jueves, 26 de marzo de 2020

ZENOBIA, LA REINA GUERRERA




Para todas las cosas hay sazón y todo lo que se quiere debajo del cielo, tiene su tiempo.
Eso dice el Eclesiastés al inicio del capítulo tercero. Y sí que tenemos tiempo, estamos tan sobrados que no sabemos en que gastarlo. Tenemos tempo para todo, confinados en nuestras casas, más histéricos que asustados de verdad y pensando nada más que en cosas malas.
Yo soy muy hogareño y mi mujer también, así que desde que se avisó del Estado de Alarma, no hemos hecho cosa demasiado distinta de la que hemos venido haciendo durante todos los últimos años.
Solamente siento una preocupación, bueno, mejor dos. La primera es qué país le vamos a dejar a nuestros hijos y nietos; la segunda es que no estoy nada seguro de que nuestros dirigentes estén acertando verdaderamente más preocupados por la salud de los ciudadanos, que por su imagen pública. Más atareados en zurcir descosidos dentro del propio gobierno, que aplicando políticas que nos saquen de todo esto.
Por hacer visible a la mujer, se prorrogó la declaración de Alarma más allá de lo recomendable y así muchas de las damas que estuvieron en las masivas manifestaciones están cayendo enfermas del coronavirus.
Y haciendo una reflexión sobre estas damas que se empeñan en “dar visibilidad” a la mujer, como si el movimiento feminista lo hubieran inventado ellas, olvidando con su ignorancia a la propia historia, me he acordado del famoso debate literario surgido en los finales del siglo XIV y que solamente acabó cuando lo hizo terminar la Revolución Francesa. Este debate se llamó “La querella de las mujeres” y surgió de manera espontánea para defender la capacidad intelectual de las mujeres y su derecho a acceder a todas las actividades sociales en la misma magnitud que los hombres. Este movimiento ya afirmaba consignas que ahora resulta que han inventado nuestras “mujeres progresistas”, que es como a ellas les gusta llamarse y se manifestó públicamente con tertulias, manifiestos, escritos e incluso alguna novela de la que más adelante hablaré.
Efectivamente y por tanto, esta oleada de feminismo no lo han inventado las mujeres actuales, por mucho que alguna, desde el propio gobierno, se lo haya atribuido, pero sí que han ayudado a propagarlo, lo mismo que han ayudado a propagar el virus CoViD-19 que es el que nos tiene confinados, con el consentimiento de la absurda coalición política que dice gobernarnos.
Volviendo a la famosa “Querella”, hace ya unos meses me tropecé con un libro clave en la doctrina feminista y eje principal sobre el que giró el movimiento y que se titula “La ciudad de las Damas”. Esta novela fue escrita en los albores del siglo XV por una señora llama Catherine Pizán, la cual da una muestra de erudición y conocimiento de la historia digno de elogio.
En resumen, la obra que se compone de tres partes, se inicia cuando a la autora se le aparecen tres damas: Razón, Rectitud y Justicia, las cuales le comunican que ha sido elegida para clarificar todas las cuestiones que giran alrededor de las mujeres y para lo cual habrá de construir una ciudad en la que se irán ubicando un grupo de heroínas que protegerán a las mujeres de los permanentes ataques de los hombres.
 En las tres partes se le van haciendo presente a la autora mujeres de gran trascendencia histórica, alguna de las cuales repiten en las otras dos partes; en la primera parte aparecen desde la Reina de Saba o María Magdalena hasta una mujer cuya historia es realmente intrigante y sobre la que al fin va a tratar este artículo. Se trata de Zenobia, reina del legendario reino de Palmira, pasando por muchas otras pertenecientes a la mitología, tanto griega como romana y otras destacadas en la política o las artes.
Zenobia debió nacer alrededor de 240 de la era cristiana, descendiente por vía paterna de la familia real de Egipto, los Ptolomeos, aunque su madre era una esclava egipcia, cosa muy común en la época y desde muy joven dio muestras de coraje, determinación y bravura, hasta el extremo de que armada con una jabalina y una espada, escapaba de su casa para adentrarse en los bosque a fin de cazar animales de todo tipo, desde venados hasta peligrosos osos o leones. Del mismo modo también destacaba por su belleza y su inteligencia.
Su padre murió muy pronto, dejando a la pequeña Zenobia a cargo de unos familiares que la criaron como padres adoptivos.
Todo el amor que sentía por la caza y la vida al aire libre se tornaba en desinterés hacia la vida social y el matrimonio, así que llegada la hora, con catorce años apenas cumplidos, sus padres la obligaron a casarse con Odenato, rey de Palmira y quiso la fortuna que fuesen almas muy parecidas en cuanto a sus gustos y hábitos de vida, así que el matrimonio resultó un éxito.
En aquel momento, Palmira alcanza su mayor grado de esplendor y riqueza. Goza de la protección de Roma a quien compensa defendiendo la frontera oriental del imperio contra la amenaza persa.

