jueves, 15 de octubre de 2020

HUMANISTA Y CIENTÍFICO

 


Si ha habido un hombre del Renacimiento tan brillante como ignorado durante siglos por la historia, ha sido Benito Arias Montano.

Nació en la localidad de Fregenal de la Sierra, al sur de Badajoz, casi frontera con Huelva en el año 1527 y falleció en 1598 en Sevilla, a la avanzada edad de setenta y un años. Curiosamente los años de nacimiento y defunción de este personaje coinciden con los del que fuera su amigo y benefactor, el rey Felipe II.

No solamente fueron a nacer y morir en los mismos años, sino que Arias Montano llegó a ser el hombre de confianza, consejero político y factótum del monarca en todo lo concerniente a temas bibliográficos.

Su padre era letrado del Santo Oficio y se ocupó y mucho de la educación del tercero de sus hijos, en el que muy pronto se advirtió que era extremadamente inteligente. Bajo la tutela de su padre y de un sacerdote de la localidad, llegó a los catorce años, momento en el que habiendo fallecido su padre, se trasladó a Sevilla para prepararse para ingresar en la universidad, donde realiza un curso de Artes de dos años.

A principios del año 1548 se traslada a Alcalá de Henares, donde se encuentra la universidad más importante de España y posiblemente de Europa, y en la que estudia filosofía, amplía sus conocimientos de arte, física, filosofía natural y medicina y amplía sus estudios de teología y de las lenguas clásicas, latín y griego, en las que se convierte en todo un referente europeo. Estudia también y llega a dominar el árabe, hebreo y sirio.

Ya dio muestras de una inteligencia poco común, pues aparece en numerosas crónicas relacionado con altos personajes de la intelectualidad española de la época, como el humanista y poeta Juan de Quirós. Unos años después, se ordenó sacerdote y se retiró a un pueblo de Huelva llamado Peña de Alájar donde se dedico a estudiar las Sagradas Escrituras.

Adquirió tal fama como experto en esta última materia que el obispo de Segovia, que iba a participar en una de las múltiples sesiones en las postrimerías del Concilio de Trento, se lo llevó como asesor.

En las ocasiones en que pudo participar en el famoso concilio, dio muestras de una gran erudición, la cual llegó a oídos del rey Felipe II que a su regreso de Trento, lo nombró su capellán con el encargo de redactar una nueva Biblia que innovase a la Biblia Poliglota Complutense, editada en la ciudad de Alcalá de Henares por impulso del cardenal Cisneros en 1517.

Esta nueva Biblia que se conocería como Biblia Políglota de Amberes o Biblia Regia no fue bien recibida por la ortodoxia recalcitrante de la Santa Inquisición, pues Arias Montano introdujo una considerable cantidad de conceptos que la hicieran más asequible y entendible para el lector no versado en temas bíblicos.

La Biblia se publicó después de cuatro años de intensos trabajos en los idiomas hebreo, griego, arameo y latín, todos dominados por el humanista español.

Al finalizar su trabajo sobre la Biblia, Felipe II le encargó gestionar la biblioteca de El Escorial, en donde desarrolló una labor ingente, realizando multitud de traducciones de textos hebreos, a la vez que escribía tratados teológicos, filosóficos y científicos.

 

Portada de la Biblia Políglota de Amberes

Su producción humanística es inmensa y por eso es conocido en todos los círculos religiosos que debatían alrededor de las Sagradas Escrituras, en cuya materia era una autoridad mundial.

Pero existía otra cara de su extensísimo saber que nada tenía que ver con lo hasta ahora descrito y esta es su faceta como científico.

Desde Aristóteles y en relación con el aire que compone la atmósfera, se tenía por cierto que no ejerce presión alguna; de igual manera había sentenciado el sabio griego que el vacío no existe en la naturaleza. Esta última teoría conocida como “horror vacui”, ya fue desestimada y demostrado su error por algunos sabios alejandrinos, sobre los que escribí un artículo hace años y que puedes consultar en este enlace: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com/2019/06/el-sabio-del-aire-comprimido.html , pero desde entonces hasta el Renacimiento nadie se volvió a interesar por este tema. Desde ese momento, la doctrina aristotélica empezó a ser arrinconada, consiguiéndose avances tan importantes como los experimentos realizados por Torricelli sobre la presión atmosférica.

