jueves, 12 de marzo de 2015

JUICIOS TENGAS





Se dice como una maldición gitana y es verdad: Juicios tengas y los ganes; porque un juicio, cualquier clase de juicio es, en sí mismo, una ruina. Aunque lo ganes, ya antes de empezar todo el pleito, habías perdido.
Perdido el tiempo, perdida la paciencia, perdida la fe en la justicia y en el valor de la verdad y gastado dinero para no recuperar nada. Todo son pérdidas cuando te enzarzas en un pleito en el que la única parte que va a ganar es la del abogado. Los demás, pierden todos.
La ley es inflexible, pero la justicia es maleable. Un axioma que tiene de verdad lo que yo tengo de cura. La Ley, en sí misma, no existe. La hemos creado a nuestro entender y mejor conveniencia, con ese colmo de soberbia y egolatría que nos caracteriza.
Lo único que se parece a una ley y que funciona, es lo que se ha dado en llamar Ley Natural, aquella en la que priman los instintos, el grande se come al chico y el macho alfa se beneficia a todas las hembras que puede. Lo demás, todo son pamemas. Y los humanos, que por repugnarnos aquellas normas de obligado cumplimiento que imponía la naturaleza, empezamos a apartarnos de ellas y a crear otras a las que llamamos civilizadas, comenzamos a hundirnos en el cenagal de la injusticia.
Hace ya unos años, bastantes, un conocido mío que detentaba un cargo político de cierta envergadura me contó una anécdota en la que él fue protagonista.
Como consecuencia de las gestiones que desde su cargo se proponía iniciar, contó con un gran gabinete de expertos en cierta rama del derecho, el mejor y más brillante de España, al que se dirigió en solicitud de un informe jurídico en el que se viera claramente, apoyado en cuantos preceptos legales se pudiera, que la intención del político en aquel asunto estaba perfectamente recogida en el cuerpo jurídico. Vamos, que entraba dentro de la legalidad.
El titular de aquel gabinete de abogados expertos escuchó atentamente al político, tomó notas sobre cuales eran sus deseos, recogió la documentación que éste le entregaba y lo emplazó para dentro de un mes, plazo en el que el informe estaría listo.
No se habló en aquella reunión de dinero porque el político ya sabía que aquello le iba a costar tres millones de pesetas (no había euros todavía).
Al cabo del mes, se presenta nuevamente el político en el despacho del experto jurista y éste le entrega un informe perfectamente encuadernado, con más de cien folios pulcramente mecanografiados a dos caras, plagado de citas jurídicas y en triplicado ejemplar.
El político, que de aquello no tenía ni la más ligera idea, ojeó el informe y lo sopesó. Tres kilos, calculó al sopesar el informe, así que a millón por kilo. No estaba mal el precio, si el informe le permitía acometer aquella acción (imagino que urbanística) que le quitaba el sueño, pero una duda lo asaltó de pronto.
¿Qué pasaría si tuviera necesidad de tener un informe completamente contradictorio con aquel que sostenía en sus manos?
El experto jurista ni siquiera se inmutó ante la pregunta: Tres millones y lo tiene usted igualmente documentado y en el mismo plazo de tiempo.
¿Dónde está la justicia? ¿Dónde la legalidad? ¿Y la ética?
Nada de eso existe en la realidad. La verdad absoluta no existe. Tiene por lo menos tres caras: mi verdad, tu verdad y la verdad de otros.
Llevar al ánimo del juzgador la duda razonable es la mejor defensa y a veces, la única, porque desde que alguien en la Grecia clásica inventó la figura del “abogado”, la verdad tiene varios caminos.
En la colina de Ares, al aire libre, celebraban los griegos sus juicios y lo hacían a la intemperie porque ya pensaban que juzgador y juzgado no podían estar bajo un mismo techo.
Allí, acompañado de un orador, lo más experto que se pudiera uno costear, trataban los ciudadanos de convencer al juez de su razón o de su inocencia. Normalmente el orador solía conformarse con muy poco, un trabajillo, una invitación y poco más, hasta que apareció un personaje que puso precio real a su trabajo. Este fue el orador Antisoaes, allá por el siglo VI antes de nuestra era; el primero que en el campo de Ares, el Areópago, puso precio a sus servicios y desde entonces, si queremos salir bien parados de algún pleito, mejor será que vayamos buscando a uno de los seguidores de Antisoaes, porque los que son gratis, los de oficio, al final saldrán más caros. Luego, los jueces, los procuradores, los peritos y todos los que intervienen en la administración de la justicia, pusieron el cazo y todos a cobrar.
Un buen orador que se prestara a representar a un ciudadano en juicio, no tenía otra cosa que hacer que crear dudas, cuantas más y más extrañas, mejor, con tal de conseguir crear una confusión de tal envergadura, como la que formó Protágoras un siglo más tarde.
Era éste un personaje de gran calado social y político; amigo de Sócrates y de Pericles, aparece ampliamente reflejado en los Diálogos de Platón, pero la razón por la que viene a estas páginas es por su habilidad como polemista, como orador y como retórico, disciplinas en las que destacaba y en las que era maestro de numerosos alumnos.

Busto de Protágoras

Pertenecía a la escuela “sofista”, palabra que en griego quiere decir algo así como perseguidores de la sabiduría, aunque su prima hermana “sofisma” quiere decir todo lo contrario.
Protágoras, que se ganaba la vida enseñando, tenía entre sus alumnos a un tal Euathlos, un joven brillante pero de escasos recursos económicos que cierto día llegó a su maestro diciéndole que lo sentía mucho, pero que no podía seguir recibiendo clases, porque ya no tenía dinero para pagarle.
El maestro se compadeció del su alumno, al que auguraba un brillante porvenir como orador y estableció con el una especie de contrato, un pacto entre caballeros, sellado con un apretón de manos que tenía tanta validez como el contrato más perfectamente redactado y que consistía en que el alumno seguiría recibiendo las clases y le pagaría con el dinero que percibiera en el primer juicio que ganara.
Maestro y alumno continuaron las clases pero Euathlos no se decidía a presentarse a defender su primer juicio, aduciendo siempre que no estaba suficientemente preparado.
Harto de que pasaran los meses sin cobrar, Protágoras decidió denunciar ante el juez la situación a la que le estaba conduciendo su discípulo y para eso se hizo el siguiente planteamiento.
Si ganaba el juicio, el juez condenaría a su alumno a abonarle las cantidades que le debía, con lo que cobraría su deuda. Si por el contrario, ganaba su alumno, se encontraría ante su primer juicio ganado, por lo que en virtud del contrato sellado entre ellos, tendría que pagarle igualmente la cantidad adeudada.
En cualquiera de los dos casos, según su planteamiento, ganaría
Sin embargo, Euathlos, se hacía un planteamiento similar, aunque diametralmente opuesto. Si ganaba el juicio, el juez condenaría a su profesor y no tendría que pagarle nada, pues la sentencia le daría la razón; si por el contrario, lo perdía, el contrato entre ellos lo salvaguardaba de tener que pagar, pues no era sino hasta que ganase su primer juicio cuando tendría que abonar las clases.
Según su planteamiento, también ganaría pasara lo que pasara.
Esta controversia judicial se conoce como “Paradoja de la Corte” y desde que se planteó por primera vez en la Grecia clásica de hace veinticinco siglos, continúa en plena vigencia, sin que nadie ni nada haya aportado solución al problema.
¿Cuál de los dos “abogados” tenía razón? ¿De qué lado tendría que inclinarse la justicia?
La cosa no parece tan difícil. La razón tiene que estar solamente de una parte, el problema está en saber de cual.
Y la explicación, como no la tiene, es muy sencilla: de la parte que más empeño ponga en convencer al juzgador. O dicho de otra manera: del orador más hábil.