El teatro romano de Palmira da idea de su esplendor

Para la defensa de estos “limes” cuenta Palmira con dos armas valiosísima. En primer lugar el cuerpo de arqueros, considerados los más certeros del mundo conocido y en segundo lugar los “catafractos”, unas unidades de caballería pesada en la que los fuertes caballos empleados iban recubiertos de láminas de metal o cotas de mallas, lo mismo que su jinete, considerándose casi invulnerables
El emperador romano Valeriano, de quien Odenato era cliente, estaba preso en Persia, por lo que el rey de Palmira, junto con un hijo llamado Hiram, fruto de un primer matrimonio y su esposa Zenobia, dispuso de un fuerte ejército dividido en tres alas, cada una de ellas  al mando de ellos tres.
Enfrentados al ejército persa dirigido por el rey Sapor I, consiguieron derrotarlo y liberar al emperador, lo cual les dio enorme prestigio ante Roma.
Hacia el año 266 de nuestra Era, Zenobia y Odenato tuvieron un hijo al que pusieron por nombre Vabalato. Un poco más de un año después, un sobrino de Odenato llamado Meonio, asesinó a su tío y a su primogénito Hiram, por lo que el segundo hijo del rey asesinado ascendió al trono de manera automática, pese a su corta edad. Esta circunstancia convierte a Zenobia en regente y verdadera reina de Palmira.
A partir de ese momento la inteligencia y sobre todo la gran capacidad estratégica de esta mujer es lo que la hacen entrar en la Historia.
El imperio romano estaba muy debilitado por las luchas intestinas de las poderosas familias romanas para hacerse con el poder, pero también debido a las continuas invasiones que sufría de los pueblos bárbaros del norte del Rin, por lo que durante años, las legiones romanas se desviaban a aquella zona para contener el avance que al final fue imparable; y para eso tenían que detraer guarniciones de otras fronteras, consideradas más estables.
Una de estas era la de Siria con el imperio persa, ya que se entendía que desde el reino de Palmira se ejercería esa contención, pero la hábil Zenobia aprovechó el momento estratégico y cuando el emperador Claudio Gótico que había sucedido a Galieno, sucesor a su vez de Valeriano, se encontraba en la frontera del Rin, Zenobia que goza de gran estima por parte de su pueblo al que ha venido administrando juiciosamente, a la vez que embelleciendo y fortificando las ciudades y facilitando la vida de los ciudadanos, logra reunir un gran ejército con el que se lanza a la conquista de Anatolia, lo que actualmente es la Turquía asiática, pasando seguidamente a apoderarse de Siria, Líbano y Palestina, extendiendo sus dominios a todo lo que actualmente se conoce como Asia Menor.
Pero la reina aspiraba a más. Sobre todo aspiraba a convertirse en una nueva Cleopatra, su personaje histórico preferido. Así, con su poderoso ejército de setenta mil hombres, a cuya cabeza se colocaba ella misma, auxiliada por su general, Zabdas, atacó Egipto en 269, en aquel momento, una provincia romana, por lo que se tuvo que enfrentar a las legiones del imperio, consiguiendo vencer y hacer prisionero al prefecto romano, llamado Probo, máxima autoridad de Egipto, al que ajustició.
En ese momento Palmira se había convertido en un imperio capaz de rivalizar con Roma, cosa que la metrópoli no podía consentir y así, habiéndose hecho con el poder Aureliano, se puso al frente de su ejército, cruzando el Bósforo y presentando batalla a las tropas de Zenobia, las que derrotó en la batalla de Emesa.
Zenobia se refugió en Palmira con su hijo Vabalato, pensando en resistir gracias a las fortificaciones que había efectuado, pero lo cierto es que sitiada la ciudad, pudo resistir por poco tiempo y ella y su hijo huyeron hacia Asia Menor, siendo localizada y detenida en las proximidades del río Eufrates.
Aureliano se la llevó a Roma, en donde vivió hasta el final de sus días, que no fueron muchos, pues ,murió a la edad de treinta y cuatro años, pero durante su encierro, el emperador frecuentó muchísimo a su prisionera, hablándose de que incluso surgió un romance entre ellos, lo que justificaría el exquisito trato que le fue dispensado y las sumas de dinero que se le entregaban con frecuencia.
Evidentemente una mujer de carácter, con cultura, sabiduría y sobre todo, determinación, ejemplo del valor de una mujer por si sola, sin tener que esperar a que un matrimonio la coloque en puesto preeminente o lo que casi es peor, que las “cuotas” por las que se rige la política, la coloque sin considerar que haya hombres más preparados.

sábado, 14 de marzo de 2020

EL AMANTE DE SU ABUELA




Hay numerosos episodios de nuestra historia que han pasado tan desapercibidos que sabemos muy poco de ellos e incluso los ignoramos totalmente.
Uno de ellos, aunque en los últimos años se ha aireado bastante por razones más escabrosas que históricas, es la segunda boda del Rey Católico Fernando de Aragón con Germana de Foix y lo ocurrido a esta dama tras enviudar del rey de Aragón.
En efecto, al quedar viudo de la reina Isabel, quizás la monarca más prestigiosa de toda nuestra historia, Fernando se planteó la necesidad de un heredero para el trono de Nápoles e incluso para el de Aragón, rompiendo así la efímera unidad peninsular, pero sobre todo para evitar que Felipe El Hermoso, esposo de su hija Juana La Loca, pusiera sus manos en el trono de la reciente unidad peninsular y mucho menos en Aragón.
En eso estaba cuando decidió casarse con Germana de Foix, sobrina del rey francés Luis XII, con el que acababa de firmar la paz, después de muchos años de continuas guerras; y para ese matrimonio se firmaron unas capitulaciones matrimoniales que tras la boda, Fernando se afanó en revocar. Entre otras cosas se había pactado que el reino de Nápoles pasaría a la viuda, es decir, Germana, caso de fallecer Fernando sin descendencia, lo que a la postre vendría a significar que pasaría a la corona francesa.
El ladino rey católico, movió Roma con Santiago, nunca mejor dicho y consiguió que el papa Julio II, del que era su adalid, revocara dichas capitulaciones y siguió maquinando hasta conseguir que el papa fuera más allá, que excomulgara al rey francés con lo que en aquella época suponía una medida tan grave.
Fernando tenía cincuenta y tres años y su reciente esposa dieciocho, diferencia más que notable y mucho más en tiempos en que un hombre de esa edad era considerado casi un anciano.

