viernes, 31 de julio de 2020

UN DETALLE QUE HONRA




Sin inspiración no es posible producir nada, pero es fundamental que la inspiración llegue cuando se está trabajando, de otra forma tampoco produce efectos.

La semana pasada comentaba en mi artículo que un amigo me había inspirado parte del escrito que publiqué sobre la Batalla de Toro y las mujeres que en ella intervinieron. Para documentarme sobre las circunstancias de dicha batalla y sus causas, tuve que leer mucho, aprendiendo cosas que realmente no sabía.

Dicha batalla acabó prácticamente con la Guerra de Sucesión de Castilla, aunque no supuso la renuncia del rey portugués Alfonso V a sus deseos de hacerse con la corona castellana, en los que perseveró por años. Dicha guerra y sus causas tienen unas particularidades que la hacen, al menos, curiosa.

Isabel I se autoproclamó reina de Castilla a la muerte de su hermanastro Enrique IV, en Segovia el día 13 de diciembre de 1474, con el apoyo de la mayoría de la nobleza castellana que ya, diez años antes, había apoyado a su hermano Alfonso a coronarse en vida de Enrique, por lo que durante unos tres años, Castilla tuvo dos reyes.

Personajes tan importantes como el marqués de Villena, el arzobispo de Toledo o el Maestre de la Orden de Calatrava, que habían sido muy influyentes con el príncipe Enrique y en los primeros años de su reinado como Enrique IV, se volvieron contra él cuando en la corte se empezó a hablar de la homosexualidad del rey, su incapacidad para procrear y sobre todo del vertiginoso ascenso de Beltrán de la Cueva y Lucas de Iranzo, nuevos validos del rey.

Todos aquellos apoyaron decididamente a Alfonso y tras su muerte, a Isabel, considerando que la Beltraneja, nacida en 1462, no podía ser hija del rey y por tanto no había posibilidad de que le sucediera.

Pero había otro Alfonso en liza y era el rey de Portugal, quinto de su nombre y hermano de Juana, la madre de la Beltraneja, con la que se caso en la ciudad de Plasencia en 1475.

El grueso de las fuerzas militares de Castilla y una gran parte de su nobleza, estaba, como ya se ha dicho, a favor de la reina Isabel por dos razones fundamentales. La primera era por la evidente ilegitimidad de la Beltraneja; era obvio quien fue su padre y por tanto no tenía sangre Trastámara y no podía gobernar y por si fuera poco al casarse con el rey portugués, peligraba la identidad de Castilla.

La otra razón era que sin embargo, el matrimonio de Isabel con el heredero de la corona de Aragón era un paso muy importante para la unificación de España.

Pero el rey portugués no se rindió fácilmente y tras la batalla de Toro que él consideraba ganada, mantuvo el dominio de la ciudad, hasta que hubo de entregarla, cuando vio que iba perdiendo el apoyo de los pocos nobles castellanos aun leales a su causa.

Falto de apoyos en Castilla, el rey portugués se trasladó a Francia, buscando la alianza de Luis XI que a la larga no obtuvo.

Mientras estuvo en Francia, a Portugal llegaron noticias de que el rey había abdicado, al no conseguir los apoyos suficientes para oponerse a la reina de Castilla, por lo que los nobles portugueses se dieron buena prisa en coronar rey al príncipe Juan, que reinó durante cinco días, cuando su padre le reclamó la corona.

En este punto de la historia ocurrió el hecho que da título a este artículo, pero por razones de estrategia literaria quedará para relatarse al final y se continúa mencionando la serie de circunstancias bien claras de la rivalidad que se inició entre los dos países.

Los Reyes Católicos, conocedores de la importancia que tenía el dominio del mar, donde los portugueses les llevaban ventaja, prepararon en Sanlúcar de Barrameda dos flotas. La primera para conquistar la isla de Gran Canarias, de importancia estratégica fundamental para iniciarse en el dominio de la costa occidental africana,

La segunda flota para dirigirse al Golfo de Guinea a comerciar con los nativos y más concretamente a una zona conocida como Mina de Oro, que se encuentra en la actual Ghana.

