viernes, 28 de agosto de 2015

PAÍS RICO, PAÍS POBRE





El país independiente más pequeño del mundo es el Estado de la Ciudad del Vaticano, cuya superficie no llega ni a medio kilómetro cuadrado y apenas tiene novecientos habitantes, prácticamente todos relacionados con la sede pontificia. El siguiente estado en dimensión es el Principado de Mónaco que tiene apenas dos con cinco kilómetros cuadrados.
¿Y cuál es el tercero? Pues el tercero no es ni la República de San Marino, ni Andorra, ni Liechtenstein, sino un país completamente desconocido, ignorado y perdido en la inmensidad del Océano Pacífico. Se trata de la República de Nauru, un estado independiente de la Micronesia, compuesto por una sola isla que está situada justo al sur de la línea del Ecuador, entre las Islas Salomón y Papúa Nueva Guinea y a cuatro mil kilómetros al norte de Australia.
Es un atolón coralino que tiene forma casi circular y cuya superficie es de veintiuno con tres kilómetros cuadrados. Dos siglos atrás, la isla fue descubierta por un ballenero ingles cuyo capitán la bautizó como Isla Agradable, por el trato que recibió de sus habitantes, así como por la bondad del clima y la belleza de sus aguas y playas.
Sus habitantes vivían en un estado de permanente felicidad, pues tenían todo cuanto necesitaban: pesca abundante, millares de aves para consumo, bellísimas playas y árboles de los que sacaban todo su producto.
Cuando Alemania comenzó su despliegue por el Pacífico a finales del siglo XIX (ver mi artículo http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/2015/04/una-isla-para-perderse.html ), se anexionó la isla de Nauru como una colonia más del imperio alemán, pero tras la derrota sufrida en la Primera Guerra Mundial, aquella colonia se convirtió en un protectorado de las Naciones Unidas (entonces Sociedad de Naciones) y cuya administración se concedió a Australia, Nueva Zelanda y a Gran Bretaña.
Fue ocupada por los japoneses durante la Segunda Guerra y con el fin de la misma y la victoria aliada, volvió a ser protectorado hasta que en el año 1968 alcanzó la independencia.
Aquella isla, que es tan anómala que ni siquiera tiene capital, pues carece de verdaderas ciudades y toda ella es lo que ahora llamamos un diseminado, no tenía ningún interés para los europeos, salvo como fondeadero de los buques que navegaban por aquellos mares para hacer agua o alimentos, pero en uno de los viajes que los balleneros hicieron, alguien se llevó un trozo de madera petrificada, quizás porque le pareció bella para hacer algún tipo de escultura.
Quiso la casualidad de que el “xilópalo”, nombre científico de la madera fosilizada, fuera a caer en manos de un químico que se dispuso a analizarla, comprobando que poseía una enorme cantidad de fosfatos, lo que despertó un interés inicial por aquella isla.
Pero aún hubieron de pasar años hasta que se organizó una expedición científica que comprobó que, efectivamente, bajo el suelo de la isla había una concentración de fosfatos en una cantidad y de una pureza nunca conocidas, cuyo origen aún no está totalmente clarificado, pues hay quien mantiene la teoría de que procede de la acumulación de excrementos de aves, mientras que otras hipótesis defienden su procedencia volcánica, o marina.
 La cuestión es que desde principios del pasado siglo, millones de toneladas de fosfatos fueron enviados a Australia y Nueva Zelanda, en una extracción incontrolada de la que los naturales de la isla solamente obtenían el beneficio de los salarios que percibían como trabajadores.
Pero con la independencia de la isla, los yacimientos de fosfatos fueron nacionalizados y los ciudadanos de la isla, que es la república más pequeña del mundo, se convirtieron en uno de los pueblos más ricos del planeta, en consideración a su renta per cápita.
Efectivamente, cuando la enorme riqueza que proporcionaban los fosfatos se divide entre su índice demográfico, que hasta 2011 no ha sobrepasado los diez mil habitantes, nos da una proporción que no alcanzan ni los países más ricos del planeta.
Pero los fosfatos no podían ser eternos y una explotación incontrolada y totalmente especulativa, acabó con ellos, no sin que antes se hubiera advertido del peligro que se estaba corriendo y la caótica situación en la que iba a quedar el pequeño país, al que habían sacado todo su subsuelo, dejando el terreno inservible para cualquier actividad, además de haber desertizado todo el interior de la isla.
Para paliar los efectos que el final de la explotación minera traería a la isla, se hicieron inversiones durante los años 70 y 80 que comprendían bienes raíces, líneas aéreas, navieras e incluso espectáculos musicales londinenses, pero su escasa visión financiera, o los asesores aprovechados, dieron al traste con todas esas inversiones que, de más de ochocientos millones de dólares de aquella época, se devaluaron hasta los ciento y poco, a la vez que desangraban al gobiernos en pleitos financieros con Australia, Estados Unidos y Gran Bretaña.


Refinería de fosfatos abandonada

En abril de 1999 el presidente de la República de Nauru, Bernard Dowiyogo se dirigió a sus ciudadanos a los que advirtió que estaban en bancarrota; que habían acumulado deudas imposibles de hacer frente y que la explotación de los fosfatos había llegado a su fin. Acusó a todos los ciudadanos de Nauru de vivir muy por encima de sus posibilidades, lo que había sido cierto, pues raro era el ciudadano que no tenía uno o dos coches, televisiones o electrodomésticos de última generación y casas confortables y todo ello sin que la inmensa mayoría tuviera que hacer absolutamente nada y otros, los más desfavorecidos, trabajando para la administración o en las minas.
No se anduvieron con chiquitas, los parlamentarios decidieron “matar al mensajero” y Bernard fue botado y sustituido por René Harris, un antiguo presidente de la Nauru Phosphate Corporation. Como poner al zorro a guardar las gallinas y era el séptimo presidente en tres años, como si para salir de la situación lo único que hubiera que hacer fuera cambiar al dirigente.
La situación actual es totalmente catastrófica, muy propia de los países colonizados en los que la ambición sin límites lleva a una explotación masiva de sus recursos, llevándolos a la más profunda miseria, a la vez que dejando unas secuelas dignas de estudio.

