bari, aquel santo que curaba con un agua milagrosa, por lo que el agua empezó a conocerse como “Acqua de San Nicola”.


Frasco del agua venenosa

En el año 1659, Giulia Toffana fue denunciada por una clienta arrepentida ante el Vaticano y perseguida por la guardia, buscó refugio en un convento, acogiéndose al derecho de asilo, según el cual los delincuentes no podían ser detenidos en el interior de los lugares sagrados.
Pero nuevas pesquisas efectuadas por la curia pudieron determinar que Giulia decía que había participado en el envenenamiento de más de seiscientas persona, de todo sexo y clase social y además, se corrió el bulo de que antes de huir había vertido varias botellas de su veneno en diferentes fuentes de Roma.
Enardecida la población, obligó a las autoridades a entrar en el convento y sacar a la envenenadora que junto con su hija Girolama y varias ayudantes de las que se servía para la elaboración del veneno, fueron ejecutadas en el mes de julio de aquel año y el cadáver de Giulia fue arrojado al interior del convento que le había dado asilo.
No acabaron las envenenadoras con castigo tan ejemplar y la historia registra muchos otros casos, pero este tiene la singularidad de que el “patriota” Pau Claris fue envenenado, al parecer, con el Acqua di Napoli.
Desde luego que por las fechas pudo ser perfectamente posible, dada la gran vinculación de Cataluña con el reino de Nápoles que en aquel momento pertenecía a la corona de España, que alguien trajera algún frasco del famoso veneno, para cuando se presentara la oportunidad que se pudo presentar con el mosén, toda vez que tanto desde el lado realista como de los catalanes que no eran partidarios de sojuzgarse al reino de Francia, había conseguido un buen número de enemigos.
A tenor de los acontecimientos que rodean su muerte es de suponer que se le dio una dosis masiva de veneno, lo que produjo una muerte inmediata.
Se dice que otra de las famosas víctimas de esta pócima fue el compositor Mozart, el cual advirtió a su esposa en cierta ocasión que le estaban envenenando.
En este caso el envenenamiento sería mediante la administración de pequeñas dosis que irían produciendo su progresivo deterioro.

sábado, 11 de agosto de 2018

"EL ENCUBIERTO"