Las dos flotas navegaron juntas hasta Canarias, donde la que se dirigía a Guinea se aprovisionó para continuar viaje.

La flota destinada a conquistar Gran Canaria no pudo hacerlo porque una flota portuguesa puso en fuga a muchas naves castellanas, pero los portugueses tampoco pudieron desembarcar y faltos de bastimentos decidieron regresar a su país, pero en el viaje de vuelta se toparon con varias naves castellanas a las que abordaron quitándoles cuanto de alimento llevaban y ya bien provistos, viraron para dirigirse al encuentro de la flota que había ido al Golfo de Guinea.

A cambio de pedrerías y algunos objetos de importancia para los nativos, los castellanos se habían hecho con gran cantidad de oro, pero la codicia que puede más que la inteligencia, les hizo demorarse más meses de lo que estaba previsto y a los portugueses les dio tiempo a llegar.

Muchos meses de inactividad y asolados por las enfermedades tropicales, fueron incapaces de hacer frente a los portugueses que los derrotaron e hicieron prisioneros, trasladándolos a Lisboa.

El oro arrebatado fue una inyección económica para el rey Alfonso que se permitió continuar con su aventura española.

Un año después se firmo la paz entre los dos países por el tratado de Alcaçovas que supuso un reparto del todo el litoral atlántico desfavorable para Castilla, precisamente por la derrota sufrida en Ghana.

Y retomando el tema del regreso de Alfonso V hacia tierras portuguesas, y este también me lo contó mi amigo, el del otro día, caminaba al frente de su ejército por la Ruta de la Plata, hacia el Sur, desviándose para cruzar el Tajo y entrar en Portugal.

En esa ruta se encuentra la ciudad de Alcántara, famosa por el puente romano de principios del siglo II y joya de la ingeniería civil romana y que da precisamente nombre a la ciudad Alcántara, pues su nombre viene del árabe al-Qantarat que significa puente.

 

Puente Romano de Alcántara

 

Desde allí se abren dos rutas hacia el país vecino, una que enlaza con Lisboa y Braga, hacia el sur y otra que enlaza con Beira Alta.

A lo largo de la historia el puente ha sido parcialmente destruido en tres  ocasiones, la primera de ellas en 1213 por los musulmanes, para evitar el avance de las tropas cristianas.

La segunda vez fue en 1707, durante la Guerra de Sucesión, destruyéndose el arco de entrada de poniente.

Un siglo después, durante la Guerra de la Independencia, para impedir el avance de las tropas napoleónicas, se derruyó el segundo arco y esta fue la tercera agresión a tan magnífico monumento.

Siempre fue por motivos bélicos y por ese mismo motivo, pudo haber una cuarta destrucción que se estaba planeando por las tropas castellanas cuando Alfonso V se había apoderado de la ciudad de Alcántara.

Llegó entonces a oídos del rey que las tropas españolas estaban haciendo acopio de pólvora con la intención de volar el puente, pero esta vez no sería un arco sino una parte mucho mayor de su estructura, impidiendo así el desplazamiento de las tropas portuguesas hacia su país.

Enterado el rey portugués de las intenciones envió un emisario al duque de Villahermosa que comandaba el ejército castellano en el que le decía que no se le ocurriera derribar el puente, que él daría un rodeo con sus tropas, antes de que por su culpa se destruyera una construcción tan noble como aquella.

Y así lo hizo, parece que cogió un camino más hacia el norte y salió de España por la ciudad fronteriza de Piedras Albas.

Curiosamente, el rey Alfonso de Portugal mandó construir el Monasterio de Santa María de la Victoria, en la ciudad de Batalha, mientras Isabel I mandó construir el convento de San Juan de los Reyes en Toledo, entregado a la orden franciscana y que pretendía ser un mausoleo de la familia real, ambos en conmemoración de la Batalla de Toro que ganaron ambos, o ambos perdieron.

viernes, 24 de julio de 2020

TRIO DE VARONAS




Pensar que toda la atención que se dedica a las mujeres es cosa de nuestros días, es no conocer la realidad; y creer que la mujer puede entrar en la historia por haber sido nombrada a dedo para un cargo público, o por acceder al tálamo de un político, es también equivocado.