Aspecto actual de la isla. Se aprecia la devastación de la zona central

Por ejemplo, durante noventa años se ha extraído fosfato produciendo una gran riqueza que permitió construir un puerto y un aeropuerto, a la vez que una carretera que recorre todo el país. Desde 1968 que se declara independiente, trata de nacionalizar la minería del fosfato y lo consigue años después, cuando inicia el proceso de convertirse en el país con la mayor renta del mundo.
Esta situación trae el progreso y a los bienes de equipo, a que antes se ha hecho referencia, hay que agregar el gusto por las buenas comidas, el alcohol y otras costumbres perniciosas, a las que agregan su escasa actividad física, pues la mayoría no tiene que trabajar.
Pasaron de una dieta sana y equilibrada a base de pescado, frutas y algo de aves, a consumir desaforadamente comida enlatada que no había que cocinar, bollería industrial y todo lo que llamamos “comida basura” y eso, a no muy largo plazo,  produce una situación difícilmente asumible, pues el pueblo actualmente padece enfermedades propias de los ricos, como diabetes, hipertensión arterial, cardiopatías, colesterol altísimo, arterioesclerosis, obesidad mórbida y otras dolencias, para las que no hay recursos con los que combatirlas y sus expectativas de vida se han quedado reducidas a los cincuenta y cinco años. Actualmente Nauru, con sus casi catorce mil habitantes ocupa el primer lugar del ranking mundial de habitantes con sobrepeso, pues nueve de cada diez padecen esta alteración.
La devastación de la isla ha propiciado la deforestación y como consecuencia, la escasez de aves, a la vez que la mayor parte de la costa se ha visto agredida y la fauna marina se ha mermado mucho.
En 1994 el gobierno de Nauru, previendo un fin cercano de la actividad minera, realizó un estudio sobre los costes de la rehabilitación del territorio que se cifró en doscientos diez millones de dólares de la época y un periodo de al menos veinte años para conseguir la recuperación total.
Recientemente se le han concedido préstamos blando, pero que entrañan la obligación de devolverlos cuando la posibilidad de adquirir recursos no va más allá que reduciendo gastos y gravando a los ciudadanos, que hasta ahora no pagaban impuestos y que tendrán que comenzar a hacerlo, aunque uno se pegunta de donde saldrán si no hay rentas por el trabajo o el capital.
Es lamentable comprobar cómo la ambición puede llevar a destruir a un pueblo que si bien no tenía unas características propias y singulares, vivía feliz al sol y junto a un mar paradisíaco, con una falta total de escrúpulos y pretender luego desentenderse y dejar a unos miles de pobres infelices a su negra fortuna.
Nauru es actualmente uno de los países con menos recursos del mundo y aunque no ha llegado aún a un estado de pobreza extrema, sin duda alguna llegará y pasará de ser el país más rico, al más pobre.
Además, seguirá siendo un país raro, donde los pobres están gordos.
Si quiere completar esta información sobre la extraña obesidad que planea sobre este país, puede pinchar este enlace:

viernes, 21 de agosto de 2015

¿MATRIMONIO DE AMOR, O DE CONVENIENCIA?





La guerra de nuestra Reconquista es, sin duda alguna, de las más largas que la Historia ha conocido. Presumen los franceses de la suya de Cien Años cuando la nuestra duró siete siglos más.
Los moros se “merendaron” la Península en un plazo cortísimo, pero hacer que nos la devolvieran fue una tarea de ochocientos años.
La fuerza atacante era poderosísima, enfebrecida de fanatismo religioso y además, había infiltrado a numerosos musulmanes en nuestro territorio, sobre todo en las costas de Andalucía, con el fin de facilitar los desembarcos de las tropas invasoras.
Los visigodos eran un pueblo guerrero, bárbaros, según nuestra concepción actual del término y no como extranjero que es como lo definían los latinos; eran como los que habían borrado al imperio romano de la faz de la tierra y que habían llegado a construir en España un reino sólido, en muy gran medida heredado de Roma y en diez años, los musulmanes, enviados por el califato de los Omeya en Damasco, habían ocupado la Península Ibérica, menos una mínima parte de Asturias y Cantabria, desapareciendo todo rastro de poder de aquellos godos.
Esto fue posible porque muchos de los gobernantes visigodos no veían en el invasor un grave peligro para sus vidas y costumbres a la vez que suponían una fuerza militar muy superior a la que ellos podían ofrecer, por lo que temían el enfrentamiento.
Buen ejemplo de esto es el “Pacto de Teodomiro”, firmado en 713 en Orihuela entre Abdalaziz inb Musa y el poderoso, noble y riquísimo Teodomiro que durante el reino visigodo era una especie de virrey o gobernador con plenos poderes de una zona amplísima en el este de la Península, correspondiente a lo que hoy serían las provincias de Alicante y Murcia.
Este tratado establece que como Teodomiro se había entregado sumisamente, recibe la promesa de que su pueblo no se alterará, que sus súbditos no serán muertos, hechos prisioneros o separados de sus familias ni se impedirá que practiquen su religión, que será respetada, no quemándose sus iglesias ni saqueándolas. Para ello tiene que entregar diversas ciudades del territorio que él manejaba y pagar un tributo, a la vez que se compromete a no hacer nada que vaya contra los intereses de los invasores.
La pasividad incomprensible de los godos, únicos cristianos en la Península que detentaban poder, no es explicable más que porque entre ellos existían graves rencillas que los impulsaban temerariamente a pactar con los invasores, antes que unirse entre ellos y presentar un frente común.
Afortunadamente, en la península existían los cántabros, los asturcones, los iberos y otros muchos pueblos, ya mezclados entre sí, pero que conservaban la sangre brava que ofrecieron reiteradamente ante el ejército romano, el más poderoso desde Alejandro Magno. Y fue esa sangre, ese coraje por verse arrastrado a una vida servil, lo que puso en marcha la Reconquista.
Fueron pasando los años y los reductos astures y cántabros se fueron ampliando y se llegó a conquistar León y luego Galicia y más tarde Castilla y así sucesivamente cuando aún el califato de Córdoba era una potencia en todos los sentidos. Al desmembrarse y aparecer los Reinos de Taifas, los cristianos experimentaron un alivio porque en vez de guerrear contra el moro común, se dedicaron a hacer pactos y arreglos con algunos de los reyezuelos moros, contra otros de distinto reinos.
No existían las fronteras y los distintos reinos los componían los territorios que cada gobernante era capaz de controlar, ya fuera moro o cristiano y cuanto mayor ese territorio, mayor poder el de su rey.
Se acostumbraron los cristianos a cobrar las parias, en vez de pagarlas y a recibir el vasallaje que antes ellos otorgaban y hasta que vieron que nuevamente la amenaza se cernía sobre ellos, esta vez en forma de almorávides, los islámicos integristas de hace diez siglos, no volvieron a tomar las armas contra los ocupantes.
Y estos llegaron a España alertados por los reyes andalusíes que veían peligrar su estancia en Al-Andalus, sobre todo, tras la toma de Toledo por Alfonso VI.
Para entender un poco los sucesos que van acaeciendo, es necesario introducirse en la mentalidad musulmana y sobre todo, la de aquellos andalusíes que llevaban siglos dominando y a los que costaba mucho dejar de hacerlo.
Por eso, el rey de la taifa de Sevilla, Al Mutamid, que ha pasado a la historia como el rey poeta, a la vez que llamaba en su auxilio a los almorávides, ofrecía en matrimonio a su hija Zaida, de doce años, para desposarla con Alfonso VI, a la vez amigo y enemigo.
Algunos historiadores opinan que Zaida era en realidad la esposa de su hijo, señor de Córdoba que tras una derrota en la que fue muerto, obligó a la mora a refugiarse en Toledo, por consejo de su suegro y no habría sido en oferta de matrimonio, sino como rehén, de la que el rey se enamora y con la que mantiene un largo concubinato.