¿Qué tienen que ver la ley y la justicia con la oratoria? Pues a lo que parece tienen mucho que ver y es que la oratoria sirve para todo, pues mucho antes de que esta paradoja se presentara, ya había en el Ágora griega muchos personajes de dudosa honestidad que embaucaban al pueblo con sus pláticas y que por un dracma demostraban la existencia de los dioses y por otro, demostraban el razonamiento contrario, como el famoso jurista español de esta historia.

viernes, 6 de marzo de 2015

EL PODER DE UNA CUCHARA





Cuando los años nos van colocando a la cabeza del escalafón familiar, se nos va concediendo una situación de privilegio dentro de la familia. Importan nuestras opiniones, piden nuestros consejos y nos agasajan como ya nosotros habíamos hecho con nuestros mayores.
Pero éramos muchos más felices cuando ellos vivían y nosotros estábamos parapetados detrás, en la segunda o tercera línea de fuego. Cuando se nos van, se van también nuestras referencias, perdemos aquel contacto cálido con el pasado que tanta falta nos hace. Ya no tenemos quien nos cuente qué pasó en la familia cuando éramos pequeños, cómo se vivieron aquellos tiempos cuando aún no habíamos nacido.
Mi tío Luís era mi referente en materias relacionadas con la República y con la Guerra Civil, porque mi padre nunca habló de eso y la familia de mi madre lo había pasado tan mal con un padre republicano radical y masón, en el lado de los alzados, constantemente en peligro de que se lo llevaran a la tapia del cementerio que todo esfuerzo era poco para olvidar aquel calvario.
Quizás mi padre callaba porque en su forma de pensar, había perdido la guerra estando en el lado ganador y mi tío, en la suya, la había ganado estando en el bando perdedor.
A toda costa había que evitar que entre ellos hablaran de aquel pasado porque mi tío, el ganador, había estado en el frente, con el ejército de la República, mientras mi padre, el perdedor, no había cogido un fusil y a pesar de que lo movilizaron desde el principio, no pasó de Sevilla, donde lo destinaron a automovilismo.
Habían tenido papeles cambiados y a los dos afectó aquella circunstancia. Habían vivido dos guerras bien distintas y cualquier conversación acaba en discusión airada y a gritos.
Mi tío Luís había estudiado bachiller en su Palencia natal y luego se hizo maestro de escuela, mediante aquello que me parece se llamaba examen de grado.
En eso fue llamado a filas y realizó el servicio militar como alférez de complemento, dada su condición de maestro, pero al terminar la mili, decidió que ni el ejército ni la docencia eran lo suyo y empezó a prepararse para ingresar en el cuerpo de maquinistas de la Marina.
En esas se produce el alzamiento militar de julio del 36 y a él lo coge en Madrid. Inmediatamente lo movilizan y pasa destinado al V Cuerpo de Ejército, el del famoso general Líster.
Mi tío era de derechas y aquello no le hizo ninguna gracia, pero pensando, como pensaban muchos en aquellos momentos, que la guerra iba a durar poco, ocultó su condición de oficial de complemento y como soldado raso, lo mandaron a las trincheras.
Estuvo en el V Ejército toda la guerra y participó en las batallas del Guadarrama y en el frente de Teruel, lo hirieron varias veces y aún conservaba trozos de metralla que me hacía tocar a través de la piel para que viera que aquello que me contaba era verdad.
Y lo era, porque yo palpaba unos bultos, como garbanzos duros, clavados entre la carne y la piel.
“Antes estaban mucho más adentro, pero el cuerpo las va expulsando”, me decía y yo lo creía a pies juntillas.
Ya estaba la guerra dando las últimas boqueadas y mi tío, repuesto de las heridas, que no debieron ser demasiado graves, estaba otra vez en las trincheras cuando un mañana se le acercó un cabo y le dijo que el comandante de su batallón quería verlo.


El general Enrique Líster

Quizás pensara, por un instante, que el comandante le iba a dar un permiso por su buen comportamiento, pero aquel pensamiento efímero se le disolvió en el aire cuando entró al despacho y observó sobre la mesa un expediente en el que había cosida con una grapa una fotografía suya vistiendo el uniforme de alférez.
¿Qué por qué no había dicho que era un oficial, cuando la República estaba tan escasa de mandos?
Primero porque nadie le preguntó nunca nada y segundo porque creyó que aquello de la mili no servía para la guerra de verdad.
La verdad era de lo que se iba a enterar él, por traidor a la causa. Al calabozo y preparado para consejo de guerra. Consejo de guerra que ya sabía cómo iba a terminar: frente al pelotón de fusilamiento, que en tiempos de guerra ningún bando se andaba con tonterías.
Varias semanas estuvo encerrado en una especie de jaula de la que era fácil escapar, pero no tenía a donde ir, así que mejor quedarse allí, que por lo menos le daban de comer.
Pero la fortuna le sonrió. Bueno, le sonrió de momento. El ejército de Franco tomó las posiciones donde él estaba preso y pasó de un bando a otro, claro que entre los alzados lo recibieron como oficial del ejército de la República y por tanto, nuevamente al calabozo, aunque de éste ya no era tan fácil escapar.
Ante la comisión que vio su caso, mi tío se expresó con más miedo que vergüenza, pero diciendo la verdad. Él era de los de “Arriba España”, que lo movilizaron porque estaba en Madrid, pero que nunca quiso ni aceptó la causa republicana y buena prueba era que nunca dijo que era oficial de complemento y que por eso los republicanos lo iban a fusilar: por traidor a la República.
Pero ahora lo iban a fusilar los otros.
Alguien, con sentido común, debió advertir que la historia que contaba aquel soldado, o alférez, o lo que fuera, tenía sentido y después de algunos meses en la cárcel, lo pusieron en libertad, con todas sus responsabilidades extinguidas y libre de hacer lo que quisiera.
Tan libre debió quedar que suscribió las primeras oposiciones que se convocaron que no fueron otras que al Cuerpo General de Policía.
Sí, mi tío terminó siendo policía. De aquellos de chaqueta y corbata, gabardina y sombrero y placa detrás de la solapa y digo yo que no habrían visto mucha peligrosidad en él cuando lo dejaron ingresar en una cosa tan delicada como la Policía de la época.
En buena parte por él, ingresé yo en la Policía. Me entusiasmaban sus historias cuando me refería su estancia en Barcelona y cómo se luchaba contra los pistoleros anarquistas de la época: el Sabater, el Facerías, el Orive y otros cuyos nombres no recuerdo.
Pero de todas las historias que mi tío me contaba cuando era pequeño, hay una que me gustaba sobre las demás. Era la historia de la cuchara.
Él vivía en Madrid, concretamente en una pensión por las inmediaciones de la calle Barquillo. La dueña, doña “Guadita”, abreviatura de Guadalupe, viuda de un sargento que murió en la guerra de África, debía tenerle mucho afecto, porque cuando mi tío recibió la orden de movilización, le dijo: “Mira, Luisito, yo sé lo que es ir a la guerra y también lo que es perder un marido, allí todo va a ser duro, pero lo más duro de todo es el hambre que vas a pasar. No te puedo dar mucho, pero toma esta navaja que además tiene un tenedor y una cuchara. Átatela al cinto y no la pierdas. Tener una cuchara da mucho poder, ya lo verás”.



