jueves, 14 de mayo de 2020

LA ESPADA DE SAN GALGANO




No es una fábula, ni un relato de ficción, ni una patraña; es un hecho que tiene una base histórica y real, un protagonista que es una persona que existió y de la que hay constancia y una época determinada. En fin, los ingredientes necesarios para construir a su alrededor toda una urdimbre que dé cuerpo a unos hechos que enseguida voy a relatar y que el que los quiera creer, que así lo haga.
Galgano Guidotti fue un noble italiano de la Baja Edad Media nacido en 1148 en la República de Siena, en la costa occidental de la Península Italiana, donde actualmente se ubica la región conocida como Toscana.
Vivió una juventud absolutamente hedonista, salpicada de lances amorosos y guerreros. Hábil con la espada en igual medida que con el verbo, disfrutaba de todo el placer que su acomodada vida le ofrecía.
Un detalle curioso de su alocada vida es que nunca se casó, ni tenía novia conocida, salvo una eterna enamorada de nombre Polissena, en la que se refugiaba tras momentos de máxima locura.
Su propia madre tenía de él tan funestos pensamientos que muchas veces comentó que su hijo tenía todos los ingredientes necesarios para ir de cabeza al infierno.
Cuenta la tradición que este desenfrenado joven había relatado a su círculo de amigos más íntimos que se le había aparecido en sueños el arcángel san Miguel, conminándole a dejar esa vida de vicio y desenfreno que llevaba.
 Por supuesto no le había hecho caso y se tomaba el asunto con la sorna propia de un total descreído.
Pero cierto día, cuando tras locas jornadas de francachelas se dirigía a expiar sus pecados en las faldas de su paciente Polissena, atravesando el bosque de Montesiepi, se le apareció el arcángel y esta vez no era en un sueño.
En un recodo del camino que recorría a caballo estaba el arcángel esperándole. La celestial criatura asustó con su presencia al caballo que cayó, dejando a Galgano tumbado en el suelo. Repuesto del primer susto, el arcángel le conminó a cambiar de vida, dejar el vicio mundano que lo corroía y que dedicara su tiempo a exaltar su alma.
El joven Galgano se rió de aquella propuesta. Era imposible dejar aquella vida que tanto placer le proporcionaba; tan imposible como que su espada se hundiera en aquella roca al lado del camino.
Y mientras decía esto desenvainaba su espada y hacía intención de clavarla en la dura roca.
Para su sorpresa, la espada se introdujo en la roca como si esta fuese de mantequilla y quedó clavada en ella por algo más de la mitad de su longitud. Inmediatamente el joven quiso extraerla de aquella roca pero le resultó imposible.
Aquel hecho prodigioso hizo cambiar de actitud al joven Galgano y entendiendo que ante él se había producido lo que muy bien se consideraría como un milagro de factura divina, renunciando a todo en la vida, se retiró a purgar sus pecados y allí, dando abrigo a aquella roca que retenía celosamente su espada, Galgano construyó una cabaña en la que hacía su vida.
La noticia de que el más libertino y crápula de los jóvenes de Siena se había retirado de la vida mundana y que vivía en una miserable cabaña por él mismo construida, se extiende pronto entre sus amigos y el pueblo llano, que empieza a marchar en una especie de peregrinación a la cabaña del eremita en donde contemplan la espada clavada en la roca.
La cosa se dimensiona cuando aquella época tan oscura de la historia, tan necesitada de cualquier ayuda, empieza a experimentar el sobrenatural goce de los milagros, por otra parte tan comunes como fraudulentos y muchos de aquellos peregrinos que marchaban hasta la humilde cabaña de Galgano, aquejados de incurables dolencias, después de tocar la empuñadura de la espada, recibían la gracia divina de la curación y ¡oh milagro!: ¡veo!, ¡puedo andar!...
Galgano se queda ajeno a aquellas manifestaciones y no reparte bendiciones ni da consejos, solamente permite a sus peregrinos que toquen la espada clavada en la roca, la cual se muestra tan milagrosa que empieza a congregar penitentes de todos los enclaves limítrofes y más tarde de toda Italia.
En el mismo lugar, años después, se empieza la construcción de una basílica, pero ya Galgano ha muerto, pues apenas sobrevivió dos años al maravilloso episodio que le cambió la vida.
Galgano falleció en 1181, cuando la fama de los milagros que se conseguían por mediación de aquella espada había trascendido fronteras e interesado al propio papa Alejandro III, que llamó al ermitaño para conocerlo personalmente, pues siendo también natural de la misma región de Siena, conocía a su familia. Fruto de aquella reunión, el papa le encargó la construcción de una abadía donde dar cobijo a los numerosos fieles que iban en peregrinación a postrarse ante la espada.
La construcción de la abadía no comenzó sino hasta años después, pero simultáneamente con la muerte de Galgano se inició un proceso de santificación que culminó en 1185. No es normal una canonización tan rápida, pero en este caso existían varias razones, como que ya había mucha documentación sobre los hechos milagrosos, que el papa mismo estaba interesado en el asunto y, sobre todo que la cristiandad necesitaba muchísimo de la figura de los santos, únicos capaces de sacar al pueblo del estado de pobreza, enfermedad y depauperación que padecía.
Hasta aquí todo parece una historia ya vivida: caída del caballo cuando iba a realizar actos poco aconsejables; cristiana conversión; cambio radical de vida; espada clavada en la roca…
Efectivamente, una historia ya conocida y por tanto carente de toda originalidad.
Nada que decir con la parte más espiritual, la conversión de Galgano y su paralelismo con la del apóstol Saulo, pero en relación con la espada clavada en la roca, es necesario hacer algunas consideraciones.

Urna que protege la famosa espada clavada en la roca

En primer lugar es necesario conocer que el hecho de clavar una espada en tierra, era un signo de poder entre algunas culturas de la antigüedad, incluso anteriores a la Edad del Hierro.
Los sármatas, un pueblo procedente de la zona del actual Irán, ya descrito por Herodoto, tenían esa costumbre y se sabe que mercenarios de esta etnia fueron empleados por los romanos para defensa en Britania del llamado Muro de Adriano (ver mi artículo: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com/2013/03/tres-murallas-famosas.html ).
Es decir, los sármatas estuvieron en Inglaterra, a donde pudieron llevar su rito de la espada clavada. Es posible que de ahí nazca la leyenda de la famosa espada Excalibur, clavada en una roca que el joven Arturo logra desconfinar, convirtiéndose en rey.
Esa y otras leyendas conocidas generalmente con el nombre de “artúricas”, pertenecen al folclore y a la literatura de la isla de Gran Bretaña y se encuentra desde la literatura céltica, hasta la galesa, presentado como un personaje de leyenda.
No obstante, se especula con la posibilidad de que el rey Arturo de la leyenda responda a un personaje real que en el siglo VI dirigió la defensa de Britania frente a los sajones.
Pero evidentemente la constancia oficial de la corporeidad de esta leyenda es muy escasa, por no mencionar la nula certeza que presenta la espada Excalibur clavada en la roca.
En el caso de san Galgano la certeza es absoluta. El personaje existió y la espada aún se conserva.
Efectivamente, la espada se encuentra en la llamada “Rotonda de Montesiepi”, lugar que ocupó la abadía cisterciense de san Galgano, actualmente en ruinas, a muy escasa distancia de Siena y es visitable.