Óleo de la mora Zaida

Lo curioso de la historia, siguiendo el hilo con el que la he iniciado es que el rey castellano-leonés aceptó aun cuando en ese momento estaba casado con Inés de Aquitania, pero existían poderosas razones para aceptar. Lo primero porque el rey no tenia descendencia masculina, luego porque sabía que había de esperar hasta la mayoría de edad de la princesa Zaida, también por la enorme dote de la que iba bien arropada y quizás y por último porque la princesa era una joven bellísima, culta y muy inteligente.
En la dote de Zaida figuraban ciudades como Cuenca, Ocaña, Alarcos y otras varias de menos importancia.
Por eso la princesa mora se quedó en la corte de Toledo, donde vio cómo el rey y la reina Inés vivían en matrimonio y cómo ésta moría de parto en el año 1078, cuando tendría alrededor de quince años.
Pero el rey, viudo, no se casó con la princesa en ese momento sino que lo hizo con Constanza de Borgoña, una bisnieta del rey de Francia, con la que tuvo descendencia femenina, únicamente, y que murió en 1093.
No se sabe con certeza si en ese momento el rey desposa a la princesa Zaida, lo cierto es que mantiene con ella un romance adúltero, fruto del cual, nace el único hijo varón de Alfonso: Sancho Alfónsez que inmediatamente es reconocido como heredero de la corona, lo que hace pensar que sus padres estuvieran casados, aunque no era nada extraño en la época nombrar heredero por ser de sexo masculino, al hijo de una amante o una barragana.
De todas formas hay que dar la posibilidad al heredero de presentarse ante sus vasallos, cristianos y por tanto partidarios del matrimonio, como hijo legítimo y cuando han trascurrido unos veinte años desde que el padre de Zaida, el rey Al Mutamid, se la entregara, se celebran los esponsales, para lo cual es absolutamente imprescindible que la mora cambie sus creencias y se haga cristiana, cosa que ella no duda en realizar y es bautizada, adoptando el nombre de Helisabeth, castellanizado Isabel.
Sin duda alguna, según afirman los historiadores, Alfonso aceptó aquel matrimonio por conveniencias políticas, entre las que la de mayor importancia era la de tener por suegro a uno de los reyes Taifas más poderosos, pero además la unión le resultaba muy rentable económicamente. Pero conforme la pareja se fueron conociendo, el rey empezó a demostrar un alto grado de enamoramiento de la reina mora, a la que dedicaba calificativos de los más ensalzados, con los que demostraba el amor que por ella sentía.
La reina, por su parte, introdujo en la corte el gusto por la música y la cultura, valores de los que el reino estaba más bien escaso y sin embargo, la corte toledana no estaba bien dispuesta a aceptar que en el trono del reino se sentara una musulmana, por mucho que esta hubiese abjurado de su religión y abrazado la cristiana.
Aún así, su influencia fue notable, aunque efímera, porque el idilio amoroso que surgió entre los monarcas duró poco y el 12 de septiembre de 1099, cuando daba a luz en León, falleció a consecuencia del parto.
El rey ya estaba algo mayor, pero aún así, volvió a casarse con Berta, una italiana de la que se tienen muy pocas noticias.
Cuando su hijo Sancho Alfonsez contaba catorce años, participó con las huestes de su padre en la batalla de Uclés, donde fue hecho prisionero y luego ajusticiado por el ejército musulmán.
De no haber encontrado la muerte a tan temprana edad, hubiese supuesto para los cristianos, tener en el trono del reino más poderoso de la Península, a un mestizo, mitad leonés, mitad moro, lo que sin duda alguna hubiera dado un vuelco a la historia.

Una buena parte de historiadores no acepta el matrimonio del Alfonso y Zaida, entonces ya llamada Isabel, entre otras cosas porque eso supondría que habría sido Isabel I, puesto de honor que desde siempre le ha sido otorgado a la Reina Católica.

viernes, 14 de agosto de 2015

DE ESTERCOLERO A CAPITAL





Nunca estuvo muy bien explicada la razón por la cual Felipe II convierte a Madrid en la capital del reino, cuando apenas era un villorrio que no contaba con las mínimas infraestructuras básicas, mientras ciudades como Toledo, Sevilla o Valladolid, que ya habían albergado la corte española, se quedan atrás.
Es Madrid, en aquellos momentos, una villa de unos treinta mil habitantes, de los que se llamaban entonces del pueblo llano. No existía en la ciudad jerarquía religiosa, pues dependía de la diócesis de Toledo y no tenía tampoco asentamiento de la nobleza, pues los más cercanos estaban en Guadalajara. Estas circunstancias puede que obraran a su favor en la mente de Felipe II, lo mismo que el hecho de estar rodeada de enormes espacios boscosos, poseer fuentes de agua abundante y muy apreciada y tener el río Manzanares muy cerca.
Quizás la proximidad de El Escorial, donde ya el rey había decidido construir un enorme monasterio que le sirviera de residencia, fuera otro factor a su favor, lo mismo que la existencia del Alcázar Real, un poderoso castillo que desapareció por un incendio en 1734 y que se ubicaba donde ahora se encuentra el Palacio de Oriente.
En aquel castillo ya se había alojado Carlos I cuando convocó cortes en Madrid, ciudad que se eligió en varias ocasiones por su centralidad en la Península.
Lo cierto es que en 1561 y a pesar de las escasas posibilidades de la villa, Felipe II traslada a Madrid la capitalidad del reino. A partir de ese momento se le empieza a dar un tratamiento que hasta entonces no tenía y ello contribuye muy notablemente a sacar a la pequeña ciudad del lamentable estado en que se encontraba, pero no a colocarla en una situación mucho mejor a juzgar por lo que dos siglos más tarde se encontró Carlos III a su llegada a la ciudad.

