jueves, 10 de diciembre de 2020

MESETA ENTRE DOS RÍOS

 

Ese es el nombre que en la lengua de los “tuareg”, los hombres azules del Desierto del Sahara, dan a uno de los lugares más enigmáticos de África y posiblemente del mundo.

En el sureste de Argelia, en pleno Sahara, se encuentra una amplia meseta de más de setecientos kilómetros cuadrados que se extiende hasta tierras de Libia, Níger y Malí. Su nombre es Tassili N’Ajjer, “Meseta entre dos ríos”, un paisaje fascinante donde se aprecia el enorme trabajo que la erosión ha efectuado, pero también la enorme actividad que hombres de hace doce mil años desarrollaron.

Dentro de los desiertos suelen encontrarse zonas de una feracidad lujuriosa, son los llamados oasis, nacidos alrededor de algún pozo, manantial, río subterráneo o cualquier otra acumulación de agua.

La meseta montañosa de Tassili ya no es un oasis, pero debió serlo en épocas muy remotas, porque la existencia de los dos grandes ríos que dieron nombre a la zona, es constatable a día de hoy y aunque se han convertido en arroyos que apenas corren, contribuyen a mantener vida vegetal y la exigua fauna de la zona.

 

Río de escaso caudal y flora autóctona de Tassili

  En la fotografía puede verse que los matorrales prosperan alrededor de la zona irrigada que aun conserva dos especies de flora autóctona, el ciprés y el mirto de Tassili.

El conjunto de la meseta que está situada a unos mil ochocientos metros sobre el nivel del mar,  es muy montañoso, prácticamente sin espacios para caminar como no sea saltando entre pedruscos de afiladas aristas. El punto más alto de la meseta tiene más de dos mil metros de altura, pero toda ella está compuesta por una sucesión de escarpadas montañas y riscos con una altura media de setecientos metros que dificultan la penetración en el terreno.

La existencia de tan exótico lugar había permanecido oculta a la civilización hasta que en la década de los años treinta del pasado siglo, un arqueólogo francés llamado Henri Lhote, recibió una información que cambiaría su vida.

Lhote había tenido una infancia durísima, con la muerte de su padre siendo muy joven. Hubo de ganarse la vida de muchas maneras, fue arqueólogo diletante, boy scout y estudioso del arte rupestre, pero su carencia de formación académica, trababan sus estudios, hasta que, con veinte años, recibió el encargo de controlar las plagas de langosta en el Sáhara argelino, en aquel tiempo perteneciente a Francia y sin pensarlo dos veces se lanzó al desierto, con poco equipamiento y un par de libros sobre langostas.

En camello recorrió más de ochenta mil kilómetros durante los tres años que duró la misión que lo tuvo aislado en el desierto. Expuestas sus conclusiones sobre las plagas y forma de combatirlas en la Universidad de la Sorbona, esta institución le premió con un doctorado.

Se despertó así su pasión por el desierto y allí sirvió durante la Segunda Guerra Mundial y donde sufrió un grave accidente que le tuvo diez años en cama, pero sobretodo le impidió ingresar en la aviación, como era su deseo3.

Durante su estancia en Argelia, conoció y trabó amistad con un teniente francés llamado Charles Brennan, el cual le comentó que durante unas operaciones militares realizadas en el sur de Argelia, casi en la frontera con Libia, había descubierto unas cuevas en las que había multitud de pinturas y grabados que él creía pertenecer al llamado arte rupestre.

Localizada la situación en el mapa, ayudado por Brennan y financiado por el Museo del Hombre de París, Lhote organizó una expedición a la meseta de Tassili N’Ajjer en el año 1956.

La expedición se desplazó a una ciudad llamada Djanet, a diez kilómetros de lo que hoy se conoce como Parque Natural de Tassili. Desde allí, con una expedición compuesta por treinta camellos, un guía tuareg, un cámara, un pintor y una intérprete especialista en lengua bereber, caminaron el inhóspito terreno hasta adentrarse en el parque.

La distancia desde la ciudad hasta el parque natural es corta, pero el camino es durísimo, tanto que muchos de los camellos terminaron despeñados y todos ellos con grandes heridas en las pezuñas, producida por los agudo guijarros que siembran su suelo. Otros terminaban reventados por el esfuerzo de la marcha.

A cada paso que daban encontraban piedras con grabados rupestres, cuevas con pinturas y numerosos vestigios de que en aquel lugar, hace muchos años, vivió una civilización avanzada que dejó muestras de un arte que poco a poco se ha ido estudiando y esclareciendo.