Es muy conocido el acontecimiento histórico que sembró de una gran incertidumbre el inicio del reinado de Carlos I. Fue lo que se conoce como la Guerra de las Comunidades de Castilla, cuando Padilla, Bravo y Maldonado encabezaron un movimiento de oposición violento contra el nuevo rey que, despreciando a la nobleza y otras clases sociales españolas, desembarcó con un enorme séquito de compatriotas flamencos, a los que iba colocando al frente de las diferentes administraciones.
Los comuneros fueron al final vencido en la batalla de Villalar, el 23 de abril de 1521 y en el pasado siglo XIX se recuperó la fecha y el lugar de tal manera que es la fiesta con la que se conmemora el día de Castilla y León, desde que alcanzó su autonomía.
Fueron momentos muy difíciles para el nuevo monarca que además se veía comprometido con la necesidad de viajar a Alemania para suceder a su abuelo, Maximiliano I y hacerse con el Imperio Sacro, el mayor título de la cristiandad.
Pero no fueron solo las luchas de las comunidades las que soliviantaron los primeros años del reinado de Carlos, en toda la zona del Levante y en Baleares, había surgido simultáneamente otro movimiento social que, aunque con algunos puntos de diferencia sobre las comunidades, aglutinaban diferentes capas sociales contra la monarquía.
Eran las Germanías, una especie de sindicatos armados, autorizados por los Reyes Católicos para defender a los artesanos de los constantes ataques de la piratería berberisca que infectaba el Mediterráneo.
Nada tiene que ver la palabra Germanía con germania, Alemania, germano, sino que procede de “germá”, “hermano”.
 Dejados a su suerte y abandonados de todos, pues la nobleza había huido de las ciudades con las epidemias de peste que se sucedieron, prácticamente arruinados y hambrientos, pero bien organizados y con armas, decidieron las Germanías enfrentarse, como los comuneros, al virrey de Valencia que representaba a la monarquía que como se ha dicho, estaba muy ocupada en coronarse “Imperator”.
Lo que empezó como una revuelta acabó siendo una guerra con todos sus ingredientes entre los “agermanados”, integrantes de las Germanías y la corona, a la que representaba la nobleza. Capitaneados por Vicente Peris, un artesano especializado en la fabricación de terciopelo, convertido en capitán general de los sublevados, tuvieron en jaque a las tropas realistas y las vencieron en la batalla de Gandía lo que obligó a las tropas del virrey Hurtado de Mendoza a buscar refugio en el castillo de Villena.
Para mayor dinamismo de esta historia, apareció un personaje altamente singular, que provocó un revuelo de importante calado en el pueblo llano; se trataba de Antonio Navarro, conocido como “El Encubierto”.
Este individuo, cuya primera aparición pública en Valencia es para recibir unos latigazos que le impone la Inquisición por haber yacido con mujer casada, se presenta ante un pueblo en estado de efervescencia desatada por la lucha de las Germanías y se autoproclama como único y verdadero heredero de la corona española. Dice ser hijo póstumo del príncipe Juan, a su vez hijo malogrado de los Reyes Católicos y la archiduquesa Margarita de Austria que, efectivamente a la muerte de su esposo estaba embarazada.
Como es natural no presenta más pruebas que sus palabras, a las que desmiente la propia historia, pues Margarita de Austria, tras la muerte de su esposo, dio a luz a una niña que vivió escasos días.
Pero la historia que contaba estaba bien urdida, pues el príncipe Juan había fallecido en 1497, dejando a su esposa en avanzado estado de gestación y el tal Navarro hacía creer que Felipe el Hermoso y el cardenal Mendoza habían conspirado para que el fruto de aquella unión no se diera a conocer, pues de ser varón le correspondería la corona de España.
Según la narración que con encendidos discursos en los que arremetía contra la iglesia, la monarquía, la nobleza y sobre todo, añadiendo tintes apocalípticos que hacía “El Encubierto”, a veces desde el púlpito de alguna iglesia, él sería el verdadero rey de España e instaba ardientemente a mantener la revuelta contra la corona apelando a la justicia divina que le habría de colocar a él en el trono.
En poco tiempo, dado el ardor que ponía en sus manifestaciones públicas, el pueblo comenzó a conocerlo por “El Rey Encubierto”, el cual decía llamarse Enrique Enríquez de Ribera y así el pueblo lo creía verdadero descendiente de la realeza, impresionado por la supuesta solvencia de su nombre y apellidos.
 Encumbrado por el populacho, montó en Játiva una verdadera corte, en la que se vestía como un noble que tenía su guardia personal que lo protegía y custodiaba tanto en el trono, cuando impartía justicia, armaba caballeros, otorgaba títulos nobiliarios, concedía rentas y prebendas a quienes le servían, como cuando paseaba ufano y victorioso entre los que él consideraba su pueblo.
Decía que siendo un niño de pecho, los conspiradores antes mencionados, habían mandado a unos verdugos a que acabasen con su vida, pero estas personas se compadecieron de él y no lo mataron sino que lo llevaron a Gibraltar, donde lo crió una modesta familia.
Al pasar los años, habría entrado al servicio de un rico mercader de Orán de donde tuvo que salir huyendo cuando descubrieron el romance que mantenía con la esposa del mercader.
Desde allí habría llegado a Valencia y tras encender a las masas con sus discursos, la comunidad a la que lideraba, empezó a considerarlo un verdadero mesías, sobre todo cuando a raíz de un pequeño ataque a tropas reales, había salido indemne de una lluvia de flechas, hecho que se convirtió rápidamente en leyenda que él mismo acrecentaba llegando a decir que las armas de combate tradicionales no podían hacerle daños y que solamente podría morir en Jerusalén.
Los dos episodios amorosos a los que se han hecho referencia, dan la idea de un seductor irresistible, algo que no casa con la descripción que de él hace un prestigioso historiador especializado en aquella época llamado Ricardo García Cárcel y que dice que era de mediano cuerpo, membrudo, manos cortas, piernas torcidas, rostro delgado y nariz aguileña, agregando y este detalle si que puede ir muy al gusto para la seducción amorosa, que hablaba muy bien castellano y la lengua de palacio.
Pero aquella falsa protección mesiánica que El Encubierto decía tener, cayó por su propio peso, pues el 19 de mayo de 1522, unos matones a sueldo del virrey Hurtado de Mendoza, acabaron con la vida del impostor a puñaladas.
Pero la justicia exigía aún más castigo para quien había revolucionado el panorama valenciano y así, su cuerpo fue entregado a la Inquisición de Valencia, donde se le juzgó, ya muerto y se le condenó a morir en la hoguera, no sin antes haberle cortado la cabeza que fue expuesta en una de las torres de Quart, en la muralla medieval de la ciudad y que custodian la puerta más importante. La estupidez humana no conoce límites y los deseos de venganza tampoco.