Oleo de Germana de Foix y el escudo de armas familiar.

Pero a pesar de la diferencia, Fernando se afanó en lograr descendencia y a base de afrodisiacos y pócimas truculentas: la mosca hispánica (Cantárida), los testículos de toro, el “potaje crudo” y otros, consiguió embarazar a Germana, aunque  el hijo alumbrado murió a las pocas horas de nacer.
A los diez años de matrimonio, Fernando falleció, dejando a su viuda, de veintiocho años en una situación muy comprometida.
 Hacia España se dirigía en ese momento el heredero de la corona, Carlos de Habsburgo, hijo de Felipe y Juana, un joven de dieciocho años que no habla ni una palabra de castellano y que se encuentra solo ante un país que de momento le es hostil y al que habrá de ganarse poco a poco.
El rey Fernando había legado a su esposa las villas castellanas de Madrigal y Olmedo, además de cuantiosas rentas y cargos con los que la había dotado, como lugarteniente de Aragón, Cataluña y Valencia.
Unas rentas cuantiosas que ordenó a su nieto que cumpliera en su nombre en carta que le escribió poco antes de morir.
Sabiendo el nuevo rey que esas rentas serían muy difíciles de pagar en el futuro, se las cambió a su abuelastra por el señorío de Arévalo y de las dos villas que ya le habían sido legadas, con rango de vitalicio.
Actualmente Arévalo es una ciudad de mucho prestigio culinario, pero no alcanza a tener la importancia que en aquella época tuvo, porque fue incluso residencia real.
En Arévalo la noticia sentó francamente mal, pues habían conseguido, después de muchos años quitarse de encima a los Estúñiga, poderosa familia que ostentó el señorío de la ciudad y su comarca.
Pero Carlos estaba decidido a complacer los deseos de su abuelo y no solamente por obedecerle, sino porque “le había cogido mucha afición a su abuelastra”.
Germana era diez años mayor que él, no era muy guapa y además cojeaba sensiblemente, pero era muy alegre, divertida, buena conversadora, culta y hablaba francés, única lengua que Carlos dominaba, por lo que la corriente afectiva entre ambos surgió de inmediato. A esto hay que sumar que su abuela llevaba diez años en la corte y conocía a todos los nobles de España, por lo que al nuevo rey le resultó muy útil tenerla a su lado y en su afán por seducirla, la agasajaba con toda clase de veladas, torneos y demás fiestas palaciegas.
No tardó mucho en caer Germana en los brazos y en el lecho del rey y poco después de un año nació la infanta Isabel de Castilla, fruto de los amores entre la abuela y el nieto, que nunca la llegó a reconocer como hija y con la que tuvo escasas relaciones.
Desde muy niña fue acogida en el convento de Nuestra Señora de Gracia, en Madrigal de las Altas Torres, de donde Germana era señora y en donde ya custodiaban a dos hijas bastardas del rey Fernando el Católico.
Como es natural, en una España estigmatizada por el pecado, aquellas relaciones incestuosas eran muy mal vistas, pero se encargaron los amantes de disimularlas lo más posible y para acallar voces maledicentes, unos años después casó a su amante con un distinguido miembro de su séquito de alemanes que le acompañaron, concretamente con Fernando, el hermano del duque de Brandeburgo.
El nuevo matrimonio contaba con todo el apoyo real por partida doble y buena prueba es que Carlos la nombró a ella virreina de Valencia y a su esposo capitán general del mismo reino.
Por otro lado y siguiendo con la dación de Arévalo como señorío a Germana, ya decía más arriba que había sentado muy mal, tanto a la población como a su alcaide, el poderoso Juan Velázquez, testamentario de la reina Isabel la Católica, y además muy amigo del cardenal Cisneros, a la sazón regente de España tras la muerte de Fernando.
  Fue el cardenal el que informó a su amigo lo que se cernía sobre Arévalo y este hombre, a pesar de su afección a la corona, decidió enfrentarse a ella, contra la arbitrariedad real de regalar la ciudad a su amante, para no pagarle las rentas que su abuelo había fijado.
Arévalo se preparó para un enfrentamiento armado, levantando barricadas a orillas del río Adaja y haciendo acopios de armas y artillería, así como formando un fuerte ejército con gente de a pie y a caballo.
Se da una circunstancia bastante desconocida acerca del alcaide Velázquez y es que su plana mayor figuraba una persona que andando el tiempo alcanzaría una extraordinaria fama. Se llamaba Ignacio de Loyola y en aquellas escaramuzas con las tropas reales, que no batallas, tomó la primera determinación importante de su vida que fue dedicarse por completo a la carrera de armas, dejando a un lado las relaciones cortesanas, para lo que había sido acogido en la villa por la esposa de Velázquez, María de Velasco, en otro tiempo íntima de la reina Germana.
Su segunda decisión fue crear la Compañía de Jesús, a la que transfirió el espíritu militar con el que había vivido.
Tras esa somera resistencia, más de cara a la galería, en Arévalo se aceptó la entrega a Germana, aunque los vecinos de la villa con su alcaide a la cabeza nunca reconocieron el nuevo señorío y siempre se consideraron integrados en la Corona y el solemne momento de la dación fue pospuesto hasta que el rey estuviese presente.
Al final, con la guerra contra los Comuneros, la importancia estratégica de la villa de Arévalo se consideraba de primer orden y el rey Carlos se vio en la obligación de ceder ante el concejo de la villa y a declarar que no se podía hacer la donación que se había otorgado a la que él llamaba “serenísima Señora Reyna de Aragón”.
Así pues aunque su voluntad era favorecer a su amante y su interés ahorrarse las rentas prometidas por su abuelo, al final la sensatez y el orden le hicieron desdecirse por lo más sensato.
Germana murió en Valencia en 1538, había engordado muchísimo, perdiendo parte de su atractivo, pero aún así fue capaz de enamorar a un tercer marido.