No quedó Arias Montano fuera de esta experimentación y en su monumental obra Naturae Historia trata la materia del vacío y describe cómo al succionar por un tubo desde un depósito con agua, esta sube y al cesar la succión desciende, lo que crea una mecánica utilizable para fabricar ingenios capaces de hacer subir el agua hasta grandes alturas por medio de la fuerza del vacío.

Superaba en conocimientos de medicina a muchos de los médicos de su época y su amigo Francisco de Arce, uno de los más afamados galenos de la época y médico personal de Felipe II, le encargó que escribiera el prólogo de su obra médica.

En materia de Ciencias Naturales era todo un experto como demostró con  la obra antes mencionada Naturae Historia. Tuvo contactos y experiencias con varios naturalistas europeos, como Carolos Clusius que fue el creador de los jardines botánicos que se extendieron por todos los países de Europa y a la vez está considerado el botánico-horticultor más influyente de su siglo.

Con él intercambió plantas y semillas con fines de mejorar las cualidades de los vegetales.

No escapaba a sus conocimientos el campo de las matemáticas, influyendo sobre el Duque de Alba, gobernador de Flandes, para la creación de una cátedra de esa materia en la universidad de Lovaina.

En materia de geografía era capaz de discutir con Gerardo Mercator, considerado el padre de la cartografía moderna, con el que intercambió mapas e instrumentos auxiliares para la cartografía.

Y también fue un experto en numismática, una materia sobre la que con solo catorce años escribió un trabajo científico titulado: Discurso sobre el valor y la correspondencia de las monedas antiguas con las nuevas.

Con tan escasa edad y un título como el expuesto no es descabellado pensar que nos hallamos ante un “niño repelente”, pero lo cierto es que no era así, solo que sentía curiosidades por determinadas cosas que su inteligencia se negaba a desdeñar y se empleaba a fondo para lograr ese conocimiento.

 Y por último, aunque no está constatado, debía poseer grandes conocimientos en materias jurídicas, porque su amigo, el rey Felipe II, le encargó que redactara un dictamen sobre sus derechos sucesorios al trono de Portugal tras la muerte, sin descendencia, del rey don Sebastián en la Batalla de Alcazarquivir, dictamen que redactó en unión de otros dos expertos y que buena enjundia jurídica debía tener, cuando Felipe fue jurado rey por las cortes portuguesas el año 1581, bien es cierto que el pueblo no lo aceptaba, pero ante las cortes sus derechos fueron reconocidos como hijo Isabel de Portugal.

En 1592 regresa Sevilla y ya muy desgastado por la intensa vida llevada, no sale de Andalucía y reparte su tiempo entre el convento de Santiago, del que era prior, el Monasterio de la Cartuja, situado en la famosa Isla de la Cartuja y al que legó todos sus bienes y una finca que llamó “Campo de las Flores”, también en Sevilla. 

Portada de la Cartuja de Sevilla

 Pero su tesón creativo no cedió a sus años y poco antes de fallecer creó en Aracena una “Cátedra perpetua de lengua latina”.

El día seis de julio de 1598, a las tres y media de la madrugada, entregó su alma al Altísimo, según constaría en la fórmula de la época.

Como puede verse la actividad humanística y científica de este olvidado personaje está fuera de toda duda, si  embargo tras su muerte cayó en un olvido secular del que apenas ha despertado.

Es muy posible que Arias Montano careciese de empatía con otros personajes ilustres de su tiempo, quizás por considerar sus conocimientos muy por encima del resto y también es posible que su enfrentamiento con la Inquisición, del que no le libró nada más que su íntima amistad con el rey, hiciera de él un personaje proscrito y que en el seno de la Iglesia no fuese demasiado querido, dada la controversia creada por su Biblia, la de Amberes o Políglota, que no tuvo la aceptación eclesiástica esperada.

