domingo, 31 de marzo de 2013

EL QUIJOTE, ¿DE CERVANTES?

Publicado el 11 de septiembre de 2011




Vaya por delante que lo que a partir de este momento voy a decir, no es en absoluto de mi cosecha, sino que procede de diversas fuentes que he consultado y que me han parecido lo suficientemente serias como para, al menos, concederles el beneficio de aceptarlas como dudosas o posibles, pero nunca desestimarlas sin siquiera oírlas.
De entre ellas, la de un profesor sevillano, uno de los más destacados historiadores contemporáneos, cuyo nombre me reservo, porque asimismo lo hace él.
El nombre de Miguel de Cervantes va unido, de manera indisoluble, al de Don Quijote de la Mancha, teniéndosele por autor de las dos partes en que se divide la obra y que fueron publicadas en 1605 y 1615.
Siento un poco de vergüenza al confesar que leí el Quijote cuando estudiaba Bachiller y que para escribir este artículo he tenido que releerlo a marchas forzadas, aunque justo es decir que saltándome bastantes párrafos.
No sé por qué, siempre que aparece una figura descollante, no falta quien quiera verle como a un impostor y detrás de él, entre bambalinas, al verdadero genio, y quiera demostrar que el que figura como tal no es más que un aprovechado sin escrúpulo. Eso ha ocurrido y seguirá sucediendo, pero en este caso voy a seguir los razonamientos de quien dice ser un experto en la obra de Cervantes y que no asegura que tal apropiación existiera, sino más bien que no considera muy posible que Cervantes pudiera tener ni la cultura, ni el tiempo, ni la facilidad de escritura necesaria para escribir, no ya el Quijote, sino muchas otras de las obras que le están atribuidas. Para eso hace un estudio exhaustivo de su vida.
Cuando Cervantes tenía tres años, su padre, en la más absoluta ruina, se trasladó a Valladolid buscando mejores horizontes; pero no puede hacer frente a su desastrosa situación y termina encarcelado, cierto que por poco tiempo, pues enseguida la familia se trasladó a Sevilla y luego a Córdoba, donde residieron durante diez años. Allí empezó a estudiar el joven Miguel lo que se denominaba entonces “latinidad”.
Cuando tenía veinte años, la familia se va a Madrid y allí continúa los estudios con el famoso latinista López de Hoyos, pero asistió a clases solamente algunos meses.
Y esa fue toda la formación académica del insigne escritor. El resto lo debió aprender en la Universidad de la vida, donde, desde luego, anduvo mucho.
Desde el año 1569, cuando huye a Roma a consecuencia de haber participado en un duelo y herido gravemente a un tal Antonio Segura, empieza su peregrinaje. Se sabe que en Italia estuvo algo más de cinco años, sirviendo desde paje a soldado y, según cita en sus obras, ha recorrido todas las ciudades importantes a las órdenes de don Juan de Austria con el que toma parte en la Batalla de Lepanto, donde perdió la movilidad del brazo izquierdo, lo que le valió el calificativo que le acompañará toda la eternidad.
Y algún estudioso de la vida y obra del escritor puede preguntarse si en ese período tuvo tiempo para leer, estudiar y aprender idiomas, además del italiano. Y de ser así, de dónde sacaba ese tiempo ejerciendo de soldado profesional. Esa clase de vida está muy documentada y los soldados no podían tener casa, pues acompañaban a sus capitanes en un constante deambular, viviendo en cuarteles o campamentos. ¿Dónde estudiaba, o leía, en una época en la casi que no había bibliotecas públicas y la sabiduría se concentraba en monasterios y palacios? No parece muy probable que hasta ese momento su cultura le permitiera dominar todo lo que demuestra en su novela.
Tras la famosa Batalla, cae prisionero de piratas argelinos que lo conservan en cautiverio durante cinco años, porque con él llevaba unas cartas de presentación para importantes personajes de la época y los piratas piensan que puede tratarse de una persona de realce por la que sacar un buen rescate. Cinco años estuvo en la cárcel de Argel, donde tampoco parece que se rodeara de las mejores condiciones para estudiar y escribir. Sin tinta ni papel y con una sola mano para afilar las plumas, parece complicado.
Cuando consigue por fin la libertad, se traslada a la corte en donde ejerce de lo que entonces se llamaba “pretendiente”, pues pretende un puesto de trabajo, un matrimonio de conveniencia, etc.