Real Alcázar desaparecido en 1734

Unos recientes descubrimientos arqueológicos realizados en la capital han puesto a la luz el hallazgo de unos enterramientos visigodos, así como, en un nivel inferior, restos prerromanos.
Las antiguas culturas iban asentándose alrededor de los lugares donde se encontraba agua con facilidad y en la pequeña altiplanicie, que la zona alrededor de la actual capital forma sobre la Meseta Ibérica, el agua era abundante, no ya por la que fluía por el Manzanares, sino la que descendía, subterránea, de las sierras del norte.
Aquel primer asentamiento visigodo recibió el nombre de Matrice, que quiere decir río matriz o madre. Tras los visigodos, los árabes se asentaron sobre aquel pequeño poblado, fortificándolo y derivando su nombre original hacia Magerit.
Hasta el siglo XI, no se incorpora a la corona de Castilla, cuando la conquista Alfonso VI y poco ha progresado como ciudad del centro geográfico de la Península cuando Felipe II la convierte en la capital de su imperio.
No existe demasiada documentación de cómo eran las infraestructuras de aquella ciudad, que ya tenía sugestivos rincones que aún pueden visitarse y que se acogen bajo la genérica denominación del Madrid de los Austrias, pero a tenor de lo que dos siglos más tarde se encuentra Carlos III y se describe perfectamente, podemos pensar que la villa y corte no era solamente un estercolero, era una de las ciudades más inmundas de Europa.
Carecía totalmente de alcantarillado y de agua corriente, salvo en las varias fuentes públicas, algún hospital, convento o las casas de los poderosos y el palacio real, el resto de la ciudadanía había de viajar con los cántaros sobre la cabeza hasta la fuente más cercana. Como consecuencia de la falta de alcantarillado las calles eran un arroyo de aguas fecales, desperdicios, excrementos humanos, del ganado y de los animales domésticos, que andaban sueltos, alimentándose de los despojos que encontraban por la calle.
Cuando la vida en la ciudad estaba más próxima a la naturaleza, al igual que en los pueblos, las necesidades corporales de las personas se evacuaban en el campo o en el corral próximo, pero en Madrid empezaron a construirse edificios de viviendas, unos pegados a otros, sin corral ni huerto cercano en el que poder aliviarse, por lo que los apretones se solucionaban en casa y a continuación se lanzaban a la calle con aquel consabido grito que todos conocemos.
Algún viajero de la época, llegado de las brillantes ciudades italianas o francesas, quedábase asombrado cuando sus botas se enfangaban en el lodo pestilente de las calles o cuando unos cerdos o unas gallinas, acudían a picotear o lamer los residuos que se quedaron adheridos en su calzado.
Comparar Madrid con una inmensa letrina, no era una comparación exagerada, aunque no hay que pensar que nunca se limpiaban las calles. Eso no es cierto, lo que sucedía es que se limpiaban mucho menos que lo que era menester y se ensuciaban mucho más de lo recomendable; se empleaban dos sistemas de limpieza, según el tiempo fuera seco o lluvioso, lo que hace pensar que en realidad se limpiaban dos veces al año.
En tiempo seco, una cuadrilla de trabajadores iban recogiendo las basuras, los animales muertos, los excrementos y toda clase de desperdicios y lo cargaban en carros que sacaban toda la porquería de la ciudad. Pero si el tiempo era lluvioso, no había posibilidad de meter los carros por las calles, pues se quedaban atascados y entonces se empleaba un procedimiento singular que era una especie de cajón-cuchara, tirado por una recua de mulos que iba arrastrando toda la porquería hasta llevarla a unos sumideros que la conducía directamente al Manzanares. Los dos sumideros más importantes estaban en Leganitos y en la Plaza de Isabel II.
Ni siquiera tenía el rey Carlos un palacio adecuado a la calidad de monarca que era, máxime cuando venía de ser rey de Nápoles, así que muy pronto se puso manos a la obra para tratar de remediar todas aquellas deficiencias.
A la infecta atmósfera que todo Madrid respiraba hay que añadir que la higiene corporal brillaba por su ausencia, pues el poco agua que se transportaba hasta las viviendas servía exclusivamente para beber, cocinar y lavarse las manos alguna vez. El resto del cuerpo no era objeto de atención alguna.
Mucha culpa de esta falta de higiene la tenían los propios médicos que no aconsejaban mas limpieza que la de manos y cara y recomendaban que se evitara el baño, pues éste ablandaba el cuerpo y le restaba su fuerza, además de producir otros muchos males achacados de manera ignorante.
Como es natural, la gente apestaba. Apestaba tanto que ni ellos mismos soportaban su hedor y trataban con los afeites, las lociones, los perfumes e incluso las flores, de calmar sus irritadas pituitarias.
Las damas de alta alcurnia, sobre todo, tenían por costumbre perfumar sus vestidos, su cara, el cabello y las manos, con aguas olorosas que contenían almizcle, ámbar y otras sustancias naturales aromáticas que a falta de un pulverizador adecuado, pues aún no se había inventado el spray, hacían a sus sirvientas tomar buchadas y lanzar fuertemente el contenido bucal, en una especie de ducha mitad aromas, mitad saliva, sobre la cara o los cabellos.
¡No se podía ser mas guarros que aquellos ciudadanos de la capital del Mundo!
Como es natural, el recién llegado y refinado monarca no podía tolerar semejante desbarajuste, por lo que el 13 de mayo de 1761, publicó una Real Orden por la que se prohibía arrojar aguas mayores y menores por las ventanas, obligando a los propietarios de edificios a construir pozos ciegos, hasta donde se canalizaran las porquerías que eran recogidas por las noches en unos carros malolientes a los que pronto el pueblo llamaba “las chocolateras de Sabatini”, en honor del arquitecto italiano que acompañaba al monarca y que era el encargado de terminar de construir el Palacio Real, los jardines y todo lo que de bello se hizo en aquel tiempo.

Plano del Madrid de la época

Estas medidas iban acompañadas de otras tomadas desde el sector público y que fueron acometidas por Esquilache, al que el rey ordenó que preparase un plan de actuación en varios frentes y que consistía en primer lugar en limpieza, como tratamiento de choque, mientras se acometían las obras para construir una red de alcantarillado, empedrado de las calles e iluminación.
Se inició también la traída de agua a los hogares y se publicó un bando por el que se obligaba a los propietarios o inquilinos de viviendas, barrer las delanteras de sus edificios y regarlos cuando fuese tiempo caluroso. Incluso se estableció un sistema de alguaciles que controlaban los aseos de las viviendas.
Como fue natural en aquella época de falta de higiene, las medidas no gustaron a los madrileños que se quejaban de todo, hasta del largo de las capas con las que se embozaban para cometer sus tropelías o en las que ocultaban las armas que estaban prohibidas.
Para demostrar su enfado apagaban las luminarias que se encendían por las noches, o evacuaban en las esquinas y hasta llegaron a amotinarse contra el ministro Esquilache en aquel famoso motín que ya traté en mi artículo: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/2013/03/de-la-trucha-la-capa.html

El rey Carlos III dijo de los madrileños que eran como los niños: lloraban cuando se les lavaba.

viernes, 7 de agosto de 2015

TERCIANAS Y CUARTANAS




La reina consorte de Aragón, la duquesa Marta de Armanyach, fue una mujer extraordinaria para su época. Era amante de la literatura, de la música y de todas las artes en general y dio al reino de Aragón el impulso necesario para entrar en el Renacimiento con buen pie.
Pero no solamente era la reina amante de las artes, también era una apasionada por la astrología y por la alquimia, pseudo ciencia en la que creía tan fervientemente como su esposo, el infante Don Juan de Aragón, futuro rey a la muerte de su padre Pedro IV, el Ceremonioso, o el del Puñalito.
El príncipe Juan era alquimista y astrólogo en una sociedad aragonesa y catalana profundamente supersticiosa que a finales del siglo XIV, no conocía más ciencia ni más investigación que la que realizaban los ardorosos seguidores de aquellas dos profesiones.
Tan convencida estaba la entonces princesa Marta, del poder de la alquimia, de las propiedades curativas de las piedras preciosas y de otras muchas cosas más por el mismo estilo, que yendo de viaje de Lérida a Zaragoza cayó enferma de no se sabe muy bien qué padecimiento de los muchos que en la época asolaban a la población y para curarse pidió a su esposo que le enviase el zafiro que para combatir determinadas dolencias utilizaban. En otra ocasión, cuando su amiga la condesa de Ampurias había caído enferma de fiebres tercianas, le envió el anillo de su esposo, eficaz remedio contra las fiebres.
Tercianas y cuartanas eran unas fiebres que diezmaban la población, si no en cuantiosas muertes si en numerosas bajas y en jornadas laborales perdidas. No se sabía cual era la causa, ni siquiera se había puesto nombre a la verdadera enfermedad que empezaba con malestar general, fiebre que iba aumentando progresivamente y ya un cuadro crítico con fuertes escalofríos y sudores, pero sobre todo, con un decaimiento que impedía cualquier actividad.
Después, pasaban unos tres o cuatro días en los que el paciente parecía haber sanado, pero tras ese lapso de tiempo, volvían las fiebres, los escalofríos y los sudores. De ahí el nombre que durante siglos tuvo esta desconocida enfermedad, contra la que no existía cura alguna: fiebres tercianas o cuartanas.
Parece ser que estas fiebres llegaron a Europa con los ejércitos de Aníbal, que venían de África y contagiaron a numerosos iberos y romanos, conociéndose desde entonces como la enfermedad italiana, o del mal aire, de ahí el nombre de malaria, con el que aún se conocen estas fiebres.
No fue hasta finales del siglo XIX cuando se demostró científicamente que la enfermedad, que empezó a llamarse “paludismo”, se producía por la picadura de las hembras del mosquito “anopheles”. Paludismo procede del latín palus, que quiere decir pantano, el lugar en el que los mosquitos se reproducen, pero hasta que todo esto fue bien conocido, las civilizaciones pasadas experimentaron métodos curativos de lo más curioso y descabellado.
Plinio opinaba que el cuchillo ensangrentado con el que había degollado a un hombre era un buen antídoto contra la enfermedad y consideraba que la sangre menstrual era la mejor curación de las tercianas. Repetir la palabra “abracadabra” durante cierto número de veces, era en la Edad Media un buen sistema curativo, lo mismo que el zafiro de la reina consorte o el anillo que envió a su amiga.
Sin embargo, no todo era disparatado e ignorante, porque en la mayor época de esplendor del Islam, ya advirtió el afamado Avicena que las fiebre intermitentes tenían su origen en las aguas estancadas, pero pensando no en la reproducción de los mosquitos, sino en los miasmas que de ellas se desprendían. También se pensaba que los eucaliptos eran capaces de absorber esas emanaciones, de ahí la gran presencia de estos majestuosos árboles en las riberas de ríos, lagos o pantanos.
Como es natural, sin conocer las causas, es imposible aplicar remedios concretos y los paliativos que se usaban no producían nada más que mayores desgracias, como era el de practicar sangrías que dejaban exhaustos a los pacientes.
Fue a partir del siglo XVII, cuando los conquistadores españoles encontraron un remedio eficaz contra la enfermedad. Y no lo descubrieron ellos, ya lo había descubierto siglos antes los indígenas amerindios, cuando pulverizaban la corteza del árbol llamado “quino” y la consumían para combatir cualquier clase de fiebres, o temblores.