Es una incógnita, pero no es singular, pues muchos sabios y doctos hispanos sufrieron de esa misma miseria humana de tratar de ignorar al contrario, a pesar de sus cualidades.


jueves, 8 de octubre de 2020

EL LAGO ESPAÑOL

 


Desde que castellanos, aragoneses y andaluces se lanzaron a los mares, comenzaron a proliferar toda una serie de marinos ilustres que especializado cada uno de ellos en sus latitudes, fueron capaces de trazar las rutas que rodearan todo el globo terrestre.

Los aragoneses se hicieron dueños del Mediterráneo. Castellanos y andaluces iniciaron arriesgadas navegaciones primero en el Atlántico y luego en el Pacífico.

Las dificultades de la navegación en los siglos XV y siguientes eran múltiples.

En primer lugar el diseño de las embarcaciones y sus aparejos permitían una navegación muy limitada, teniendo que llevar siempre el viento favorable (barlovento). Por otro lado la limitada tecnología con la que se construían los barcos no los hacía eficaces para largas singladuras y tras varios meses de navegación empezaban a deteriorarse, a hacer agua y a pudrirse el maderamen. En segundo lugar no podían determinar la longitud en la que se hallaban, una vez perdida de vista la costa.

Por último el problema de la alimentación, que no era de poca importancia.

Con valentía y arrojo, un buque de aquella época podía llegar hasta donde el viento lo llevase, pero volver era otra cosa muy distinta y complicada.

Cristóbal Colón conocía los vientos alisios que soplan constante desde la orilla Este del Atlántico hacia la Oeste. Desde las costas africanas hasta las americanas y usándolos, arribó al nuevo continente.

Pero volver fue más complicado, aunque sabía de la existencia de los contra alisios y de la corriente del Golfo de Méjico, encontrar el punto en que estas dos circunstancias coadyuvaran a la navegación de vuelta, era complicado.

Las cosas ocurrían así en el Atlántico, un gran océano, sin duda, que se hacía poco a poco más navegable gracias a la pericia de aquellos ilustres marinos, pero sus dimensiones y su conocimiento no eran nada comparables con la navegación del Océano Pacífico, infinitamente más grande y desconocido, no en vano ocupa casi la tercera parte de toda la superficie de la Tierra; por eso, las primeras navegaciones por lo que entonces se llamaba Mar del Sur, fueron de una tremenda dificultad.

Pasar el Cabo de Hornos y seguir la ascendente costa para llegar al Perú, no presentaba grandes dificultades.

Cruzar a pie el istmo de Panamá, después de haber desembarcado en Veracruz o Portobelo y continuar navegando hasta Perú, tampoco las suponía, pero el afán de los descubridores de llegar más allá, hasta encontrar la “Terra remota Australis” era un asunto mucho más complicado.

Navegar desde las costas americanas hacia el oeste, en busca de los paraísos de las sedas, las especias, las maderas y marfiles, era relativamente fácil, el retorno era imposible.

Los alisios, también presentes en el Pacífico, empujaban las naves con cierta rapidez y desde cualquier punto de la costa, entre el Cabo de Hornos y la Península de California, era posible viajar hacia el Oeste, pero regresar era un verdadero problema.

A toda esta dificultad había que añadir otra que era la escasa tecnología con que se construían las naves de aquella época que no resistían unos viajes tan largos desde la Península Ibérica hasta las Molucas o Filipinas.

Pero Hernán Cortés, en una carta que le dirige al rey Carlos I, le hace saber que en la costa del Pacífico ha empezado a construir navíos y bergantines con el fin de explorar aquellos mares.

Partir de las costas americanas con buques nuevos suponía dar un importante giro a la navegación.

Pero hubieron de pasar todavía algunos años para que se consolidara la posibilidad de navegar el Océano Pacífico.

En este periodo de tiempo aparece la figura de un piloto excepcional; se trata de Andrés de Urdaneta y Ceráin, nacido en 1508 en la ciudad guipuzcoana de Villafranca de Ordicia, en el seno de una familia de ilustre linaje.

Con apenas 17 años formó parte de la expedición dirigida por un pariente suyo, Jofre de Loaisa, para colonizar las Islas Molucas, cuya titularidad estaba en litigio entre España y Portugal.