Y lo vio y además bien pronto. El ejército republicano carecía de todo y aparte de algunas botas que repartieron entre los primeros que llegaron, unas mantas y por supuesto las armas, poco utillaje más entregaron a los recién incorporados que sentados en el suelo, por grupos, esperaban que se sirvieran los ranchos devanándose los sesos sobre la forma de comerlo y esperando que no fuera muy caldoso.
Y es que los más intuitivos habían “fabricado” unas cucharas con corteza de pan duro, ahuecada y dejada secar durante días, pero si el rancho era "caldoso", como siempre solía ser, aquella improvisada herramienta no llegaba más allá que a la tercera o cuarta cucharada, mientras mi tío, con su magnífica, aunque pequeña cuchara metálica, comía y comía, ante la envidia de todos.
Yo no me creía que los soldados no tuvieran cuchara, pero él me lo aseguraba con tal rotundidad que no me quedaba más remedio que creerle. Después de algunas semanas movilizados, los más ingeniosos se habían provisto de cosas imprescindibles, como un peine para los piojos, alguna cuchara y otras cosas así, pero los que eran de lejos tuvieron que optar por tallar cucharas de madera o fabricarlas con latas de conserva que a veces repartían entre la tropa.
Quizás otros ejércitos estaban mejor avituallados, pero el de mi tío tenía esas carencias básicas, claro que viendo la pinta que tenía su general es fácil imaginar las carencias.
Por tener una cuchara lo eligieron representante de su pelotón y gracias a la cuchara, que podía alquilar a buen precio o prestarla por un paquete de tabaco, soportó mejor las calamidades del momento.
Yo le preguntaba si cuando alquilaba o prestaba la cuchara no temía que se la quitaran y siempre me respondía que no era fácil que nadie intentara quedársela después de haber hecho uso de ella, pues él se sentaba a espaldas del afortunado que la estaba usando y con el fusil apoyado en las rodillas.
Estaba decidido a recuperar la cuchara a costa de lo que fuera.
¡Qué lista era la señora “Guadita”!

Mi tío conservó su amistad siempre y cada vez que pasaba por Madrid, iba a visitarla.

viernes, 27 de febrero de 2015

TODO UN EJÉRCITO





Sin duda alguna, el ejército más ridículo del mundo, pero ejército al fin y al cabo, es la Guardia Suiza de el Vaticano. Ridícula su indumentaria, ridículas sus armas y ridículos su número y sus condiciones de acceso.
Porque no se debe olvidar que la famosa Guardia Suiza, esa que tanto colorido presta a las imágenes vaticanas, es un cuerpo de ejército, en donde hay soldados, suboficiales, oficiales y un capitán, su jefe, aunque el verdadero “jefe ceremonial” es el papa, al que los miembros de su guardia saludan militarmente, pero rodilla en tierra. Si el capitán es de noble ascendencia, se le asciende automáticamente a comandante.
 Su número total apenas sobrepasa los cien componentes, todos son mercenarios, suizos de nacionalidad, altos, rubios (preferentemente), mayores de diecinueve años, solteros al inicio, con posibilidad de casarse si han alcanzado el grado de cabo y se reenganchan por dos años más y, por supuesto, católicos hasta la médula. Desde su fundación, con muy pocas variantes, han venido ofreciendo la misma imagen que ahora vemos.
En muchas viejas familias suizas, pertenecer a la Guardia es una tradición que se va pasando de padres a hijos durante muchas generaciones.

Teatrera formación de la Guardia, con yelmo, coraza y pendón

La creación de este minúsculo ejército se debe a dos papas: Sixto IV y su sobrino Julio II, el Papa Guerrero, como se le conoce.
Sixto IV advirtió que sus dominios, que eran muchos, los llamados Estados Pontificios, no estaban protegidos y que su persona también era vulnerable, así que solicitó a la Confederación Helvética, le cediera algunos de los ya entonces famosos mercenarios suizos, para formar una especie de cápsula de protección que éstos le prestaron.
Más tarde, su sobrino, Julio II, a quien las guerras y las intrigas le gustaban más que cualquier cosa que a la religión o el espíritu se refiriera, coincidió con su tío en que sus territorios debían ser protegidos y a la vez, procurarse una escolta personal que preservara su integridad.
Recordando a aquellos mercenarios, tuvo la idea de crear su propio ejército y así, el veintidós de enero de 1506, un grupo de ciento cincuenta mercenarios suizos, al mando del capitán Kaspar von Silene, entraron en el Vaticano, donde fueron recibidos por el papa que les dio su bendición y a los que alojó en unos cuarteles construidos ex profeso.
Inmediatamente se pensó que aquella Guardia debía distinguirse de los demás ejércitos por su indumentaria y para eso se usaron los colores amarillo-azafranado y azul, del escudo de la poderosa familia De la Rovere, a la que pertenecía el papa. Más tarde, el papa León X, introdujo en el uniforme el color rojo, representativo de la Casa de los Medicis, no menos poderosa y de la que era miembro.
Con estos colores y poquísimas variaciones en su diseño, la Guardia Suiza, siglos después, viste el uniforme militar más antiguo del mundo.
Su entrenamiento de base militar es con espada y alabarda, lo que da buena idea de su actualización interna, aunque también reciben instrucción en armas de fuego y en tácticas de control de multitudes.
Los de menor empleo portan, además de la espada y la alabarda, un spray de gases lacrimógenos, por toda defensa.
Desde esa fecha, solamente una acción de verdadera guerra ha comprometido a los suizos del Vaticano y en esa ocasión fue contra el ejército español y alemán del Emperador Carlos V, el 5 de mayo de 1527, fecha en la que se inició el famosísimo Saqueo de Roma, un hecho singular, en el que el emperador arremetió contra su “jefe espiritual”.
Ha sido la única confrontación con sangre y en ella perdieron la vida ciento cuarenta y siete guardias, sobreviviendo cuarenta y dos que fueron los que acompañaron al papa Clemente VII por el pasadizo secreto que une el Vaticano con el castillo de Sant Ángelo, en donde se refugió.
Este hecho, en el que los guardias se portaron valerosamente, hasta el extremo de dar su vida por defender al papa, creó un fuerte vínculo entre la Guardia y el pontífice que dura hasta nuestros días y marcó una fecha tan señalada que desde entonces fue elegida para el juramento de los nuevos guardias que se van incorporando para sustituir a los que cumplen la edad reglamentaria que está fijada en treinta y cinco años.
Toda esta introducción tiene como objetivo exponer el cuando y el como de la creación de un ejército que proporcione seguridad a los antiguos Estados Pontificios, primero y a la actual Ciudad del Vaticano, después, pero el por qué de la creación de este ejército es de una explicación que no se compadece nada con la doctrina que desde esa sede se pretende transmitir al mundo.
Aquello de entregar todo lo que tengas a los pobres y seguirme, o lo de que mi reino no es de este mundo, duró poco. Vamos, no duró nada, porque enseguida llegó Saulo, nuestro San Pablo, con su afán de universalidad y poder y lo trastocó todo.
Ya no bastaba predicar a los gentiles, había que latinizar la religión, es decir, elevar las prédicas a todo el imperio romano y así lo hicieron, pero fue con Constantino cuando ya la naciente iglesia dio el vuelco definitivo: tocó poder y eso le gustó. Se había convertido en la religión oficial del Imperio aunque Constantino, su emperador, que fingió hacerse cristiano, no abjuró nunca de sus ancestrales dioses, a los que siguió adorando.
Y siguió tocando poder durante muchos siglos, pero empezó a comprender que como su Maestro decía, su poder era solamente espiritual, de otro mundo y que estaba a expensas de que cualquiera de los muchos reyes, caudillos y señores poderosos de aquellas épocas, le perdieran el miedo a la condenación eterna a la que se exponían yendo contra el santo representante de Dios en la tierra y le arrebatara sus posesiones en una sola galopada y entonces un papa se inventó lo del Sacro Imperio y escogió a Carlomagno al que coronó emperador en la navidad del año 800, convirtiéndolo en el adalid de la cristiandad, el brazo secular que estaba destinado a proteger al tan débil “poder eterno”.
Desde entonces ser emperador del Sacro Imperio, Rey de Romanos, como también se le denominaba, constituía un apetitoso objetivo, pues en una sociedad como la medieval, estigmatizada por la fuerza de la Iglesia, convertirse en el protector de la institución y sus territorios, era una quimera que en todo el mundo conocido, solamente alcanzaba un rey cada muchos años.
Nuestro Alfonso X, el Sabio, uno de los mejores reyes que ha tenido Castilla, también estuvo enredado en las marañas políticas para conseguir la corona sagrada, pero no estaba Castilla en ese momento para soportar muchas presiones externas, tenía ya bastantes con su lucha contra el invasor, la repoblación y la construcción de un “cuerpo jurídico” con el que gobernarse y diferentes papas pasaron de él en beneficio de monarcas mejor situados políticamente.
Pero gustarle, al rey Alfonso, sí que le hubiera gustado. De eso no cabe duda.
El único monarca español que consiguió el Rex Romanorum fue Carlos I, un monarca obsesionado fanáticamente con la religión católica, convertido en el azote de los protestantes a los que fue derrotando batalla tras batalla, consiguiendo una victoria tras otra, hasta que perdió definitivamente la guerra.
Dios no estaba de su lado y es más que probable que al analizar, en su retiro de Yuste, las consecuencias finales de su particular cruzada contra los luteranos, llegase a la conclusión de que como todo en la época se fiaba al juicio de Dios, posiblemente el Dios de los protestantes fuese más verdadero que el suyo.
Pues aun siendo tan profundamente católico y además paladín de la Iglesia, en 1527 arremetió contra el papa y la famosa Liga de Cognac (nada que ver con borrachos) que formaban alrededor del pontífice, Francia, y las ciudades-estado italianas de Milán, Venecia y Florencia.
Este extraño contubernio en el que los estados del norte de Italia se alían con la nación que desde siempre quería invadirlos y que lo propicie el papa contra el que es su defensor sagrado, no tenía otra pretensión que frenar el poder del emperador Carlos, tras su victoria sobre Francia, pero el poderío militar hispano-alemán del momento, no conocía oponente y el ejército de Italia, al mando del Condestable de Borbón, muy poderoso pero completamente en la ruina, no tuvo más remedio que acceder a lo que sus soldados, que llevaban meses sin cobrar, pedían, que era marchar sobre Roma y saquearla.
Y se doblegó el condestable y durante una semana devastaron Roma, saqueando edificios públicos y casas privadas, arramblando con cuanto objeto de valor encontraban y así durante una semana, en que se retiraron, bien por orden del condestable, bien porque ya no había nada más que robar.