Rotonda de Montesiepi, en donde se custodia la espada

Estudios muy serios realizados en la roca, revelan que la espada está realmente clavada en la piedra, que no es un montaje científico como algunos que se han llevado a cabo con la misma Excalibur. Este detalle y el hecho de que hasta 1924, la espada se podía extraer de su pétreo alojamiento, la convierten en un objeto de real consideración.
En la fecha indicada se decidió fijarla a la piedra, pues muchos de los peregrinos que hasta allí se acercaban, sacaban la espada, e incluso después de fijada, un exaltado visitante quiso extraerla y en su esfuerzo rompió la empuñadura.
Desde entonces se decidió colocar un armazón de madera y cristal, protegido por una reja de hierro, que permite solo verla y no tocarla.
¿Es una historia convertida en leyenda, o es una leyenda convertida en historia?
No se sabe con certeza; cuesta trabajo creer que se pueda clavar una espada en la roca con una profundidad de casi un metro, pero ahí está la espada y ahí están los testimonios de coetáneos que lo atestiguan.
Es cuestión de creerlo o no creerlo, porque certeza científica no hay, así que como decía aquel: puede que sí y puede que no, aunque lo más probable es que quién sabe.

viernes, 8 de mayo de 2020

¡MÁS FEO QUE UN “ESCARQUE”!




Hace ya algún tiempo publiqué dos artículos dedicados a sendas palabras de uso muy corrientes en el castellano ordinario y cuyos significados y procedencia explicaba.
Una era “bicoca”, palabra que usamos con asiduidad para referirnos a una ganga, algo conseguido con poco esfuerzo y en el artículo explicaba la historia de la batalla que llevaba ese nombre que se correspondía con una pequeña ciudad del Milanesado, actualmente absorbida por la ciudad de Milán, de la que conforma un barrio periférico y lugar en donde tuvo lugar la batalla. (Puede consultarlo en este enlace: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com/2013/03/que-es-una-bicoca_8489.html
La otra palabra era “bandarra”, muy usada, sobre todo en Cataluña, para definir a un individuo poco de fiar, un sinvergüenza. Bandarra fue un poeta portugués que escribió unos encendidos versos haciendo creer a los portugueses que su queridísimo rey Sebastián, fallecido en la batalla de Alcazarquivir, volvería a reinar en Portugal. (Puede consultarlo en este enlace: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com/2013/03/que-es-un-bandarra.html
Hoy traigo una tercera palabra tan usada en nuestra tierra como de desconocida ascendencia.
Se trata de la palabra “escarque” que usamos para referirnos a algo muy feo, a un individuo desastrado, a un lugar u objeto muy abandonado y deteriorado, pero que no encontraremos en ningún diccionario de la lengua española.
Sí se encuentra en los proyectos bien intencionados de recopilar palabras de uso corriente que hemos ido deformando con el paso de los años y de los siglos y que forman parte de nuestro acervo cultural, pero sin reflejo oficial. Si consultamos algunas páginas de Internet, como el Diccionario de Sanlúcar, el Palabrario de El Puerto, o el diccionario Andaluz Fítitu, encontraremos la palabra y lo que con ella se quiere significar, pero nada de su etimología, lo cual es completamente normal, tratándose estas obras de un producto de la recopilación popular.
Pero así como hay veces en las que buscas infructuosamente algo y desesperas de no hallarlo, en otras ocasiones te las encuentras sin buscarlo y cuando ya hacía meses que había desistido en la búsqueda de las raíces de la palabra, he aquí que leyendo un comunicado que nuestro insigne paisano Adolfo de Castro, hace a la Real Academia de la Historia, me encuentro de bruces con la palabra y su porqué.
El comunicado trata sobre las colonias de ciudadanos orientales en Cádiz, en los siglos XVII y XVIII y en él, el historiador, comenta que tanto en Cádiz como en muchas otras partes de Andalucía, desde niño había oído llamar escalque o escarque a una persona desastrada y de poco respeto, sin que, como nosotros, supiera su significado.
Pero muchos años después tuvo conocimiento de que la palabra “sharqui”, imagen, en árabe o algún dialecto de los países musulmanes de nuestro alrededor, como el cherja en el Rif, la zona montañosa del norte marroquí, significaba oriental, si bien no encontraba la razón de relacionar a oriental con desastrado.
Pero estamos ante Adolfo de Castro, un estudioso de la historia, autor de una Historia de Cádiz y su provincia, de muy agradable lectura, tanto por su ilustración como por la amenidad de la exposición, el cual no se conformó con el desconocimiento de la palabra que lo dejaba huérfano de conocimientos y comenzó a averiguar y a amontonar datos.
Así, averiguó que en los siglos antes mencionados llegaron a estas tierras andaluzas numerosas expediciones mercantiles de todo el arco mediterráneo, pero especialmente unas embajadas comerciales procedentes, del Mar Tirreno, donde se asentaban repúblicas que habían alcanzado gran prosperidad como Venecia, Amalfi, Ancona y sobre todo de la República de Ragusa, ciudad que se correspondería con la actual Dubrovnik, muchos de cuyos integrantes se asentaron en la ciudad de manera definitiva, abriendo sus negocios y engarzándose hasta el extremo de matrimoniar con mujeres de la zona.