 

Retrato de Andrés de Urdaneta

 

Era una expedición formada por siete naves y 450 hombres, entre los que figuraba Juan Sebastián Elcano. La expedición duró once años y en ella encontraron la muerte Loaysa y Elcano, regresando a España una única nave capitaneada por Urdaneta con veintidós hombres.

 El emperador Carlos lo recibió y el navegante le entregó una memoria de todo lo sucedido en la expedición.

En la corte, Urdaneta conoce a Pedro de Alvarado, mano derecha de Hernán Cortés y con él regresa a Nueva España, actual Méjico, donde se prepara una nueva expedición a Molucas y Filipinas.

En ese intervalo y sin que se sepan muy bien las razones, Urdaneta decide ingresar en la orden de los Agustinos, cuando ya tenía 45 años.

Mientras, en Acapulco, se estaban construyendo los barcos que conformaría la nueva expedición en la que figuraba como máximo responsable Miguel López de Legazpi que a la postre sería el conquistador de Filipinas.

El 21 de noviembre de 1564 zarpó la expedición del puerto de La Navidad, en Méjico y dos meses después arribaron a las Filipinas sin grandes incidencias en el viaje y aprovechando los tan repetidos vientos alisios. La expedición estaba compuesta por cuatro buques: dos naos la San Pedro y la San Pablo y dos pataches: el San Juan y el San Lucas y llevaba 480 hombres a bordo: 150 hombres de mar y el resto, cinco agustinos, colonos y militares.

Aquella expedición fundó el primer asentamiento español en el archipiélago: Villa  San Miguel, con el que se inició una ocupación que duraría 333 años.

En Filipinas permanecieron una larga temporada, reparando los buques y esperando un tiempo favorable para intentar el regreso y el uno de junio de 1565 zarparon con destino a lo casi desconocido, aunque la meta era volver a Nueva España.

Aprovechando vientos del suroeste, Urdaneta y el resto de los pilotos de los barcos que regresaban, dejaron atrás Filipinas dirigiéndose cada vez más al norte; así, ascendieron hasta los 42º Norte en donde por casualidad, se encontró con una corriente que le impulsaba hacia el Este.

Era la corriente que actualmente se conoce como Kuro Siwo, una corriente muy fuerte que nace en las costas de China, sube hasta Japón y allí se funde con otra corriente que procede del Estrecho de Bering y las islas Aleutianas.

Esas dos corriente juntas impulsaron los buques hacia el continente americano, hasta las costas norte de California, desde donde navegaron hacia el sur, costeando, para llegar a Acapulco.

Habían recorrido más de catorce mil kilómetros, a una media de cien kilómetros al día.

Pero al llegar a Acapulco se encontraron con que un capitán de la expedición llamado Alonso de Arellano, con cuyo barco perdieron contacto a poco de salir de Filipinas, se les había adelantado.

Sin embargo Urdaneta argumentó mejor su ruta, cosa que Arellano no pudo efectuar y creyendo que su regreso se hubiera debido más a un golpe de fortuna que a una experiencia científica lo cierto es que desde aquel momento la ruta del tornaviaje fue la que descubrió el fraile Agustino.

A partir de entonces los buques españoles comenzaron a navegar asiduamente desde Nueva España hasta Filipinas y regresar de manera regular a Acapulco, tanto es así como que al buque que hacía la ruta se le llamaba Galeón de Manila.

Esta posibilidad de ir y regresar produjo un tráfico constante de mercancías orientales, no solamente de Filipinas, sino de todo el continente asiático que muchos mercaderes nativos se encargaban de transportar desde India, China o Japón hasta las Islas Filipinas, donde eran cargadas y traídas a España, vía Méjico.

  Las rutas del Océano Pacífico estaban dominadas y los barcos españoles surcaban aquellas aguas con tanta prodigalidad que el inmenso océano empezó a ser conocido como “El lago español”.


jueves, 1 de octubre de 2020

EL HURACÁN DE CÁDIZ


Los recuerdos de la infancia se graban de forma casi indeleble y aunque no es posible recordarlo todo, gran cantidad de esos recuerdo permanecen inalterables al paso de los tiempos.

