jueves, 24 de junio de 2021

LOS GOLPES A LA REPÚBLICA

 

Desde que disfrutamos de estos gobiernos tan demócratas y tan progresistas, venimos oyendo hablar mucho de Franco y su golpe de Estado contra la República, algo que en el fondo no es progreso, sino retroceso.

Yo no voy a entrar en la legalidad republicana ni en la situación en que se vivió durante esa época ni el terror y el caos que creó el Frente Popular entre cuyas pretensiones estaba la de entregar España a la URSS de Stalin y convertirnos en un primer país satélite de forma experimental, que era lo que tenía previsto hacer el gobierno bolchevique ruso y que llevó a cabo tras la Segunda Guerra Mundial, con múltiples naciones de su entorno a las que engulló.

Yo quiero hablar de golpes de Estado contra la República, pero no solamente del de Franco, si no de todos los que hubieron antes y después y de cómo todos los demás fracasaron.

El primer aviso a la naciente República Española (La Sanjurjada) lo dio desde Sevilla, en la madrugada del 10 de agosto de 1932, es decir a los dieciséis meses de su proclamación, el general Sanjurjo y una parte muy pequeña del ejército español que estaba destinado al fracaso y que así fue. Se mantuvo algo en Sevilla, pero fracasó estrepitosamente en Madrid.

Sanjurjo fue detenido cuando intentaba pasar a Portugal por Ayamonte, juzgado  y condenado a muerte en el consejo de guerra que se le siguió, pero la pena capital le fue conmutada por la de cadena perpetua. Ingresó en la Prisión del Dueso y luego en la del Castillo de Santa Catalina en Cádiz. Al final se le concedió un indulto y terminó exiliado en Portugal.

Poco más de un  año después, la República recibe el segundo aviso. Esta vez más serio y lo promocionan comunistas, socialistas y el sindicato UGT. Este golpe de Estado ha recibido el nombre de Revolución de Asturias y se producía por la infundada creencia de las izquierdas de que el gobierno presidido por Alejandro Lerroux, pretendía anular la Constitución e instalar un gobierno fascista. No era cierto, pero a las izquierdas le sobraban otras razones para desbancar a un gobierno de derechas.

 

Alejandro Lerroux, líder del PRR (Partido Republicano Radical

La Revolución de Asturias fue duramente reprimida por el gobierno republicano, causando mil cuatrocientas victimas entre los dos bandos y muchos heridos. Por cierto que el gobierno republicano encargó de la represión de la revolución a los generales Goded y Franco.

Tres días más tarde, un nuevo intento de golpe. Esta vez desde la Generalitat catalana.

Era el día 7 de octubre de 1934 y el gobierno de la República no dudó en declarar el Estado de Guerra que acabó con la suspensión de la autonomía catalana de manera indefinida, y con los dirigentes detenidos, juzgados y condenados por rebelión militar a treinta años de cárcel.

El cuarto golpe fue más sutil, más ladino, se podría decir, pues fue perpetrado por el Frente Popular que no solamente indultó a los golpistas de la Generalitat, sino que incorporó al gobierno a seis ministros pertenecientes a Ezquerra Republicana de Cataluña. Una situación como la que estamos viviendo en los tiempos presentes, con indultos  a los sediciosos catalanes y establecimiento de mesa de diálogo.

La división interna del PSOE provocó en mayo de 1936, previo a la Guerra Civil, el quinto golpe.

Una guerra interna entre Indalecio Prieto, socialista “moderado” y Largo Caballero “exaltado revolucionario” y vehemente esforzado en echarnos en brazos de la URSS, provocó una situación difícil de digerir que abocó en la guerra y todo porque Largo Caballero se oponía a que Prieto aceptase votos de la CEDA para formar gobierno.

Esta situación devino en unas circunstancias que todos conocemos y que culminó con el asesinato de Calvo Sotelo y el estallido del sexto golpe.

Éste se produjo el 18 de julio de 1936 y su desarrollo y resultado final es sobradamente conocido y diferentemente interpretado por unos y otros.

Pero mientras el ejército alzado avanzaba con un único objetivo, el gobierno de la República se veía obligado a tapar otros frentes tan letales como el que estaba abriendo el ejército insurrecto.

El primero fue la traición del independentismo catalán al gobierno del que formaban parte y que aprovechando la situación y la debilidad por la que atravesaba la Republica, como han hecho siempre, proclamaron  la independencia de Cataluña.