Las Torres de Quart, donde colgaron la cabeza del Encubierto

Es curioso que gracias al proceso inquisitorial, la historia de “El Encubierto” se ha llegado a conocer con cierto detalle, pues por parte de las autoridades administrativas y militares no se le dio importancia alguna.
Durante gran parte de la Edad Media corrió por diferentes países europeos un mito relativo a la leyenda sobre la repentina aparición de un rey mesiánico que vendría a salvar a Europa del cúmulo de desgracias que le estaban lloviendo.
Así habría surgido el mito de la vuelta del rey Arturo, en Inglaterra, o la suplantación de Balduino I de Flandes, muerto en plena Cruzada, cuando un ermitaño borgoñón, llamado Bertrand de Ray se quiso hacer pasar por el monarca fallecido veinticinco años después de su muerte y consiguió soliviantar al pueblo contra Juana, la hija de Balduino y entonces reina, hasta que en 1226 fue ajusticiado por revolucionario y suplantador.
Quizás el caso más literario es el del Pastelero de Madrigal, Gabriel Espinosa que se hizo pasar por el fallecido rey portugués don Sebastián, hasta que terminó en la horca, como todos los impostores. Este relato fue inmortalizado por Zorrilla en su drama Traidor, inconfeso y mártir y dio tema a mi artículo de hace unos años que puedes consultar aquí: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com/search?q=que+es+un+bandarra .
Curiosamente todo el asunto de Las Germanías concluyó con la muerte del Encubierto y con la destitución del virrey Hurtado de Mendoza, nombrándose en su lugar como virreina, a Germana de Foix, viuda del Rey Católico Fernando y la primera amante que Carlos I tuvo al llegar a España. 
¿Aplicación de la cuota femenina o simple nepotismo?

viernes, 3 de agosto de 2018

EL "TOCA PELOTAS"