Extraño suceso en el que el defensor ataca con saña al defendido, siendo aquel el monarca más católico de la cristiandad y éste el representante de Dios en la tierra, aunque es posible que el emperador estuviese ignorante de lo que estaba sucediendo hasta muchos días después, que las noticias entonces viajaban muy despacio.

viernes, 20 de febrero de 2015

IGNORADO POR JUDÍO





El día 13 de abril de 1660 el Tribunal de la Santa Inquisición celebró el último Auto de Fe de la ciudad de Sevilla.
En ese macrojuicio, como lo llamaríamos hoy, fueron condenados a la hoguera ochenta judíos, algunos recalcitrantes en su fe, otros falsos conversos que mantenían sus ritos ocultamente y otros muchos denunciados por envidias, venganzas e inquinas de sus propios vecinos, sin que, aparentemente, hubieran transgredido las “sagradas leyes de la Inquisición”.
Cierto que no todos estaban presentes para ser quemados, pues el Santo Oficio no podía detenerse ante bobadas como no haber capturado a alguno de los denunciados y entonces quemaban una representación del mismo: en efigie, lo llamaban. Una especie de burda estatua con alguna de la ropa del reo fugado y con su nombre en un cartel colgado del cuello.
La cuestión era quemar algo, lo que fuera y así se daba la sensación de triunfo absoluto contra el mal que causaban los herejes, en este caso los judíos, pero en otros muchos, disidentes católicos, personas con ideas no coincidentes con las imperantes en la época,  falsos magos o científicos cuyas teorías chocaban frontalmente contra la mal entendida fe cristiana.
El acto tuvo lugar en la Plaza de San Francisco, a espaldas del actual ayuntamiento sevillano, allí donde desemboca la famosa calle Sierpes. Una plaza espaciosa para dar cabida al numeroso público que estos macabros espectáculos concitaban, así como para sentar, cómodamente, a toda la curia religiosa, civil y militar de la ciudad que acudía a presenciar aquella barbaridad de quemar vivo a docenas de personas.
Este juicio divino tuvo dos características: la primera la ya referida de haber sido el último de la capital del Guadalquivir en el que se ajustició a los reos y el segundo es que uno de los que fueron quemados en estatua, estaba presente entre el público de la ciudad en la que vivía desde años atrás, con una identidad falsa.
La historia es curiosa, pero lo es mucho más si se conoce quien era esta persona y por qué ocultaba su identidad.
Se trataba de Antonio Enríquez Gómez, persona, o mejor, diría yo, personaje que a pesar de sus extraordinarias cualidades literarias, no ha pasado a la historia, o mejor dicho, no ha pasado a engrosar las listas de literatos que han alcanzado la fama y sus nombres se han visto incluidos en los libros de texto.
Esto, que puede ser un galimatías, tiene una explicación bien sencilla.
Antonio Enríquez nació en Segovia en 1600, según la Enciclopedia Larousse y todas las biografías escritas sobre él hasta que en 2003 se obtuvieron documentos fidedignos con los que sus principales biógrafos fijan su nacimiento en el mismo año, pero en la cercana ciudad de Cuenca.
Hijo de un judío converso, de ascendencia portuguesa, adquirió una esmerada educación, pues pertenecía a una familia adinerada. Siguió estudios de humanidades y con veintiún años ingresó en la carrera militar, en la que permaneció hasta 1636, sin que sobreviniera ningún sobresalto en su existencia.
En 1618 se casó con la burgalesa Isabel Alonso, cristiana vieja con la que trató de limpiar su pasado judío y con la que tuvo tres hijos. Fijada su residencia en Madrid, frecuentó círculos literarios, donde trabó amistad con el propio Lope de Vega, pero también se relacionó con Calderón de la Barca, Vélez de Guevara y otros importantes escritores de la época.
Hacia 1630 empezó a escribir diversas piezas que representaba en los famosos corrales de comedias y algunas de ellas fueron muy bien recibidas por el público. Su nombre y sus obras sonaban junto con las de los mejores dramaturgos de nuestro Siglo de Oro.
Pero en ese tiempo, la Inquisición inicia una serie de investigaciones sobre su familia, acusándolos de “criptojudíos”, un término para abarcar cualquier práctica del judaísmo realizada de manera oculta mientras se declara públicamente pertenecer a la fe católica. Fruto de las pesquisas inquisitoriales son detenciones y castigos a diversos familiares de Antonio, uno de cuyos abuelos, fue condenado a la hoguera y quemado en estatua, pues ya había fallecido en el momento de dictarse la sentencia.
Esta circunstancia hace que Enríquez huya a Francia, por la llamada “senda del marrano” que saliendo de Madrid, pasaba por Fuenlabrada, donde se reunían judíos procedentes de toda la península, y marchaban luego hacia Burgos y Navarra, desde donde por varias rutas, ya que la Inquisición vigila constantemente a los “marranos”, pasaban por fin a Francia, en ese momento, como casi siempre, en aquella época, en guerra contra España.
Allí tiene Enríquez familiares que viven a socaire de la política del momento, mucho más permisiva que la española, incluso favorecedora de aquellos que huían de la Inquisición, lo que le beneficia y permite vivir unos años de tranquilidad y prosperidad económica, pues desde el país vecino actuaba como representante de los negocios familiares, relacionados con la lana. Es en esa época cuando se desata su producción literaria, sobre todo como poeta y dramaturgo.