Tras la defección catalana, el propio gobierno de la República daba por perdida la guerra, porque la actitud catalanista obligó a dividir las fuerzas republicanas que por un lado tenían que hacer frente al ejerci﷽﷽﷽﷽﷽﷽er frente al ejblicanas que por un lado tenatalanista consiguidospendencia de Cataluñaos y otros.

t, sino que incorporército alzado, pero por otro también tenía que hacer frente a la grave situación separatista.

En esta situación el propio presidente Negrín, en un consejo de ministros celebrado en el palacio de Pedralbes de Barcelona pronunció una frase que ha quedado para la posteridad y en la que el presidente decía que antes de consentir campañas nacionalistas que llevaban a la desmembración de España, cedería el paso a Franco.

Asimismo se confesó irreductible en cuanto a defender la nación de los desafueros independentistas. Este posicionamiento le honra, pero su figura estaba muy deteriorada por su sumisión a Moscú y por el expolio de Banco de España cuando era ministro de Hacienda.

Negrín fue finalmente expulsado del PSOE, estando ya en el exilio.

Y tras estas situaciones, estando ya la guerra perdida para la República, se produce en Madrid el octavo y último golpe de Estado.

El cinco de marzo de 1939 la guerra estaba dando sus últimos coletazos y resistir era únicamente sacrificar vidas humanas en aras de un comportamiento numantino que además de innecesario, no cambiaría el curso de los acontecimientos.

Madrid era de las pocas ciudades que permanecían en manos de la República y allí se exigía por el gobierno continuar la resistencia.

El jefe militar de la defensa de la capital era el coronel de caballería Segismundo Casado López. Militar brillante, había participado en la Guerra de Marruecos, pertenecía al Estado Mayor y era jefe de la escolta del Presidente del Gobierno. Contaba con el apoyo de Indalecio Prieto que lo quería para reorganizar el Ejército, dadas su buenas cualidades como organizador, buen militar y estratega y muy disciplinado.

Una vez iniciada la guerra, el coronel Casado se encargó de la organización de las Brigadas Mixtas, la unidad militar básica del ejército del Frente Popular,  participó en las batallas de Belchite, del Jarama y la durísima de Brunete y fue nombrado jefe del Ejército de Andalucía. Por último fue nombrado Jefe del Ejército del Centro y como tal, tuvo a su cargo la defensa de Madrid.

Por encima de todo Casado era un hombre inteligente y sensato; sabía que después de la caída de Cataluña el mes anterior, de nada serviría continuar resistiendo en Madrid, en donde solo se podría aumentar el dolor de una población ya muy castigada, así que el cinco de marzo, con un grupo de anarquistas y socialistas que a pesar de su ideología antifascista eran conscientes de la realidad, se rebeló contra el gobierno de la República, presidido por Negrín.

 

El coronel Casado (centro) con compañeros militares

Le apoyaron personajes importantes del momento como Julián Besteiro, Cipriano Mera, Wenceslao, el padre de Santiago Carrillo o el general Miaja.

El golpe de Casado desencadenó inmediatamente una nueva guerra civil dentro de Madrid entre los partidarios de negociar una paz y los partidarios de continuar la lucha, en su mayoría del sector comunista.

Pero el ejército, ya exhausto estaba del lado de los golpistas que apoyados por las quintas columnas franquistas empezaron a negociar su rendición con el ejército de Franco que solo admitía una rendición incondicional del ejército republicano.

De todas las formas el ejército del Frente Popular depuso las armas, lo que permitió que los sublevados ocuparan Madrid y casi toda la zona central que continuaba bajo la República, sin disparar prácticamente ni un solo tiro.

El 29 de marzo de 1939 Madrid  fue entregado sin lucha. Franco sugirió a Casado que se trasladase a Valencia con intención de salir para el exilio y así lo hizo embarcando en el buque Galatea en el que el 3 de abril llegó a Marsella.

Desde allí, cruzando Francia en tren, embarcaron para pasar a Inglaterra, donde se estableció con su familia. En 1961 regresó a España instalándose en Madrid, donde falleció en 1968 sin conseguir reingresar en el ejército español, como era su deseo.

Fue un buen militar, leal a su gobierno y que con su actitud ahorró muchas vidas de ambos bandos.