Días atrás, un amigo me mandó un mensaje con un artículo sobre los “Palpati”, unos supuestos cargos dentro de la jerarquía vaticana que tienen como misión palpar los órganos sexuales de la persona que haya sido elegido papa, con el fin de certificar que efectivamente, se trata de un varón, circunstancia que el palpador anunciaría de viva voz, diciendo: “Tiene dos y cuelgan bien”. Para esta operación el nuevo papa se sentaba en una silla especial con un orificio en el centro, donde colocaría sus santísimas posaderas de manera que sus testículos quedaran colgando para poder hacer una eficaz palpación.
¿A qué se debía esta precaución? Según cuenta la tradición, o las leyendas, alrededor del primer milenio hubo un papa que resultó ser una mujer, la cual dio a luz en plena calle cuando era conducida desde el Vaticano al Palacio de Letrán, residencia de los papas de aquella época. Es conocida como “La Papisa Juana” y fue muerta por lapidación en el mismo momento de su alumbramiento.
Pero esta leyenda parece tener escaso fundamento, si bien ha persistido durante mil años y aparece reflejada en numerosos documentos de diferentes épocas, pero todos haciendo referencia a un documento inicial que más adelante se expondrá.
En el transcurso de los siglos han sido varios los casos de mujeres que se han hecho pasar por hombres y como tales han conseguido renombre y prestigio, hasta que se descubre su sexo y su cuento queda desmontado. Quizás el caso de más resonancia, al menos para los españoles, es el de Catalina Erauso, la Monja Alférez, monja, conquistador aguerrido, escritora y también asesina, que alcanzó la fama en la conquista de Chile. Pero sin menospreciar otros como el de santa Hildegunda que ingresó en un monasterio con el nombre de Hermano José, o santa Eugenia que habiendo consagrado su virginidad a Dios, vivió y murió vestida de hombre, siendo abad de un convento en Alejandría y por supuesto, Juana de Arco.
Ni otros casos de seglares como el de James Barry que se puede consultar en mi artículo: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com/2013/04/quien-fue-james-barry.html; o el caso de Charles Beumont, conocido como caballero D’Eon, que debió nacer con los dos sexos, pues ya le bautizaron con cuatro nombre, dos de hombre y dos de mujer y que llevo una vida apasionante presentándose como de uno u otro sexo.
Aparte de estos casos y centrándonos en esta historia, el correo de mi amigo me impulsó a sacar un libro que tengo desde hace años y que se llama “El Papa Mujer” y releer al menos los puntos más destacados, para poder contarlos aquí.
Según el mencionado libro la primera vez que se tiene constancia escrita de este hecho es a través de un dominico llamado Martín Polonus que en el siglo XIII era confesor del papa, por lo que, no teniendo mucho trabajo, se dedicó a la actividad preferida de los intelectuales de la época, rebuscar crónicas en las bibliotecas y archivos y así escribió la llamada  Crónica Pontifica e Imperial que rápidamente se hizo muy popular ya que representaba la propia opinión de la Iglesia. De esta obra se hicieron numerosas copias y se distribuyeron por todo el orbe católico.
En esta crónica aparece un papa al que el dominico llama “Juan Anglicanus” que como papa habría sucedido a León IV y precedió a Benedicto III, pero en la cronología del papado, estos dos papas se sucedieron sin interregno, pues el primero murió en 855 y Benedicto empezó su pontificado en ese mismo año, muriendo tres años después. Algunos cronistas posteriores que bebieron en la fuente del dominico, tampoco mencionan otro nombre y desde la primera crónica se describe a este personaje como de origen alemán que había estudiado en Atenas y estaba provisto de una gran inteligencia. Se trasladó luego a Roma, donde alcanzó un alto grado dentro de la Iglesia Católica. Siempre estaba acompañado por una persona a la que el dominico llama familiar y de este individuo, el “Anglicanus”, quedó embarazada, dando a luz durante su pontificado y en plena calle.
Esto mismo se recoge en crónicas muy posteriores y se habla de unos hechos ocurridos cuatro o cinco siglos atrás, pero no hay ninguna documentación más que avale esta historia.
Portada del libro