Hace sesenta y dos años, en el mes de diciembre de 1958, nos despertamos una madrugada con un ruido constante y atronador de cristales rotos y objetos cayendo y rompiéndose.

No sé cuánto duró aquello, pero tan de pronto como había surgido, desapareció aquel estruendo. Había sido un ciclón, o un huracán, dijeron.

Asustados, nos levantamos y nos asomamos al patio. Mi casa tenía un patio central con una montera de cristales. No había ninguno en su lugar. Fuimos a ver qué pasaba en la calle y vimos cantidad de macetas que cayeron de los balcones, más cristales y toda clase de objeto que el viento había desplazado: trozos de cornisas, alguna almena de las azoteas y algún animal, perro, gato, gallina o conejo, al parecer muertos. Era muy común que en las azoteas de las casas hubiera pequeños gallineros o jaulas de conejos que el “huracán” destrozó.

Poco a poco la vida se fue normalizando y los vecinos salieron a la calle a comentar lo ocurrido.

Luego, nos vestimos y junto con los amigos del barrio, nos fuimos a recorrer la ciudad.

Ya he dicho muchas veces que mi pueblo es San Fernando, La Isla de León y entre muchas otras cosas es conocido por la gran cantidad de araucarias que lucen enhiestas como trofeos de los jardines de las casas de familias adineradas y en algunos parques públicos, casi todas traídas de las Américas por los marinos que allí estuvieron destinados y que ahora vivían en mi pueblo.

 

Portada del diario de Cádiz

La araucaria es un árbol majestuoso, alto y muy derecho y había sufrido muy mal el paso de aquella ventolera y muchos de aquellos testigos de cientos de años, habían sucumbido y yacían en el suelo, habiendo arrasado casas y jardines en su caída.

Con la normalización de la vida, nos dijeron que había sido un ciclón que había soplado desde el suroeste, con una fuerza extraordinaria y rachas de hasta ciento cincuenta kilómetros a la hora.

El desastre en que quedo sumida la ciudad duró muchos días y algunos de los amigos y compañeros de aquella época, lo recuerdan.

Parece que estas cosas solo pasan en el Caribe, donde cada año uno o dos huracanes azotan las islas y la costa sur de Estados Unidos, pero no es cierto, pueden suceder en cualquier lugar, siempre que se den una serie de condiciones climatológicas.

En la provincia de Cádiz han ocurrido algunas otras catástrofes naturales, sobre las que planea la más grave de todas: el maremoto de 1755, conocido como el de Lisboa, aunque en la bahía gaditana tuvo grandes repercusiones.

Hace ya unos años escribí un artículo en el que trataba este desastre natural que se puede consultar en este enlace:

http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com/2013/03/mi-cunado-manolo-y-el-ilustrado-roche.html

El pasado otoño la prensa publicó numerosas fotografías y documentales de una manga marina, es decir, un tornado, que se paseó a su antojo frente a las costas de Cádiz, afortunadamente sin tocar tierra, pero no siempre las cosas son así.

En la Historia de Cádiz de Adolfo de Castro ya se hace mención a un “huracán”  que asoló la ciudad y la bahía, causando enormes pérdidas en vidas humanas y bienes materiales. Pero con mucha más precisión se describe el catastrófico incidente en un libro llamado “Emporio del orbe”, Cádiz Ilustrada”, del fraile carmelita Gerónimo de la Concepción,

Este fenómeno ocurrió el 15 de marzo de 1671, domingo que en aquellos tiempos se conocía como Domingo de Lázaro, que en el calendario hispano mozárabe se refiere al quinto domingo de cuaresma.

En aquellos momento Cádiz era una de las ciudades más pujantes de España. Reinaba Carlos II y Sevilla y su importante puerto fluvial, estaban en declive frente a las comodidades náuticas que ofrecían Cádiz y su resguardada bahía.