Retrato de Adolfo de Castro

Estos mercaderes eran dálmatas en su mayoría, habitantes de la región llamada Dalmacia que entonces formaba un territorio conocido como República de Ragusa, en lo que hoy es Croacia, Montenegro y toda esa zona del Mar Adriático, que con Grecia y Roma había sido el reino de Iliria.
Al mismo tiempo, existían en Cádiz muchos esclavos moros y turcos, a los que se les prohibía transitar por las calles de la ciudad después de la oración, pues a favor de las sombras de la noche cometían toda clase de tropelías y muchos de los cuales se apoderaban de embarcaciones y marchaban a Marruecos, en donde se les garantizaba su libertad.
Las cosas fueron a peor aun con el toque de queda, hasta el extremo de que el Consejo de la ciudad mandó que fuesen estos esclavos internados para luego pasar a servir en galeras.
Sus dueños que buenos provechos sacaban con el trabajo gratuito de los esclavos, influyeron para que renunciasen de su religión y se convirtieran al cristianismo, pudiendo vivir como esclavos, pero sin la condena durísima a galeras que suponía una muerte segura.
Así, en solemne ocasión, el obispo de Cádiz bautizó a más de cien esclavos mahometanos, para lo que se dispuso de un tablado en la Plaza del Ayuntamiento.
En la misma ceremonia también casó a algunos de ellos que, pasando los años conseguían, su libertad, y sin conocer otra forma de vivir, quedaban en la ciudad o en sus pueblos limítrofes, por lo que desde muy antiguo hubo en Cádiz una importante colonia de turcos, católicos.
Por otro lado, comerciantes armenios dedicado al comercio de la seda, también se instalaron en Cádiz, como centro de distribución de su negocio a Europa y América.
Y también estos armenios se llegaron a integrar en la población, donde algunos alcanzaron notoriedad como un tal Jacobo Zúcar, de donde deriva la palabra “zuchiri” , con la que según Adolfo de Castro, se designaba en sus tiempos a una persona extraña.
Este individuo aportó los azulejos de la capilla del monasterio de Santa María en Cádiz, muchos de los cuales tienen inscripciones en armenio.
Otro ilustre personaje de nuevo asentamiento fue Juan Clat y Fragela, el cual tiene en Cádiz, a su nombre, una plaza en donde se ubican el famoso Teatro Falla y la Facultad de Medicina.
Demuestra el historiador que, efectivamente, hubo en Cádiz una importante colonia de orientales, unos, hombres de negocio, otros y en franca mayoría, esclavos, entre los que predominaban los que hablaban el idioma árabe.
Pase como probable que esa palabra, que no figura en ningún diccionario, pero que es de uso muy común, derive del árabe o alguno de sus dialectos o lenguas por ellos hablada y que “sharqui”, palabra con la que se indica la condición de oriental, se aplicara sobre todo a los esclavos, cuyo aspecto exterior podría corresponderse con lo que el vulgo describía con la palabra pues, evidentemente, los esclavos, en su aspecto exterior presentaban una imagen desastrada y poco atractiva.
No sé si esa será la verdadera etimología de la palabra que al ser una voz extranjera y muy localmente usada, no ha tenido trascendencia como para integrarse en el léxico general de España. Ignoro esto y otras cosas, pero he oído muchas veces esa palabra aplicada en el sentido que aquí se ha expresado, aunque siempre había creído que era un término marinero y se refería a una embarcación de muy fea pinta.

viernes, 1 de mayo de 2020

PROFETA EN SU TIERRA




En el año 1788 todavía vivía Francia el clima de esplendor y el glamour que caracterizó por siglos a la corte francesa. París era la “ciudad luz” y Versalles el palacio de moda en todo el mundo, aquel que intentaban imitar todas las monarquías
La ciudad del Sena era una sucesión infinita de “soirées”, banquetes, representaciones teatrales, conciertos, bailes y toda clase de pública exhibición de esplendor, lujo y moda: encajes, lunares postizos, pelucas empolvadas, polisones, miriñaques...
En uno de los muchos banquetes que cada día se daban en París y que aun siendo exclusivo para la aristocracia, acumulaba tal cantidad de personas y personajes que impulsaba a pensar que todos los franceses pertenecían a las capas más altas de la sociedad, se servían los numerosos y exquisitos platos de la ya afamada cocina francesa, regados con los mejores vinos de Burdeos y Borgoña y en medio de una gran animación y desenfado.
Personajes ilustres, cortesanos, altos funcionarios, nobles y aristócratas, comían, bebían y charlaban de sus cosas, pero sobre todo, de política, de las incipientes revueltas ciudadanas, del odio que se veía en el pueblo que se quejaba de la carestía del pan, el alimento más básico; y de lo guapos que estaban sus reyes, Luis XVI y María Antonieta, que en un derroche de ingenio había propuesto que si el pueblo no podía comer pan, que comieran pasteles.
Ya a los postres, aprovechando un leve silencio de aquella abigarrada concurrencia, uno de los asistentes, que había permanecido callado casi todo el banquete, se puso en pie y tomó la palabra.
Lo que dijo heló la sangre de los allí presentes.
Con voz grave se dirigió a los comensales recriminándoles su frívola forma de proceder, de reírse de una situación en la que, a no mucho tardar, se verían todos inmersos.
Seguidamente, les describió con minuciosidad la forma en la que el pueblo se vengaría de todas las afrentas sufridas y acumuladas por siglos y personalizando a cada uno de los presentes, les vaticinó la forma en que iban a morir, haciéndoles ver que aquel funesto invento de la guillotina, sería el que segaría la vida de muchos de ellos. Los otros, los que no morirían guillotinados, sería porque habían preferido adelantarse a los acontecimientos y acabar con sus vidas ellos mismos, sin pasar por el tormento a que les sometería el pueblo embravecido y por el suplicio de dirigirse al cadalso, sin ninguna dignidad de aristócrata.
A estos, les predijo quien usaría veneno para acabar con sus vidas y quien optaría por cortarse las venas.
Pocos iban a escapar a la guadaña de la muerte que se cernía sobre Francia en donde, aquella descompuesta sociedad, demostraba ser incapaz de percibirlo.
Un silencio pesado como una losa de granito, cayó sobre aquella larga y festiva mesa de la que la estupefacción se había apoderado y mientras la mayoría no sabía cómo interpretar aquel funesto vaticinio, algunos echaron mano de la ironía, o del cinismo, para calificar aquella disertación como una broma macabra, perpetrada por un personaje que, aunque popular y apreciado, era tenido por todos como un excéntrico.
Sin embargo no fue una broma, fue una profecía de lo más acertada y en menos de cuatro años, las predicciones de aquella persona empezaron a cumplirse con una exactitud que causa pavor reconocer.
Hasta el final trágico de Luis XVI y de María Antonieta, se había predicho en aquel banquete y ante el estupor general, la predicción se cumplió a rajatabla.
El mismo que profetizaba tan luctuosos momentos, vaticinó también su propia muerte en la guillotina.
Cuatro años después de aquella cena, los más negros augurios se habían cumplido.
Solamente se conoce a una persona de los asistentes al banquete que sobreviviera indemne a aquella especie de terrible admonición. Esta persona era Jean Françoise de La Harpe, poeta, literato y crítico francés que después de defender encarnizadamente la Revolución, se colocó en el lado opuesto, atacándola con el mismo afán con el que antes la había defendido. Este escritor dejó un manuscrito en el que relataba la escena y desvelaba la identidad del protagonista.
Este personaje fue Jacques Cazotte, un funcionario de alto rango de la administración francesa e intelectual de cierto prestigio que había alcanzado una considerable fama por la publicación de una novela titulada “El diablo enamorado”.
Había nacido en Dijón, capital de la región de Borgoña, en 1719, en el seno de una familia de la alta burguesía que tuvieron catorce hijos, el benjamín de los cuales es el protagonista de esta historia.
Después de estudiar con los jesuitas se hizo bachiller en leyes, titulo asimilado a licenciado en derecho. Por mediación de un hermano, vicario de un obispo, entró en lo que entonces se llamaba “servicio de pluma”, que era el cuerpo de civiles dentro la marina francesa, en donde alcanzó rápidamente su máxima categoría.