La Iglesia lo ha escrito todo y un hecho de esta relevancia forzosamente tendría que haber tenido documental, o al menos la crónica o “el reportaje” que algún interesado de la época habría hecho. Podría haber sido una anotación en los libros oficiales, un acta levantada al respecto, una declaración de algún asistente al parto e incluso una carta que alguno de los que conocían el hecho hubiera escrito a cualquier superior, familiar o amigo, pero no hay nada de eso, sin embargo Martin Polonus lo reflejó en su famosa Crónica.
De alguna parte lo tendría que haber sacado porque no era persona de inventarse una historia tan disparatada.
Anastasio el Bibliotecario era un erudito que vivió en la época a que estamos haciendo referencia y escribió un tratado sobre la historia de los papas que se titula Liber Pontificalis y que narra con mucha pasión pontificados que él mismo había vivido.
Consultado este manuscrito se comprobó que allí se hacía referencia a la Papisa Juana, pero era un añadido de no se sabe muy bien qué época, escrito por distinta mano, a pie de página y tinta diferente, pero con otra salvedad quizás más importante y es que esa escritura interrumpe la narración de la vida de León IV que sigue en la página siguiente. Otros ejemplares del mencionado libro carecen de esa anotación, por lo que queda muy claro que fue un añadido, quizás mal intencionado, con el ánimo de contribuir al descredito de la Iglesia, que si no se ha podido demostrar que se blasonara con un suceso tan deplorable, bien es cierto que tuvo sus “papisas”, mujeres que gobernaron la iglesia desde la cama de los papas.
Es una porción histórica que se conoce la “pornocracia” y que está descrita por los propios prelados de la iglesia, avergonzados de la situación de inmoralidad, crueldad y vicio que se alcanzó en su más alta magistratura.
Puede consultar mis artículos en los que traté de esta historia, en los siguientes enlaces:
A grandes rasgos, dos mujeres, Teodora y su hija Marozia, fueron descaradamente amantes de varios papas e intervinieron en el nombramiento de sus sucesores y la propia hija se quedó embarazada de un papa y su hijo llegó a serlo también, pontificando con el nombre de Juan XI.
Quizás para ocultar, o al menos, disimular, semejante desvergüenza se inventó lo de la Papisa Juana, como si creando un escándalo mayor, el otro quedara soslayado, o como si siendo uno falso, el otro también lo fuera.
Se especula también la influencia que la Reforma Protestante tuvo para el descredito de la curia romana, lo cual es posible, pero hay un hecho que no podemos dejar de resaltar.
Quizás la Papisa no existiera, pero lo que sí han existido y existen, son las llamadas “sedias curiales”, los famosos asientos agujereados que tienen su historia.
La consagración de cada nuevo pontífice tenía lugar en la basílica de San Juan de Letrán y durante cuatro siglos en la ceremonia se utilizaron dos asientos agujereados. Estaban en la capilla de San Silvestre, dentro de la basílica, esculpidos en pórfido, una especie de granito rojo y el nuevo papa se sentaba en el de la derecha, donde adoptaba una posición como si estuviera tumbado y allí recibía una vara, símbolo de poder y las llaves de la basílica y del palacio papal, símbolo de abrir y cerrar, atar y desatar.
Seguidamente el papa se cambiaba al otro sitial y devolvía la vara y las llaves, como signo de humildad.
Esos asientos permanecieron en la capilla hasta que el papa Pío VI, alrededor de 1780 mandó que los trasladaran al Museo Pío Clementino, germen de los actuales Museos Vaticanos.
Allí se conserva una de esas sillas que yo he tenido ocasión de ver, pero la otra desapareció camino de París, dentro del enorme botín producto del saqueo que llevaron a cabo Napoleón y sus tropas cuando en 1812 detuvo al papa Pío VII y lo llevó prisionero a Fontainebleau.
Esta segunda silla se encontraba en el museo del Louvre, cuya dirección, recientemente, ha manifestado que no conservan el “trono pontifical”.
No sé cómo explicar la existencia de las silla, pero quizás se deba a que es muy bien conocido que las altas magistraturas que habían de permanecer mucho tiempo sentados, tenían sillas o tronos, agujereados en los que defecaban delante de sus súbditos mientras cumplían las obligaciones del cargo. Era una cosa de lo más natural, como también lo era padecer fuertes trastornos intestinales debidos a los malos hábitos alimenticios.
Estos trastornos solían darse con mayor frecuencia en las clases pudientes, que basaban su dieta fundamentalmente en la carne, mucho de ella procedente de la caza. La falta de fibra en su alimentación, por no ingerir apenas frutas y verduras, producía importantes estreñimientos que solían devenir en dolorosas hemorroides que afectaban de tal manera que no soportaban el dolor al estar sentados, razón por la que se agujereaban los asientos de quienes las padecían.
Y para terminar, lo que pudiera ser una explicación lógica de la persistencia de la leyenda: El Tarot.
Efectivamente, en la baraja del Tarot el número dos de los Arcanos Mayores es La Papisa o Gran Sacerdotisa que no apareció en las esotéricas barajas hasta doscientos años después de la fecha en la que se centra su posible existencia, por lo que no pudo influir en su creación, pero si en el mantenimiento del histórico bulo.

Y sintiéndolo por mi amigo, el que me envió el artículo, los “Palpati” no han existido nunca aunque el mantenimiento de su leyenda ha corrido paralelo al de la Papisa.