Las dataciones efectuadas indican que entre ocho y cinco mil años antes de nuestra Era, aquella montaña debió ser un auténtico vergel, poblado por hombres del Paleolítico Superior y Neolítico. Es decir, que se estaría al final de la última glaciación, por lo tanto menos de los diez mil años, antes de nuestra Era, en los que se cifra el final del periodo frío, lo que concuerda con las dataciones efectuadas por otros medios.

Se han catalogado más de quince mil pinturas, cuyo estilo ha ido evolucionando, tanto en la técnica pictórica, como en el empleo de los colores, pasando de los grabados a base de desgastar la roca para trazar un dibujo, considerados las manifestaciones artísticas más antiguas, a pinturas de magníficas factura y perspectiva, tanto de escenas de caza como de los propios animales que habitaron en la zona.

Las más inquietantes se encuentran en un lugar del que el teniente Brennan había advertido a Lhote que quedaría sobrecogido.

Se trata de un macizo rocoso conocido por el nombre de Yabbaren, que en lengua de los tuareg significa “Los Gigantes” y en donde se descubrieron grutas con pinturas sobrecogedoras, no solo por su tamaño sino por lo que representan, pues en ellas aparecen hombres con aspecto y proporciones similares a las actuales, cuyas cabezas son completamente redondas y desproporcionadas, de la que salen una o dos ramificaciones.

Estas representaciones carecen de la calidad apreciada en muchas otras y es lamentable, porque todo hace pensar que se trata de seres vestidos con trajes espaciales, usando una escafandra o casco con antenas que sirvieran para la comunicación.

En el techo abovedado de una gruta hay pintada una figura que los tuaregs llaman el “gran dios” que mide seis metros de longitud, con la cabeza redonda, tan repetida en otras pinturas, vestimentas como las de un astronauta, botas rígidas…

Todo hace pensar que en aquella meseta, en otro tiempo fértil vergel, un día recibieron la visita de seres de otro planeta que influyeron en la vida de los nativos, a los que causaron tan gran impresión que los dejaron reflejados en sus punturas.

 

No hace falta mucha imaginación: pintaron a un cosmonauta

 

Esto no es nada nuevo; ya se ha referido en múltiples ocasiones y lo cierto es que en muy diversas zonas de La Tierra aparecen estas representaciones, lo que se convierte en una señal inequívoca de la visita de extraterrestres, lo mismo que está ocurriendo en la actualidad, aunque por alguna causa que se escapa a nuestro conocimiento, en aquellos tiempos se hicieron visibles y entablaron contactos con nuestros humanos antepasados.

Pero hay muchas más curiosidades en las pinturas de Tassili y es que se han encontrado grupo de animales salvajes, especies extinguidas en la zona hace muchos años y sin embargo perfectamente representadas, como cocodrilos, jirafas o elefantes y por otro lado, animales domesticados como caballos, escenas de caza, donde aparecen arqueros, o jinetes a caballo.

La enorme variedad de pinturas y grabados, así como los diferentes estilos y la evolución de la técnica pictórica inspiró a Lhote a considerar el lugar como el mayor museo de arte prehistórico existente en el mundo.

Pero aun hay otra circunstancia que hacen de lugar una nueva singularidad y es que junto a muchos de los dibujos aparecen símbolos algunos repetidos y otros no que hace pensar a los científicos en la existencia de una rudimentaria escritura que sería muy anterior a la que la ciencia ortodoxa califica como la primera escritura y cuna de la civilización que es la de Mesopotamia.


jueves, 3 de diciembre de 2020

EL ADELANTADO Y EL MOZO

 

En la larga historia de la conquista del continente americano es muy probable que enrolados en la misma expedición fueran padres e hijos, aunque no existen muchos casos contrastados, sobre todo si se trataba de personas de cierto rango.

Sí se sabe de hermanos que lucharon juntos y de estos hay casos tan significativos como los Pizarro.

En esta ocasión se trata de dos personas protagonistas de una gesta que iniciada por el padre, culminó el hijo con la conquista de una zona tan importante como la península del Yucatán.

Empecemos por el padre: Francisco de Montejo, que así se llamaba y del que aunque no se tiene certeza de la fecha de nacimiento, debió venir al mundo en Salamanca alrededor de 1476. Pertenecía a una familia de la baja nobleza castellana que le procuró una esmerada educación.