Jacques Cazotte

Destinado a las posesiones de ultramar fue nombrado inspector de las Islas de Sotavento, todas las posesiones de Francia en el Caribe, con sede en la isla de Martinica, en donde permaneció cinco años seguidos. Tras un periodo de descanso en Francia, volvió a Martinica por otros cinco años, hasta que a la muerte de su hermano, el vicario, muy bien posicionado económicamente que le nombró heredero de todos sus bienes, solicitó el retiro y volvió a París.
En la alta sociedad parisina, que frecuentaba, alcanzó pronto gran popularidad por su facilidad y magnífico estilo para contar historias, sobre todo fantásticas, muchas veces escritas por él mismo.
Con el éxito de sus narraciones, Cazotte se aficionó a la literatura y escribió varias novelas: La pata del gato, Los mil y un disparates, siguiendo la línea de Las mil y una noches y otras más que alcanzaron tal popularidad que el incipiente autor se aventuró a escribir algo más profundo.
Fruto de esta consideración es su novela más famosa, la que le ha hecho entrar en el cerrado círculo de escritores tocados por la fama, aunque en nuestro país resulta casi desconocido. Se titula El diablo enamorado, una novela corta, de apenas noventa páginas.
En aquel preciso momento histórico en el que en Francia se publicaban los tomos de la famosa Enciclopedia (Diccionario razonado de las ciencias, las artes y los oficios), por parte de Diderot y D’Alambert, el diccionario filosófico de Voltaire, o cuando Montesquieu desbrozaba la separación de poderes con su Espíritu de las leyes, a Cazotte no se le ocurre nada más que escribir una novela que va contra todos los postulados de la Ilustración.
Decir a finales del siglo XVIII que nada sucede por azar, sino que todo en el mundo se equilibra en fuerzas que se van turnando, es oponerse al espíritu de la Revolución y su relato, más que novela, interpreta así la realidad.
Gira esta obra sobre un personaje español, el capitán don Álvaro de Maravilla, al servicio de rey de Nápoles, el cual es tentado por el demonio en forma, primero de camello, luego de perro y por último de una sirviente extraordinariamente bella, llamada Biondetta, que resulta ser una criatura demoníaca, enamorada del protagonista, por el que renuncia a su condición diabólica.
El libro está escrito con desenfado y con un derroche de fantasía que a veces abruma al lector, no obstante, con calidad literaria y actualmente se la reconoce como una obra precursora del Romanticismo y como la primera novela de género fantástico.
Que Cazotte practicó la cábala y que pertenecía a la exclusiva secta de los Iluminados, no cabe duda y en su novela así se desvela, pero lo que no parece cierto es que tuviera dotes adivinatorias.
Cazotte murió en la guillotina, como tantas personas en Francia y muchas de las vaticinadas por él, pero la historia de su vaticinios tiene solamente un apoyo, el que ya se ha comentado más arriba de La Harpe que escribió una crónica de lo sucedido aquella noche memorable, pero que fue descubierta a su muerte ocurrida algunos años después de haberse producido los sucesos que en ella se mencionan, por lo que muy bien pudieran haberse escrito cuando ya los hechos se conocían, y para aumentar su faceta fantástica la pusiera en boca de Cazotte como una tremenda profecía y no como el hecho ya consumado salido de su pluma.
Y es que adivinar es muy difícil, sobre todo el futuro.  

viernes, 24 de abril de 2020

MARCO VITRUVIO POLIÓN




Cuando hace ya unos años leí la novela “El Código da Vinci”, de Dan Brown, pensé que los autores del libro “El enigma sagrado”, Baigent, Leigh y Lincoln, (The Holy Blood and de Holy Grail es su título original) presentarían de inmediato una querella por plagio.
Efectivamente, unos meses después Michael Baigent y Richard Leigh, presentaron una denuncia en Londres porque interpretaban, y para mí con buen criterio, que el libro de Brown estaba inspirado en su obra. Y no solamente eso sino que se apoderaba de las teorías, absolutamente originales de dichos autores, sobre la descendencia de Jesucristo.
En abril de 2006, el magistrado Peter Smith, del Tribunal Superior londinense dictó sentencia en la que exoneraba a Brown y condenaba en costas a los demandantes. Tres millones de libras les costó el fallo del tribunal, que en su día leí y me pareció un esperpento en el que el ponente, por encima de dictar una sentencia ajustada a derecho, se esforzaba en demostrar sus cualidades literarias, remedando el estilo y las conclusiones de los demandantes, con frases enigmáticas y conclusiones inimaginables.
No soy experto en derecho y por tanto no me atrevo a emitir un juicio, pero me voy a agarrar a una frase que hace muchos años me comentó un juez de El Puerto de Santa María y que venía a decir que todo lo que tiene sentido común, seguro que está protegido por algún precepto jurídico.
Aunque el magistrado londinense admitió que el propio Brown y su esposa, Blythe, habían sacado mucha documentación e ideas del libro de los demandantes, estimó que eran ideas muy generales y que cualquiera las podría utilizar o se les podrían ocurrir.
Falso, porque las ideas que aportan los demandantes son de una gran originalidad, tanta que convirtieron su libro en “best seller” mundial.
Cierto que también Brown consiguió un gran éxito, pero fue indudablemente por las originales ideas que manejaba, sin duda copiadas. Para mi, es aquí donde el sentido común entra en juego y de alguna forma existe la obligación de proteger la propiedad intelectual porque plagiar no es solamente copiar literalmente, como ha hecho algún político últimamente, lo es también al apoderarse de las ideas que son fruto del estudio, la investigación, la inteligencia y la dedicación de otros.
De la misma manera está copiado en el mismo libro y de forma algo truculenta, una referencia el dibujo del “Hombre de Vitruvio”, dibujo conocidísimo de Leonardo da Vinci, sobre las proporciones que el cuerpo de un hombre debe tener para que se considere perfecto.
Esta regla sobre las proporciones era ya conocida por el público en general, pero ha resultado mucho más conocida desde que la novela en cuestión las puso en actualidad.
Pero esas consideraciones sobre la regla de las proporciones no son de Leonardo, al que por otra parte no le hace falta apropiarse de nada que no sea suyo; su trayectoria artística, su enorme inventiva y otras originalidades le han llevado a la cima de la popularidad.
Es obra de Marco Vitruvio Polión, un personaje tan apasionante como desconocido y que de no ser por el famoso “Hombre de Vitruvio”, casi nadie hubiera reparado en su existencia.
De Vitruvio se desconoce casi todo lo que se refiere a su persona como tal. Se ignora el lugar y el año de su nacimiento y únicamente se le asigna una larga vida y se le sitúa contemporáneo  de Julio Cesar y del primer emperador, Octavio Augusto.
Con el primero fue soldado en Grecia y en Hispania, en donde por sus dotes excepcionales en el área de construcciones, actuó como ingeniero militar.
Tras las campañas bélicas se afincó en Roma donde Cesar lo empleó en la construcción de grandes edificios. Tras años de arduo trabajo, llegó a la senectud en muy precaria situación, pudiendo subsistir gracias a una subvención que le concedió Augusto.
En esa época romana fue cuando escribió su famoso tratado compuesto por diez libros y titulado “Architectura”, que se considera la única obra de estas características que se conserva de la época clásica. Su mérito no estriba solamente en la exhaustiva descripción de los cinco órdenes arquitectónicos que el autor considera, sino  que resulta ser una fuente documental de inapreciable valor por todas las informaciones que aporta sobre otras  artes como la escultura y la pintura, tanto de Grecia como de Roma, así como sobre los artistas más destacados.