viernes, 6 de marzo de 2020

LOS PREMIOS STELLA




¡Cuántas veces hemos dicho que la estupidez humana no tiene límite!, y lo peor es que seguiremos diciéndolo.
Pensamos y en los últimos tiempos con mucha razón, que en España ya no cabe ni un tonto más pero, con desesperación, vamos comprobando que sí que caben y a manojitos, como decimos en mi tierra. Y creemos que ese en un fenómeno típicamente español, pero la realidad nos demuestra que la insensatez es un acontecimiento mundial, si no, lean esta historia.
En el año 1992, una señora de 79 años llamada Stella Liebeck, llegó a un McDonall de una ciudad de Nuevo Méjico, Estados Unidos, en un automóvil que conducía su sobrino Chris. Se dirigieron a la zona de McAuto y encargaron unas bebidas y comida rápida.
Se sabe que la tal Stella pidió un café que le fue servido en el habitual vaso de cartón con su correspondiente tapadera.
Recogida la comanda, el sobrino continuó el viaje y sin detenerse a degustar los alimentos, prefirieron consumirlos en ruta.
La señora Stella sujetó el vaso de café entre sus rodillas, abrió la tapa y vertió el sobre de azúcar, momento en el que por alguna circunstancia derivada de la conducción, el coche efectuaría algún extraño que hizo que la señora cerrase un poco las piernas, estrujando el vaso de café con el consiguiente derrame del contenido que, a una temperatura de 85 grados, le produjo algunas quemaduras en los muslos.
Ciertamente las lesiones debieron ser importantes, pues Stella tardó casi dos años en curarse, por lo que la señora demandó a la cadena McDonall y pidió una indemnización de tres millones de dólares.
Hasta aquí todo entra dentro de lo normal: vas circulando en un coche, colocas el café recién hecho entre las rodillas, las cierras por la razón que sea, se te derrama el café y la reacción es demandar a quien se lo ha servido, porque estaba caliente.
Lo natural es que el café esté caliente, salvo que lo pidas con hielo, que ya es otra cuestión, y lo natural sería demandar a su sobrino por no haber conducido con más precaución; o más natural aún: callarse la boca y aguantarse con las consecuencias de una cadena de actos imprudentes, porque lo normal hubiera sido parar, comer y beber y luego continuar el viaje.
Pero no, la señora, seguramente asesorada por algún abogado de esos que viven en hospitales, comisarías, centro comerciales, etc., a la caza de clientes para interponer reclamaciones, presentó la demanda contra la cadena McDonall.
La estupidez humana ya ha hecho su aparición en este caso, pero esa cualidad no era exclusiva de la señora Stella, porque el juez que entendió en la demanda falló a su favor, aunque solamente le concedió 480.000$.
Desde entonces han ocurrido dos cosas: que los vasos de café de McDonall advierten que el contenido está caliente y caso de derramarse puede producir daños por quemaduras y que un avispado decidió establecer un premio anual para la demanda más absurda que se produjese.
Así, en 2002, tuvo lugar el primer fallo del jurado de los Premios Stella (Stella Awards) que ganaron las hermanas Bird  que llevaron a su madre muy enferma a un hospital y la carrera de los sanitarios para atenderla rápidamente les produjo tal conmoción que se “vieron obligadas” a demandar al hospital.
Desde entonces, los registros de los Premios Stella contienen un sin fin de casos demandados ante los tribunales, todos ellos escogidos de entre los que la estulticia humana coloca en la cima de su clasificación.
Entre ellos nos encontramos el caso de Allen Ray Heckard, el cual sostenía ante la justicia que tenía tal parecido físico con el famoso baloncestista Michael Jordan que la gente lo confundía por la calle, creándole un grave sufrimiento emocional, por lo que demandó a la estrella del basket por un total de 416 millones de dólares, y la misma cantidad le pidió a la firma de prendas deportivas Nike, sponsor de Jordan, por patrocinarle.
Otro caso de evidente estupidez es el de un ciudadano de Oklahoma City llamado Grazinski que en noviembre de 2000 se compro una autocaravana marca Winnebago.
En su primer viaje y mientras conducía por una autopista, seleccionó una velocidad de crucero de 120km/h y se fue a la parte trasera del vehículo a prepararse un café. Como es natural en la primera curva, el vehículo tomó la tangente y se estrelló.
Después de recuperarse de sus heridas, el desahogado Grazinski denunció al fabricante por no advertir que el programador de velocidad no es un piloto automático que tome curvas o frene cuando sea necesario y lo más estúpido es que un juez le dio la razón y condenó a Winnebago a indemnizar al conductor con 1.750.000$ y a reemplazarle el vehículo. Desde entonces la empresa incluyó en el manual del vehículo una advertencia en ese sentido.