Escultura de Cervantes en la Biblioteca Nacional

Se casa con una joven de diecinueve años a la que abandona poco después para entrar al servicio del rey como recaudador de alcabalas en Andalucía. Doce años, hasta 1600, recorriendo Andalucía, viviendo en posadas y casas de posta, trasladándose con sus trebejos de recaudador y sin muchas posibilidades de transportar libros en los que instruirse, ni comenzar a escribir siquiera alguna de las obras menores que tanta fama le proporcionaron.
Pero es que, además, en ese tiempo, fue a la cárcel en cuatro ocasiones, por malversación de los fondos reales, la última en Sevilla en 1597, en donde algunos estudiosos de la obra cervantina, sitúan el comienzo del Quijote. Pero vamos a lo mismo de antes: ¿Se puede en una cárcel de aquella época escribir o leer? No es así al menos cómo la historia nos ha pintado las mazmorras de todas las épocas.
Cuando abandona, o lo echan, de las tareas de la recaudación, vuelve con su esposa que reside cerca de Valladolid, en donde, según opiniones de los eruditos, tanto sus hermanas, como ella misma, se dedican a la prostitución.
En cuatro años, tiene terminado y publica la primera parte de su obra cumbre en la que se incluye una especie de prólogo o dedicatoria, supuestamente escrita por el propio Cervantes antes de imprimirse la obra, de una calidad literaria tan distante de lo que luego se muestra, que cuesta trabajo creer que ambas hayan salido de la misma pluma.
Si Cervantes escribió esa novela en su época de recaudador, de cautivo, de soldado de fortuna, de huido de la justicia o la de viajero impenitente, y es capaz de recordar los nombres de tantos personajes como cita, las referencias literarias a tantas obras clásicas y la ilustración que de su lectura se desprende, sin tener unos estudios superiores, una biblioteca, un archivo, una habitación de trabajo en donde tuviera un estante en donde ir clasificando y guardando los manuscritos que se amontonaban, viajando de un lado para otro con todo eso a cuestas y sin poder descansar un momento de la ajetreada vida de aventurero que siempre llevó, además de ingenioso, era fruto de un milagro, porque, qué otra cosa sería el haber escrito la mejor novela de todos los tiempos, en un español culto y pulido del Siglo de Oro de las Letras, cuando tantas carencias adornaban su vida.
¿Cómo es posible citar a tantos clásicos, con dominio de sus contenidos como hace el autor del Quijote? Homero, Platón, Aristóteles, Cicerón Ovidio, Boscán, Garcilaso, y muchísimos otros, desfilan por la páginas como si de ordinario el autor estuviese al habla con ellos; o sus conocimientos de la mitología griega, tan al gusto de aquella época de Oro. Y eso por no citar la cantidad de libros de caballería que debió haber consumido y estudiado para recordar hasta los más mínimos detalles de todos sus personajes; o sus conocimientos de la historia de España y las de Grecia y Roma.
Un erudito y estudioso de la obra de Cervantes llamado Armando Cotarelo Valledor, hizo un trabajo de chinos, recopilando todas las obras literarias a las que se hace referencia en el Quijote. El resultado es escalofriante: cuatrocientos veintinueve títulos. Con la dificultad que la lectura tenía en aquella época, la escasez de los textos, todos escritos a mano hasta la aparición de la imprenta, es difícil que una persona de las características de Cervantes tuviese acceso a tal cantidad de libros y mucho más que los poseyera para poder consultarlos, pues en otro caso habría que pensar que los había memorizado, cosa por demás improbable.
Una cosa más, en la obra “Cervantes en el Quijote” que el Centro Virtual Cervantes tiene colgado en Internet, se reconoce que lo que sabemos de la vida de don Miguel es fruto de las investigaciones realizadas desde el primer tercio del siglo XVIII y se relata una serie de biógrafos, junto con sus obras. ¡En ese momento, Cervantes llevaba ya un siglo muerto!
Quiere esto decir que no fue un personaje tan público y notoriamente conocido como para que de su vida y obras se tuviera noticias, sino que hubo de buscarlas posteriormente. Alguien podría decir que eso mismo ocurre respecto de muchos personajes de la historia, y es cierto, pero con estos interrogantes, creo de justicia poder justificar la duda y luego, que cada cual juzgue a su libre albedrío.




...Y MONTAR EN GLOBO

Publicado el 10 de julio de 2011




Cuántas veces hemos recurrido a la frase hecha que da título a este artículo con la intención de hacer entender a los demás que alguna cosa concreta no la hemos hecho nunca en la vida y nos queda por hacer, eso y montar en globo.
Es cierto que el común de los mortales no ha montado nunca en globo, aunque es una práctica que cada vez está más extendida, pero con el miedo que a mi me da la altura, creo que yo seré uno de los que no vea nunca realizada esa expresión.
Pero hay quien no es así; los hay atrevidos por naturaleza y se empeñan en gestas peligrosas por el solo hecho de experimentar sensaciones límites. Y una de las más excitantes es la que tiene que ver con las alturas.
Volar fue siempre una de las mayores aspiración del hombre y desde el mitológico Ícaro cuyo padre, Dédalo, para huir de la isla de Creta en donde estaban prisioneros, le construyó unas alas con plumas de ave pegadas con cera y que al aproximarse al Sol se derritió, cayendo el joven al mar y provocando su trágica muerte, el ser humano no ha dejado de inventar mecanismos e ingenios voladores.
Leonardo da Vinci se aproximó bastante y no sólo con la máquina de volar, sino con el paracaídas, una de cuyas variables, el parapente, se utiliza actualmente como ingenio volador. Su Planeador Aéreo está inspirado en las alas del murciélago y el Tornillo Aéreo se considera casi un precursor del helicóptero.
Pero Leonardo, que demostraba una gran capacidad para inventar, ponía poco interés en la verdadera construcción de sus inventos y lo cierto es que el Planeador no serviría sino para darse el tortazo que muchos se dieron con aparatos similares y el Tornillo, de hacerlo girar el viento, daría vueltas sobre sí mismo, lanzando despedido a sus ocupantes.
La ilusión por despegar del suelo y volar no se hizo realidad sino hasta mucho más tarde, cuando los hermanos Montgolfier, crearon realmente un aparato que se elevó del suelo y consiguió volar. Era el globo aerostático que usaba de un principio físico que dispone que el aire más caliente pese menos que el frío y que se eleve. Ese aire más caliente, encerrado dentro de una cápsula que evite su fuga, será capaz de elevarla si su temperatura es lo suficientemente alta como para conseguir una diferencia importante con la del entorno.
Y eso es lo que hicieron los hermanos Joseph-Michel y Jacques-Etienne Montgolfier, hijos de un acaudalado fabricante de papel del sur de Francia, en donde nacieron en 1740 y 1745, respectivamente.
Casi como era habitual en aquella época, los hermanos Montgolfier formaron parte de una nutridísima familia que tuvo dieciséis hijos.
Por una casualidad, los hermanos observaron que unas bolsas de papel de seda cuando estaban invertidas y al pasarlas sobre una fuente de calor, posiblemente una vela u otro artilugio para alumbrarse, ascendían de forma inexplicable.
Sorprendidos por tan mágico acontecimiento, decidieron experimentar con bolsas mas grandes, de papeles más ligeros y usando fuentes de calor más poderosas. El resultado fue que a mayor tamaño de la bolsa, mayor era el empuje ascendente que recibía.
Durante meses perfeccionaron su descubrimiento, aumentando la capacidad de la bolsa, su impermeabilización y cuantos detalles se les iban ocurriendo a raíz de lo que iban experimentando. En diciembre de 1782 hicieron el primer experimento serio con una bolsa de papel y seda que tenía dieciocho metros cúbicos de capacidad, consiguiendo elevarla hasta unos doscientos cincuenta metros.
El experimento fue un éxito y seis meses más tarde lo repitieron con una bolsa mucho mayor. Esta vez tenía una capacidad de ochocientos metros cúbicos y estaba confeccionada con papel y lino y pesaba en total doscientos veintiséis kilos.
Después de calentar el aire contenido en la misma, la gran bola se elevó hasta más de mil quinientos metros y se desplazó dos kilómetros, en un vuelo que duró unos diez minutos. Luego, el aire enfriado, la hizo caer a tierra.
Desde entonces los avances fueron constantes, sustituyendo el aire por helio o hidrógeno, incorporando fuentes de calor, añadiéndole una barquilla para el transporte, primero de animales y luego de personas y, sobre todo, captando la atención del mundo entero, con las exhibiciones que hacían en todos los países.
Los hermanos Montgolfier se hicieron famosos a nivel mundial y han pasado a la historia como los inventores del globo aerostático.
Pero ese privilegio no les corresponde a estos hermanos, que evidentemente tienen un extraordinario mérito habiendo perfeccionado el invento y puesto a disposición de muchos que desde entonces se consideran enganchados al deporte de la aerostación.
Cierto es que aunque se les ha considerado los inventores, casi ochenta años antes de que los hermanos franceses pusieran un globo en el aire, otra persona, de otro continente, había hecho la misma demostración.
Ya en ocasiones anteriores he dedicado algunos artículos a rescatar del olvido o la ignorancia que la radio no la inventó Marconi sino el serbio Nikola Tesla y que el teléfono no fue obra de Graham Bell, sino del italiano Antonio Meucci.
En esta ocasión es justo también dar a cada uno lo suyo y contar la historia de la persona que realmente inventó el globo y cómo lo hizo.
Lo mismo que en relación con la aviación se dice que los primeros en volar con una máquina más pesada que el aire fueron los hermanos Wright, parece que es de justicia aclarar que antes de estos intrépidos hermanos que evidentemente pusieron a punto una máquina verdaderamente voladora y vivieron para contarlo, otros  ya lo habían hecho.
En el siglo XI, el monje benedictino Eilmer de Malmesbury, al que se apodó el Monje Volador, conociendo la leyenda de Ícaro y creyendo ciegamente en ella, construyó unas alas sobre una estructura de madera y en las que introduciendo los brazos hacía batir como si de un pájaro se tratara. Con ese artilugio se dejó caer desde la torre de la abadía en la que se encontraba y consiguió recorrer bastantes metros hasta que acabó estrellándose contra el suelo y rompiéndose las dos piernas. Algo similar había hecho en el siglo IX el andalusí Abbas Ibn Firnas que consiguió planear desde una torre de Córdoba durante bastantes metros, aunque su aterrizaje fue igual de desastroso.
Con estos antecedentes, Diego Marín de Aguilera, un burgalés del siglo XVIII dotado de una gran inteligencia, que tiene en su haber diferentes inventos algunos de los cuales se conservan, como un artilugio para mejorar el funcionamiento de los molinos, una aserradora mecánica para mármoles y algunas otras genialidades, se lanzó también a la aventura de conseguir emular a las aves. Su verdadera genialidad fue la de construir un aparato que le permitiría volar y poniendo trampas, cazaba buitres y águilas a los que desplumaba para construir su aparato. Por fin, la noche del 15 de mayo de 1793, ayudado por su amigo Joaquín Barbero y una hermana de éste, subieron a la peña más alta del castillo de Coruña del Conde (Burgos). Desde allí se lanzó al espacio y consiguió remontar vuelo, ascendiendo unos metros, mientras avanzaba volando con cierto rigor. Pero uno de los pernos que sujetaban un ala, se rompió y el artilugio se precipitó, no sin antes haber recorrido una distancia considerable (431 varas castellanas, equivalente a unos trescientos cincuenta metros).