Portada de la obra de Vitruvio

Por si esto fuera poco, también hace un compendio de las cualidades y los deberes que debe tener un arquitecto, entendido como científico y artista a la vez.
El elevado mérito de este arquitecto, de hace más de dos mil años, es que vio claramente una serie de aspectos de la construcción que luego fueron olvidados, o simplemente no se conocieron.
En primer lugar señaló la necesidad de elegir adecuadamente el lugar en el que construir las ciudades, la diferencia que debe haber entre los edificios públicos y los privados, los lugares más apropiados para cada tipo de construcción, la disposición de las calles, la disposición de las murallas y otros elementos defensivos.
También estudia los distintos materiales que deben utilizarse en cada elemento de la construcción, las proporciones que deben observar las edificaciones, desde basílicas hasta cárceles, teatros, baños públicos, incluso los puertos marítimos y fluviales.
Como arquitecto clásico era amante del orden jónico, ese que en la parte superior de la columna presenta unos adornos llamados volutas y establece una regla de proporciones que deben guardar las columnas respecto de toda la construcción.
También trata en uno de sus libros de los edificios de utilidad pública, como son el Foro, las basílicas, las cárceles, los teatros, los baños, las palestras, los mercados, los puertos y otros más.
En otro de los libros que componen la obra, trata de los edificios privados y aquí sorprende verdaderamente, pues dejando aparte el pensamiento clásico, establece la necesidad de que cada edificio haya de adaptarse a las condiciones climáticas del lugar, a las necesidades y gustos de sus moradores y no deben tener, como norma, las mismas características.
Pero no se limita Vitruvio a la construcción de edificios u obras civiles, sino que se revela como un estudioso de la hidráulica y las consideraciones a tener en cuenta en la construcción de este tipo de obras y también sobre la mecánica, dando instrucciones para la construcción de máquinas que él diferencia en dos grupos: para la paz y para la guerra.
El libro es único en su especie, pero sorprendentemente no ejerció gran influencia en las construcciones hasta el siglo XV, con el Renacimiento y sobre todo con la aparición de la imprenta.
Leonardo da Vinci, por su doble condición de hombre del Renacimiento y sabio investigador, conocía la obra de Vitruvio hasta el extremo de lograr uno de los dibujos más famosos de todos los tiempos. El dibujo se basa en las descripciones que hace Vitruvio de las proporciones ideales del cuerpo humano, cuando va describiendo sus diferentes partes y dice, por ejemplo, que cuatro dedos hacen una palma y que cuatro palmas hacen un pie, o cuando, en un juego de armonía más complicado, dice que al separar las piernas de manera que la estatura disminuya 1/14, al subir y estirar los brazos de manera que queden los dedos a la altura del borde superior de la cabeza, el centro geométrico de las cuatro extremidades estará en el ombligo. Esta y muchas otras consideraciones las plasmó Leonardo en los dos dibujos que superpuestos, conforman el famoso Hombre de Vitruvio, porque si se examina detalladamente se observa perfectamente que son dos hombres, en diferentes posiciones, circunscritos uno en un cuadrado y el otro en un círculo.

Curioso: ambos pies izquierdos están girados hacia fuera


En el dibujo del cuadrado, el hombre se asienta con los pies juntos sobre la base de la figura geométrica y tiene los brazos perfectamente en cruz; en el del círculo, sus pies se asientan separados en el arco inferior y los brazos está estirados hasta los dos vértices superiores del cuadrado, cuyo lado está a la altura de la cabeza.
Si la obra del genial romano tiene importancia en el contexto de la arquitectura propiamente dicha y no solamente por ser el único libro sobre arquitectura greco-romana, escrito en el inicio de nuestra Era y conservado íntegramente, también lo es  por su contenido técnico y amplia documentación, pero en un segundo plano y lejos de los detalles técnicos, a juicio de expertos que han estudiado la obra profundamente, también cuenta la intención clara del autor de convertir la arquitectura en un arte en el que van a jugar un papel importantísimo todas las ciencias.
Que Vitruvio hubiera pasado desapercibido desde casi su tiempo hasta el siglo XV, tiene una explicación y es que su obra resultaba desconocida hasta entonces ya que fue descubierta en el año 1416, por el humanista italiano Gian Francesco Poggio Bracciolini en la abadía de Saint-Gall, durante la celebración del concilio de Constanza (1413/1418), convocado para acabar con el llamado Cisma de Aviñón.

jueves, 16 de abril de 2020

MORABETINOS LUPINOS




Evidentemente el título de este artículo es sumamente extraño y de no explicarse, resulta difícil sacar conclusiones sobre su significado.
El “morabetino” era una moneda de oro acuñada en Portugal durante los siglos XII y XIII, de semejante valor al maravedís español y al dinar árabe.
Lupinos hace referencia al rey musulmán de Al-Ándalus que puso en circulación una nueva moneda que por su valor y sobre todo por su estabilidad, alcanzó tal popularidad y prestigio que fue aceptada en toda Europa como principal moneda de cambio en todas las transacciones comerciales. Salvando las lógicas diferencias, podríamos aventurar que tuvo un comportamiento similar al del actual Euro.
Su historia es esta. Hacia 1125 nació en Peñíscola un musulmán de nombre tan largo como irrepetible, conocido popularmente como Muhammad Ibn Mardanish, entre los de su lengua y religión y por “El Rey Lobo”, entre los cristianos.
Mardanish pertenecía a una familia aristocrática muladí, de origen mozárabe, es decir, cristianos islamizados, de origen visigodo que abrazaban la religión de Alá con el fin de prosperar y medrar en los territorios dominados por los musulmanes en los que vivían y tenían sus posesiones. Muy posiblemente el nombre de Mardanish proceda del hispano romance “Martínez”.
Su padre fue gobernador de Fraga, en tierras aragonesas, durante la dominación de los almorávides y el joven Mardanish siguió la estela familiar de guerreros y militares, engrosando un ejército que mandaba un tío suyo.
Al descomponerse el imperio almorávide, por revueltas del destino y conjunción de hados de la suerte, Mardanish se convirtió en general de aquel pequeño ejército de su tío y usándolo con inteligencia y estrategia, se hizo con el poder de los reinos de Murcia y Valencia, ciudad esta última que lo proclamo emir. Sin embargo tuvo que ceder el poder en Murcia porque carecía de fuerzas para mantener tanto territorio.
Algún tiempo mas tarde y habiendo restablecido su potencial militar gracias a un fructífero matrimonio, Mardanish se hizo con el control de Xarq Al-Ándalus, es decir, todo el territorio oriental de la península, forzándose en mantenerlo gracias a la contratación de mercenarios de Castilla, Aragón y Cataluña que a pesar del enorme gasto que eso suponía, se hacía posible en razón a los acuerdos comerciales con las repúblicas italianas de Pisa y Génova, a la sazón las mas poderosas y de los que obtenía grandes ingresos.
Desde ese momento fija su residencia en Murcia e inicia la extensión de su reino, llegando hasta Jaén, Baza, Guadix, Écija y Carmona, incluso amenazó Córdoba años más tarde, cosa que no consiguió, aunque sí se apoderó brevemente de Granada.
En ese momento, año 1161, Mardanish es conocido entre los cristianos por “El rey Lobo”, siendo el único bastión que se enfrentaría a los impulsivos integristas almohades, una nueva secta religiosa ortodoxa que reclamaba mayor rigidez que la que habían observado los relajados almorávides.
El Rey Lobo convierte a su reino en un próspero territorio y su capital, “Mursiya”, en una ciudad floreciente y rica, fuertemente cercada por una muralla de quince metros de altura. Potencia la agricultura implementando el regadío y comercia con numerosos países a los que exporta productos de la región y sobre todo la típica cerámica dorada de la zona.