¡No se ha sido justo con él!

jueves, 17 de junio de 2021

LA GUERRA DEL FÚTBOL

No es la primera vez que escribo sobre guerras, ya sea por sus nombres curiosos, como la de La oreja de Jenkins http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com/2013/03/la-guerra-de-la-oreja-de-jenkins.html, la de los pasteles http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com/2013/03/la-guerra-de-los-pasteles.html , o de la sandía http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com/2013/10/la-guerra-de-la-sandia.html , o sea por la curiosidad de ser la más corta, aquella que duró solamente cuarenta y cinco minutos o la más larga que duró trescientos años y en la que no se disparó ni un solo tiro http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com/2013/04/la-mas-corta-y-la-mas-larga.html , o nuestra guerra española más larga http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com/2016/12/nuestra-guerra-mas-larga.html , como la declarada unilateralmente por el pueblo granadino de Huéscar, contra toda una potencia de la época como Dinamarca; hoy lo voy a hacer con una guerra que tuvo lugar como consecuencia de un partido de fútbol.

Que el deporte rey levanta pasiones es algo que a nadie se le escapa, pero llegar al punto de que dos países se enfrenten bélicamente y se lleguen a producir hasta cuatro mil muertes por el resultado de un partido de fútbol, es una buena muestra de hasta donde es capaz de llegar la estupidez humana, aunque a lo mejor el resultado del partido fue solamente el detonante de una situación ya insostenible que solo necesitaba un empujoncito.

Era el año 1969 y Honduras y El Salvador, dos países centroamericanos fronterizos enfrentaron sus respectivas selecciones de fútbol por tercera vez en el plazo de un mes. Se jugaban la clasificación para el mundial de Méjico’70.

El primer partido se jugó en Tegucigalpa, capital de Honduras y el resultado fue favorable a Honduras por uno a cero.

El partido de vuelta se lo adjudicó El Salvador por tres a cero y aunque con golaveraje a favor, la eliminatoria estaba empatada y hubieron de jugar un tercer encuentro en terreno neutral, esta ves en Méjico DC.

Los dos partidos anteriores habían terminado con serios enfrentamientos entre las aficiones que no hacían otra cosa que trasladar al deporte, lo que ya subyacía en la difícil convivencia entre ambos países fronterizos en los que se daban unas circunstancias de pobreza difíciles de superar.

Salvador es el país más pequeño de Centroamérica, amén de más poblado que sus vecinos y muy mal administrado. Su población era cercana a los tres millones de habitantes, en su inmensa mayoría dedicados a la agricultura controlada por una élite social de terratenientes que dejaba muy poco margen al campesinado pobre.

Por el contrario, la vecina Honduras es cinco veces más grande y aunque su régimen social y económico era muy parecido, tenía un millón menos de habitantes y mucho terreno por cultivar.

Esto había provocado que las élites dominantes promovieran una emigración de salvadoreños con la intención de aliviar la presión interna del país a la vez que ofrecían cultivar las tierras baldías que eran muchas, así como la posibilidad ofrecerse como mano de obra a las compañías estadounidenses (United Fruit Company, propietaria del 10% de la tierra cultivable) que operaban en el país. Así, trescientos mil salvadoreños vivían en Honduras en aquellos momentos.

Pero claro, a los hondureños aquella invasión no les hacía ninguna gracia y ahora se veían enfrentados a sus gobernantes, a las élites sociales y a los inmigrantes que les disputaban la tierra y los puestos de trabajo.

Para colmo, una desafortunada ley reforma agraria perjudicaba a los salvadoreños, los cuales fueron expropiados de las tierras que habían conseguido adquirir tras varias generaciones de esfuerzo, por lo que la tensión fue en aumento.

La situación se hizo tan grave que el presidente hondureño comenzó una política de deportación de salvadoreños, creando un grave conflicto de convivencia entre ambos países, pues la avalancha de deportados provocaba problemas constante, acusándose ambos países de sus políticas enfrentadas, mientras las clases dominantes en uno y otro estado, presionaban a sus respectivos gobiernos para que se tomaran acciones militares.

Se crearon escuadrones populares clandestinos como el denominado “Mancha Brava”, que asesinó y secuestró a muchos salvadoreños.

Y con ese escenario tan poco propicio, se enfrentaron las selecciones de fútbol, interpretadas por ambos países como una puesta en escena deportiva de lo que al final iba a ser un conflicto militar.