El benedictino con su máquina en una
vidriera de la abadía de Malmesbury

Volviendo a la aerostación, en diciembre de 1685, nació en la ciudad de Santos, en el estado de Sao Paulo, Brasil, el cuarto hijo de un matrimonio que tuvo un total de doce y al que pusieron por nombre Bartolomeu Lureço Gusmao. Su padre era el cirujano mayor de la plaza, disfrutando de buena posición económica. En aquella época, Brasil pertenecía a la corona portuguesa, por eso, a la edad de quince años, Bartolomeu fue enviado a la Universidad de Coimbra a continuar sus estudios, destacando en física y matemáticas.
Ingresó en la Compañía de Jesús que en aquella época atraía a todos los talentos jóvenes y dentro de la orden se dedicó a viajar por Europa, captando todo el movimiento intelectual de la época.
En 1709, puso en práctica un experimento que se le ocurrió años antes a raíz de una observación rutinaria. Por alguna razón que no es conocida, estaba realizando un trabajo con pompas de jabón y observó cómo una de ellas, al pasar ante la vela que le servía para alumbrarse, ascendía rápidamente.
Estudiando aquel fenómeno llegó a la conclusión de que el aire al calentarse ascendía, por lo que tuvo la ocurrencia de experimentar con una gran bolsa de aire al que calentó para que ascendiera. Realizó varios experimentos y por fin el cinco de agosto de 1709, presentó en público y ante el rey de Portugal, Juan V, su “Máquina para andar por el aire”, para la que, meses antes, había obtenido del propio monarca un privilegio de invención, que es como se llamaba entonces a las patentes sobre inventos. El globo ascendió dentro de una sala y los criados lo derribaron por creer que el fuego que calentaba el aire interior podía prender los cortinajes. Días después realizó una nueva experiencia al aire libre en donde el globo ascendió y descendió sin dificultades.
En relación con la fuente de calor, en un códice de la Universidad de Coimbra se lee: “Varios espíritus, quintaesenciados y otros ingredientes con luces por abajo”.
La demostración tuvo lugar en la Casa de Indias de Lisboa y presente en la misma estuvieron altas magistraturas del estado portugués, diplomáticos extranjeros y dignidades religiosas, entre las que se encontraba en Nuncio del Papa en Portugal, Michelangelo Conti, que llegaría a ser Papa con el nombre de Inocencio XIII.
La máquina voladora de Gusmao tenía por nombre “Passarola” y nunca más fue vista en público.
Instigados por el Nuncio Apostólico, perteneciente a una parte de la Iglesia que en aquellos momentos odiaban ciegamente a los jesuitas, el Arzobispo Conti se las arregló para que todo el público interpretara aquel fenómeno como una obra del diablo, toda vez que ningún objeto más pesado que el aire podría elevarse por causas naturales.
No sólo se limitó a vituperar de aquella manera el invento, sino que reprendió al jesuita, prohibiéndole que volviera a realizar prácticas pecaminosas como aquella.
La Inquisición se ocupó del padre Gusmao, el cual, viendo que su invento no se podría perfeccionar y asustado por las amenazas que le llovían, buscó refugio por Inglaterra, Francia, Holanda y otros países que recorrió aprendiendo todo cuanto veía. Regresó a Portugal en 1716 y durante cuatro años actuó en la Justicia como procurador del Rey, siendo una de las pocas personas que gozaban de la confianza de Juan V, monarca portugués.
Envuelto en un lío con varias representantes del sexo femenino, a pesar del beneplácito real, se vio obligado a abandonar nuevamente Portugal, buscando refugio en España. En Toledo se ocultó hasta su muerte, ocurrida el 18 de noviembre de 1724, sin que hubiese cumplido los cuarenta años.