La riqueza que fluía en la ciudad la había remozado considerablemente y las viejas construcciones habían sido sustituidas por modernos edificios de piedra en sus calles estrechas y bien alineadas

Es de considerar que en la época no se tuvieran elementos necesarios para hacer una distinción adecuada sobre los fenómenos atmosféricos, por eso desde el primer momento a éste se llamó “huracán”, cuando lo más probable es que se tratara de un tornado, dadas las circunstancias que se expondrán.

Para medir la intensidad de un tornado se emplea actualmente la llamada Escala de Fujita que igual a otras que dimensionan las catástrofes, lo hace por el poder de devastación. Sobre un límite de cinco, aquella situación llegó al grado tres, lo que da idea de su gravedad.

El fenómeno comenzó a las tres de la madrugada, con fuertes lluvias y vientos del sur con gran profusión de truenos y relámpagos y poco a poco se fue acercando a la costa un frente de fuertes vientos que terminó por entrar en la ciudad casi por su centro arrasando edificios, tejados, vallas y arbolado.

Según crónicas de la época y posteriores investigaciones, el “huracán”, cambió de rumbo, cosa que hizo en dos o tres momentos posteriores, sembrando muerte y destrucción a su paso, pero la dirección final fue de oeste a este, tocando el primer punto de la ciudad por el baluarte de San Sebastián y la recogida playa de La Caleta y saliendo a la Bahía más o menos a la altura del actual Muelle. En total, la zona de máxima devastación no superó los trescientos metros de anchura.

El hecho, relatado en varios documentos, de que las fuertes rachas de viento respetasen totalmente algunas partes de la ciudad y que a su vez hicieran cambios bruscos en la dirección, hace pensar que se trataba más del recorrido errático de un tornado que de un verdadero huracán, ya que si bien éstos suelen cambiar de dirección, sus frentes son lo suficientemente amplios como para abarcar zonas mucho más extensas que toda la ciudad de Cádiz.

Pasada la estrecha franja del istmo en el que se asienta la ciudad, las rachas de viento llegaron a la bahía, donde toda la flota anclada a resguardo se vio afectada y muchas de cuyas embarcaciones quedaron completamente destrozadas. Hasta un total de diecinueve embarcaciones de alto bordo, como navíos, naos, bergantines y otras, sufrieron tremendos daños y precisamente entre la marinería se registró el mayor número de víctimas, que se cifraron en más de seiscientas personas, de muy diferentes nacionalidades, pues los buques surtos eran de distintas banderas.

Muchos días después de la tragedia continuaban saliendo a las playas cuerpos de personas ahogadas.

Según estas cifras que junto con toda la descripción del fenómeno fueron recogidas por el escribano municipal Juan de la Sena, estaríamos ante uno de los tornado más mortífero de cuantos hay constancia, pues solamente lo superaría otro ocurrido en 1925 en los estados vecinos de Missouri, Indiana e Illinois, en los Estados Unidos que causó seiscientos noventa y cinco muertes.

Una de las principales consecuencias de aquella catástrofe fue el cambio radical que sufrió la construcción en la ciudad, donde se acostumbraba a tener en las azoteas unos miradores de influencia árabe, usados como lugar de esparcimiento, construidos de forma muy somera de los que el tornado no dejó ni uno solo a su paso.

Aquellos miradores fueron sustituidos por las llamadas torres-miradores que cumplían la doble finalidad de resultar un lugar de esparcimiento y un punto de observación sobre la llegada de barcos de las Américas y que forman una emblemática imagen de Cádiz.

 

Típico edificio gaditano con Torres-miradores

 




jueves, 24 de septiembre de 2020

CABALLEROS VEINTICUATRO



    A veces pensamos que la composición de los ayuntamientos nunca ha sido democrática hasta la llegada de la Constitución del 78 y no reparamos que a veces la designación de los miembros que componen las corporaciones locales, aunque estaban tuteladas por la “autoridad”, que podía ser el rey, el virrey, el señor de la villa, etc., también tenían miembros elegidos libremente entre las clases más desfavorecidas.

    La necesidad de introducir en los ayuntamientos, cabildos y concejos una limitación a los poderosos es muy antigua y viene desde que las ciudades y villas se van haciendo cada vez más fuertes en la gestión de sus propios recursos.