Para acabar de condimentar aquel revuelto, el mismo día que se iba a jugar el tercer y definitivo partido, El Salvador rompió unilateralmente las relaciones diplomáticas con Honduras.

Una medida muy poco inteligente sabiéndose, como se sabía que ambos países veían en la confrontación deportiva la tragedia de su enfrentamiento.

El partido lo ganó El Salvador por tres a dos, en el tiempo de prorroga, pues los noventa minutos reglamentarios habían acabado con empate, tras lo cual se produjeron enfrentamientos en los alrededores del estadio Azteca, solventados por el enorme despliegue policial que se había efectuado.

El gol de la victoria lo marcó el delantero salvadoreño Mauricio “Pipo” Rodríguez.

 

“Pipo” Rodríguez con la camiseta de la selección

Pero lo grave se produjo en la frontera entre ambos países donde ciudadanos de uno y otro lado se enzarzaron en combates callejeros, en los que la peor parte la llevaron los emigrados salvadoreños que fueron literalmente masacrados por los hondureños.

Esto hizo que El Salvador decidiera intervenir militarmente y el 14 de julio de 1969 el ejército salvadoreño se lanzó a una invasión de Honduras con ataques aéreos  y escaramuzas tipo guerrilla, como capturas de las guarniciones fronterizas.

En respuesta Honduras hizo lo propio, realizando ataques aéreos a puertos y aeropuertos salvadoreños.

Si no fuera por lo dramática de la situación, el conflicto habría que calificarlo cuando menos de singular.

Los medios aéreos empleados eran obsoletos aviones de hélice que se habían dejado de fabricar muchos años antes y algunos de ellos de transporte reconvertidos como arma aérea.

La OEA (Organización de Estados Americanos) intermedió consiguiendo un alto el fuego que entró en vigor el 20 de julio y las tropas salvadoreñas que habían penetrado en Honduras se retiraron a condición de que se dejara de perseguir a sus compatriotas.

 

Salvadoreños hacinados para la deportación

La contienda dejó centenares de bajas, más en el lado hondureño, pero ambos países sacaron una conclusión que no era otra que la necesidad de rearmarse, lo que hizo que ambos dedicaran gran parte de sus presupuestos a esos menesteres bélicos, desatendiendo otras actuaciones como el Mercado Común Centroamericano que prácticamente desapareció, cuando era un germen para encarrilar adecuadamente la economía de toda la zona.

Aparte de los fallecimientos que se cifran en la cantidad antes señalada, hubieron quince mil heridos y casi la mitad de los salvadoreños que vivían en honduras tuvieron que abandonar el país, después de varias generaciones, además de reforzar el papel político de los militares y en El Salvador, años después, dio lugar a la guerra civil que mantuvo la fuerza armada contra los insurgentes del frente Farabundo Martí, el revolucionario y político del primer tercio del siglo XX.

Una cosa tengo bastante clara: si esos partidos se hubieran jugado diez años más tarde, para la clasificación del Mundial’82 de España, no hubiera habido controversia, pues en las filas salvadoreñas hubiera vestido la camiseta un extraordinario jugador llamado Jorge González, conocido como “Mágico González” que era capaz de las mayores diabluras que se han visto en el fútbol y que seguramente, de no haber sido por su forma de ser, se habría convertido en uno de los mejores jugadores de la historia.

En mi tierra hubo muchas ocasiones para verlo, pues tras el mundial, fichó por el Cádiz y aquí nos deparó días de gloria y de magia futbolística.  

¡Aun se le recuerda!

jueves, 20 de mayo de 2021

CALUMNIAS DE LA SANGRE

 


Algo ocurre al pueblo judío que desde la más remota antigüedad se ha ganado la enemistad, si no el odio, de muchos otros pueblos y religiones. Pero algo tiene también que contra tanta adversidad y a lo largo de casi tres milenios ha sabido sobrevivir, recomponerse y volver a causar el odio y la envidia entre los demás.

Lo estamos viendo estos días en los que Hamas le lanza doscientos misiles al día y su Cúpula de Hierro detiene el noventa y cinco por ciento.

Esos ataque, ahora con armas de alta tecnología, existieron desde siempre, sobre todo entre los cristianos que les acusaban de haber causado la muerte de Jesús, creando un caldo de cultivo en el que se desarrollaron otros odios contra los hebreos, a los que ni aún convertidos al catolicismo, dejaron de azuzar con acusaciones de la más lesa gravedad.