El Jesuita Bartolomeu L. Gusmao

En realidad lo que el padre Gusmao hizo volar fue un sencillo globo relleno de aire caliente, aunque en el privilegio que ya el rey le había otorgado y en la mente del inventor, habían tomado forma otros modelo de globos los cuales tendrían aplicaciones en el terreno militar y en el transporte de personas y con el que había manifestado al rey que se podrían sobrevolar todos los territorios, incluso los próximos a los Polos de la Tierra.
Parece ser que tenía bastante perfeccionado un sistema para mantener el aire caliente, si bien, por desgracia no nos ha llegado ninguna descripción del mismo. Tampoco sabemos nada de lo que él llamó máquinas para andar por los aires y que a raíz de sus propias manifestaciones debería estar equipada de elementos para dirigirla.
Todos sus documentos fueron destruidos, o al menos eso es lo que se dice a raíz de que una comisión de científicos se trasladara Portugal para estudiar el ingenio del jesuita. Es posible que un hermano suyo, también religioso y persona influyente en la corte portuguesa, hubiese rescatado parte de aquella documentación, pero jamás se ha sabido nada de ella.

LA CAMPANA DEL LLOYD'S


Publicado el 3 de julio de 2011




Hace algún tiempo escribí un artículo dedicado a la campana que llevaba Cristóbal Colón en la Carabela Santa María, que tras hundirse, se colocó en un galeón llamado San Salvador que se hundió con una importante carga de oro, frente a las costas portuguesas. Posteriormente la campana fue rescatada y tras varias vicisitudes, regalada al Patrimonio Nacional y luego desaparecida.
Pues bien, en esta ocasión me propongo hablar de otra campana, quizás no tan cargada de historia, pero ya con una amplia tradición.
Esta campana ha corrido mejor suerte que la de Colón y a día de hoy todavía suena para señalar el destino que haya corrido algún barco.
En los astilleros de Tolón, en el sur de Francia, se botó en 1779 una fragata de la clase Magicienne a la que se bautizó como “Lutine” y que entró a prestar servicio en la marina francesa. La clase Magicienne eran unos barcos muy marineros con treinta y dos cañones y unas seiscientas toneladas de desplazamiento.
Esta fragata, junto con otras más, fueron entregadas a la armada británica en 1793 como consecuencia de la guerra civil entre monárquicos y republicanos que se vivía en Francia y antes de que dichos buques cayeran en manos de los sublevados dirigidos por Robespierre. Desde entonces, la Lutine, prestó servicio en la Armada Británica, conservando el mismo nombre pero anteponiéndosele las letras HMS, que identifica a todos los buques de la Marina de Guerra.
Navegando con pabellón británico, se ha convertido en uno de los barcos naufragados más legendarios.
Al mando del capitán Lancelot Skynner, el HMS Lutine zarpó la mañana del día nueve de octubre de 1799 del puerto de Great Yarmouth, en el Mar del Norte y relativamente cerca de las costas de la Europa Continental.
Este puerto había sido de los más importantes en épocas pasadas, cuando allí se centralizaba la pesca del arenque del Mar del Norte y cuya conserva era fundamental para la supervivencia en las largas navegaciones.
También se hizo célebre esta ciudad y su puerto porque fue la primera ciudad del mundo en padecer un bombardeo aéreo. Fue durante la Primera Guerra Mundial, el 19 de enero de 1915, cuando desde el dirigible denominado Zeppelín L-3, se arrojaron gran cantidad de bombas.
El destino de la Lutine, aquella mañana tenía que ver con que Napoleón había decretado un bloqueo por mar a los puertos alemanes y daneses del Mar del Norte lo que había asfixiado el comercio y Hamburgo había sido el puerto más perjudicado, tanto que la ciudad se hallaba al borde de la ruina. Los comerciantes británicos decidieron hacer un préstamo a sus colegas hamburgueses, de un millón y medio de libras esterlinas, que se entregarían en lingotes de oro y plata, monedas de ambos metales y una buena cantidad de diamantes que ofrecía el Príncipe de Orange, Guillermo V.
La fragata se dirigía al puerto alemán de Cuxhaven, en la desembocadura del río Elba, en cuyo interior se halla el puerto de Hamburgo, uno de los más importantes del norte de Europa.
Por la tarde, con fuerte vendaval del noroeste, se encontraba a escasas millas del cordón de islas que protegen la costa norte de Holanda, Dinamarca y parte de Alemania. Es el archipiélago que se conoce con el nombre de Islas Frisias y que dan lugar a un mar llamado Mar de Wadden que se extiende entre la costa continental y dichas islas.
Con un mar arbolado, la fragata trató de buscar refugio atravesando el canal entre las islas Terschelling y Vlieland, una zona de bajíos arenosos y de corrientes muy fuertes y que con mar tempestuoso se convierte en un lugar muy comprometido.
La fragata se escoró fuertemente por efecto del viento y volcó, arrastrando hasta el fondo a las más de doscientas personas que componían su tripulación y las enormes riquezas que había asegurado la poderosa compañía Lloyd’s.