A principios del siglo XVI se trasladó a Sevilla, en donde tuvo amoríos con una tal Ana León, hija de un notario sevillano, fruto de esta relación nació en 1507 un varón al que su padre legitimó y le dio su nombre.

Poco más se sabe de la estancia de Montejo en Sevilla, ni de qué forma se ganaba la vida, hasta que alrededor de 1513 entra en contacto con Pedrarias Dávila, un noble y militar castellano que acababa de ser nombrado gobernador de Castilla del Oro y está preparando una expedición para partir a ocupar su cargo en la América Central.

A este personaje dediqué hace años un artículo que puede consultar en este enlace: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com/search?q=pedrarias+d%C3%A1vila

Muy pronto se ganó la confianza del gobernador Pedrarias que lo envió por delante de la expedición para preparar la flota y reclutar gente y así, en 1514, llegó a Santo Domingo (La Española) y seguidamente a Cuba, desde donde se iba a ultimar el paso a Tierra Firme para la colonización de la región conocida como “Darien” y que comprendía los territorios entre Panamá y Colombia.

Pero a la postre, Pedrarias era un hombre muy particular y Montejo fue poco a poco desafectándose del gobernador, que entre otras rarezas viajaba cargando siempre con su ataúd, por las razones que en mi artículo explicaba.

En 1515, junto con otros compañeros, el capitán Montejo se dirigió a Cuba para participar en el final de la conquista de la isla y tras la ocupación de todo el territorio cubano, el gobernador, Diego de Velázquez, agradeciéndole su eficaz colaboración en la pacificación del territorio y en la fundación de la ciudad de La Habana, le concedió extensos terrenos y encomiendas para instalar los llamados “ingenios”, principalmente dedicados a elaborar azúcar a partir de la caña, muy abundante en la isla.

Sentido comercial y ambición fueron los dos ingredientes fundamentales para que en poco tiempo Montejo hiciese una pequeña fortuna que en 1518 le permitió fletar un navío con el que participó en la conquista de la península del Yucatán.

Una flota formada por cuatro barcos, uno de ellos capitaneado por Montejo, a las órdenes de Juan de Grijalva y en la que participaban personajes como Pedro de Alvarado o Bernal Díaz del Castillo, logró desembarcar en Yucatán y entablar relaciones con los indígenas, demostrándose nuevamente las buenas cualidades diplomáticas de Montejo, capaz de granjearse la amistad de los nativos, de los que obtuvieron gran cantidad de oro en joyas.

Al año siguiente, al mando de un navío, participó en la expedición de Hernán Cortés que tenía como objetivo asegurar los territorios descubiertos hasta ese momento en Tierra Firme. Era una expedición mucho más formal, compuesta por diez barcos que transportaban soldados y colonos para asentarse en las nuevas tierras.

En la península de Yucatán fundaron la ciudad de Villa Rica de la Vera Cruz, el primer asentamiento del continente y Cortés nombró a Montejo, primer alcalde de la ciudad.

Debido a las graves diferencias de Cortés con el gobernador de Cuba, Diego de Velázquez, el conquistador de Méjico decidió enviar a España una misión diplomática, para explicar al rey cuál era la situación en los territorios de ultramar y utilizó las habilidades diplomáticas de Montejo para que fuera su embajador en esta misión.

Aunque Cortés le advirtió del peligro de recalar en la isla de Cuba, por necesidades de avituallamiento, Montejo se vio obligado a hacer escala, circunstancia que llegó a oídos del gobernador que mandó prender el barco, pero la habilidad del piloto Antón Alaminos les permitió escapar tomando una ruta hacia las Bahamas que al final se convirtió en la del tornaviaje de las flotas del Caribe.

La embajada de Cortés fue un éxito gracias a la exposición que de la misma hizo Montejo, consiguiendo todas las pretensiones del conquistador mejicano.

De regreso a las Indias, Cortés premió su exitosa misión con la concesión del título de regidor perpetuo de Veracruz, así como ricas encomiendas en territorios mejicanos.

Hay que tener presente que en aquel momento se creía que Yucatán era una enorme isla, no una península del propio territorio de Méjico, ya empezado a conocerse como Nueva España.

Desconociendo el mapa de la zona y creyendo que aquel territorio era una isla, Montejo centró en él su interés y empezó a recorrer sus costas y entablar relaciones con los nativos, en los que apreció un nivel cultural muy superior a los caribes que habían encontrado en el resto de islas.

Por esos nativos supo Montejo que en tierras del interior existían grandes poblaciones con edificaciones de piedra y una cultura muy adelantada.