Árbol de la quina o quino

Con ese conocimiento, los españoles empezaron a usar lo que desde entonces se ha llamado quinina, para combatir las fiebres  y cuartanas, observando que era un sistema eficaz contra la enfermedad, alcanzando su máxima popularidad cuando la condesa de Chinchón, esposa del virrey del Perú, cayó enferma de tercianas y el confesor del virrey, un jesuita llamado Diego Torres, le comunicó el sistema que los nativos empleaban para combatirlo. No se atrevieron a hacerle tomar quinina a la condesa hasta que experimentaron en varios enfermos del hospital de Mareantes de Lima y al ver los resultados, se decidió que la condesa la tomara, la cual, en pocos días, empezó a experimentar una notable mejoría.
Cuando se hizo pública la curación de la condesa, se empezó a enviar a España pequeñas cantidades de quinina por medio de los jesuitas que regresaban a la patria tras su estancia en las Américas. Éstos introdujeron la sustancia en Europa, donde se consiguieron curaciones notables, como la del rey Sol, Luís XIV y aquellos polvos empezaron a conocerse como “el de los jesuitas”.
Pero la época no era proclive al progreso y tan milagrosas curaciones empezaron a atribuirse a un supuesto pacto que los indios tenían con Satanás, por lo que cualquier físico que recetase la quinina contraía un pecado mortal.
La mojigatería de la época llegaba a límites insospechados y todo progreso era atribuible a Dios o al demonio.
La corteza de la quina tenía un grave problema: era sumamente amarga y tragar una porción, por mínima que fuese, suponía un trago de lo más desagradable, lo que en el lenguaje popular se ha establecido como una exclamación: “tragar quina”, cuando se ha de pasar por una dura situación.
La mayor concentración de alcaloides de este árbol está en su corteza, la que se muele para obtener el polvo; la masiva obtención de éste producto empezó a producir deforestación en las zonas en donde se daba el árbol que es entre los mil y tres mil metros de altitud. La progresiva desaparición de árboles hizo que se viera la necesidad de trasplantarlo a otros lugares de climas parecidos, como algunas partes de la India, las islas de Ceilán o Java, pero esa operación no la realizaron ya los españoles, descubridores del producto que no se habían protegido adecuadamente para su explotación y holandeses, ingleses y alemanes fueron los que llevaron a cabo los trasplantes.

Cortezas de quino preparadas para la molienda

Con el paso del tiempo empezó a usarse la quinina como profiláctico del paludismo y los soldados del ejército británico en la India la tomaban a diario y para pasar mejor su sabor, le añadían agua carbónica, azúcar y unas gotas de lima, dando lugar posteriormente a la invención del agua tónica, que usa esos ingredientes.
Es lamentable que España que introdujo este producto en el resto del mundo, no haya sacado ningún partido de él, cuando ya los médicos decían que la quinina era más valiosa que el oro y la plata y sigue siendo el método más eficaz para prevenir y curar la temida enfermedad.
Los polvos de quinina se conocieron en España como los de la condesa, pues a ella a la que se atribuye su popularidad, tanto que el gran botánico sueco, Carlos Linneo, cuando clasificó el quino y sus diferentes especies, le puso por nombre genérico “Chinchona”, en honor a la condesa de Chinchón, aunque deformada la pronunciación por el italiano, lo escribió como “Cinchona”

Perú tiene incorporado en su escudo un quino, el árbol que más eficaz se ha mostrado para la medicina.

jueves, 30 de julio de 2015

CIUDADES POR TRIGO




La historia de España está plagada de sorpresas. De pronto somos más patriotas que nadie en el mundo y estamos al borde de un conflicto internacional por defender el inservible islote de Perejil, cuando en algún momento anterior estábamos dispuestos a cambiar unos barcos cargados de trigo, por la titularidad de nuestras dos plazas de soberanía en el continente africano; dos ciudades de las que no nos cansamos de predicar su españolidad.
Cierto que el hecho ocurrió hace ya dos siglos, pero sigue estando ahí, para que la historia lo analice.
En el año 1792 fue elegido Muley Suleyman sultán de Marruecos, mientras en España reinaba Carlos IV.
Decir que este rey reinaba es querer dorarle la píldora, pues este Borbón, junto con su hijo Fernando VII, han sido, sin ningún género de dudas, los peores reyes de la casa Borbón que ha tenido este desgraciado país.
Ya demostró que era bobo cuando dijo a su padre que una reina no podría nunca engañar a un rey, pues dónde iba ella a encontrar algo mejor que un príncipe. No sabía los cuernos que su querida esposa le iba a colocar sobre su soberana cabeza.
Cuatro años después de acceder al trono de España, dejó el gobierno en manos de su esposa María Luisa de Parma y de su valido, Manuel Godoy, de quien se tiene por seguro que era el amante de la reina.
Anteriormente, el gobierno había estado en manos de dos nobles, el conde de Floridablanca y luego el conde de Aranda, ahora estaba en manos de un guardia de corps que había tenido una fulgurante carrera, y de mero hidalgo, había pasado a ser capitán general y duque.
En el año 1799 el rey español y el sultán marroquí firmaron un tratado de paz, amistad, navegación, comercio y pesca, que como siempre ha ocurrido con los acuerdos firmados con el país alauita, no era nada más que una declaración de intenciones, un papel mojado que no llegaba a nada y que nunca se llegó a aplicar.
Pero ya Marruecos, en aquellos tiempos, sabía posicionarse en el concierto internacional mucho mejor que la diplomacia española solía hacerlo y así, ese mismo año, fue el primer país del mundo que reconoció a los recién creados Estados Unidos y facilitó la apertura de la primera embajada que el país americano abrió, que no fue en otro sitio que en Marruecos, asegurándose así la amistad con un país que en aquel momento no era nada, pero sin duda, el sultán o sus asesores, entrevieron el futuro que se le depararía a la antigua colonia británica, y se aseguraron un aliado para siempre.
Unos años después de la firma de aquel tratado, España y Marruecos seguían viviendo cada una por su lado, cuando en 1801, las cosechas de cereales, que era la base de la alimentación, no solo en España, sino en toda Europa, acumularon un año más de pésimos resultados. Los silos estaban vacíos, los molinos parados; no había harina para amasar el pan, tan fundamental en la dieta y, consecuentemente, se desató una hambruna generalizada.
Ya se había hecho en otras ocasiones y nuestros embajadores salieron a buscar cereal para paliar la escasez española, pero los graneros de Europa estaban poco más o menos como los de España y no había mercado en donde adquirir el necesitado trigo. El valido Godoy ordenó al embajador en Marruecos que agilizase en lo posible la compra de trigo en aquel país, que por su distinto clima, había tenido un año de buena producción y que por proximidad a España era fácil y rápido de transportar.
Pero al sultán Suleyman, o a sus asesores, no les parecía una buena idea vender trigo a España y exponerse ellos a una escasez que pudiera desatar el hambre en su población, así que dio un no rotundo a la petición de nuestro embajador.
Vamos, que una cosa era predicar, firmando un acuerdo, y otra muy distinta dar trigo, nunca mejor traído el refrán, y que ni por alto que llegara a ser el precio que Godoy llegara a pagar, vendería su grano a su querida “amiga”, incluso “hermana”, España.
Ni la invocación del tratado de amistad, ni ninguna otra compensación, parecía satisfacer al sultán, por lo que Godoy, posiblemente acuciado por la situación que se estaba viviendo en el país, ordenó al embajador que le ofreciese al sultán las “españolísimas” ciudades de Ceuta y Melilla.
Así, como suena. Cierto que en aquellos momentos históricos, llamar ciudades a Ceuta y Melilla es un tanto pretencioso, pero no dejaban de ser dos plazas españolas en el otro lado del Estrecho: un presidio y una fortaleza con su guarnición militar, pero además, de un carácter estratégico de primera categoría desde que se perdió Gibraltar.