Retrato de Antonio Enríquez Gómez

Durante unos años, se carece de datos sobre su vida y sus actividades hasta que hacia el año 1649, regresa a España bajo una nueva identidad y después de haber desvalijado las arcas de su floreciente negocio en Francia. Ahora se llama don Fernando de Zárate y Castronovo, con cuyo nombre se instala primero en Granada, en donde se amanceba con una joven de la localidad a la que hace pasar por su esposa, pues quiere dar sensación de familia normal y dos años más tarde se afinca en Sevilla, razón por la que se dice al principio que presenció su ejecución en efigie.
Durante este tiempo ha continuado con su producción literaria, hasta que en 1661 fue detenido por el Santo Oficio que no cejaba en su persecución y aunque ya lo había quemado dos veces en efigie, una en Toledo en 1651 y otra, la ya mencionada de Sevilla, seguía persiguiéndolo como a un fantasma. Ingresado en prisión, murió dos años más tarde cuando su proceso aún no había concluido, por lo que no pudo “reconciliarse” en vida.
“Reconciliación” era el término eufemístico que la inquisición usaba para justificar sus ejecuciones tras confesar el reo su pertenencia a la herejía, judaísmo, magia o cualquier otra actividad que mereciera la persecución religiosa. Pero en aquellos tiempos importaba poco que el reo no estuviera presente, como se ha dicho ya anteriormente, para quemarlo en efigie o como en este caso para “reconciliarlo” en ausencia, el 14 de junio de 1665, dos años después de su muerte.
Su muerte debió tener causa en los tormentos a los que fuera sometido, pues Enríquez delató a parte de su familia que se vio por ello en prisión y no cabe pensar que un hombre de la determinación de éste, delatara a nadie y menos a familiares si no hubiese sido sometido a las más dolorosas torturas.
Quizás las características de su vida hayan influido en que su figura como literato no se diera a conocer en su momento y más tarde, la nebulosa de los tiempos fue ocultándola hasta que alguien se topó con él, rescatándolo de las sombras en las que se hallaba envuelto.
Y ese alguien fue el sacerdote, poeta y editor Carlos de la Rica que tras una profunda labor en archivos, sacó su verdadera biografía, tal como se conoce actualmente.
La obra de Enríquez Gómez es muy extensa y comprende poesía, novela, dramas, comedias y escritos de muy variada índole, desde culturales hasta políticos y además, en su exilio francés, escribió muchas obras para distribuir exclusivamente en las sinagogas.
Por su educación, enfocada en principio hacia la milicia y luego a los negocios, se piensa que su formación fue autodidacta, pero muy extensa, pues a lo largo de su obra se aprecia una profunda cultura con conocimiento de los clásicos, de la historia, de las religiones y un amplio sentido crítico de la sociedad de su tiempo.
Toda su obra es de una gran profundidad -según dicen sus biógrafos, pues yo aún no he encontrado ningún trabajo suyo, más que algunas poesías sueltas- y de ellas se ha entresacado gran parte de su pensamiento y de sus motivaciones para marchar de España o para volver años después.

Por qué un literato de su envergadura no figura en nuestros anales y resulta además prácticamente desconocido, es realmente incomprensible, sobre todo cuando numerosos investigadores extranjeros se han ocupado de él y muchas de sus obras están traducidas al inglés y francés. No cabe otra explicación que la mojigatería de siempre: era judío, por tanto un “marrano” que no merecía ni el más mínimo reconocimiento; pero el tiempo es inexorable y pone a cada cual en su lugar y a Antonio Enríquez Gómez le ha llegado su tiempo y con él, el reconocimiento de su obra.

viernes, 13 de febrero de 2015

UN ATAUD CON LADRILLOS





En un momento en que toda España anda convulsa, acuciada por los innumerables casos de corrupción política, buscando, quizás, un remedio a tanto desbarajuste, muchos no encuentran nada más que el desgastado “y tú más”, y el tan ajado “eso ha existido siempre”, para salir del atolladero en el que nos encontramos.
Y ambas muletillas pueden ser verdad, porque la corrupción está repartida por todos los barrios y, además, desde tiempo inmemorial.
“No me des nada, hermano, ponme donde haya”, reza un proverbio que unos dicen árabe y otros atribuyen a diferentes culturas, pero que es, como casi todo proverbio, de una realidad contundente.
En cuanto una persona, por muy honrada que haya sido durante gran parte de su vida, accede al lugar donde “hay”, su recta y honesta trayectoria sufre un cambio que es directamente proporcional a la cantidad que puede obtener de “donde hay”, e inversamente proporcional a los sólidos cimientos de su convicciones.
En la España moderna, aquella que empezó con los Reyes Católicos y siguió con el emperador Carlos y su hijo Felipe, del que me ocupaba la pasada semana, seguro que hubo corrupciones y ataques a la hacienda pública por parte de algunos muy allegados al poder, pero los reyes reinaron y gobernaron, no permitiendo que otros, a veces poco escrupulosos, ostentasen el máximo poder del estado.
Los Reyes Católicos se trajeron de Portugal a Isaac Abravanel, un judío experto en finanzas para poner orden en las arcas y evitar los despilfarros. Gracias a esta especie de ministro de Economía y Hacienda, hubo dinero para culminar la Reconquista con la toma de Granada y para financiar el descubrimiento de América.
Pero fue un caso excepciona, lo normal en la época es que el rey obrara a su mal saber y peor entender, sin dejarse aconsejar demasiado y controlando personalmente las arcas de la hacienda.
Al morir Felipe II, que ya se había quejado a Dios por no haberle dado un hijo capaz de gobernar sus reinos, la cosa cambió.
Y lo hizo radicalmente. Al contrario que los anteriores y para empezar, Felipe III no tuvo las familiares debilidades de las partes húmedas, en las que tanto tiempo consumían los monarcas, descuidando su deberes coronarios. No se le conoció desliz amoroso de ninguna clase y su honradez y honestidad están hoy fuera de toda duda, pero no basta ser honesto, honrado y fiel a tu esposa, para gobernar un reino como era entonces el nuestro. Son necesarias muchas más cualidades y de esas estaba el monarca más bien escaso.
La historia no lo trata de bobo, tonto o deficiente mental, simplemente lo acusa de inepto para el ejercicio del mando, aunque dotado de una piedad y fe cristiana tan proverbiales que no concebía siquiera la posibilidad de irse a dormir con la sospecha de haber cometido un pecado durante el día, razón por la que cada noche hacía un acto de contrición y se imponía una penitencia. Nada comparable a cuando sentía la más ligera indisposición, en cuyo caso llamaba a su confesor a quien pedía su bendición, tras lo cual se sentía aliviado del peso que le lastraba.
Como cualquiera comprenderá, con esos condicionantes no se puede dirigir un estado y mucho menos si es de las dimensiones del español.
El joven rey lo comprendió pronto y por eso, puso todo su reino, por primera vez en nuestra historia, en manos de lo que luego se fue conociendo como “un valido”. Una persona con todos los poderes de la corona en sus manos, pero sin compromiso alguno de continuidad, sin sentimientos de ser el cabeza del estado, ni de otras  muchas aptitudes que debían tener los monarcas, siquiera por herencia.
Este primer valido fue también el primero que no pedía nada más que le pusieran donde había; y tanto que había: éramos a la vez el país más rico del mundo y también el más pobre, por lo que don Francisco Gómez de Sandoval, marqués de Denia y conde de Lerma, de indudable alta alcurnia, aunque en un momento delicado en cuanto a los posibles de la casa Sandoval, de la que era cabeza visible, frotose las manos de placer.
Siempre estuvo su casa próxima a la corona; su padre fue el carcelero del degenerado hijo de Felipe II, el príncipe Carlos y su abuelo y su bisabuelo habían sido los carceleros de doña Juana la Loca.