Vio entonces la posibilidad de obtener alguna capitulación que le permitiera conquistar y explorar aquella “isla”, en nombre de su majestad el rey y obtener los cuantiosos beneficios que como conquistador se conseguían.

Así que en cuanto pudo, volvió a España, obteniendo audiencia real en Granada, donde el rey se encontraba y al que expuso su plan de conquista y colonización de Yucatán, obteniendo en diciembre de 1526 las capitulaciones que le otorgaban el privilegio exclusivo de continuar con la conquista y exploración de las “islas de Yucatán y Cozumel”.

Para los monarcas españoles conceder este tipo de autorización de conquista era muy fácil, pues toda la expedición corría a cargo del capitulado, el cual debía poner los territorios conquistados bajo dominio de la corona, recibiendo a cambio algún título, o el gobierno de la región, cargo que heredarían sus descendientes.

No se puede olvidar las compensaciones económicas derivadas de la conquista, salvando el quinto real y la adjudicación de tierras en propiedad.

De inmediato comenzó a preparar la expedición que habría de salir de Sevilla. Vendió todas las propiedades que tenía en Salamanca, solicitó rentas de la corona y además contó con la aportación que le hizo una rica viuda llamada Beatriz de Herrera, con la que se había relacionado muy bien y con la que contrajo matrimonio y tuvo una hija.

En junio de 1527, la expedición salió de Sevilla y atracó en las costas de la isla de Cozumel a finales de septiembre; en ella iba su hijo homónimo, al que había recogido en  Sevilla y que para diferenciarlo del padre recibía el nombre de “El Mozo”.

La conquista de Yucatán requirió mayores esfuerzos que los desplegados en otros territorios, pues la organización de la población nativa era muy superior a la de los demás indígenas, como se ha dicho anteriormente y por otro lado la escasez de oro y plata no incentivaba a los soldados españoles a esforzarse.

Así, la conquista de la península duró, en varias fases, desde 1527 hasta 1547, veinte años de sufrimientos y privaciones.

A partir de 1535 sería su hijo, “El Mozo” quien dirigiera la conquista, pues Montejo abandonó la zona marchando a Méjico, donde desempeñó diversos cargos administrativos, siempre en nombre del rey y como adelantado en toda la zona de Centro América.

 

Monumento a los Montejo en Mérida, Yucatán

Pero la historia no acaba aquí, pues no parece haber concedido nunca a Montejo el haber incorporado la península de Yucatán a la corona española, habiéndose revelado como gran conquistador y mejor administrador, antes bien, todo lo contrario.

Al cesar en su misión, fue sometido a un Juicio de Residencia de los que mencionaba en mi artículo anterior y el resultado fue un verdadero desastre para el conquistador.

Denunciado por los colonos de aquellas tierras y apoyados por una comunidad de franciscanos, se le acusó de tiranía personal, irregularidades en la administración y agravios a personas.

Ya había sido residenciado por sus actuaciones en Méjico, Honduras y Castilla de Oro y había salido absuelto, pero fue nuevamente enjuiciado por su gestión en Yucatán, del que salió mal parado.

En 1551 regresó a España para que tratar de reparar los perjuicios que había sufrido por lo que él consideraba un juicio injusto que le había desprovisto de la totalidad de sus cargos y posesiones.

Apenas consiguió ser escuchado y fue desposeído hasta del título vitalicio de Adelantado, que le forzaron a traspasarlo al marido de su hija.

Se retiró a Salamanca, donde murió el 12 de septiembre de 1553, en la más absoluta pobreza.


jueves, 26 de noviembre de 2020

JUICIOS DE PECULADO

 

El Imperio Romano, desde su esplendor, cayó en una degradación paulatina que lo llevó a su total desaparición y a la más grande fragmentación conocida. Pero Roma, como germen y cabeza del Imperio había tenido años de extraordinaria gloria. De Roma hemos heredado usos costumbres y sobre todo el concepto del “Ius”, el  Derecho, que inspiró muchas legislaciones actuales, como la española.

En ese Derecho Romano, 123 años antes de nuestra era, se incluyó una ley llamada “Lex Acilia Repetundarum” la cual creó unos tribunales especiales para sancionar los delitos de “concusión, o peculado”, cometidos por los funcionarios públicos, analizados y juzgados al terminar su mandato.

Estos tribunales se dedicaban a investigar si un magistrado, o funcionario en general, durante el tiempo en que había servido al estado, había cometido algún delito de cohecho, prevaricación, fraude, exacción ilegal o cualquier otro relacionado con el ejercicio de su mandato.