Mapa del reino de Mursiya con el Rey Lobo

Pero a pesar del esplendor y del agradecimiento de su pueblo por hacer frente a los almohades, en su reino se vivía en un régimen de terror. Mardanish era un rey cruel y despiadado y los mercenarios que formaban su ejército llevaban una vida licenciosa y desenfrenada, convirtiendo las ciudades en verdaderos infiernos, en los que la gente se recluía en sus casas, procurando salir a la calle lo menos posible, sobre todo en horas nocturnas.
Ese malestar que el pueblo iba sintiendo, hizo que gran parte viera a los almohades como sus posibles salvadores y ciudades como Lorca, abrieron sus puertas a los nuevos lideres religiosos y otros lugares como Almería, Játiva o Segorbe, gobernados por parientes del Rey Lobo, se sublevaron.
Esto propició que el ejército almohade pusiera cerco a la capital del reino, “Mursiya”, en el curso del cual devastaron totalmente sus huertas, arrasaron alquerías y aldeas y saquearon las fortificaciones que guardaban la ciudad, pero las magníficas murallas defensivas consiguieron detener el ataque y, exhausto el ejército almohade, hubo de retirarse.
Pero el régimen del Lobo estaba tocado de muerte y cuando su suegro, que lo había apoyado militarmente desde el principio, adoptó las doctrinas almohades y comenzó a colaborar con ellos, Mardanish sintió la traición en su propia carne.
A las defecciones antes mencionadas se unieron las de Lorca, Elche, Baza y Valencia, creando una situación difícil de contener y obligando al Rey Lobo a pactar con los almohades, pero una súbita y bienhechora muerte le ahorró el amargo trago de ceder ante sus enemigos.
Terminó aquí su particular odisea que le llevó de militar de fortuna a rey del más floreciente reino Taifa de Al-Ándalus, pero entre medias ocurrieron cosas muy importantes.
Mardanish fue cruel y despiadado, lascivo e inmoral, pero era una persona inteligente, culta, amante del arte y sobre todo sabedor de en qué bases se ha de apoyar el reino y que no es otra que la economía. Producir y vender, esa es la clave de su progreso.
Y tal esplendor económico alcanzó que las “cecas”, las fábricas de la moneda, de Valencia y Murcia empezaron a acuñar monedas de oro que fueron conocidas como “Morabetinos Lupinos”, cuyo significado quedó explicado y con las que inundó el mercado de toda la cuenca mediterránea e incluso llegó hasta Inglaterra, siendo comúnmente aceptada por su valor seguro en las transacciones mercantiles y todavía en el siglo XIV seguía siendo una moneda importante.
Eran unas monedas de pequeño tamaño y un peso aproximado de cuatro gramos, lo que las hacía muy manejables y fáciles de portar

Cara y cruz del Morabetino Lupino

Hay que tener en cuenta que desde la caída de los visigodos, en la península ningún reino cristiano acuñó moneda hasta muy avanzado el segundo milenio y mucho menos, moneda de oro.
Lo normal era la acuñación de las monedas de vellón que es una palabra que procede del francés “billón” que significa lingote y era una moneda al cincuenta por ciento de plata y cobre, de entre las que se hizo muy popular el “real de vellón”.
Los morabetinos llegaron pronto a Aragón y Castilla como pago de las mesnadas que el Rey Lobo reclutaba en aquellos reinos y de las parias que tenía que satisfacer a los reyes cristianos para que lo dejasen en paz.
El prestigio que alcanzó esta moneda fue tal que el rey castellano Alfonso VIII, que fue el primero en acuñar monedas de oro en la España cristiana, utilizó la ceca de Toledo y no solamente porque fueran buenas instalaciones y personal profesional, sino porque eran los únicos capaces de escribir en árabe, cosa que resultaba imprescindible para que la moneda, a la que se denominó “mizcales”, o “morabetinos alfonsíes” tuviera buena aceptación en todos los mercados, al asemejarse a los Lupinos.
Hasta qué punto tuvo importancia esta moneda que doscientos años después de la muerte de Mardanish, todavía se seguían utilizando en los reinos de la península y en toda la cuenca mediterránea.

viernes, 10 de abril de 2020

GERALDO SEMPAVOR




Hace ya unos años estuvimos en Portugal con mi promoción de Comisarios. Allí, por primera vez oí un refrán luso que me resulto áspero, casi de mal gusto, ofensivo para los españoles. El refrán dice: “De España ni buenos vientos ni buenos casamientos”.
Este aforismo resume perfectamente la forma de sentir del pueblo vecino respecto a los españoles.
Nosotros, los españoles, no tenemos un refrán tan despectivo a la recíproca, porque ni tan siquiera nos hemos molestado en querer comprender las relaciones tan enfrentadas de dos pueblos pertenecientes a las mismas etnias, asentados en los mismos territorios y con lengua y religión comunes, porque esas relaciones o no han existido o han sido de tanta superioridad por nuestra parte que no nos hemos molestado en querer catalogarlas. Eso sería una pérdida de tiempo.
Efectivamente, desde que Portugal se inicia en la historia como algo con personalidad propia, lo hace constituyendo dos condados. El primero de ellos en el siglo IX, dependiente del reino de Galicia, tras la conquista a los árabes de la importante ciudad de Portucale (Puerto Bello), actual Oporto.
Como consecuencia de extender sus dominios hacia el sur, el reino de Galicia concede a Nuño Méndez el Condado Portucalense.
Por otro lado, como condado dependiente del reino de León, su rey, Alfonso VI, en el siglo XI, le ofrece a Enrique de Borgoña, un noble francés sobrino de la reina consorte Constanza, que había venido con sus huestes a auxiliarlo en la Reconquista, y que acabó casándose con la hermana del rey, Teresa de León, unas tierras en zona de la Lusitania que era y es conocida como Tras Os Montes y una buena parte del sur de Galicia.
Fallecido el conde Enrique en el año 1112, pasó el condado a su hijo, Alfonso Enríquez y durante su minoría de edad, lo gobierna su madre, Teresa de León, que empieza por autonombrarse reina, aunque no es ni remotamente reconocida como tal y con ese mal ejemplo, en 1127, el joven Alfonso hace lo propio al alcanzar la mayoría de edad y se enfrenta a los partidarios de su madre y al rey Alfonso VII de León, coronándose rey e iniciando una nueva dinastía completamente separada de los reinos de León y Galicia.
Y todo lo que empezó como un favor que le hizo el rey a su cuñado, acabó por separar a dos países que muy bien debieron haber continuado juntos.
Lo cierto es que los condados lusitanos por su lado y Castilla y León por el suyo, no cejaron en su intento de reconquistar el terreno que los musulmanes había arrebatado por la fuerza de las armas.
En la parte portuguesa la reconquista de las tierras invadidas por los musulmanes tiene altos y bajos y las fronteras se mantienen constantes en el río Duero, lo mismo que curre para Castilla y León, pero a principios del siglo XII surge una figura enigmática, rodeada de un aura similar a la que en Castilla tenía El Cid Campeador, que ha resultado tremendamente desconocido e ignorado por la historia, sobre todo por la historia española: se trata de Geraldo Sempavor (Gerardo Sin Miedo), el cual dio un importante vuelco a la Reconquista.
Geraldo ha sido catalogado como guerrero y como mercenario, pero lo cierto es que se convirtió en un caudillo, como siglos antes y en aquellas mismas tierras lo había sido Viriato, que conquistó a los musulmanes las principales plazas fuertes de Extremadura.
Los orígenes de esta persona son tan desconocidos como interés han tenido sus estudiosos de ubicarlo en el espacio, creándose teorías tan diversas como la de suponerlo esclavo-soldado cristiano fugado de Al-Ándalus y por eso perfectamente conocedor del terreno y de las debilidades de las fortificaciones del ejército sarraceno, lo que le valía sus victorias sobre ellos.
Otra teoría defiende que se trataba de un soldado galaico-portugués, nacido en la ciudad de Beira que tras guerrear a favor del Islam, como mercenario, pasó a hacerlo en las filas cristianas, concretamente a las órdenes de Alfonso I, al que ya hemos visto que se convirtió en el primer rey portugués.
Poseía Geraldo una especial capacidad táctica para asaltar los puntos fortificados, como ciudades amuralladas o castillos, cuya conquista suponía controlar todo el espacio de influencia de esa fortificación, hasta el punto que se creó una verdadera leyenda en torno a este guerrero-estratega.
Cada vez que Geraldo se apoderaba de un castillo, la reconquista lusa avanzaba, a pesar de que el naciente reino tenía muy escasas fuerzas militares y por eso era de suma importancia el ir conquistando territorios a base de rendir fortalezas, donde se podían concentrar todos los efectivos de su ejército.