El duque de Lerma, pintado por Rubens

Nada más hacerse con el poder y frisando los sesenta años, de escasas luces, vanidoso, de trato agradable e inteligencia corta, pero clara, en la que solamente destacaba en su desmedida ambición, se traslado a vivir al palacio real comenzando a colocar a sus familiares en puestos claves, honrándolos con títulos y honores que empiezan por marquesado para su primogénito, comendaduría para el segundón, marquesado también para su hermana, grandeza de España a su cuñado, condado a su suegro e incluso algunas dignidades religiosas, pues a su tío Bernardo de Rojas, lo nombró arzobispo y para no ser él menos que los demás, promocionó su condado de Lerma a ducado, que es la cabeza del escalafón de la nobleza.
Llegó a tanto su poder y a tanta la desidia del rey que ni siquiera se dignaba a firmar los documentos en los que su firma era imprescindible y que se amontonaban por meses en la mesa de su despacho.
Para evitarle la desagradable tarea de firmar a diario, el de Lerma le propuso al rey que su firma valiera tanto como la del monarca.
Únicamente en la elección del confesor real, consiguió el rey imponer su decisión, pues el valido quería colocar en ese puesto a un hombre de su entera confianza, pero el rey eligió al padre Aliaga que ya venía asistiéndole a su completa satisfacción y no veía la necesidad de cambio alguno.
Como el valido había comprado casas y fincas en Valladolid, hizo al rey trasladar la corte y la capitalidad del estado a la ciudad del Pisuerga.
La ciudad no estaba preparada para recibir a tantas personas que acompañaban al rey y a la corte, por lo que muchos se hacinaron en casas de mala construcción y otros en fondas y posadas, mientras Madrid se quedaba tan desolada que los alquileres y ventas de fincas hundieron la economía de muchos y otros, para evitar el deterioro de sus edificios los cedían gratis a cambio de mantenerlos conservados; y así se alojaron en palacetes madrileños humildes ciudadanos, mientras los miembros de la corte se los cedían para irse ellos a Valladolid a vivir en una mísera casucha.
La situación duró cinco años, tras los cuales la corte se volvió a Madrid, fundamentalmente por dos razones ambas de mucho peso, como se verá.
La primer fue la escasez de caza en los alrededores de la ciudad contra la abundancia de los montes de El Pardo y Riofrío y la segunda y quizás la más contumaz la emprendida por la reina y el confesor del rey, el cual llegó a decirle que si seguía consintiendo los desmanes del duque de Lerma, sería responsable de sus pecados, lo que impediría su salvación.
Aquello debió llegar a los más profundo de aquel rey y tímidamente empezó a retirar la confianza en el valido, que viéndolo venir, solicitó al papa Pablo V, un capelo cardenalicio que el santo padre, tan venal como el propio duque, le concedió, lo mismo que años antes le había concedido la santificación de su tío materno Francisco de Borja, desde entonces un santo más de la Iglesia.
Esta concesión iconoclasta sirvió al duque para preservar su vida, aunque no para evitar el destierro al que fue relegado, en su villa de Lerma, al final de su trayectoria.
Por España circuló un chascarrillo descarnado que describía perfectamente la situación: “Para  no morir ahorcado, el mayor ladrón de España se vistió de colorado”.
Y viene ahora la explicación del título de este artículo, en el que se expone, quizás, uno de los mejores ejemplos de hasta dónde puede llegar la estupidez humana sobre todo si va acompañada de la ambición de poder y riquezas.
El día tres de junio del año 1603, cuando la corte llevaba en Valladolid dos años y medio, falleció en Buitrago doña Catalina de la Cerda, esposa del  duque de Lerma y también grande de España, emparentada con la princesa de Éboli. Por decisión familiar, el cadáver fue trasladado a Valladolid para recibir sepultura, como deseaba el duque, pero el viaje fue penoso y además hizo un calor que preconizaba un verano ardiente.
Al llegar a Valladolid, seis día después, el cadáver desprendía tal hedor que hubieron de enterrarlo de inmediato en el convento de Belén, donde la comitiva se había detenido.
Pero el duque no podía prescindir de la pompa y boato que merecía el entierro de su dignísima esposa, pasando por las calle de la capital del reino, así que colocó en el interior del ataúd unos cuantos ladrillos con peso equivalente al del mermado cuerpo de la difunta y tras esa caja, irrespetuosamente llena de material de construcción, colocó, con todas las galas de la iglesia, al obispo de Valladolid encabezando a toda las órdenes religiosas asentadas en la ciudad, los miembros de los consejos, los grandes de España, el cardenal de Toledo, el arzobispo de Zaragoza y no iba el rey porque seguramente estaba cazando y además no era costumbre entre la realeza acudir a entierros, pero de otro modo, seguro que el todopoderoso y corrupto valido, le hubiera obligado a desfilar a su lado.

Habiéndose desecho de este infausto personaje, no obligó el rey, como tampoco parece que se obliga ahora, a que fueran devueltas a las arcas reales toda especie salidas de ella. Lo único que se consiguió y lo hizo el Conde-Duque de Olivares, fue desterrar al de Lerma, al que no pudo ahorcar por aquello que decía el chascarrillo.

viernes, 6 de febrero de 2015

FELIPE, EL IMPRUDENTE




Hace pocas semanas publicaba un artículo sobre el rey Felipe II y los beneficios que pretendía sacar de la alquimia, pseudo-ciencia que pretendía trastocar metales innobles en oro y en la que confiaba para salir de los enormes apuros económicos que atravesaba España.
Al escribir el artículo anteriormente mencionado, en el que a veces me referí al rey con el apelativo con el que ha pasado a la historia: El Prudente, recordé que cuando estudiaba historia en el bachiller, una profesora nos presentaba al rey como a una persona abúlica, con graves errores en su reinado que pasaron desapercibidos gracias a la enorme dimensión que tenía España en aquellos momentos y en todos los órdenes de la vida.
No pretendo y además, ni mis conocimientos ni mi formación me lo permiten, enjuiciar la figura histórica de Felipe II que ya han hecho insignes historiadores y biógrafos, solamente quiero destacar algunos aspectos de su vida, algunas de sus decisiones que me parecen que no son precisamente las de una persona prudente, sino más bien de todo lo contrario.
Aquella profesora nos comentó que uno de los grandes errores o imprudencias que Felipe II cometió durante su reinado fue no trasladar la capital del imperio a Lisboa, cuando por una de esas carambolas que el destino depara, se vio con la corona de Portugal sobre sus ya muy coronadas sienes.
En efecto, si Lisboa hubiese sido la nueva capital del imperio hispano-luso, la ciudad donde se asentara la corte más poderosa del mundo, aunque no hubiera sido con carácter definitivo, pero sí por algunos años alternándose luego con Madrid, es más que probable que los portugueses hubiesen aceptado de mejor ánimo la unión peninsular, como siglos atrás había sido y hoy, quizás, seguiríamos siendo un solo país.
Incluso no hubiese sido necesario rodear de gran boato el acontecimiento, pero una acción prudente aconsejaba que al menos el monarca, se hubiese desplazado hasta Lisboa con parte de su corte y durante algunos años hubiese alternado la capitalidad, él y sus sucesores, entre las dos ciudades.
Pero no, Felipe ni se movió de Madrid, ni nadie le debió aconsejar el hacerlo. Grave error que perjudicó a los dos imperios peninsulares que vivían y siguieron viviendo, de espaldas unos a otros.
De España ni buenos vientos, ni buenos casamientos, dicen los portugueses y, con ese dicho, retratan perfectamente cómo son las cosas.
Sin embargo, Felipe ha pasado a la historia como un gran rey, incluso como el Rey Prudente y es que no hay nada mejor para la posteridad que tu historia la escriba una amigo.
Porque ya pensando en aquel tremendo fallo estratégico, se me ocurrieron otros, que quizás no sean de mi total originalidad, pero el que alguien más cualificado lo hay pensado, no me priva de haberlo hecho yo también por mi cuenta.
Y así, repasando la vida del poderoso monarca, encontré algunas situaciones, en las que evidentemente el rey no daba ninguna muestra de ser prudente.
Felipe se casó con una doble prima, María Manuela de Portugal, de quien tuvo un hijo nacido en 1545, el príncipe Carlos. Un niño enfermizo, sin apenas vitalidad, de reacciones desconcertantes e inmorales que lo retrataban como un auténtico degenerado. A las puertas de la muerte por un grave accidente en el que se fracturó el cráneo al caer por unas escaleras cuando iba obsesivamente tras la hija de un jardinero de palacio, fue trepanado por el famoso médico Vesalio que consiguió mantenerlo con vida a costa de acentuar sus infortunadas y negativas cualidades, hasta convertirse en un verdadero esquizofrénico. Admitido por todos como un enfermo excéntrico y peligroso, su prudente padre se esforzó en nombrarlo heredero de la corona y así fue jurado en un acto de verdadera imprudencia al pretender colocar la corona sobre una mente desquiciada.