Si al concluirse la investigación se encontraban pruebas suficientes, el asunto se llevaba a juicio y allí se lucían los abogados. Si el cesante era considerado culpable, se le sometía a la pena de mayor trascendencia social que era la “Damnatio memoriae”, que venía a ser como condenar a una persona a la pena de no haber existido nunca. Su nombre era borrado de todos los registros, incluso si figuraba en alguna grabación sobre piedra, ya fuera una lápida, una columna o un arco triunfal, sus estatuas destruidas y las monedas con su efigie retiradas de la circulación.

Del juicio de concusión no se libraba nadie y el emperador Domiciano, incluso tras su asesinato, fue condenado a dicha pena, como también lo fueron Calígula, Nerón, Cómodo, Heliogábalo y algunos otros.

La Ley Acilia se fue usando cada vez menos y la corrupción inundó todas las esferas del imperio hasta producirse la debacle total.

Pero algunas culturas europeas heredaron aquella ancestral y sana costumbre de juzgar el paso de las personas por puestos de la administración y así, en Castilla se dieron los llamados “Juicios de Residencia”. Estos juicios eran una auténtica auditoría, como se los llamaría ahora, del paso de las personas por los cargos diversos de la administración y esa norma fue observada con todo rigor no solo en España, sino sobre todo, en los territorios americanos y otros de ultramar.

Concretamente en las Américas, desde el virrey, la máxima autoridad, hasta corregidores, oidores de audiencia, alguaciles, altos cargos del ejército y en fin, toda persona que hubiese detentado un cargo de cierto relieve, era sometida, al final de su mandato a este juicio. Y era precisamente su sucesor en el cargo el que enjuiciaba su actuación.

Durante este proceso, el funcionario cesado debía permanecer en la localidad en la que había ejercido su gestión, sin poder ausentarse, razón por la que el juicio recibía el nombre de “residencia”, pues estaba obligado a residir allí.

En un diccionario jurídico de 1700, al respecto de estos juicios se dice que es aquella investigación que el nuevo, corregidor, comisionado o empleado de la administración, hace del modo de proceder de su antecesor.

Con estos juicios se llegaba al conocimiento de qué personas ofrecían la suficiente confianza como para adjudicarle un nuevo cargo o en caso contrario, poder dar reparación a los daños que su negligente gestión hubiese producido.

Como quiera que el nuevo en el cargo debía hacer frentes a sus obligaciones profesionales, además de la tarea de ir enterándose y aprendiendo las particularidades de su responsabilidad, y por ende, ir argumentando el juicio de residencia, se producía una acumulación de trabajo que ralentizaba toda la administración, por lo que con la Pragmática de los Reyes Católicos, de junio de 1500, se establece que al terminar el mandato de cada corregidor, se designará un juez especial que será conocido como “juez de residencia”, elegido entre letrados y personas con conocimientos técnicos, pero sobre todo han de ser “varones temerosos de Dios, amadores de la verdad, enemigos de la avaricia, sabios, de buen linaje, de gran puesto y autoridad, expertos en materia de tribunales y de entera satisfacción en vida y costumbres”.

Del juicio de residencia no escapaba nadie, en teoría, y la averiguación de la conducta del residenciado alcanzaba a todas las personas que en el ejercicio de lo público estuviesen bajo su mandato; pero también alcanzaba a esposa, hijos y familiares.

En los procesos de residencia se daban los dos supuestos básicos del derecho y que son la responsabilidad civil y la criminal, con muy diferentes consecuencias para los enjuiciados.

Las sanciones que se podían aplicar en caso de determinarse responsabilidades graves, podían ir desde la pena de muerte o pérdida de algún miembro, hasta multas; en el primer caso la decisión había de tomarla exclusivamente el rey, pero en el resto de los casos la responsabilidad del enjuiciado le era exigida por su sucesor en el cargo.

Es fácil comprender que de aplicarse el enjuiciamiento por residencia a todos los funcionarios de la administración, cualquiera que fuese su cargo o categoría, el proceso sería interminable, por lo que se establecía un plazo de treinta días para finalizar la residencia.

Hay que considerar el tiempo y la costumbre de la época, en la que muchos funcionarios cesaban cuando lo eran los cargos de los que dependían y otros muchos ocupaban plaza por periodos de un año.

Durante ese mes, el residenciado no podía ausentarse del lugar en el que hubiera desarrollado su oficio y de hacerlo, era considerado inmediatamente culpable sin necesidad de recabar otras pruebas.