    A finales del siglo XV la ciudad más importante de Castilla era Sevilla que estaba gobernada por una asamblea llamada Cabildo, nombre con el que sigue conociendo a la corporación municipal.

    Esta asamblea se reunía tres días a la semana y estaba compuesta por los alcaldes mayores, el alguacil mayor, los regidores y los jurados.

    Estos dos últimos grupos estaban formados por una mezcla heterogénea integrada por los alcaldes de la tierra y los de justicia, los fieles ejecutores y “los caballeros veinticuatro”.

    ¿Quienes eran estos caballeros? Para saberlo hay que remontarse en la historia y dar marcha atrás un par de siglos.

    Alfonso X, llamado El Sabio, se percató del desbarajuste que la falta de una gobernabilidad coherente estaba produciendo en una ciudad tan poblada y próspera como Sevilla, recién conquistada por su padre Fernando III y así, dispuso que las veinticuatro “collaciones” en las que estaba dividida la ciudad eligieran entre sus ciudadanos a dos jurados cada una.

    Collación es una palabra que está en desuso, pero fue muy utilizada en tiempos anteriores y su traslación al significado actual sería el de barrio.

    Su hijo, Sancho IV, dio forma definitiva a la fórmula de su padre y en 1286 aprobó la propuesta del concejo sevillano de que doce nobles y doce ciudadanos del pueblo llano fueran integrados en el gobierno de la ciudad.

    De ahí viene su nombre y aunque en la realidad no eran veinticuatro, sino el doble, la elección se producía entre dos estamentos muy concretos de cada una de las veinticuatro collaciones, pues se nombraba un representante entre las clases altas y otro entre la burguesía o los gremios y en donde se integraban también algunas clases menos protegidas, como judíos neoconversos. 

    Su designación real convertía en vitalicio el oficio que habían de desempeñar, lo que los apartó de la ciudadanía, creándose al final una nueva oligarquía.

    Su labor era fundamentalmente la fiscalización de las actuaciones del concejo y la defensa de los ciudadanos y sus intereses. Tenían voz, pero no tenían voto en las reuniones de los ayuntamientos.

    A finales del siglo XV, momento en el que estábamos situados más arriba, había en Sevilla sesenta y cinco jurados, pues la ciudad había crecido enormemente.

    Pero había un gran problema y es que la ciudad tenía un dueño.

    Un noble que ejercía toda su autoridad sin acatar la autoridad real ni ninguna otra que no fuese la suya propia. Este noble era el poderoso duque de Medina Sidonia, don Enrique de Guzmán, que rivalizaba con otro poderoso, Rodrigo Ponce de León, marqués de Cádiz.

    Tras la pugna entre las dos casas, el de Medina Sidonia comenzó a gobernar la ciudad a su antojo y la floreciente Sevilla empezó a caer en una etapa de verdadera descomposición.

  La corrupción llegaba todos los rincones de la ciudad con claro enriquecimiento del duque y sus gentes y perjuicio de la corona y del pueblo llano, pero esa situación de privilegio se acabó con la llegada al trono de los Reyes Católicos, pues estos se propusieron como primera medida, visitar las ciudades más importantes de Castilla y asegurar su sometimiento efectivo a la autoridad de los monarcas.

    En Sevilla fue primordial liberar la dependencia que tenía del duque de Medina Sidonia y como primera medida dispusieron que éste, el marqués de Cádiz y algunos otros señores importantes de la baja Andalucía, no volvieran a pisar ninguno de los pueblos dependientes de la ciudad y su cabildo.

    La ciudad estaba fuertemente protegida por numerosas fortalezas situadas tanto en el interior de las murallas, como extramuros y, naturalmente, todas estaban en manos de la nobleza, por lo que recuperarlas se hizo vital. 

Ayuntamiento de Sevilla en grabado de la época

    La segunda medida fue la de prohibir que lugartenientes de alcaldes mayores, de alguacil mayor y otros oficios con los que la nobleza se había introducido en la vida política de la ciudad, concurrieran a las reuniones del cabildo, obligándoles a dedicarse a las labores que tenían encomendadas que no eran otras que la justicia, la paz urbana, la limpieza y otras cuestiones menores.