Durante la Edad Media ese odio fue atroz y se materializaba en acusaciones hechas por escrito que recibieron el nombre de Libelos de Sangre o Calumnias de la Sangre.

En ellas se vertía toda suerte de atrocidades efectuadas por los judíos, según las cuales cometían los más abyectos crímenes empleando sangre humana en sus rituales.

Toda la Europa de la Baja Edad Media padeció esta continua muestra de odio y venganza contra los judíos a los que se les veía recreando la muerte de Cristo con el sacrificio de niños cristianos durante la Pascua, tiempo en el que murió Jesús.

Según esas acusaciones un niño cristiano que no hubiera alcanzado la pubertad era secuestrado y a veces comprado a unos padres muy necesitados. Seguidamente era ocultado en algún lugar escondido y seguro hasta el momento de su sacrificio.

En ese momento los judíos se reunían en el lugar de la ejecución que podía ser la propia sinagoga y se iniciaba una farsa teatralizada para juzgar al niño, con muchos visos de parecerse a la pasión y muerte de Jesús, con latigazos, y corona de espinas incluida, crucifixión y lanzazo final.

Eso era lo que incluían los libelos de la sangre, una sarta de mentiras contrarias a todos los principios de la religión judía, cuya enseñanza aboga muy claramente contra el asesinato y el sacrificio de humanos.

Entre los muchos relatos de este tipo que desde el segundo milenio empezaron a circular por toda Europa, también tuvieron presencia en España que no podía quedar al margen y entre las varias acusaciones que corrieron en nuestro país, quizás la más conocida es la del Santo Niño de La Guardia.

La Guardia es un pueblo de la provincia de Toledo, al este de la capital, en donde se daba una gran concentración de judíos. Corría el año 1491 en pleno auge de la Inquisición y en vísperas de producirse la expulsión decretada por los Reyes Católicos.

Según cuenta la tradición en ese delicado momento los judíos deciden dar a los cristianos un escarmiento por lo que ellos están padeciendo: expuestos a la expulsión, a torturas y muerte a manos del Santo Tribunal, confiscación de bienes, desprestigio de los integrantes de la comunidad, algunos de ellos personas muy respetables y necesaria para el buen gobierno del país y la transmisión de la cultura, etc.

Siguiendo siempre la tradición, grupos de perseguidos de las ciudades de Quintanar de la Orden, Tembleque y La Guardia que habían presenciado en sus ciudades la quema de sus correligionarios acusados de herejía y asustados por su futuro inmediato, decidieron castigar ellos también a los cristianos.

Así, entraron en contacto con un judío llamado Benito de las Mesuras, nigromante por más señas, recién llegado de Francia y residente en La Guardia.

Este visionario les aseguró que consiguiendo el corazón de un niño cristiano y una hostia consagrada y quemándolo juntos, se conseguirían unas cenizas que vertidas en las fuentes de los pueblos, produciría en los cristianos un daño irreparable.

De ese modo, dice la leyenda, eligieron a un judío llamado Juan Franco que era carrero y viajaba con sus mercancías de pueblo en pueblo, para que en su deambular procurara hacerse con un  niño cristiano. El carrero llegó a Toledo, donde al pasar por la puerta de la catedral, vio a un niño que junto a su madre pedían limosna. No le costó mucho convencer al pequeño mediante regalos para que se fuera con él y así lo llevó hasta Quintanar de la Orden, donde lo esperaban sus correligionarios. Desde allí lo trasladaron a La Guardia, donde fue encerrado y maltratado.

Los secuestradores esperaron pacientemente al momento de la Pascua Hebrea en el que fue martirizado, crucificado y muerto Jesús, y decidieron que fuera el decimocuarto día de la luna de marzo, el momento de iniciar el ritual, en el que empezaron a aplicarle los mismos tormentos que siglos atrás infligieron a Jesús de Nazaret y dice la tradición que el niño sufrió todo el tormento sin pronunciar una sola queja.

 

Crucifixión del  Niño de la Guardia (grabado del siglo XVIII)

Luego siguieron con el ritual que el nigromante Benito les había marcado, recogieron sangre y con un puñal hurgaron en el costado hasta extraerle el corazón, faltaba la hostia consagrada que encargaron a un sacristán converso, al que le fue muy fácil conseguirla.