El príncipe Carlos, muy favorecido, en retrato de Sánchez Coello

Gracias a que, poco después, su intento de marchar a Flandes para unirse a los rebeldes, contra su padre, hizo que el rey lo confinara en palacio, en donde murió seis meses más tarde; de otra forma, a pesar de la extraordinaria prudencia de su padre, lo habríamos tenido de rey, en vez de Felipe III, aunque ¿quién sabe qué habría sido peor?
Claro que ya Carlos I, el emperador, había dado también muestras de poca prudencia en su forma de gobernar y en 1526 había prohibido la lengua árabe y el uso de las tradicionales vestimentas musulmanas.
Pues bien, en 1567, Felipe II renueva aquellas disposiciones y con mucho más rigor, pues a este rey le cegaba su fe y todo lo que no fuera catolicismo, le olía a azufre. Como contrapartida a sus exigencias religiosas, cuyo incumplimiento iba acompañado de graves castigos, tuvo que sofocar la insurrección de los moriscos, en la que Hernando de Córdoba y Válor, convertido en el caudillo Abén Humeya, tuvo en jaque, en Las Alpujarras, al ejército más poderoso del mundo y todo por la imprudencia de querer imponer un cristianismo a gentes fanáticas de otra religión.
La rebelión de los moriscos fue sofocada, más por tensiones internas de los insurrectos que por méritos propios del ejército español, pero el problema no se acabó, ni siquiera cuando fueron deportados y repartidos por diversas regiones españolas.
Lo mismo que quiso hacer con la Inglaterra de Isabel I, conocida como la Reina Virgen, que trataba de imponer lo que se dio en llamar religión anglicana en contra de Roma y con la que mantuvo una larga enemistad como consecuencia del apoyo español a los católicos. Aquella nefasta confrontación terminó con el desastre de la Armada Invencible, a cuyo frente el rey Felipe colocó a un hombre que no había visto el mar en su vida y que incluso se mareaba. Segunda imprudencia en un mismo asunto.
El duque de Medina Sidonia, Alonso Pérez de Guzmán trató de negarse a aceptar el nombramiento de almirante de la flota, cuando la mala fortuna se había llevado a uno de los mejores marinos que tenía España, don Álvaro de Bazán.
Pero nuevamente la imprudencia del rey le obliga a aceptar el encargo y claro, entre la poca suerte y la impericia del duque, el resultado fue el desastre de la Armada.
Pero si hubo un detalle revelador de la imprudencia de este rey no es otro que la confianza que por muchos años depositó en su secretario Antonio Pérez, el personaje más turbio de cuantos rodearon al monarca, a la vez que el más poderoso hasta que su ambición lo traicionó.
Este funesto episodio se conoce como Las alteraciones de Aragón y se inicia cuando Pérez se ve implicado en el asesinato político de Escobedo, el secretario de don Juan de Austria, estando de por medio la princesa de Éboli (véase mi artículo http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/2013/03/la-plaza-de-la-hora.html ), incidente en el que también estuvo implicado el propio rey, del que se dijo que mantenía relaciones íntimas con la famosa y manipuladora princesa.

El secretario Antonio Pérez

Valgan estos ejemplos que ido entresacando del texto de Historia Moderna que estudié en Bachiller y que reflejan lo que al principio manifestaba.
No parece que, efectivamente, Felipe II fuese un rey prudente, es más seguro afirmar que era de una timidez invencible, de carácter retraído, que disfrazaba de una altivez que hacía temblar al cortesano más forjado.
Más que prudente, indeciso, como le hizo ver el papa Sixto V, cuando le pidió dinero para una segunda Armada contra el anglicanismo, y le contestó diciendo que no y alegando que el rey consumía tanto tiempo en meditar sobre sus empresas que cuando tomaba una decisión se había consumido el tiempo y el dinero.
Abúlico, tímido, desconfiado, irresoluto, altivo e imprudente y sin embargo quizás el mejor rey de la historia de España que no es culpable de que su cautela y falta de decisión haya sido interpretada como prudencia.
Su padre, el emperador Carlos, abdicó en 1556 y se retiró a Yuste. Un año después, los monjes del monasterio felicitaron al emperador en el primer aniversario de su abdicación y el emperador les contestó: Hoy hace justamente un año que abdiqué y un año que me arrepentí.
Cuentan también que el emperador, al tener noticias de la brillante victoria española en la batalla de San Quintín, contra el permanente enemigo francés, preguntó a su informador si su hijo había seguido la marcha victoriosa hasta París y al contestarle que no, exclamó: ¡A su edad y con su fortuna, yo no me habría parado a mitad del camino!
Y ciertamente hubiese sido una decisión muy acertada para acabar con la rivalidad francesa de una vez por todas, pero nuevamente la indecisión, que no la prudencia, obraron en su contra.

viernes, 30 de enero de 2015

LA CARAMBA




En la actualidad, la moda viene dictada por los diseñadores. Señores y señoras que se encierran en sus estudios y dibujan los vestidos que se van a llevar en la temporada siguiente. Cada uno tiene su estilo propio del que impregnan sus creaciones y del que luego copian otros diseñadores, de mucho menos postín, que son los que colocan esas tendencias en los grandes almacenes o en tiendas de moda de muchísimo menor precio.
Pero hace dos siglos la moda no era así. No había diseñadores ni grandes emporios destinados a diseñar moda y entonces ésta nacía del arte de las costureras que supieran interpretar cómo deseaban las señoras que fueran sus trajes. Luego, todo era cuestión de copiar.
En la historia hay varias mujeres que se distinguieron por su capacidad creativa para imponer las modas de vestidos, peinados, aderezos y cuanto se pudiera llevar para ensalzar la belleza femenina.
Uno de estos aderezos fue “la caramba”, una especie de complicado lazo, una moña, casi siempre de carísimas sedas, en el que se podían colocar infinidad de objetos de orfebrería para enlucirlo aún más y que favorecía muchos a las damas.
El genial Goya, pintó a varias damas de la corte, nobles e incluso a reinas, adornando sus cabelleras con exquisitas “carambas”.