    Por el contrario, fueron incorporando al gobierno municipal sevillano a más de cuarenta nuevos caballeros veinticuatro, elegidos entre personas de su confianza en sustitución de los que iban falleciendo, pues al ser cargos vitalicios, solamente la muerte solucionaba el problema.

    En pocos años más de la mitad de los regidores de la ciudad eran nuevos en su oficio y todos marcados por el común denominador de fidelidad a la corona.

    Un veinticuatro venía a ser lo que hoy entenderíamos como concejal y desde su inicial creación para Sevilla se extendió a otras ciudades de Andalucía como Granada, Baeza, Úbeda, Jaén, Córdoba y Jerez de la Frontera y algunas castellanas como Salamanca y Palencia, donde se los conoció con el mismo nombre.

    Pero se produce el descubrimiento de América y Sevilla se convierte en la entrada de todas las riquezas procedentes del Nuevo Mundo y donde hay dinero, ya se sabe, comienza la corrupción.

    En la época de Felipe II, con la Casa de Contratación funcionando a pleno rendimiento, el dinero corría por las calles de la ciudad, pero la corrupción era tal que hasta se produjeron los primeros “grafitis” en murallas sevillanas, alertando del desorden y mal gobierno que imperaba en la ciudad.

    Se había llegado al caso de que determinados cargos del cabildo eran comprados de forma vitalicia y entre ellos los de los caballeros veinticuatro. Una práctica ya muy antigua que se había realizado incluso en el seno de la Iglesia y que se conocía como “simonía” o venta de cargos religiosos.

    El desbarajuste era tal que resultaba imposible tomar ninguna determinación jurídica, porque siempre había otra norma que se le enfrentaba y si no la había se confeccionaba al momento, así que la corona decidió hacer una recopilación de todas las leyes, ordenanzas municipales y disposiciones de todo tipo que se habían ido promulgando desde la reconquista de la ciudad y en 1527 se publicó por el cabildo de la ciudad lo que sería la primera recopilación de normas y jurisprudencia que hicieran posible adoptar acuerdos dentro de ese marco jurídico.

    Otra cualidad de esa recopilación fue la descripción rigurosa de las funciones que correspondían a cada uno de los cargos que componían el cabildo municipal, así como la creación novedosa del cargo de “Asistente”, nombrado por el rey que participaba en la administración de la justicia y en la política de la ciudad, de la que, como única circunstancia, el designado no podía ser vecino. 

El Libro de Ordenanzas de Sevilla 

    Como es natural, esta figura fuel alcanzando una gran influencia y poder, fácil también de corromperse, pero al tener por encima solamente al rey, su desviación ya se sabe lo que suponía.

    El siguiente cargo en influencia era el Alguacil Mayor, al que también nombraba el rey y que también debía ser forastero en aquella ciudad y que a su vez, nombraba una especie de brazo ejecutor de sus órdenes que eran los Aguaciles a Caballo.

    Habían después cuatro Alcaldes Mayores, elegidos entre letrados y los alcaldes ordinarios y a inferior nivel estaban los “regidores”, los “Caballeros Veinticuatro” que mantuvieron ese nombre aunque su composición fue aumentando constantemente.

    Estos, que siglos más tarde se empezaron a llamar “representantes del común”, tenían un campo de actuación amplísimo que iba desde la fijación de los impuestos, el funcionamiento de los mercados o las prisiones, urbanismo, etc.

    Pero la corona, tan inmensamente rica por momentos como pobre las más de las veces, necesitaba una fuente de ingresos constantes para mantener los frentes que durante tres siglos tuvo abiertos y esta necesidad de financiación la suplía como en el refrán: volviendo la burra al trigo y a finales del siglo XVII, por unos ocho mil ducados se compraba un cargo de caballero veinticuatro.

   Después de esta última fase, ya podemos imaginarnos lo que sucedería: visitas a los clubs de alterne de la época (tablaos, corral de comedias, etc.), mariscadas, borracheras, “pagarés black”…

    En fin, nada nuevo bajo este cielo andaluz tan bello.