Con esta alegoría se premia la denuncia más disparatada

Hace falta tener desparpajo para querer sacar tajada de las acciones negligentes o imprudentes que se cometan, pero hace falta un grado de estupidez considerable para aceptar dichas demandas por parte de quien se pretende con una formación jurídica y humana suficiente para desarrollar tan delicada labor como la de juez y además fallar a favor de semejantes demandantes.
Porque la cosa no termina ahí, las hay mucho más sorprendentes, como el caso de un ladrón llamado Terrence Dickson, de Pennsylvania que entró a robar en una casa que sabía que estaba momentáneamente deshabitada. Una vez realizado su latrocinio, decidió salir por la puerta del garaje, pero estaba averiada y no se podía abrir, así que se dio la vuelta, encontrando que la puerta por donde accedió al garaje se le había cerrado y no era posible abrirla sino con llave, por lo que se quedó encerrado en el garaje durante ocho días, hasta que los propietarios regresaron de sus vacaciones.
Después de detenerlo la policía puso una demanda contra el dueño de la vivienda porque durante aquellos días había tenido que alimentarse con unos sacos de comida para perro y algunas latas de refrescos, lo cual le había causado unos daños morales irreparables.
Lo sorprendente de este caso es la demanda se vio en un juicio con jurado y los sesudos ciudadanos que lo componían fijaron una indemnización de medio millón de dólares para el ladrón, que tuvo que pagar el propietario de la casa.
Aquí la estupidez fue colectiva. ¡A dónde se nos ha ido el sentido común!
Pero no solo algunos jueces y jurados accedieron a conceder indemnizaciones estúpidas, es que hubo un caso en el que el demandante era un juez, como el caso de Roy L. Pearson que demandó a una tintorería a la que llevó unos pantalones los cuales se extraviaron y no se los pudieron devolver.
Basándose en un cartel colgado en la lavandería que decía: “Satisfacción garantizada”, el juez solicitó una indemnización de ¡sesenta y siete millones de dólares! Por haber perdido sus pantalones, lo que le había causado un gran desasosiego moral.
El citado personaje fue investigado por el departamento correspondiente y suspendido en sus funciones jurisdiccionales. Prevaleció por una vez el sentido común.
En los centros comerciales se producen muchos incidentes, dado el gran número de personas que por allí pululan. Una de esas personas era la señora Roberston de Austin, Tejas, que fue indemnizada con 780.000$, porque mientras compraba tropezó con un niño que correteaba por el almacén, y como consecuencia cayó y se rompió un tobillo. Hasta aquí todo normal, si no fuera porque el niño con el que tropezó era su propio hijo.
Afortunadamente también hay personas sensatas, una de las cuales fue el propio creador de los Premios Stella, el cual, en el año 2007 decidió acabar con la efímera vida de aquellas dudosas condecoraciones a la estupidez y los premios dejaron de darse. Hubo varias razones para acabar con los premios y una de ellas fue que la estupidez humana es algo tan sin límites que fueron varias personas las que inventaron haber sufrido accidentes o desgracias tan absurdas que, tras denunciarlas, su pretensión no era la de recibir una indemnización, sino la recibir un “Award Stella”.
“Explosividad litigiosa”, es el nombre que los expertos analistas han dado a este afán de llevar a los tribunales cualquier reclamación por estúpida que parezca, ¿pero qué nombre habríamos de dar a los tribunales que las aceptan y además se pronuncia a su favor?
En vez de calificar de racista a una mujer que denunció el pánico que le producía tener que trabajar en la misma oficina en la que había empleados de raza negra, un tribunal le concedió una indemnización de 40.000$.
¡Ni un tonto más!