Una de las pocas esculturas dedicadas a este guerrero

Poco a poco fue extendiendo las fronteras portuguesas al apoderarse de plazas tan importantes como Trujillo, Cáceres, Santa Cruz de la Sierra, Évora, Moura, Monsaraz, éxitos militares que consiguió en escaso periodo de tiempo y algo más tarde, rindió las fortalezas de Montánchez y Serpa, en el Alentejo, uno de los municipios portugueses más extensos.
Encumbrado por su poderío y por sus huestes que le tenían veneración, Geraldo se dispuso a conquistar Badajoz, lo que levantó la suspicacia del rey leonés que por el tratado de Sahagún entendía que la Reconquista siguiendo la Ruta de la Plata, era incumbencia de los reinos castellano-leonés y así, cuando Geraldo con sus hombres sitiaban la alcazaba de Badajoz, con el apoyo personal del rey Alfonso de Portugal y sus tropas, Fernando II, rey de León, se presentó en el sitio, pero no para colaborar en la reconquista de aquella importante plaza almohade, como hubiera sido de desear, sino para levantar el cerco portugués, haciendo valer lo que suponía sus derechos de conquista.
Fernando se enfrenta y vence a las tropas del rey Alfonso que resulta gravemente herido, consiguiendo escapar, pero Geraldo cae prisionero y se ve obligado a negociar su libertad, teniendo que entregar las plazas de Cáceres y otras importantes de la actual Extremadura, al rey leonés.
En realidad, en el caso de Geraldo no se le pueden llamar tropas y mucho menos ejército pues según se ha podido determinar en algunos escritos de la época se ha hablado de la estrategia de este luchador y en algunas crónicas, a su estilo de guerrear y apoderarse de enclaves enemigos, se llamó “novo generi pugnandi, cuasi per latrocinium”; es decir, una nueva manera de hacer la guerra similar al latrocinio, lo que equivale a decir que era una especie de atraco a mano armada.
Geraldo caminaba de noche, cuanto más intempestivas mejor, dirigiendo a su gente. Portaban, además del armamento unas escaleras de recia madera y extraordinaria longitud, superior a la altura de cualquier muralla.
Colocada la escalera en el lugar ya elegido de antemano y guardando un extremado sigilo, era Geraldo el primero en subir y eliminar al centinela. Luego subía todo su grupo que dando alaridos conmovedores, se lanzaban a saquear y matar a cuantas personas encontraban en el interior de la fortaleza, apoderándose de todo lo que encontraban, haciendo prisioneros para vender como esclavos.
Aunque parezca un poco fuerte, no dista demasiado de la forma de guerrear de la época, en la que la mayor parte de los soldados no percibían emolumento alguno por su servicio y la única compensación eran los beneficios de los botines obtenidos en los saqueos.
Afrontando siempre el riesgo de aventurarse el primero, hacía gala de una valentía que sus hombre le reconocieron y de ahí viene la denominación de “Sempavor”, nombre por el que se le conocía.
Las hazañas de Geraldo le hicieron ser reconocido por algunos historiadores  como uno de los caudillos guerreros de la Edad Media, con un reconocimiento similar al del Cid Campeador, sin embargo otras corrientes censuran la conducta de este  guerrero sin escrúpulos, traidor a todos los bandos, menos al dinero.
Tras su derrota en Badajoz y después de haber cedido todas sus conquistas, se retiro a Juromenha, una pequeña circunscripción cercana a Évora donde poseía unas propiedades.
No se sabe a ciencia cierta donde falleció, pues se tienen noticias que arrinconado en sus posesiones, aceptó una oferta del califa almohade, el cual le envió a Marruecos, donde sorprendido en una conjura, fue decapitado con todos los hombres que tenía a sus órdenes.  
Españoles y portugueses, en vez de unir sus fuerzas contra un enemigo común como eran los musulmanes, peleaban entre ellos, obstaculizándose hasta extremos como el del sitio de Badajoz.
Por eso  y otras muchas razones dicen en Portugal aquello que “De España ni buenos vientos…”

jueves, 2 de abril de 2020

LA DEMOCRACIA EN UNA GRUTA




La historia es digna de relatarse porque además de la circunstancia de que el Consistorio, es decir, el Ayuntamiento, se constituyera en una cueva, resulta que fue quizás el primer Ayuntamiento democrático de España, aunque para eso tenemos que irnos muy atrás en el tiempo.
En el archipiélago canario hay una isla llamada La Palma, a la que se le ha llamado “La Isla Bonita” y que ha merecido la atención de algunos famosos como Madonna, que le dedico una preciosa canción. Esta isla, ahora muy difuminada por los nuevos tiempos y las altas tecnologías, tuvo en otro tiempo una importancia estratégica capital, pues era la última isla canaria a la que arribaban los buques de tiempos atrás, antes de emprender la travesía del Atlántico. Al observar el mapa del archipiélago, se comprende perfectamente esta circunstancia pues es la más occidental.