En días previos a la Guerra Civil española, la prestigiosa revista Blanco y Negro publicaba un artículo que llevaba el nombre que yo he copiado. En él se trataba la vida de tres mujeres singulares, una de ellas muy conocida, Agustina de Aragón y otras dos mucho más desconocidas: Antona García y María Sarmiento.

De la primera, Agustina Saragossa Domenech, que ese era su verdadero nombre, está todo contado. Es quizás el personaje femenino más ensalzado de todo nuestro elenco y muy merecidamente tiene su lugar preeminente en la Historia.

De las otras dos no se puede decir lo mismo, aunque el creciente auge en la producción de vinos, ha popularizado el nombre de una de ellas.

La ciudad de Toro, en la provincia de Zamora, fue durante toda la Edad Media  y buena parte de la Moderna, una ciudad de importancia capital. Construida en la margen derecha del Duero fue lugar de muchos acontecimientos importantes de nuestra historia. Desde tiempo inmemorial la vega del Duero ha producido vinos de excelente calidad, pero en los últimos veinte años el panorama productivo se ha ensanchado mucho y han aparecido nuevos vinos más suaves y apetecibles como el que lleva el nombre de una de nuestras heroínas: Antona García.

Había nacido en Toro en una fecha sin concretar del año 1425 en el seno de una familia perteneciente a lo que entonces se llamaba “pueblo llano” que era un colectivo formado por la burguesía de las ciudades y el campesinado del medio rural.

Aparte de la labranza de la tierra, en su seno se contemplaban oficios artesanales y actividades comerciales, mercantiles, etc.

Aun siendo de baja extracción, Antona contrajo matrimonio con Juan de Monroy, hijo natural de un noble de la época y con el que tuvo cinco hijos.

Reinaba en Castilla Enrique IV, apodado “el Impotente”, al que no se le veía posibilidad alguna de tener descendencia, por lo que muchos nobles castellanos pensaban y defendían que le sucediera su hermanastro Alfonso, como así fue durante casi tres años, pero al morir éste prematuramente y muy probablemente envenenado, esa nobleza se decantó por la también hermanastra Isabel, que a la postre sería la que ocupó el trono.

Sobre la particularidad de estos acontecimientos puede tener más información en mi artículo publicado en 2013 que se puede consultar en este link: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com/search?q=%C2%A1A+tierra%2C+puto%21

Casi al final de la vida de Enrique IV, venía al mundo una niña, parida por la esposa del rey, a la el pueblo conoció como Juana “la Beltraneja”, por considerarla hija adulterina de la reina y de Beltrán de la Cueva, militar y noble muy apreciado en palacio.

Esta situación dio lugar a la Guerra de Sucesión de Castilla, entre partidarios de Isabel y los de la Beltraneja.

Juan de Monroy y su esposa, Antona, abrazaron el bando de la Beltraneja y por el lucharon con ahínco hasta comprender que todo estaba perdido.

El uno de marzo de 1476 se celebró la decisiva batalla de Toro entre los dos bandos, encabezados por la reina Isabel I y su esposo, Fernando de Aragón, que defendía su corona y Alfonso V de Portugal que defendía los derechos de la Beltraneja, a la sazón sobrina suya, por ser hija de su hermana Juana de Portugal.

La batalla tuvo dos campos de acción perfectamente definidos uno de los cuales fue notoriamente favorable a Isabel y Fernando y el otro algo más dudosamente a favor del príncipe Juan, hijo de Alfonso V de Portugal.

A pesar de su resultado incierto al final supuso la consolidación de Isabel como reina de Castilla.

Lógicamente, tras el cariz que tomaban los acontecimientos, la ciudad de Toro, ocupada por tropas portuguesas, que era pieza clave en la contienda y que permanecía fiel a la Beltraneja, inició un desplazamiento de bando al ver que la balanza se inclinaba hacia el lado contrario y algunos de los más poderosos hombres de la ciudad empezaron a contemplar la posibilidad de abrir la ciudad a las tropas de Isabel.