Terminada la ceremonia, Benito se dirige hacia Zamora, portando las cenizas, pero es detenido en Ávila acusado de judaizante, sin que en la instrucción de la causa conste en ningún momento la existencias de las cenizas.

Es a partir de los interrogatorios con torturas extremas que se empieza a construir falsamente el ritual al que hacemos referencia. Benito inculpa en el macabro y falso suceso a vecinos de La Guardia, Tembleque y otros pueblos, que al pasar por el Santo Tribunal, van incrementando el número de horrores vividos por el inocente niño. Todo absolutamente falso y sin ninguna base, pues no se tenía registrado en Toledo la desaparición del niño, ni constancia alguna de su real existencia y mucho menos que hubiese sido arrancado del lado de su madre sin que ni ella misma lo advirtiera ni diera voz de alarma.

Pero nada de eso era importante. Lo único que preocupaba era perjudicar al colectivo judío, demonizarlo hasta límites difíciles de entender en un pueblo tremendamente religioso y temeroso de Dios.

No fue esta la primera vez, ni por supuesto la última. Desde los primeros siglos de nuestra Era ya se tienen referencias de autores que describen cómo los judíos engordaban cada año a un griego para comérselo, cosa tan poco creíble como que la religión judía es la más estricta en relación con la alimentación, figurando una larguísima lista de alimentos prohibidos y permitidos (Kosher), así como los utensilios necesarios para cocinarlos.

Pero incluso basado sobre un supuesto falso, el Tribunal consiguió llevarlo a juicio y sentó en el banquillo a Benito, los hermanos Franco y otros vecinos de La Guardia, los cuales fueron llevados a Ávila, no se sabe muy bien por qué razón y allí, tras un proceso cargado de imaginaciones y falsas confesiones impulsadas por los tormentos a los que fueron sometidos, se les condenó a la hoguera.

Similares denuncias seguidas de juicios por actos cometidos por los judíos se han dado en Inglaterra, Francia, Bélgica, Alemania, Suiza, Hungría y Ucrania, que se puede considerar el más moderno, pues ocurrió en 1911.

Este caso es conocido como El Proceso Beilis y en el, un empleado de una fábrica de ladrillos de Kiev, llamado Menahem Mendel Beilis fue acusado de haber asesinado con fines rituales a un niño cristiano de 13 años llamado Andrei Yushchinsky, cuyo cuerpo fue hallado el 20 de marzo de 1911 en una cueva cerca de la fábrica de ladrillos.

 

Fotografía de M. M. Beilis

El cuerpo presentaba numerosas heridas producidas por un arma blanca y las primeras actuaciones de la policía determinaron que se trataba de un crimen como muchos otros, cometido por una banda de ladrones que dirigía una mujer llamada Vera Cheberyak, la cual sospechaba que el niño había delatado sus actividades a la policía, conclusión a la que llegaron diversas personas que intervinieron en el proceso, testigos, peritos, investigadores, etc.

Pero algunas organizaciones antisemitas, muy abundantes en la Rusia de los Zares, como la llamada “Centurias Negras”, se aferraron al caso del niño asesinado y acusaron públicamente de haberse cometido un crimen ritual por el colectivo judío.

Se inició una feroz campaña difamatoria contra los judíos, incluida la prensa, que llegó hasta la Duma, el Parlamento ruso, que impulsó una investigación por parte del Ministro de Justicia.

Cuatro meses después de descubierto el cuerpo del pequeño, fue detenido el operario de la ladrillera, Beilis y acusado de haber cometido tan horrendo crimen en la persona de un adolescente.

 

Uno de los muchos folletos antisemitas publicados

Esta acusación levantó una oleada de protestas contra el gobierno zarista, encabezadas por el escritor y político ruso Máximo Gorki y en otros países, como Francia, por Anatole France, pero todo fue inútil. El 25 de septiembre de 1913 se inició el juicio contra Beilis que duró 34 días durante los cuales los mejores juristas del momento se dieron cita para apoyar y defender al pobre judío.

Al final se impuso la cordura, pero solamente a medias, pues Beilis fue declarado inocente de la muerte del joven Andrei Yushchinsky, pero el tribunal sostuvo que la muerte había sido consecuencia de un acto ritual.

Su historia fue reflejada en un libro que Beilis escribió cuando se exiló en Estados Unidos y que se llama “La historia de mis sufrimientos”.