La principal preocupación del juez de residencia, o del cargo que relevaba, era la de averiguar las malas decisiones tomadas y, sobre todo, las comisiones que hubiera recibido por su venal actuación.

El enorme protocolo que un juicio de residencia llevaba, desde el nombramiento del juez y sus asistentes, el traslado de éste a la ciudad en donde habría de celebrarse la causa, la ausencia de ayuda tecnológica que agilizara el proceso y muchas otras circunstancias concomitantes, hacían muy difícil que en el tiempo concedido para las llamadas Diligencias Preliminares, se pudiese construir un armazón acusador rígido, en el caso de que hubiese constancia de la comisión de delitos.

Durante este proceso se realizaban las llamadas Pesquisas Secretas, peligrosas prácticas en las que el juez recababa información del entorno, donde podían salir a relucir amores y odios al residenciado. Hay que considerar que desde que el juez se instalaba para iniciar el proceso, se hacía un pregón, incitando a cualquier persona que conociera detalles de la conducta del residenciado a presentarse ante él y exponer su opinión.

Se iniciaban entonces los interrogatorios con la salvedad de que el juez tenía que cerciorarse de que los testigos no fueran amigos ni enemigos, pero ¿cómo se hacía aquello?

Para dar un poco de viso de imparcialidad, los residenciados acostumbraban a aportar, al inicio de la causa, una relación de las personas a las que consideraban sus enemigos, para que el juez no los citara como testigos.

 

Imagen de un juicio de residencia

La siguiente diligencia era la Rendición de Cuentas, es decir, una auditoría completa de ingresos y gastos, tanto de los bienes administrados como de los suyos propios.

Esta me parece la más eficaz de todas las medidas que culminaban con el acto llamado Residencia Pública, en cuya fase, los particulares podían hacer acusaciones contra el residenciado, aunque es muy curioso ver la lista de personas que no podían presentar acusaciones y entre las que se encontraban, aparte de tener antecedentes por delitos, la falta de imparcialidad, el haber estado amancebado, el haber seducido a una religiosa o estar casado con un familiar de hasta cuarto grado, la pertenencia a las esferas más bajas de la sociedad, ser tahúr o alcahuete, o borracho, ramera, adivino, o ser judío o moro, o excomulgado y por último, tener menos de veinte años o estar considerado como loco.

Cualquier persona que no probase su acusación era condenada en costas, quedando libre el residenciado.

Terminado el proceso, el juez pronunciaba su sentencia sobre todos los cargos que se le hubieran imputado.

Normalmente las penas eran las de multa o la prohibición de desempeñar otro cargo.

Ante una perspectiva como esta, la aceptación de un cargo público debía ser muy comprometida y por esa razón muchos de los destinos de la administración tardaban tiempo en ocuparse y desde luego, el designado debía andarse con mucha prudencia y no cometer ninguna exacción ilegal y de no soliviantar al personal, que podía tomarse la revancha en el momento de su cese.

Poco a poco, estos juicios fueron perdiendo prestigio que el siglo XVIII estaba por los suelos, debido a que los altos dignatarios, incluidos virreyes, estaban empeñados en hacer desaparecer esta institución que igualaba a todos por la base, poniendo al oidor a la altura de sus vasallos. Se esgrimía también el alto coste y el freno que el temor al juicio posterior producía en las iniciativas de los altos cargos

Los juicios de residencia estuvieron vigentes y recogidos en la Constitución de  1812 hasta el final de la época colonial y luego fue incorporado a las legislaciones de los diferentes países surgidos de la independencia.

Yo creo que ahora que sabemos en qué consistían, tendríamos que echarlos de menos.


jueves, 19 de noviembre de 2020

LA REAL PROCLAMACIÓN

 

Muchas veces salen a relucir las atrocidades cometidas en nombre de Dios y de la fe por los tribunales de la Inquisición. Es desde luego un hecho abominable que se inflijan torturas o se cause la muerte por no observar las costumbres religiosas imperantes en el momento.

Gran parte de nuestra célebre y controvertida Leyenda Negra se basa en la pésima fama que la Inquisición tenía en otros países de nuestro entorno, no necesariamente luteranos, sino también católicos más tolerantes.

Sin embargo, en los últimos años se están produciendo numerosos estudios tendentes a demostrar que las cosas no han sido nunca como nos las han querido hacer creer y que buena parte de la Leyenda se fraguaba por actitudes de propios españoles, traidores a su patria y el odio exterior en el que se transformaba la enorme envidia que España despertaba con su imperio.