La fragata HMS Lutine, en una pintura de la época

A escasos veinte metros de profundidad, quedó la fragata sobre un fondo de arena y lodos, de tal manera que al conocerse la tragedia y sabiéndose la carga que llevaba, muchos pescadores de aquella zona decidieron probar suerte y echaron sus redes para tratar de capturar parte de los tesoros que transportaba.
Algunos fueron afortunados y en sus redes atraparon una parte de aquellas inmensas riquezas, pero al final, una vez contado todo lo rescatado, solamente 58 lingotes de oro, 99 de plata y 41.698 monedas de plata, todas españolas, fue el tesoro recuperado.
Y no fue porque no se encontrara más, sino que una nueva tormenta provocó unas fuertes corrientes que sepultaron el casco del barco bajo una gruesa capa de arena y lodo.
La escasez de medios para intentar un rescate, hizo que la Lutine y su carga se fuera olvidando. Pero en 1821 se creó una empresa en la que se empezaron a usar campanas de buceo, con las cuales descendieron para buscar el pecio y luego comenzaron las labores de recuperación del tesoro. Las búsquedas duraron hasta el año 1857, con un éxito más que discreto, pues en tantos años sólo se recuperaron 44 monedas de oro, 64 lingotes de plata y 15.028 monedas de plata aunque como es natural, las tareas solamente se podían llevar a cabo en las temporadas de calma, que son muy escasas en aquel mar.
Luego pasó un poco al olvido, hasta que varios años después, una nueva búsqueda consiguió rescatar la campana de la fragata.
Esta campana lleva grabada en relieve un nombre y una fecha: ST Jean 1799; y se recuperó el 17 de julio de 1858, con un largo trozo de la cadena que la hacía sonar.
La aseguradora Lloyd’s que había satisfecho la cantidad asegurada y era por tanto propietaria de cuanto se extrajera de los restos de aquel naufragio, se quedó con la campana, la cual se encuentra actualmente en la tribuna que existe en el hall de su edificio que desde 1986 se encuentra en Lime Street, de Londres.
Pesa la campana casi cuarenta y nueve kilos y tiene un diámetro de algo más de cuarenta y tres centímetros y se usaba tradicionalmente haciéndola sonar dos veces cuando se tenían noticias de que un buque asegurado en la compañía había llegado felizmente a puerto y una vez cuando se le consideraba naufragado o desaparecido.


La campana de la Lutine

La compañía Lloyd’s es la aseguradora más fuerte del mundo y tanto su nombre como su historia son extremadamente curiosas.
Lloyd era el nombre del propietario de una cafetería que a finales del siglo XVII, era el lugar de reunión de todas las personas relacionadas con el negocio marítimo.
A orillas del Támesis y muy cerca del atraque de los barcos, Edward Lloyd regentaba aquel mesón, en el que los comerciantes, asentadores, aseguradores y en general cualquier persona que tuviera un negocio relacionado con la actividad marítima, pasaban largas horas de espera.
El propietario estableció un sistema para tener informados a sus clientes de las entradas y salidas de los barcos, de manera que éstos no tenían que abandonar su local y así consumían más.
En 1720 el mesón es declarado centro oficial de seguros marítimos por el Parlamento y medio siglo más tarde, en 1769, un grupo de 79 clientes de la famosa cafetería se constituyeron en sociedad aseguradora. Había nacido el Lloyd’s que un siglo después es reconocido como una de las más importantes empresas dedicada a los seguros.
Volviendo a la fragata hundida, resulta extraño que a tan escasa profundidad y con los medios actuales, no se haya conseguido sacar todo el tesoro que aún guarda la Lutine en sus bodegas, pero lo cierto es que así ha sido.
A principios del siglo pasado, una empresa dedicada al dragado de puertos y canales, puso a trabajar una potente draga llamada Karimata, para desenterrar el pecio y extraer su contenido. Se recuperaron unos cañones, parte del casco, monedas y lingotes, pero las fortísimas corrientes de la zona y los enormes desplazamientos de arena y lodos, volvieron a mover el pecio y a ocultarlo.
Después de aquella experiencia, parecía que el tema se había olvidado, hasta que hacia 1990 una empresa Neozelandesa de recuperaciones marítimas, se empleó en rescatar el tesoro. Desde entonces, al mando de un arqueólogo, se hacen continuas prospecciones, habiéndose pensado incluso desviar las corrientes del canal en el que está el pecio de la Lutine, pero aparte de pequeñas recuperaciones, no se ha conseguido nada significativo y el enorme tesoro que a día de hoy supondrían esos lingotes de oro y plata y los diamantes del Príncipe de Orange, siguen reposando en el fondo de un mar que, a sólo veinte metros de profundidad, defiende a la presa que siglos atrás se cobró, con un celo que causa pavor. 

DOS MULADÍES REBELDES

Publicado el 26 de junio de 2011




Muladí es la palabra árabe que define al infiel que abraza la religión mahometana y que, igual que ocurriera en la zona cristiana, durante varias generaciones eran vistos con mucho recelo y no despertaban ninguna confianza.
El título de este artículo, hace referencia precisamente a dos “mahometanos nuevos” del siglo IX que se rebelaron contra Emirato Independiente de Córdoba, y al que tuvieron en jaque durante muchos años.
Empecemos por el primero que hizo su aparición en la Historia: Abd al-Rahmán Ibn Marwan Al-Djilliqui, “El hijo del Gallego”.
Procedía de una familia de conversos, que desde el norte de Portugal, se trasladaron a Mérida, en donde eran conocidos como “los Djilliquis”, es decir, los Gallegos.
Su padre, Marwan Al-Djilliqui fue nombrado gobernador de la ciudad de Mérida por el emir de Córdoba Muhammad I.
A la muerte de éste, su hijo Abd Al-Rahman, le sucede en el cargo de gobernador, pero pronto empieza a mostrarse rebeldía contra el emirato, llegando a la desobediencia abierta.
Su actitud provoca que el Emir envíe su ejército a sitiar Mérida y la ciudad tuvo que entregarse. Abd Al-Rahman fue obligado a trasladarse a Córdoba y allí vivió hasta el año 875, en el que regresó a su ciudad.
Pero su rebeldía continuaba y con el apoyo de buena parte de la población, se sublevó contra el emirato, refugiándose en el castillo de Alange, al sur de Mérida, en donde se hizo fuerte.
Pero el emirato no podía permitir rebeliones que ciertamente estaban prodigándose en toda Al-Ándalus y envió contra el rebelde a todo su potencial guerrero que le obligó a rendirse.
Le fue entonces aplicada una medida que hoy llamaríamos de confinamiento, obligándole a residir en un lugar conocido como “Batalyaws”, a orillas del río de los Patos que los árabes llamaron Wadi Ana.
Con él se trasladan casi todos los muladíes de Mérida, los cristianos y los beréberes descontentos. El obispo de Mérida abandona su sede para seguir al Gallego, asentándose todos en el lugar y dando inicio a la creación de la ciudad de Badajoz.
Desde allí y con el apoyo del rey astur-leonés, Alfonso III, el Magno, y del Señor de Oporto, Sadún Al-Surumbaki, se enfrentan al ejército del emirato que viene mandado por Hasim, su mejor general, el cual es herido y hecho prisionero por las tropas rebeldes que lo entregan al rey Alfonso.
El Gallego no cesa en su hostigamiento al emirato y llega hasta Lisboa, con intención de saquearla, pero es rechazado por las tropas que defienden la ciudad y obligado a volver sobre sus pasos.
La reacción del emir Muhammad I es previsible y Marwan, decide retirarse un poco y acercarse a las tierras cristianas, donde reina su buen aliado Alfonso, pero cuando el rey leonés decide liberar al rehén, previo pago de un potente rescate, el Gallego monta en cólera contra su aliado y retorna a sus territorios.
Ya han pasado ocho años desde el inicio de las hostilidades y en Badajoz, que se ha convertido en una ciudad, se dedica a organizar el territorio sobre el que ejerce su señorío y que llega hasta el Cabo de San Vicente.