Mapa del Archipiélago Canario. Arriba a la izquierda, La Palma

La isla en cuestión fue conquistada en el año 1493, cuando ya había terminado la larguísima Reconquista española y descubierto el Nuevo Mundo y en el archipiélago solamente ondeaba la bandera de Castilla en la isla de Gran Canaria.
Pero sin embargo la conquista de La Palma fue la primera de todo el conjunto de islas que se emprendió casi un siglo antes.
Fenicios y tartessios habían estado ya en las Islas Canarias, si bien no de forma colonizadora por no encontrar interesante como mercado aquel lejano montón de islas.
Pasaron siglos hasta que el caballero normando Jean de Bethencourt intentó la conquista de La Palma en el año 1404, pero su expedición fue un fracaso. Un terreno abrupto y un pueblo aborigen decidido a defender su independencia, fueron circunstancias decisivas para el fracaso de la expedición conquistadora. Seis semanas después de desembarcar en la isla de Benahoare, como los indígenas la llamaban, tuvo que desistir de la conquista, habiendo sufrido muchas bajas, pero muchas menos que las que habían causado a los nativos.
No fue hasta medio siglo después que el hidalgo sevillano Guillén Peraza de las Casas lo intentó de nuevo, pero el ilustre sevillano tuvo peor suerte y falleció en la primera escaramuza junto a casi doscientos de sus hombres.
Dos fracasos en una época en la que la conquista de nuevos territorios estaba casi asegurada gracias al potencial bélico de los españoles, son demasiados y la idea de conquistar aquella isla fue abandonada, centrándose el interés en otras de las que componían el archipiélago.
El intento definitivo lo llevó a cabo el que más tarde sería nombrado Adelantado de las Islas Canarias, Alonso Fernández de Lugo, el cual ya había participado en la conquista de Gran Canaria y más tarde lo haría en la de Tenerife.
La conquista fue muy dura porque, en la que hoy es famosa por su belleza, la Caldera de Taburiente, se refugió el mencey Tanausú, que aprovechando lo abrupto del lugar y el perfecto conocimiento del terreno escapaba constantemente de los españoles y no pudo ser reducido militarmente, habiendo de recurrirse a engaños y defecciones de otros menceys, para capturarlo.
Aherrojado fue trasladado a la Península, pero el caudillo prefirió morir de inanición, antes de ser un prisionero.
Colonizada la isla y coincidiendo con el gran flujo comercial que se inicia en el Atlántico, va adquiriendo una enorme importancia comercial y estratégica, siendo junto con Amberes y Sevilla, el tercer puerto del imperio español por el número de escalas.
Pero esa misma circunstancia la hacía apetecible a piratas y corsarios que durante siglos no dejaron de hostigar la isla en busca de botín, pero todo el conjunto insular estaba muy bien protegido y las expediciones piratas fracasaron una tras otra.
El esplendor económico hizo que numerosos comerciantes de toda Europa se establecieran en la isla, centrando desde allí sus negocios como punto intermedio entre el tráfico de mercancías desde el Nuevo Mundo y hacia el norte de Europa.
Uno de estos destacados comerciantes fue el irlandés Dionisio O’Daly que mediado el siglo XVIII, no pudiendo soportar por más tiempo la presión que en Irlanda se hacía contra los católicos, se marchó a La Palma, y desde allí estableció un puente comercial con Alemania, Flandes y Gran Bretaña.
Reinaba en España Carlos III cuando en 1766 se produce una oleada de motines, comenzando por el famoso de Esquilache en Madrid y seguido de manera individualizada por los de Barcelona, Zaragoza, Sevilla, Cádiz y un largo rosario de ciudades que, con una u otra excusa, en realidad estallaban contra el hambre, verdadera causa del descontento popular y no contra la capa y el chambergo que Esquilache quería prohibir. (Sobre eSTE motín se puede consultar mi artículo en esta dirección: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com/2013/03/de-la-trucha-la-capa.html
Apaciguada la situación el rey que asustado se había refugiado en Aranjuez, abrió su mano absolutista a la posibilidad de que la burguesía de las ciudades más importantes pudiera compartir el gobierno de los concejos municipales con las clases nobles que hasta la fecha venían siendo hegemónicas.
La participación en las elecciones para cargos de diputados del común, síndico personero, o caballeros veinticuatro, nombre que recibían lo que hoy serían concejales de los distintos ayuntamientos, defensor de los ciudadanos o ediles de ayuntamientos concretos (Córdoba, Sevilla, Granada, Jaén, Salamanca, Palencia Jerez, Úbeda y Baeza) estaba ciertamente muy restringido, pues solamente podían ser elegidos los varones que residieran en las localidades respectivas y pagaran los correspondientes impuestos, además de tener veinticinco años cumplidos.
En la isla de La Palma esta decisión real se vio secundada con mucho más interés que en otras partes del territorio español, posiblemente debido a la amalgama de culturas europeas que eran representadas por sus habitantes, los cuales estaban imbuidos de otros vientos de libertad y democracia, muy escasos en España.
Así, los descendientes de las familias que se habían ido asentando en la isla y que gozaban de un gran poder económico presentaron cara a aquellos regidores perpetuos.
En las primeras elecciones que se celebraron, que aunque no eran plenamente democráticas sí que estaban mucho más abiertas que el sistema hasta entonces empleado, salió elegido diputado del común un palmero llamado Anselmo Pérez Brito que de inmediato inició una campaña de denuncias por malversación, cohechos y prevaricaciones contra los regidores perpetuos, que seguían estando presentes en las instituciones municipales
Un año más tarde, Dionisio O’Daly fue elegido síndico personero del común, una especie de defensor del ciudadano, el cual se puso manos a la obra para destapar toda la corrupción, pero los regidores conservaban un enorme poder, aun cuando en su institución se habían incrustado aquellos cargos elegidos por las burguesías.
O’Daly fue demonizado y desacreditado por su condición de haber nacido en el extranjero, así como, al parecer, determinada tendencia sexual, haciéndole la vida tan insoportable que se vio obligado a emigrar a la Península, pero una vez allí presentó una demanda ante el Consejo Supremo de Castilla, que en 1771 dictaminó que los regidores también tenían que ser elegidos por el pueblo.
A partir de ese momento y cada dos años todos los cargos de responsabilidad del Ayuntamiento de La Palma fueron cargos electos, lo que supuso que en la isla de La Palma se constituyera el primer ayuntamiento “democrático” de España.
Como es natural, los antiguos regidores, pertenecientes a la nobleza y a las altas clases de la sociedad no aceptaron aquella situación y como dueños que eran de casi toda la isla, decidieron que el nuevo ayuntamiento tenía que desalojar el edificio en que se albergaba, propiedad de algún jerarca.
Desahuciados de su edificio, el nuevo consistorio no se arredró y comenzó a celebrar sus reuniones en una gruta llamada “Cueva de Carías”, un lugar por otro lado emblemático en el que los aborígenes de las isla habían venido reuniéndose en sus asambleas desde siglo atrás.


Aspecto actual de la gruta en la que se instaló el Consistorio Palmeño