Inglaterra y Holanda, junto con Alemania y después de Italia, fueron los países culpables de la difusión de esa Leyenda que tanto daño ha hecho por espacio de siglos.

En la Inglaterra del siglo XVI muere Enrique VIII, el cual para casarse con su amante, Ana Bolena, llega a romper con el papa y la Iglesia Católica, creando una nueva iglesia de la que se proclama jefe absoluto. Al final ajusticia a su amante, para casarse con otra que le gustaría más, Jane Seymour.

Al morir Enrique le sucede María, su hija habida con su primera esposa, Catalina de Aragón, nieta de los Reyes Católicos y hermana de Carlos I, que reina como María I y que pasó a la historia como “María la Sangrienta” (Bloody Mary).

 

María I de Inglaterra que reinstauró el catolicismo

Reinó cinco años, durante los que se propuso deshacer todas las tropelías que su padre había cometido contra los católicos con la proclamación, en 1534, de la llamada Acta de Supremacía, donde se declaraba jefe único de la Iglesia de Inglaterra y dueño absoluto de sus propiedades, que era otro de sus intereses.

Desde entonces, ser “amigo” del papa es un acto de traición y cualquier acto de oposición al Acta, era condenado con la pena de muerte.

Se produjeron escenas atroces como la ejecución de Tomás Moro, la muerte de muchos notables y las ejecuciones de abades, monjes y sacerdotes, así como personal laico, o el descuartizamiento de los monjes cartujos de Londres y muchas otras barbaridades en nombre de la religión.

María, quiso restablecer el catolicismo y persiguió a los anteriores perseguidores, muchos de los cuales fueron ejecutados.

Pero María no era una reina querida, ni siquiera por los católicos, pues se la consideraba una extranjera, aunque hubiera nacido en Inglaterra.

A su muerte le sucedió su hermanastra Isabel, hija de Ana Bolena que se encontraba ante un dilema fundamental. Tenía que restablecer la Iglesia de Inglaterra porque de lo contrario, según la Iglesia Católica, el matrimonio de sus padres no era válido, lo que la convertía en una bastarda y no podía heredar la corona.

Así que Inglaterra, que acababa de acuñar el término “anglicano” para referirse a lo inglés, volvió a su anterior Iglesia, pero con un código férreo. Era obligatorio asistir a los servicios religiosos y su falta era castigada con latigazos, prisión y en caso de reiteración, con la pena de muerte. Era forzoso denunciar a los que no asistían a los oficios. Para ocupar un cargo público era necesario el juramento del Acta de Supremacía, cuya vulneración era castigada con la pena de muerte.

Esto provocó una desbandada de católicos con intención de salvar sus vidas y parte de sus bienes, pues dentro del país se les perseguía con saña del mismo modo             que a todas las sectas conocidas con el nombre de “puritanos” que estaban integradas por luteranos, baptistas, anabaptistas, cuáqueros…; estos últimos fueron de los más perseguidos y más de trece mil fueron a prisión y de hambre y torturas murieron más de trescientos; otros doscientos fueron vendidos como esclavos.

Por si fuera poco, tras el desastre de la Armada Invencible, en 1588, las persecuciones se recrudecieron, llegando al colmo de la crueldad, esta vez también psicológica.

En 1591, tres años después, se proclama el Acta que da título a este artículo: “La Real Proclamación” y en ella se ordena un control estricto de las personas, para lo que se crean libros de vigilancia en los que cada vecino ha de ir anotando los movimientos y las actitudes de amigos, conocidos, pariente y cualquier persona con la que tengan trato.

La lectura del Acta produce escalofríos, pues ordena que se anote a toda persona que durante el año anterior haya tenido contacto de alguna manera con cualquier persona, casa o familia, anotando también cómo esas personas se ganan la vida, con quien habla y si asiste a los oficios; y esos libros, que todo el mundo debe llevar y que en cada casa serán custodiados por el padre de familia, estarán a disposición de los comisarios reales para conocer dos cosas: a quién se delata y qué grado de fidelidad tiene la familia delatora.

Ni en sus tiempos mas gloriosos soñó la Inquisición tener una herramienta como ésta a su servicio. Se calcula que en diez años de represión se ajustició a más de ochocientos católicos y a ciento sesenta seminaristas formados en el extranjero que se introducían clandestinamente en el país para ayudarlos.