Retrato de Manuel Godoy

El recién constituido sultanato de Marruecos, jamás había tenido potestad sobre las dos posesiones españolas y tampoco en ese momento había reivindicado nunca su titularidad, por lo que ofrecer dos guindas de ese calibre, a cambio de un poco de trigo, era una operación que ningún gobierno hubiera rehusado, pero los alauitas son así y no contentos con despreciar un trato tan beneficioso, se permitió el sultán manifestar que no quería comprar los “Presidios españoles”, que ya los tomaría por las armas.
El nombre de “Presidios” es con el que en Marruecos se sigue conociendo a las dos ciudades, porque, ciertamente, ese fue el destino que tuvieron las dos: servir de presidios militares, para alejar a los penados del territorio y recluirlos, en un territorio cuya única salida era el mar o un arriesgado paseo dentro de las fronteras marroquíes.
Y así continuó siendo hasta principios del siglo XX, en el que se eliminaron las prisiones de ambas ciudades que se empezaron a repoblar, precisamente, con muchos de los presos liberados.
Pues bien, ante la rotunda negativa marroquí, el valido español se dejó llevar por su enfado y pensó seriamente en la ocupación militar del sultanato, para así disponer de su propio granero en el norte de África, idea que ya habían tenido y llevado a la práctica los romanos.
Contó para llevar a cabo su plan, con un colaborador de excepción. Un hombre extraño y enigmático que ha pasado a la historia como Alí Bey y cuyo verdadero nombre era Domingo Badia, el cual recorrería Marruecos elaborando mapas, estudiando los territorios y sus posibilidades de explotación, reconociendo la potencia militar del país, las amistades y enemistades internas, la presión de las diversas tribus del bajo Marruecos y, en fin, todo cuanto sirviera para conocer mejor al enemigo, calificativo que siempre tuvo aquel país, a quien nunca engaño la falacia de considerarnos amigos y mucho menos hermanos.

Retrato de Alí Bey

El proyecto era caro y España no tenía, como siempre, recursos para llevarlo a cabo, por lo que fue vetado por el gobierno, pero Godoy muy afincado en él, ordenó la financiación de aquel programa que se clasificaba de alto secreto, razón por la que se le dio la máxima publicidad, como suele ocurrir en este país, llegando a aparecer en las páginas del Diario de Madrid, el día 28 de noviembre de 1801.
Domingo Badía hizo su trabajo a conciencia. Se circuncidó, perfeccionó su árabe, que ya dominaba, adquirió un vestuario adecuado, un arsenal de obsequios para ir distribuyendo, se construyó su propia genealogía y se hizo pasar por un alto personaje sirio cuya familia descendía directamente del Profeta.
Dos años después, inició su viaje, desembarcando en Tánger desde donde empezó a distribuir los presentes que llevaba, ganando amistades y favores, hasta conseguir que lo recibiera el propio sultán, el cual le concedió un salvoconducto para viajar por todo el sultanato.
Durante dos años estuvo viajando por todo el desconocido país, enviando informes a Godoy.
Esos informes eran muy condescendientes con la ocupación del territorio y describía las grandes rencillas internas que los jeques de las tribus beréberes mantenían con el sultán y lo proclives que serían con una alianza española para derrocarlo.
En un último informe, Badía aconsejaba empezar ya las operaciones previas a la ocupación, enviando armamento y tropas a Ceuta, para hacérselo llegar a los caudillos insurgentes que ya estaban gestando una rebelión.
Godoy, como buen advenedizo en la política, además de osado e imprudente, comenzó a hacer los preparativos sin consultar con nadie, ni contar con la anuencia de algún ministro, pero quizás se le escapó algo, un indicio, o una confesión de alcoba a su amante, la reina, la cuestión es que llegó a oídos del monarca las intenciones de Godoy de invadir Marruecos apoyando insurrecciones de las tribus beréberes y su permanente enfrentamiento con el sultanato.
Enterado el rey de las intenciones que su valido tenía a sus espaldas, mandó parar de inmediato el envío de tropas a Ceuta y prohibió realizar ninguna actuación más en ese sentido.
Parece que el abúlico monarca al que llamaban “El Cazador”, porque esa era su única actividad, obró correctamente en esta ocasión, porque de haber permitido seguir con la operación, sin duda alguna que con ayuda de los pueblos nómadas del sur, España se hubiese merendado a Marruecos, por otra parte un país anclado en la Edad Media, con los recursos propios de aquella época y por muy debilitado que estuviera el ejército español, los moros no habrían sido oponente.
Sin duda que de prosperar la intención de Godoy, la historia de España habría sido otra, como otra hubiera sido si Muley Suleyman hubiese aceptado el trueque del trigo por las dos ciudades españolas.