Estatua de Manwar, frente a las murallas de Badajoz

Tal es su poder que Muhammad I le ofrece un acuerdo por el que lo nombra gobernador de toda aquella zona, que gobernaría como un principado. El acuerdo se mantuvo hasta el año 888 y gobernó como emir independiente, pero sin título, hasta su muerte que ocurrió al año siguiente.
Su hijo Marwan ibn Abd Al-Rahman le sucedió en sus mismas condiciones y se creó una dinastía que gobernó la zona hasta el año 930, en el que su descendiente Abd Allah II Ibn Marwan fue derrotado por el caudillo Almanzor.
La otra historia corre suerte paralela y aunque comienza posteriormente, termina un año antes que ésta.
Al sur de la ciudad de Ronda, existió una alquería llamada Torrichela, cuyo dueño era un noble hispano-godo, de los que permanecieron en sus tierras después de la invasión musulmana. Posiblemente sin mucha convicción, pero sí por mayor comodidad, se convirtió al Islam, adoptando el nombre de Yafar ibn Salim. Terrateniente adinerado, tuvo varios hijos, de uno de los cuales, Hafsun, que murió en una lucha contra un oso, que entonces abundaba en la Serranía de Rondas, tuvo un hijo que nació alrededor del año 855: un muladí llamado Omar Ibn Hafsun ibn Salim.
Omar era un joven de temperamento irascible y violento que al descubrir que uno de los sirvientes de la alquería, le estaba robando ganado a su abuelo Yafar, se enfrentó a él y lo mató.
Quizás no fuera una muerte en pelea limpia, pues seguidamente, Omar, se refugia en el Desfiladero de los Gaitanes, encontrando cobijo en una zona conocida como Mesas de Villaverde, en donde luego construiría un castillo que le serviría de refugio hasta su muerte.
Allí, con otros refugiados, huidos de la justicia, con cristianos resentidos y con otros rebeldes que ya abundaban, comenzó una etapa de delincuencia, asaltando y robando en los caminos y las alquerías de la zona, hasta que fue detenido y entregado al Walí, una especie de gobernador, de Málaga, que desconociendo la muerte que pesaba sobre él, lo castigo con azotes, dejándolo luego en libertad.
No está muy claro qué sucedió tras este incidente y mientras unos piensan que se marchó a Marruecos, otros opinan que continuó en los Gaitanes.
Lo cierto es que aparece hacia 880 al frente de una partida bastante numerosa e inicia la construcción de un castillo excavando la roca arenisca que formaba la cumbre de una colina y al que llamaron Bobastro, convirtiéndolo en lo que sería una fortaleza inexpugnable en aquella época.
Omar se reveló pronto como un estratega, lo que más tarde demostraría en las numerosas contiendas que llevó a cabo.
Tanto creció la leyenda de su nombre que el emir de Córdoba, Muhammad I, concedió perdón para él y su gente y los tomó a su servicio, como una especie de guardia pretoriana, participando en diversas batallas contra los reinos cristianos, en donde demostraron su valentía y arrojo.
Pero ni el prestigio militar ni la proximidad al emir, consiguieron que por parte del ejército y la corte, hubiera una aceptación del muladí, al que llegó incluso a faltarle lo más imprescindible para la subsistencia.
Harto de no ser atendido tras los días de gloria que él y su gente habían aportado al emirato, se retiró a su fortaleza, rebelándose contra el emir.
Con sus conocimientos innatos y lo aprendido en las batallas en las que participó, le costó poco apoderarse de las fortalezas de Mijas, Auta y Comares, en la provincia de Málaga y hacerse con un extenso territorio.
Con tácticas de guerrillas, va adueñándose de territorios y unos años después se extienden por parte de las provincias de Sevilla, Málaga, Granada y Jaén, alcanzando tal poderío, frente a la descomposición interna que está experimentando el emirato, que fuerza a que el emir le nombre gobernador de esos territorios.
Su poder fue creciendo y a su sombra seguían llegando descontentos con lo que su ejército aumentaba cada día, llegando a creerse tan poderoso que tuvo la osadía de llegar muy cerca de Córdoba, con la intención de asediarla y tomarla. El emir Abdallah ibn Muhammad, hijo de Muhammad I, le hace frente en Aguilar de la Frontera y Omar acepta enfrentándose a las tropas del emirato en batalla campal.
La batalla de Poley, nombre que entonces recibía Aguilar, celebrada el dieciséis de mayo de 891, supone una gran derrota para Omar que ha de retirarse a sus dominios, comenzando una etapa de declive.
Resentido contra todo, abjura de la religión mahometana y declara abiertamente su condición de cristiano. Ese acto le acarreará graves consecuencias pues comienza a ser abandonado por los beréberes que lo ven como traidor a su credo.
A pesar de perder apoyos continuó su lucha desde su fortaleza, en donde mandó construir una pequeña iglesia, única mozárabe que se conserva y más singular aún porque está excavada en la roca y en la que se bautiza con el nombre de Samuel.
Murió en 917 sin que hubieran podido vencerle y su hijo Suleymann, al mando de aquella tropa, consiguió mantenerse firme en Bobastro hasta que Abderramán III la conquistó en 928.
La toma de aquella fortaleza y la destrucción del último reducto rebelde, la dinastía de “Los Gallegos” en Badajoz supuso para Abderramán III una victoria de tal magnitud que fue decisiva para considerarse soberano y convertir el Emirato Independiente, en Califato de Córdoba, iniciando la época más esplendorosa de la cultura árabe en la Península Ibérica.