Un escritor y militar ingles del siglo  XIX llamado William Cobbet que escribió una “Historia de la Reforma Protestante en Inglaterra e Irlanda”, dice sin tapujos que la reina Isabel I causó más muertas durante su reinado que la Inquisición en toda su historia.

Cerca de Londres había un pueblo llamado Tyburn, actualmente absorbido por la capital, donde se celebraban las ejecuciones de los católicos y que se componían de ahorcamiento, arrastramiento y desmembración y si era un reo masculino, previamente se le cortaban los genitales en vivo.

Alcanzaban tal popularidad que había gente que pagaba por ocupar un sitio privilegiado para presenciar tamañas atrocidades.

Estas barbaridades no han creado leyenda de ningún color en Inglaterra, antes al contrario, hicieron creer que los llamados anglicanos eran fervientes defensores de la libertad de creencias, no como los católicos que con su Inquisición fomentaban la barbarie y la intolerancia.

Contra esa tendencia destructiva de lo español nada se pudo hacer, pues el aparato propagandístico de Inglaterra y Holanda, lo copaban todo y frente a una Armada Invencible, cuyo desastre fue mucho menor del cacareado por los británicos, ellos organizaron al menos cinco armadas contra España, ninguna de las cuales tuvo éxito, claro que se ocuparon muy bien de ocultar esos desastrosos intentos.

Por enumerar algunos ejemplos, veinte años antes de que Felipe II enviara su Armada contra la reina Isabel, una flotilla inglesa integrada por varios buques capitaneados por piratas como Hawkins, y Drake, violando la tregua de paz entre los dos países, se dedicaba a atacar pequeños puertos y buques españoles en el continente americano.

 

Retrato de Francis Drake. 

Para hacer algunas reparaciones en las naves, y engolados en su superioridad, atracaron en la isla de San Juan de Ulúa, en la actual ciudad de Veracruz, en México. Allí fueron sorprendidos por una flota de escolta española al mando de Francisco de Luján que los atacó hundiendo cuatro buques y produciendo numerosas bajas. Los piratas fueron hechos prisioneros y sus botines intervenidos. Pero ni una palabra en la historia, más allá del odio visceral de Drake a lo español.

Un año después de la Invencible, en 1589, el pirata Drake, ya repuesto del varapalo ocurrido en Veracruz, formó una “Contra-Armada”, de la que era almirante. Casi doscientos barcos en total, más que la Invencible.

Su primer objetivo era atacar los puertos del Cantábrico en donde reparaban barcos españoles y destruirlos.

Su siguiente objetivo era atacar Lisboa, en aquel momento perteneciente a la corona española e imponer en el trono portugués a Antonio, Prior de Crato.

El tercer objetivo era tomar una de las islas Azores y convertirla en base británica.

Ninguno de los objetivos se consiguió y, es más, el resultado final de la expedición se tiene en los libros de historia como el mayor desastre naval de Inglaterra. Pero ni una sola palabra ha trascendido.

En 1740, como resultado de la llamada Guerra de la Oreja de Jenkins, el almirante inglés Vernon, sufrió la mas grave derrota que imaginarse pueda, cuando intentó tomar la ciudad de Cartagena de Indias, defendida por Blas de Lezo.

Ha sido, hasta el desembarco de Normandía, la mayor flota de la historia.

Puede ver mi artículo: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com/2013/03/la-guerra-de-la-oreja-de-jenkins.html

  Años más tarde, Nelson, con una flota de ocho navíos, intentó tomar Santa Cruz de Tenerife con buques y tropas muy superiores a los defensores. Tras tres intentos, hubo de retirarse, eso sí, con un brazo menos que una bala de cañón le arrancó de cuajo.

También escribí hace años sobre este episodio que puede ver aquí: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com/2013/03/la-gran-derrota-de-nelson.html

Por último y dentro del marco de las guerras napoleónicas, entre 1804 y 1807, se produjeron dos intentos británicos de hacerse con la zona del Río de la Plata. En el primero y durante cuarenta y seis días ocuparon la ciudad de Buenos Aires que fue finalmente reconquistada, causando una gran derrota a las tropas británicas.

No importa. Nada de esto se verá en los libros de historia. Nada de esto existe, lo único cierto es lo que digan contra nuestro país. La realidad no cuenta y eso es también aplicable a los tiempos actuales, en los que nosotros estamos queriendo reconstruir otra Leyenda Negra contra nosotros mismos, demonizando lo que siempre hemos sido, rompiendo nuestra Patria, aborreciendo nuestro Himno y queriendo desvestirnos de nuestro más importante vehículo cultural, el Español, nuestro idioma.