viernes, 24 de julio de 2015

LOS CHICOS VERDES




En el año 1066, los monjes cistercienses de la abadía inglesa de Coggeshall, en el condado de Essex, al norte de Londres, iniciaron una crónica en la que iban relatando todos los sucesos que a sus oídos llegaban. Durante siglos estuvieron informando a la posteridad de innumerables vicisitudes, componiendo un cuerpo conocido como “Chronicon Anglicanum”.
Dos siglos más tarde aún seguían recogiendo hechos, sucesos de interés y todo aquello que consideraran relevante para conocer la historia cercana al pueblo de Inglaterra.
A principios del siglo XIII el abad de Coggeshall era un monje que ha pasado a la historia como Radulph o Ralph de Coggeshall, el cual tomaba muy en serio la inclusión de cualquier hecho singular en su famoso Chronicon y así, durante años, estuvo incrementando las entradas, una de las cuales es la que da pie a esta historia, pero dejemos a Ralph por un momento y vayamos a tiempos casi contemporáneos.
Jacques Bergier, famoso autor junto a Louis Pauwel, de uno de los libros más apasionantes sobre lo oculto, “El retorno de los brujos”, publicó en solitario, a principio de los años setenta, un libro llamado “Extraterrestres en la Historia”, en el que entre otro muchos hechos que él considera constatados, relata la aparición de unos extraños niños de color verde en la localidad española de Banjos, la cual sitúa en la provincia de Barcelona, pero de la que no existe constancia oficial con dicho nombre.
Según este autor, una tarde de agosto de 1887 se encontraban unos campesinos trabajando en la ladera de una montaña cuando escucharon unos gritos aterradores. Se acercaron hasta el lugar del que provenían los gritos, la entrada de una cueva en la montaña y ante ellos aparecieron un niño y una niña, cogidos de la mano, que, al parecer, habían salido de la mencionada cueva, encontrándose en un estado de terror que podría definirse como “histéricamente asustados”. La aparición causó enorme extrañeza en los campesinos, pues además de las extrañas ropas que vestían, los niños tenían la piel de color verde. Se les describe también con rasgos negroides suavizados, aunque con ojos saltones y almendrados, similar a los asiáticos
Hacía noventa y cinco años del suceso cuando Bergier lo describió en su libro, pero, según él, en los entornos del lugar, aún existían personas que lo habían vivido y que lo recordaban perfectamente. A muchas otras les había llegado por tradición oral, pero lo cierto es que existía unanimidad en la descripción de aquel suceso.
Los dos chicos eran al parecer hermanos, los cuales no dejaron de mostrarse temerosos por mucho tiempo, máxime cuando era imposible comunicarse con ellos, pues hablaban una lengua ininteligible, se resistían a probar alimentos y vestían unas extrañas ropa que parecían hechas de metal.
Ambos fueron llevados ante el magistrado del lugar, que puso mucho esfuerzo en tratar de averiguar de dónde procedían aquellos dos críos, pero le fue imposible averiguar nada de momento y eso que probó con numerosas personas que hablaron a los niños en casi todos los idiomas usados en aquel momento.
El niño, menor que su hermana, cayo pronto enfermo y murió al cabo de un mes, durante el que se habían mantenido sin probar bocado hasta que se les ofrecieron unas judías verdes, sobre las que se abalanzaron como perros famélicos. No obstante, su deterioro era tal que ni siquiera cuando empezó a comer pudo reponerse y falleció.
Su hermana, sin embargo logró salir adelante y recogida en la casa del magistrado y terrateniente más importante del lugar, Ricardo de Calno, se repuso e incluso empezó a aprender palabras en catalán. Al empezar a combinar la dieta, en principio exclusivamente de judías verdes, con otros alimentos, a salir a la calle y tomar el Sol, que para ella decía ser totalmente desconocido y, en fin, a hacer una vida como los demás habitantes del lugar, el color de su piel comenzó a cambiar, desapareciendo el tono verde poco a poco.
Cuando tuvo suficiente vocabulario para explicarse, ofreció a su benefactor la relación de cómo habían llegado hasta allí, manifestando que vivía en un lugar donde nunca se veía el Sol y siempre estaba en penumbras, desde el que se podía ver otro lugar donde refulgía la luz, pero que estaba separado por una gran corriente. Los habitantes de aquel mundo se valían de una esferas artificiales con la que producían luz suficiente para alumbrarse y para hacer crecer las plantas que les servían de alimento.
Cierto día, durante un enorme cataclismo ocurrido allí, sin que la chica supiera explicar suficientemente que ocurrió, su hermano y a ella sintieron una enorme fuerza que les empujaba, a la vez que a lo largo de la gruta sentían el sonido como de campanas. Sin saber muy bien cómo, cruzaron la corriente de agua cuando vieron la posibilidad de escapar de aquel mundo que parecía venirse abajo. Y así, con valentía y arrojo, lograron cruzar aquella corriente, apareciendo a la luz del Sol y a la puerta de aquella gruta.


Una de las muchas imágenes de los niños verdes

Como es natural, numerosos estudiosos de temas enigmáticos, realizaron investigaciones sobre este suceso, no encontrándose ninguna referencia ni a la localidad, ni al hecho concreto que se ha narrado.
Sin embargo, no falta quien cree en el suceso, que relaciona con la ya antigua y famosa idea de la tierra hueca, un lugar interior de nuestro planeta en el que se habría asentado una civilización paralela.
Esta teoría es difícil de creer, dadas las temperaturas que se pueden alcanzar a grandes profundidades, suficientes para achicharrar cualquier clase de vida y sin embargo está muy extendida y se encuentran innumerables escritos sobre ella.
Otra teoría, barajada en su momento, fue la de los mundos paralelos que muy juntos unos de otros, jamás entran en contacto por estar en otra dimensión espacio-tiempo.
Esta teoría se explica pensando en que en una explosión como debió ser el Big Bang, no todos los trozos en los que se fragmentó la masa inicial salieron despedidos al mismo tiempo ni a la misma velocidad y como consecuencia viajan por el espacio sin coincidencia alguna que los pueda relacionar.
Pensemos en la explosión de una bomba y la metralla que sale disparada; unos trozos alcanzan una velocidad y una distancia y otros se comportan de manera distinta, pues algo similar podría ocurrir en los universos paralelos.
Lo complicado es averiguar cómo y por qué circunstancias, aquellos niños pasaron de un universo al otro.
En fin, la historia está ahí, para que unos digan que es una leyenda, sin fundamento alguno y otros especulen con miles de posibilidades.
Como siempre, hay alguien que sabe más que los que le rodean, y ese alguien encontró en la crónica que se menciona al principio de este artículo, un hecho tan similar, que parecía el mismo contado siglos antes.
Efectivamente, el abad Ralph de Coggeshall recogió en la Crónica Anglicana un suceso tan similar que hasta el magistrado que se hizo cargo de los niños se llamaba Richard de Calne.
“Acerca de un niño y una niña que emergieron de la tierra”, es el título del capítulo en el que allá por el año 1200, el abad Ralph recogía, como si de un prodigio se tratara, la aparición de aquellos dos niños.
Pero el abad cisterciense tampoco fue original en su narración, sino que copió, con muy pocas diferencias, lo que Guillermo de Newbury narró en la “Historia de las cosas inglesas”, que en su capítulo veintisiete cuenta la aparición de los niños verdes y que en esta ocasión él situaba el suceso como ocurrido durante el reinado del rey Esteban, es decir, entre 1135 y 1154.
No es posible que la casualidad pueda llegar tan lejos, es más probable que lo sucedido en el supuesto e inexistente pueblo de Banjos sea una leyenda que tiene como fundamento el relato de la Crónica, la cual puede que realmente recoja la extraña aparición de dos niños en cierto lugar de Inglaterra, aunque la posibilidad de que su procedencia fuera totalmente terrestre es muy alta, en unos tiempos en los que nadie pensaba en mundos paralelos, en una cuarta dimensión ni en ninguna clase de vida extraterrestre. En aquellos tiempos todo se explicaba por la intervención divina.