viernes, 20 de diciembre de 2019

UN PRÍNCIPE DESAFORTUNADO





Solamente por el enorme desconocimiento que se tiene de la historia de España, me puedo explicar cómo es que el independentismo catalán no rinde culto a este personaje del que hoy voy a escribir.
En el año 1421 nacía en la ciudad vallisoletana de Peñafiel, Carlos de Trastámara y Evreux, más conocido en la escasa historia que sobre él trata, como “El Príncipe de Viana”.
Su padre era Juan de Trastámara, segundo hijo del rey de Aragón Fernando I, al que sucedió su primogénito conocido como Alfonso V, El Magnánimo.
Es con este rey que se entronca en una misma persona las casas reales de Aragón y de Castilla, pues Alfonso era nieto de Leonor de Aragón y de su esposo Juan I de Castilla.
Alfonso murió en 1458 sin descendencia y esto hace que le suceda en el trono de Aragón su hermano Juan que reinó como Juan II.
La madre del príncipe Carlos era Blanca de Evreux, once años mayor que su padre, por aquel entonces infante de Aragón y que reinaría en Navarra como Blanca I.
Aquel matrimonio no tenía más finalidad que recuperar la alianza entre la corona de Aragón y el reino de Navarra, rota desde el momento en que Blanca enviudó de su primer marido, también perteneciente a la familia real aragonesa y en aquel entonces, rey de Sicilia, Martín el Joven.
El nuevo matrimonio se ha pactado con la condición de que el primogénito de aquella unión reinase sobre Navarra.
Cuando tenía siete años fue jurado por las Cortes de Navarra como Príncipe de Viana, título que su abuelo materno, Carlos III, el Noble, instauró para él, siendo apenas un niño de tres años y como heredero del trono de Navarra.
Pero la reina Blanca murió cuando su hijo y futuro rey tenía veinte años y un padre ambicioso convertido en rey consorte de Navarra y príncipe de Aragón que no estaba dispuesto a cumplir los extremos plasmados en el acta matrimonial, mientras que su hijo reclamaba sus derechos sucesorios, tal como estaban estipulados.
A su vez el príncipe Carlos inclina sus gustos más hacia lo humanístico que lo bélico, aunque había tenido una educación muy compensada en todas las facetas de la vida de un futuro rey.
En las capitulaciones matrimoniales se había incluido una disposición, aceptada por la princesa Blanca, según la cual para que su hijo reinase debería obtener el consentimiento de su padre.
Se inicia aquí un agrio y largo enfrentamiento entre padre e hijo, en el que interviene incluso la corona de Castilla que envía a su condestable, Álvaro de Luna, con un fuerte ejército para apoyar las reivindicaciones del príncipe Carlos. El rey consorte Juan, una vez viudo no piensa renunciar a la corona que no le pertenecía y que sí correspondía a su hijo Carlos, pero no da el plácet para que éste sea coronado, compensándole con el nombramiento de lugarteniente general del reino.
El hijo, de carácter poco belicoso, acepta el nombramiento con la esperanza de que en algún momento la situación se pueda revertir, aunque también es probable que lo aceptase por su escaso afán de enfrentarse a su padre. Pero había dos bandos enfrentados en Navarra: Beaumonteses y Agramonteses.
Los primeros, descontentos con esta medida empezaron a acercarse al bando del Príncipe de Viana y tenían el apoyo de Castilla. Los agramonteses se oponían al príncipe y estaban apoyado por Aragón y por Francia.
A la muerte de Alfonso V, el padre accede al trono de Aragón, dándole mayor fuerza en el conflicto que se desvía hacia toda la cuenca del Mediterráneo, donde la corona de Aragón ejerce su hegemonía y principalmente hacia Valencia y Cataluña.
El rey viudo contrae un nuevo matrimonio con Juana Enríquez, hija del almirante de Castilla, matrimonio de conveniencia para restar poder al condestable Álvaro de Luna, deseoso como estaba de intervenir en los asuntos de Aragón y Navarra.
 De este matrimonio nacerá el príncipe Fernando que al correr los años se convertiría en el Rey Católico, que por tanto era hermanastro menor de Carlos y treinta años menor.
En esas muere Alfonso V, rey de Aragón y su padre se convierte en el nuevo rey Juan II.
El reino de Navarra empieza a ver con malos ojos lo que está ocurriendo en su trono y comienzan hostilidades contra el consorte, en apoyo de su hijo, el verdadero heredero del trono.
Entonces el padre, en una rabieta, deshereda a Carlos y nombra heredera del trono a Leonor, hermana menor del príncipe.