 
Dos damas de la nobleza luciendo sendas “carambas”

Pero, ¿de donde viene ese extraño nombre de este abalorio? Pues viene de su inventora, una cantante y actriz muy famosa en la época a la que su público bautizó como “La Caramba” dado que repetía mucho esa palabra en una tonadilla que cantaba diariamente y que el público le solicitaba.
Se llamaba esta comediante, como se conocía en la época a las mujeres dedicadas a la farándula, María Antonia Vallejo Fernández y nació en 1751 en la granadina ciudad de Motril.
Ligera de cascos desde su más tierna juventud, bellísima y de cante gitano y desgarrado, acompañaba a sus padres que ya fueron faranduleros, en sus desplazamientos artísticos, representando papelitos en las comedias y sainetes que sus padres ponían en escena y en los que ya demostraba la voluptuosidad que con los años llegaría a alcanzar.
En aquellos tiempos había dos ciudades en España en donde se podía destacar en las artes de la escena. Una era, por supuesto, Madrid, la corte, y la otra era Cádiz.
Sí, no se extrañe nadie. Cádiz era la palestra en la que se esforzaban por destacar los actores y actrices de la época y tiene una explicación muy lógica sabiendo que el puerto gaditano era el principal de España, desde que la Casa de Contratación de Sevilla pasó Cádiz en 1717, en donde permaneció durante setenta y tres años, cuando fue suprimida como consecuencia del Decreto de Libre Comercio que suponía la libertad absoluta para comerciar con América.
En Cádiz y durante todo ese tiempo, se estuvieron formando las compañías de  actores que embarcaban para hacer la ruta de Indias y a Cádiz venían los principales “ojeadores” de las compañías de teatro madrileñas y de otras grandes ciudades españolas para hacer sus fichajes de temporada.
Y en los escenarios de nuestra querida ciudad, apareció, en 1775, cantando tonadillas, una joven llamada María Antonia Fernández. Ya había desechado su primer apellido, Vallejo, figurando solamente con el de su madre. No se sabe muy bien cual fue la razón, pero es probable que ella quisiera destacar la vena gitana que le correspondía por parte materna y que el apellido Fernández representaba a la perfección y  excluir el Vallejo que sonaba a castellano.
Estuvo actuando en Cádiz durante un año hasta que le propusieron ir a Madrid para actuar en la compañía del teatro de la Cruz, uno de los más prestigiosos de la capital, en donde actuaría como “sobresaliente de música”, trabajando al lado de las grandes figuras de la escena de la época.
Quizás extrañe el título de sobresaliente de música, pero es de saberse que en aquella época se cantaba a pleno pulmón, no solo para llegar hasta el último rincón del teatro, muchas veces al aire libre, sino para hacerse oír por encima de los rumores de un público muy poco respetuoso con los actores que no cesaba de conversar, imprecar o jalear al artista. Esa circunstancia hacía que las voces de las tonadilleras se quebrase con frecuencia y era obligado pasar unos días de reposo, dando paso al sobresaliente.
Las habilidades escénicas de María Antonia agradaron al público, pues las temporadas siguientes siguió en cartel y en 1779, aparece como “tercera de cantado”. Ha dejado de ser sobresaliente y según su contrato, gana veintidós reales y nueve de ración.
Tengo que reconocer que no sé que era esa manera de expresar los sueldos y no he encontrado dónde aclararlo, así que lo dejo tal como lo encontré, agregando que en aquella época, representó numerosos sainetes del entonces autor de moda, don Ramón de la Cruz.
En la temporada de 1781, La Caramba se enamoró perdidamente de un francés, medio escritor y medio rico llamado Auguste Saumenique, con el que acordó casarse en secreto, pues la familia de él se oponía totalmente a la boda, dada la fama que ya tenía la comediante, que sin parar en barras, cambió los nombres de sus padres, consiguió de ellos cédulas de defunción y, en fin, se hizo pasar por quien no era, aunque eso sí, aportó al matrimonio una dote de más de ciento sesenta mil reales, que ni siquiera sirvieron para que el francés aguantara mucho tiempo en el tálamo y comprendiendo que había hecho una soberana tontería casándose con la frívola Caramba, decidió separarse, por lo que la Fernández cogió sus pertenencias y se fue a vivir con su madre.
Es necesario resaltar que la enorme cantidad de dinero de la dote daba una idea de cual era el tren de vida que llevaba la cantante que con su sueldo no podría nunca haber conseguido aquella fortuna que era producto de regalos de todos los que la pretendían.


Retrato a plumilla de “La Caramba”, firmado por ella

Pero la vida frívola de la tonadillera dio un cambio radical y completamente inesperado.
Era su costumbre, como la del Madrid elegante de la época, pasear por las tardes por la llamada Fronda del Prado, el conocido paseo madrileño que discurre entre la Plaza de Cibeles y la de Atocha, por donde tanto a pie como en carruajes, paseaban desde los más castizos hasta los personajes más populares.
Allí era donde se lucían los vestidos, las nuevas tendencias y donde María Antonia había puesto de moda su lazo para el pelo.
Cierto día, a la caída de la tarde, el cielo empezó a ponerse gris; pasó luego pasó a negro y como suele ser corriente, comenzó a descargar una verdadera tromba de agua.
“La Caramba”, al ver cómo se iba poniendo la tarde, subió por la Carrera de San Jerónimo para dirigirse al teatro, pero el aguacero la sorprendió a medio camino y tuvo que refugiarse en la iglesia del convento de frailes Capuchinos.
En ese momento, ocupaba el púlpito un venerable religioso que se dirigía a sus feligreses con una elocuencia poco usual y arremetiendo duramente contra las pecadoras, a las que vaticinaba las peores consecuencias cuando hubieran de rendir sus cuentas en la otra vida.
María Antonia se sintió tan afectada por aquellas palabras que en aquel momento, de rodillas ante el altar, prometió trocar su vida de galanteo por otra de cristiana penitencia. Acudió a un confesionario y haciendo un acto de profunda contrición, se comprometió a borrar con obras piadosas todos sus desvaríos anteriores.
Y así lo cumplió. Vendió sus vestidos y sus alhajas y repartió entre los pobres el dinero; cambió sus sedas por sayas y sus ajorcas por cilicios y así se la empezó a ver, pobremente vestida, con un rosario permanentemente en la mano y la cabeza inclinada hacia el suelo.
Aquella mirada altiva de la que hacía escandaloso alarde, había desaparecido de su rostro y sus carnes lozanas y frescas pronto empezaron a secarse y arrugarse, castigadas por el martirio al que las sometía.
Al invierno siguiente enfermó y sin apetencia alguna a seguir viviendo, murió el día diez de junio de 1787, a la edad de 36 años, siendo enterrada en la iglesia parroquial de San Sebastián, en la calle Atocha y más concretamente en la Capilla de la Congregación de actores de Nuestra Señora de la Novena.
Hizo testamento unos días antes, dejando por única heredera de los escasos bienes que poseía a su madre y confesando que había falsificado la documentación para casarse.
Su entierro fue muy sonado y llorado en la capital, donde “La Caramba” se había ganado un lugar preeminente de la escena española y hasta los frailes capuchinos del convento en el que se operó su conversión y que le estaban profundamente agradecidos, pues a ellos llegó toda la fortuna de la cantante, encabezaron el duelo en procesión.
Así fue la vida de esta cantante y actriz singular que fue la admiración de toda España y en la que se la recuerda por su facilidad para dictar la moda de su época y haber sido la inventora de aquel lazo que desde hace dos siglos se viene usando, porque no se piense que tal abalorio pasó de moda con los años. Es posible que no se use tanto como en aquella época, pero todavía no se ha olvidado, al menos no lo había olvidado la recién fallecida duquesa de Alba, a la que puede verse en esta fotografía luciendo una “caramba”.