Entre estos disidentes se encontraba el esposo de Antona, Juan de Monroy y la propia esposa, así como otras personas influyentes que hacían todo lo contrario que se hace en el asedio de una ciudad, como era socorrer a los sitiadores de los que sabían pasaban grandes calamidades por falta de suministros. Así, les hacían llegar alimentos, pan y el famoso vino de Toro, a través de un pastor llamado Bartolomé que conocía todos los vericuetos para entrar y salir de la ciudad y que iba a indicar a los castellanos los puntos por los que podrían asaltar la ciudad.

Pero llegados a oídos portugueses, el jefe de la guarnición, el conde de Marialba, ordenó la detención de Monroy, Antona y varios conjurados más.

Mientras su marido consiguió escapar ayudado por Bartolomé, el pastor, Antona y sus cómplices fueron detenidos y el 9 de agosto de 1476, el conde de Mariblanca ordenó su ejecución, los cuales por pertenecer todos a la hidalguía, fueron ahorcados, pero Antona que era hidalga por matrimonio, no tuvo esa consideración y se la ajustició por “garrote vil”, el sistema empleado para los villanos, atada a la reja de una ventana de su propia casa.

Poco duró la resistencia de la ciudad y el 19 de septiembre las tropas castellanas entraron en Toro, donde la reina Isabel, al conocer con detalles los hechos ocurridos, mandó pintar de dorado la reja en la que Antona fue ajusticiada y por real orden de privilegio, concedieron para los cinco hijos de la fallecida y sus familiares, la exención de pagar tributos y el privilegio de hidalguía.

Antona fue enterrada en la iglesia de San Julián de los Caballeros y allí reposa.

 

Iglesia de San Julián de los Caballeros


El conocimiento de la tercera varona me llegó a través de un querido amigo y tocayo que me habló precisamente de su marido, personaje zamorano y toresano para más detalle, llamado Juan de Ulloa, al que apodaban “el Malo” y “el Trasquilao”.

Juan de Ulloa era, durante el reinado de Enrique IV, es decir, en la misma época que los anteriores personajes, alcaide del castillo de Zamora, pero eso de pertenecer a un estamento militar y a la baja nobleza castellana no le ofrecía impedimento alguno para dedicarse al pillaje y saqueo de toda la región, en beneficio propio y al frente de una tropa de forajidos.

A tanto llegó su vileza que las autoridades, encabezadas por el Mariscal de Castilla, Diego de Valencia, hubieron de ir contra él derrotándolo en combate.

Pero fuertemente apoyado debía estar el de Ulloa, señor de Villalonso que tras su derrota sigue conservando sus privilegios e incluso es nombrado alcaide del castillo de Toro, donde se afinca con su mujer, María Sarmiento, de la que le podría venir su situación preeminente, pues era hija del que fuera repostero del rey Juan II.

Al iniciarse la Guerra de Sucesión, ambos toman el bando de la Beltraneja y cuando las tropas de Isabel consiguen entrar en Toro, con la ayuda de la varona de la historia anterior, el Trasquilao desaparece. Se le da por muerto y es María Sarmiento quien durante un mes defiende el castillo de Toro, único bastión que queda frente al ejército de Isabel y no es hasta que consigue un perdón real para ella y sus hijos, así como seguir manteniendo el señorío de Villalonso y su castillo, cuando rinde la fortaleza.

Como se ve, María y Antona fueron primero del mismo bando, pero los acontecimientos las colocaron como grandes rivales y ambas entraron a formar parte de la leyenda zamorana que se refiere a la defensa y la toma de la ciudad de Toro.

Quizás no fueran tan importantes sus acciones como fundamentales fueron las defecciones de sus ambos esposos, más preocupados por salvar sus vidas que por defender el honor de la familia y sobre todo, capaces de dejar a sus mujeres solas ante situaciones tan comprometidas.

viernes, 10 de julio de 2020

MORIR POR LA CIENCIA



En 1987 un eminente zoólogo llamado Jorge Magraner que trabajaba en el Museo de Historia Natural de París, recibió una información que lo dejó desconcertado y persiguiendo aquella noticia, invirtió muchos años de su vida.