Escudo del Principado de Viana que actualmente ostenta la Princesa Leonor

Y mientras en la corona de Aragón ocurren estas cosas, Cataluña que ha venido repuntando en feudalismo, cuenta con una nobleza tremendamente fuerte que solo tiene un objetivo, el mismo desgraciadamente que el que existe en estos tiempos y que no es otro que conseguir la independencia del reino de Aragón.
Así, en la confrontación padre e hijo, la aristocracia feudal catalana toma partido por el hijo que se convierte en el líder de aquella aristocracia que gobierna en las instituciones del país catalán.
Esta aristocracia feudal catalana, además del poder político, tiene la propiedad de casi todo el territorio y por ende la única fuerza militar capaz de oponerse a la corona de Aragón.
Las causas de su descontento son las de siempre: “España nos roba”; no aceptan las reivindicaciones sociales del campesinado que vive en régimen de casi esclavitud y sobre todo, el poder que va adquiriendo el rey aragonés Juan II, tanto en la península como en el arco mediterráneo.
La fuerte aristocracia catalana, consigue doblar el brazo real y le arrancan el nombramiento del príncipe Carlos como lugarteniente de Cataluña, lo mismo que lo era de Navarra.
Pero las cosas no van a salir como los catalanes quieren, porque ese nombramiento lo convierte en reforzado heredero del trono y su madrastra, Juana Enríquez no está por la labor.
Los catalanes ven en Carlos a su príncipe salvador, pero ni era un verdadero príncipe ni tenía intenciones de salvar a nadie, como no fuera a sí mismo y por supuesto no entraba en sus cálculos apoyar a Cataluña a conseguir su independencia de la corona.
Más bien él se veía como el heredero que habría de unificar en una sola dinastía todas las tierras de extenso valle del Ebro, unido a las tierras norteñas catalanas. Su ideal estaba muy cerca de lo que había sido la provincia romana de la Tarraconense.
Pero desde la temprana muerte de su madre, sus deseos se fueron diluyendo y el nuevo matrimonio de su padre acabó de apuntillarlo, porque su madrastra ya había parido un varón al que quería ver en el trono aragonés.
Carlos se convirtió en un escollo más para los planes de Juana, no se sabe si apoyado por su marido, el rey, aunque esto es muy probable, dada la permanente confrontación revestida de tensa calma existente entre padre e hijo.
Lo que ahora se dibuja tan idílico como el extender los “Países Catalanes” a la región de Valencia y Baleares, entonces reinos, no era así, ni mucho menos.
Valencia se une a Aragón, frente a Cataluña, que desea convertirse en una República independiente, siguiendo el modelo de algunas pequeñas repúblicas italianas.
Cuando ya la confrontación paterno filial no tiene solución el rey decide dar un golpe de mano y el dos de diciembre de 1460, mientras se celebraban cortes en Lérida, ordena el arresto de su hijo, que inicia un periplo por ciudades en las que estuvo preso en los tres meses siguientes.
En este tiempo los catalanes se pusieron en pie de guerra contra el rey acusándole de impedir los derechos sucesorios del príncipe y de beneficiar descaradamente a su otro hijo, Fernando.
En vista de que todo parecía abocarse hacia una guerra civil, el rey puso en libertad al príncipe que fue recibido como un héroe, cosa de la que distaba de la realidad, pero su salud se había deteriorado mucho en aquel corto espacio de tiempo, nunca había sido un muchacho saludable y fuerte, pero el deterioro sufrido no presagiaba nada bueno.
Sobre este particular se ha especulado mucho y aunque la creencia oficial es de que padecía tuberculosis, a raíz de los síntomas que los cronistas describen, también se ha dicho de la participación de la reina Juana en su desenlace final, envenenándole lentamente para conseguir que su hijo Fernando accediese al trono.
Lo cierto es que el 23 de septiembre de 1461 fallecía Carlos en Barcelona.
Su muerte sirvió de bien poco, pues continuó el conflicto navarro y los catalanes se prepararon para una guerra civil que duraría diez años.
Lo único positivo de tan desdichado personaje es que su muerte propició el acceso al trono de Fernando, que más tarde sería El Católico, el cual contrajo matrimonio con la joven e incierta heredera de Castilla, cuyo matrimonio estaba concertado para Carlos y que se capituló nuevamente para el ahora heredero.
Ese matrimonio real, ha sido, ciertamente, uno de los más fructífero de la realeza española y a raíz del cual, hemos llegado, con dificultades, pero superando obstáculos, a nuestro estado actual.
Con la muerte de Carlos, el  príncipe Fernando no heredó lógicamente Navarra, único reino que siguió independiente tras la reconquista, pero por fin, tras ocho siglos se consiguió la reunificación.

viernes, 6 de diciembre de 2019

EL "DO DE PECHO"