Restos de la fortaleza y entrada horadada de la iglesia





LA ESTRATEGIA DE BOCANEGRA

Publicado el 19 de junio de 2011




Es curioso que el hombre, producto de tierra firme, perfeccionase antes que el desplazamiento por tierra, el transporte por mar. Mucho antes de haber caminos en condiciones y antes de inventarse la rueda, ya el hombre era capaz de navegar, cierto que con medios muy precarios.
Y es que, aunque he asegurado que el hombre es producto de tierra firme, es una aseveración que dista bastante de la verdad. Como ya es mundialmente admitido, toda la vida en la Tierra procede del agua, de una serie de charcas inmundas en donde se van uniendo cadenas de aminoácidos hasta convertirse en los primeros organismos unicelulares y luego, por asociación, en toda la fauna y flora que hoy poblamos el Planeta. Por si fuera poco la procedencia hídrica, nos pasamos nueve meses sumergidos en un baño de “agua” caliente y a resguardo de cualquier contingencia. Todo esto quizás nos lleve a decir que no está tan claro de dónde es producto el hombre y quizás, también por eso, la subyugación que desde siempre sintió por el mar.
Por mar llegaron a Gadir los fenicios y luego los griegos; por mar nos invadieron los musulmanes y nos acosaron los piratas berberiscos, en fin que fue el mar el principal vehículo de cultura en todos los tiempos.
Cuando los godos expulsaron a los romanos, sufrimos un parón marítimo. No era un pueblo marinero y casi no conocían nada que estuviera relacionado con la navegación. Luego los árabes nos apretaron hasta Covadonga y la antigua Hispania romana, empezó un largo languidecer.
Pero cinco siglos después, las cosas eran ya de otra manera. Los invasores habían sido reducidos a unos territorios más escuetos y los reinos de Castilla, Navarra y Aragón, se repartían la hegemonía del norte peninsular.
Así estaban las cosas en la segunda mitad del siglo XIV, por cierto tremendamente movido y apasionante. Pedro I, también llamado El Cruel por sus enemigos y El Justiciero por sus leales, muere en los campos de Montiel a manos de su hermanastro Enrique, apodado de Las Mercedes y que reinará en Castilla con el nombre de Enrique II de Trastámara.
En Europa llevaban décadas con la Guerra de los Cien Años entre Gran Bretaña y Francia y el rey francés, Carlos V, había buscado siempre la alianza del Trastámara, al que apoyó con ejércitos y con estrategas, como el muy famoso Bertrand Du Guesclín.
Por su parte Pedro I buscó el apoyo de los británicos y más concretamente con el Príncipe de Gales, Eduardo de Woodstock, llamado el Príncipe Negro, por el color de la armadura que permanentemente vestía.
Eduardo se presentó en Navarra desde los territorios de Guyena, en el sur de Francia y pasó a Castilla, donde participó con el rey Pedro en diversas batallas con muy buenos resultados.
Mientras, a Aragón y a Castilla, llegaban buenos guerreros, magníficos navegantes y, en fin, gente de gran valía que hicieron de aquellos reinos lo que más tarde alcanzarían.
Fomentado por los grandes navegantes venecianos, genoveses, napolitanos o portugueses, en Castilla se comenzó a construir una poderosa flota que dividida en tres departamentos, ejercían la hegemonía del mar peninsular.
La primera era la flota del Cantábrico, que utilizó Pedro I cuando se desplazó Bayona a pactar con el Príncipe Negro. Otra flota tenía base en Sevilla, donde existían importantes careneros y por último, la flota del Mediterráneo, cuyo puerto más importante era Cartagena, desde que fuera reconquistada por el todavía príncipe Alfonso que luego reinaría como Alfonso X el Sabio.
De entre todos los marinos y navegantes que llegaron a Castilla y a Aragón, destaca una poderosa saga genovesa, la de los Bocanegra.
Egidio Bocanegra fue el primero en entrar al servicio de la corona de Castilla, con el rey Alfonso XI y con él participó victoriosamente en la toma de Algeciras, lo que le valió la concesión del Señorío de Palma del Río. Pasó luego a prestar sus servicios al rey de Francia y terminó nuevamente en Castilla, en donde se había casado con María Piesco.
De este matrimonio nacieron varios hijos; el más destacado, Ambrosio Bocanegra, llegó a ser Almirante de Castilla con el rey Enrique II.
Egidio, al que en Castilla llamaban Gil, decantó sus simpatías por el Trastámara, lo que le valió que en 1367, Pedro I lo ajusticiara, cuando le asaltó una escuadra que descendía por el Guadalquivir y en la que llevaba toda la riqueza que atesoraba en Sevilla y con la que pretendía concertar el matrimonio de sus tres hijas con herederos ingleses y ganar así su alianza.
Su hijo Ambrosio, para no verse en la misma situación que su padre, se marchó a Francia en donde prestó sus servicios al rey francés, pasando a formar parte de la corte de Enrique en el exilio.
Tras la muerte de Pedro I, regresó a Castilla, recuperando el Señorío del que le había privado el rey y llegando a ser Almirante de Castilla.
Es en ese momento cuando un reino pequeño, que en principio carecía de costas y por tanto no tenía necesidad de armar una flota, se ha ido expandiendo, dominando casi todo el litoral peninsular y lo más singular, proveyéndose de una fuerza naval que no tiene rival en toda Europa.
La flota castellana al mando del Almirante Ambrosio Bocanegra, derrota a una flota portuguesa que el rey luso Fernando I envía a bloquear la salida a la mar por el río Guadalquivir, lo que supone la paralización de toda la actividad marítima de Andalucía.
Con apenas unas pocas galeras, mal armadas y peor abastecidas, Bocanegra arremetió contra los portugueses a los que les hundió tres galeras y dos naos, provocando su huída y dejando libre la salida del Guadalquivir.
Pero la mayor hazaña de Bocanegra y la mayor victoria de la flota castellana se produce dos años más tarde, cuando Enrique II firma el Tratado de Toledo con el rey Carlos V de Francia, por el cual pone a disposición de los galos, todas las fuerzas navales de Castilla, para hacer frente al poderío naval británico que está decantando a su favor la Guerra de los Cien Años. A Castilla interesa mucho aquella alianza y la posibilidad de acabar con la piratería inglesa que infesta toda la costa francesa y hace imposible el paso por el Canal de la Mancha, con lo que el comercio con Flandes y las ciudades de la Liga Hanseática, se hace cada vez más difícil.
Ese comercio, fundamentalmente de lana merina, de la que Castilla tiene la más alta producción y la de mejor calidad, es casi la única fuente de recursos con que cuenta la maltrecha economía, por lo que es de vital importancia restablecer el tráfico marítimo.
Como consecuencia de esa alianza y de los intereses expuestos, la escuadra castellana, al mando de Ambrosio Bocanegra se concentra en el Cantábrico para atacar la zona de suelo francés que permanece en poder de Gran Bretaña.
Las tropas francesas llevaban tiempo asediando la ciudad de La Rochelle, en la costa francesa, una ciudad fortificada que se resistía agónicamente y que era de vital importancia para la defensa de toda la región conocida como la Guyena. Desde Gran Bretaña y con la intención de hacer levantar el cerco, se envió una poderosa flota al mando del almirante John Hasting, Conde de Pembroke y cuñado del rey inglés Enrique II. La componen treinta y seis naves de guerra y varias más de transporte y en la que se traslada un ejército de ocho mil soldados y quinientos caballeros con sus monturas, más pertrechos y alimentos, para una campaña que se vaticinaba larga.
En auxilio de sus aliados, zarpó la flota castellana, compuesta por veintidós naos, a cuyo encuentro salieron los británicos tan pronto supieron que las naves castellanas estaban cerca y entre las islas de Re y Oleron, que dan cobijo a la entrada a La Rochelle, tuvieron el primer enfrentamiento el día 22 de junio de 1372.
Las galeras castellanas eran más recias y más ágiles en la maniobra, lo que sumado al sobrepeso de las británicas que transportaban caballería, tropas y material para el asedio de la ciudad, daba una superioridad maniobrera muy considerable.
Además, las naves castellanas habían incorporado por primera vez en la historia naval, piezas de artillería de las llamadas bombardas, con las que causaron estragos en las naves inglesas.
Una bombarda era un arma mortífera a corta distancia y solía disparar bolas de hierro o de piedra. Las primeras eran más contundentes, pero las otras se convertían en metralla cuando chocaban contra cualquier objeto duro, causando heridas pavorosas. La única dificultad que tenían aquellas primitivas piezas de artillería era que su capacidad de fuego no sobrepasaba los diez o doce disparos al día, lo que no era mucho, evidentemente.