sábado, 18 de julio de 2015

EL EMPERADOR NORTON I




Acaba de ingresar en prisión, no sé muy bien por qué motivos, el líder de la casa Ruiz-Mateos, el octogenario empresario protagonistas de escenas esperpénticas en las que aparecía vestido de presidiario o de Superman, o queriendo dar una “leche” a un compungido Boyer, causante de sus males.
El recurso al esperpento en algunas personas que habiéndolo tenido todo, se ven de pronto en la más profunda ruina, suele ser más común de lo que parece, aunque afortunadamente hay muchas otras personas que en situaciones parecidas, conservan la calma y el sentido común, aunque su situación sería para rebelarse de cualquier manera.
Una situación de verdadero esperpento es la que vivió, a finales del siglo XIX, un ciudadano de los Estados Unidos, llamado Joshua Abraham Norton, que pasó a los anales de la historia como “Norton I”, cuando se autoproclamó “Emperador de los Estados Unidos y Protector de Méjico”.
Claro está que una autoproclamación no supone nada más que la realización de un sueño que no tiene más reconocimiento que el que se haga a la vesania del protagonista, pero en este caso particular la cosa llegó más lejos, pues por diversas razones, los conciudadanos de Nortón I, empezaron a tomarle cariño, a preocuparse por él, e incluso a sentirlo en el momento de su muerte.
La historia no aclara mucho que procedencia tenía este ciudadano de familia judía y que muy probablemente tenía sus raíces en Inglaterra.
Su fecha de nacimiento permanece ignorada y solo se conoce la de su defunción, el ocho de enero de 1880, en la que se certificó la muerte de un varón de entre sesenta y cinco y setenta años, lo que nos lleva pensar que nació entre 1810 y 1815, sin embargo, documentos posteriores revelan que a la edad de dos años, emigró con sus padres a Sudáfrica en 1820.
Allí, en lo más alejado del continente negro, la familia Norton consiguió hacerse un hueco en el próspero mercado de materias primas que se explotaban en Sudáfrica y apoyados por otras familias judías, con las que estaban emparentados, consiguieron acumular una importante fortuna.
 A la muerte de sus padres y lo suficientemente rico, Norton emigró a los Estados Unidos, asentándose en San Francisco allá por el año 1849, en plena euforia de la fiebre del oro.
Norton se inició en el mundo de los negocios americanos, empezando a invertir en productos de alimentación, de los que la costa del Pacífico andaba escaso, pues todos los campos se habían abandonado para ir a buscar oro.
Ganó mucho dinero, pero su espíritu ambicioso le jugó una mala pasada cuando quiso, con su potencial económico, influir en el precio del arroz, que se consideraba un producto alimenticio clave.
La operación le salió mal cuando, después de invertir todo su capital en la compra de arroz chino, las autoridades de aquel país hubieron de detener las exportaciones de este cereal a causa de una hambruna de desconocidas proporciones que se desató en China. Esto hizo que los precios subieran de manera estelar, lo que habría supuesto unas enormes ganancias para Norton, pero se negaba a vender su arroz, esperando mayores ganancias, cuando empezaron a llegar cargamentos desde Perú, que Norton trataba de comprar, para mantener revalorizada su mercancía. Pero llegó un momento en el que las existencias del cereal eran tan altas que el precio cayó en picado, arrastrando al judío a la ruina.
Entonces se metió en pleitos con distintas empresas importadoras e incluso con las instituciones gubernamentales que fue perdiendo uno a uno, hasta que los bancos hipotecaron sus propiedades para pagar las deudas y en 1858 no tuvo más remedio que declararse en bancarrota.
Se exilió voluntariamente de San Francisco y durante un año desapareció, regresando luego con unas ideas nuevas, en las que culpaba al sistema norteamericano de su ruina y de la de muchos otros comerciantes como él y que para remediar aquella injusta situación, se proclamaba “Emperador de los Estados Unidos”, en una declaración que envió a todos los medios de comunicación más importantes del país y en la que venía a decir que por decisión suya y a petición de una gran mayoría de los ciudadanos, se declaraba y proclamaba emperador, conminando a los representantes de los Estados de la Unión a reunirse con él en asamblea, para lo que ofrecía la sala de conciertos de la ciudad de San Francisco.
No se tiene constancia de que asistieran los convocados representantes y la prensa daba a la noticia el toque jocoso que merecía, pero Norton, lejos de arredrarse empezó a publicar decretos en los que denunciaba el fraude, la corrupción de la casta política y de los jueces, la violación de las leyes por parte de los partidos, la influencia soterrada de las sectas políticas y muchas cosas más que dejaban indefenso al ciudadano frente a los poderes.
Llegó incluso a decretar la abolición del Congreso de los Estados Unidos, ordenando al comandante en jefe del ejército que desalojara todas las salas del edificio.

La estrafalaria figura del “Emperador”

Como es natural, estas locuras eran sistemáticamente ignoradas por los poderes, pero calaban muy hondo en el sentimiento popular y muchas personas empezaron a apoyarle en su loca tarea.
Llegó a alquilar un edificio de apartamentos en donde instaló “su corte” de chiflados visionarios como él que le acompañaban cada tarde en el recorrido de inspección que hacía por la ciudad, controlando el funcionamiento de los servicios, el estado de las alcantarillas, la fluidez del tráfico, la presencia de embarcaciones en los puertos y cuantas otras cosas se le pudieran ocurrir.
Pero no todo eran locuras en este estrafalario personaje, pues en una de las órdenes que lanzó, mandaba construir un puente que comunicase las dos riberas de la bahía de San Francisco sin interrumpir la navegación y señalaba los dos puntos en que debía tocar la tierra que son exactamente los mismos que hoy ocupa el famoso Golden Gate.
Aunque casi nadie lo tomaba en serio, a nadie molestaba su amistad, o su simple trato y de esa forma era invitado cada día a los mejores restaurantes de la ciudad o tenía reservado asiento en los teatros, en los que hacía unas entradas histriónicas, acompañado siempre por dos magníficos perros y recibiendo el respeto del público que se ponía de pie a esperar que el “emperador” se sentase.
De natural soltero, decidió casarse en un momento de su solitaria vida y no pensó nada más que hacerlo con la reina Victoria, con la que llegó a cartearse.
Hasta el genial Mark Twain se hizo eco de este personaje e incluso le escribió un epitafio cuando murió uno de sus famosos perros.
En el censo de la ciudad, verificado en 1870 el agente que rellenó los datos de Norton, consignó su nombre completo, su domicilio y en su ocupación puso “emperador”.
Llegó a imprimir billetes que, sorprendentemente, los ciudadanos aceptaban y cambiaban en paridad con los del mismo valor facial y que pasado el tiempo se han convertido en piezas de colección alcanzando altos precios en las subastas.
Al estallar la Guerra de Secesión americana, en 1861, Norton mandó llamar a los presidentes Lincoln y Jefferson, con el fin de mediar en el conflicto y acabar con las hostilidades. Como es natural, ninguno de los dos acudió al llamamiento del Norton, el cual decretó el alto el fuego que no fue seguido por nadie, pero sí muy bien acogido en aquella lejana parte del país que vivía la guerra como cosa extraña.
Con el paso de los años, su aspecto se fue degradando hasta el extremo de que en 1867 fue arrestado por vagabundo, lo que produjo tal indignación en la población de la ciudad que el propio ayuntamiento tomó cartas en el asunto, ordenando la liberación de Norton así como la adjudicación de un presupuesto para reponer su vestuario. Una comisión de concejales le visitó en su casa y le pidió disculpas, a lo que el emperador, haciendo gala de su magnanimidad, prometió olvidar el desagradable incidente.
Durante veintiún años estuvo afincado en esta farsa, viviendo permanentemente en San Francisco, hasta el extremo de que su figura llegó a convertirse en una atracción turística de la ciudad, hasta que en enero de 1880, víctima de un ataque de apoplejía, murió mientras daba un discurso en la Academia de Ciencias Naturales.
Fue enterrado, tras un funeral al que asistieron más de diez mil personas que congregó una cola de tres kilómetros, en el cementerio masónico de la ciudad y, ¡oh casualidad!, al día siguiente hubo un eclipse de Sol, que quizás inspirase a Mark Twain en el pasaje nudo de su novela Un Yankee en la corte del rey Arturo, ya que el famoso autor estuvo muy pendiente de la vida de Norton I.


Tumba de Norton I