Una de las frases más socorridas cuando nos referimos a una acción muy meritoria efectuada por alguna persona, incluso en contra de lo que se suponía que pudiera llegar a hacer, es referirnos a ese hecho diciendo: “dio el do de pecho”.
Seguramente que no nos hemos parado nunca a pensar qué es realmente dar el do de pecho y eso es lo que voy a tratar de explicar.
El “do de pecho” es la nota más alta de un tenor que da por métodos naturales, es decir, si emplear técnicas como el “falsete”.
Supone una escala más alta del último do registrado en la tesitura musical que es el “do4”, así pues, el “do de pecho” es el “do5”.
Como muy bien escribía Pavarotti en su autobiografía titulada Mi propia historia, los cantantes tienen dos o tres voces diferentes que van de grave a intermedia y en su caso aguda y uno de los logros más difíciles de alcanzar por los cantantes de ópera es pasar de una voz a otra sin que el público lo aprecie.
Esa dificultad estriba en que en el canto se pasa de la voz de pecho a la voz de cabeza, donde realmente se consiguen estos agudos.
Por lo tanto el “do de pecho”, no es en realidad producido por el pecho del cantante sino por la resonancia del sonido en la cabeza. Es lo que se llama “resonadores faciales”.
Hace ya muchos años, estaba entonces destinado en Zamora, cuando una noche de sábado fui invitado a tomar unas copas del famoso vino de Toro, de cosechas artesanales, a casa de un buen amigo y tocayo.
Allí se encontraba también un matrimonio amigos suyos, cuyos nombres soy incapaz de recordar, pero lo que si tengo presente es la singularidad de estas personas.
El era un hombre inteligentísimo que, como entretenimiento, se dedicaba con su mujer a inventar juegos de mesa u otra clases de juegos o juguetes infantiles.
En cierto momento de la animada conversación, salió el tema de la ópera y entonces aquél demostró sus enormes conocimientos sobre dicha faceta musical, pero es que es más, nos hizo salir a la terraza y comenzó a cantar con una espléndida voz.
Al término, cuando al menos yo fui capaz de cerrar la boca, explicó cómo los grandes tenores obtenían esa potente voz y decía que nos fijásemos en las cabezas, sobre todo en las frentes abombadas de Pavarotti o Plácido Domingo.
Desde entonces me vengo fijando en las “frentes preñonas” que diríamos en mi tierra y, ciertamente, los buenos cantantes tienen cabezas grandes y frentes abultadas.
Esa configuración ósea es la da calidad al canto y curiosamente con la cabeza es como el tenor puede llegar al “do5” o do de pecho. Un buen tenor puede conseguir notas más altas, pero ya empleando la técnica del falsete, que como su nombre indica es una técnica para falsear la voz.
Así pues el nombre está mal puesto. No es “do de pecho” pero es así cómo se lo conoce mundialmente y desde hace mucho tiempo y ha sido el sin par Pavarotti el que más veces y mejor lo ha logrado.
Pero no es esta la única controversia respecto de la citada nota musical, pues los estudiosos de la música clásica y de la ópera en particular, daban siempre por sentado que el primer tenor capaz de producir un do de pecho, del que se tenía constancia documental, había sido el tenor parisino Gilbert Duprez, fallecido en 1896 a los noventa años de edad.
Pero recientemente se ha descubierto que esta apreciación no es cierta y que ese honor lo ostenta un cantante español.
Me gusta la música pero no sé nada de esa faceta artística y aparte de los clásicos muy clásicos, se me escapa cantidad de información sobre las figuras del mundo de la música y este español, al que ahora me voy a referir, era completamente desconocido para mi.
Se le solía llamar Manuel del Pópulo Vicente García, pero su verdadero nombre tendría que haber sido Manuel Rodríguez Aguilar, si consideramos los dos primeros apellidos de sus padres, si bien en aquella época no estaba institucionalizada esta norma.
Nació en Sevilla el 21 de enero de 1775, pero su juventud la pasó en Cádiz, actuando en lo que se ha llamado “los teatros progresistas” en donde se mezclaba la modernidad con el teatro clásico, la tonadilla con la ópera italiana y todo ello con el espectáculo en general.
Sevilla, en aquel momento tenía prohibido todo tipo de ópera, tanto por el consistorio municipal, como por la iglesia, de enorme poder en aquellos momentos, así que el joven Manuel que con seis años había ingresado en el coro de la catedral, al llegar a los dieciséis años comprendió que en aquella encorsetada ciudad no podría desarrollarse musicalmente, viendo esa oportunidad en Cádiz, una de las ciudades más cosmopolitas, bullangueras y florecientes del momento. 
El ignorado García, apellido con el que nos referiremos a él, influyó mucho en transformar lo que entonces se conocía como corral de comedias, en teatro elegante, al gusto italiano, influyendo en la nueva cultura de la escena que se estaba produciendo.
En Cádiz escribió cantidad de música que iban desde tonadillas hasta operetas, obras teatrales como sainetes, comedias y toda una colección de obras dramáticas que él mismo interpretaba, dada su enorme calidad de actor.
En 1779 se casó con una actriz y cantante llamada artísticamente Manuela Morales, con la que tuvo una hija años más tarde y que al pasar de los años también fue cantante.
Pero no fue hasta el año 1798, es decir, cuando tenía veintitrés años, que debutó en Madrid como cantante lírico, donde obtiene un gran éxito.
Pronto se convirtió en director del más importante teatro de Madrid, llamado Los Caños del Peral, situado en lo que ahora es la plaza de Isabel II, al final de la calle Arenal, en lo que actualmente es el Teatro Real.
Sus éxitos se sucedieron y llegó a ser un personaje muy conocido en el mundo de la música, si bien, por la escasa documentación que he podido encontrar sobre su formación musical, me inclino a pensar que era más autodidacta que académico, pero de lo que no cabe duda es de su enorme talento y del profundo conocimiento que tenía de los clásicos, sobre todo de Mozart y Haynd.
Pronto España se le quedó pequeña y comenzó a viajar por los diferentes países que lideraban el panorama musical europeo. Su primera parada fue París, donde cosechó su primer éxito como tenor y compositor.
En 1811 se instaló en Italia, donde perfeccionó sus estudios sobre la ópera, trabando gran amistad con Rossini, el cual lo eligió como tenor principal de sus dos obras más famosas: Otello y El barbero de Sevilla.
Durante esta etapa escribió innumerables partituras para canto y guitarra, instrumento que dominaba.
Pero Europa también se le queda pequeña y en 1816 se trasladó a Nueva York, donde consiguió igualmente un éxito arrollador.

Retrato de García, caracterizado de Otello

Entre los Estados Unidos y Méjico, permaneció en América hasta 1830, cuando muy mermado de cualidades y habiendo perdido mucho potencial de su voz, regresó a París, donde abrió una academia de música que regentó hasta su muerte ocurrida en 1832, cuando contaba cincuenta y siete años.
Fue el gran impulsor del gusto por lo español que se extendió por toda Europa y del que salieron obras tan inmortales como el Capricho Español de Korsakof, la Carmen de Bizet o el propio Barbero de Sevilla.
Pues bien, este personaje de la escena musical fue el primero que tiene documentado el haber conseguido el do de pecho en numerosas ocasiones.