Bombarda de la época con las bolas de piedra

Cuando caía la noche, de aquel día en que se enfrentaron ambas flotas, se veía claramente que las naves inglesas habían sufrido mucho más daño que las castellanas, pero la situación todavía tenía algún equilibrio.
Fue en ese momento, al hacerse noche cerrada cuando el Almirante castellano, buen conocedor de los mares y sobre todo de aquella costa, ordenó a sus naves retirarse a alta mar, lo que, en principio, fue interpretado por los ingleses como un signo de victoria, pero la realidad era muy distinta. El Almirante Bocanegra sabía cuales eran las intensidades de las mareas en aquella zona de bajíos, en donde la mar desciende varios metros y que permaneciendo al resguardo de la costa, lugar que habían elegido los barcos ingleses para fondear, de mucho mayor calado que las galeras castellanas, quedarían varados, cosa que así sucedió en la siguiente bajamar y ese fue el momento que aprovechó la escuadra castellana para volver a la carga y, sin posibilidad de maniobrar los británicos, terminar de inflingirles una tremenda derrota.
En la refriega que se produjo a continuación, con las naves inglesas escoradas y encalladas, sin posibilidad de movimiento, las galeras castellanas se acercaban por la popa, punto más vulnerable de cualquier embarcación y arrojándoles materiales inflamables, flechas incendiarias y bolas con las bombardas, consiguieron incendiar y destruir prácticamente todas las naves.
En sus cubiertas, abarrotadas de soldados en exceso, era imposible organizar una defensa y los soldados optaban por tirarse al agua con el fin de ganar la playa, no muy lejana, pero el peso de sus armaduras y cotas los arrastraba irremisiblemente al fondo. Algunos consiguieron ganar la orilla para contemplar desde allí cómo más de veinte naves ardían totalmente, hundiéndose con toda su gente. Las que no se hundieron quedaron ingobernables y al subir la marea y desencallar, las olas las estrellaron contra las rocas. Sólo unas pocas consiguieron romper el cerco y escapar de aquella masacre. Las que resultaron indemnes fueron apresadas, pasando a engrosas la flota castellana, como era costumbre en la mar.

Entrada al puerto de La Rochelle, perfectamente defendido

Algo más vino a inclinar la balanza del bando castellano y es que en el saqueo de las naves, se encontró una enorme cantidad de dinero para el pago de las soldadas de los combatientes en la plaza asediada y de todas las tropas que los británicos mantenía en el territorio de Guyena, lo que suponía un importante tesoro.
El conde de Pembroke y cuatrocientos caballeros de “espuelas doradas” fueron apresados y conducidos a las galeras españolas que en su regreso a Santander tuvieron a la fortuna nuevamente de cara, pues se encontraron cuatro naves inglesas que procedían de Bayona a las que apresaron y unieron a la flota.
Esta batalla supuso la desaparición del poderío naval de Gran Bretaña y el cambio total de titularidad en la hegemonía marítima a favor de Castilla. Desapareció la piratería inglesa y las posiciones británicas en Guyena empezaron a claudicar. El comercio con Flandes se intensificó, suponiendo para Castilla un auge tan importante que la ciudad de Burgos, capital del reino en aquellas fechas, se convirtió en una de las más importante de la Europa continental, desde donde se centralizaba el comercio de materias tan importantes como la lana, el hierro de Vasconia o los cereales de Castilla.
Y todo ello gracias a la estrategia naval de un marino sin singular.