Magraner nació en 1958, en Casablanca (Marruecos), hijo de padres valencianos, pero nacionalizados franceses. Estudió en Francia donde obtuvo una licenciatura en zoología.

Acabados sus estudios realizó diversos trabajos relacionados con aves, destacando rápidamente por sus conocimientos y entrega, tanto, que el museo parisino lo reclutó.

Dedicado intensamente a su trabajo, a partir de haber recibido aquella información, su vida cambió radicalmente, apasionándose por el tema del que le informaban y que consistía en ciertas afirmaciones de que en una de las regiones más remotas de la Tierra vivía un extraño ser salvaje, con apariencia de humano, totalmente apartado de la civilización que de vez en cuando era visto fugazmente.

Se trataba de una zona ubicada al norte de Pakistán, fronteriza con Afganistán y ocupada por la cordillera del Karakorum, una cordillera en donde más de cuarenta picos superan los seis mil metros de altura. La capital de aquella comarca es la ciudad de Chitral que, llegado el otoño, la nieves y el hielo aíslan del resto de Pakistán y del mundo.

Aquella zona tiene un clima continental extremo y alcanza temperaturas de hasta menos 30ºC, pero la llegada de la primavera hace que todo el decorado cambie, pues la climatología se vuelve amable y el verde de los inmensos bosques y praderas terminan arrinconando las nieves a las cumbres montañosas.

Aquel mismo año Magraner viajó a Pakistán a buscar la cordillera del Karakorum, asentándose en Chitral. Primero con ayuda de intérprete y luego aprendiendo la lengua de la zona, año tras año, el zoólogo se fue integrando en la sociedad pakistaní y empezó a recoger testimonios de personas que habían tenido contacto visual con la extraña criatura en la que se combinaban los rasgos humanos y simiescos, al que los nativos llamaban “Barmanu” y estaban bastante acostumbrados a sentir su presencia, siempre esquiva y en ningún caso violenta o peligrosa.

Lo más sorprendente para el zoólogo era que los testimonios recogidos en una zona muy amplia, de más de diez mil kilómetros cuadrados, en las que no hay carreteras ni casi vías de comunicación que ponga a las gentes en contacto unos con otros, eran perfectamente coincidentes y todos describían a la criatura como un bípedo, con el cuerpo cubierto de espeso vello y de complexión muy fuerte; brazos largos, piernas cortas y pies y manos enormes. Su altura no debía sobrepasar los ciento setenta centímetros y todos los avistamientos habían sido en zonas montañosas, en cotas superiores a los dos mil metros y siempre en los lugares más recónditos e inaccesibles, donde su presencia difícilmente podía ser advertida, pues no eran sitios frecuentados por los humanos.

En su afán por esclarecer el misterio que rodeaba a esta extraña criatura, Magraner estuvo durante quince años desplazándose a Chitral para continuar sus investigaciones y durante este tiempo adquirió un buen conocimiento de las lenguas habladas en la zona, así como iba adquiriendo la confianza de aquellos pobladores, en principio muy reacios a la presencia del investigador.

 

Magraner en Chitral

 

Durante esos años encontró huellas de pisadas, las cuales estudió en profundidad, llegando a la conclusión de que eran muy similares a las humanas, pero no eran de hombres actuales.

Asimismo, encontró restos orgánicos del extraño ser que sometió a análisis de ADN y que arrojaron un dato escalofriante. Se trataba de una especie animal muy vinculada con la humana, sin llegar a serlo y sin posibilidad de comparación con otra especie existente; es decir, era completamente desconocida para la ciencia.

Magraner preparó un cuestionario completísimo a rellenar con las descripciones de las personas que habían protagonizado algún avistamiento y de una manera sorprendente las descripciones que se iban aportando ofrecían una plena coincidencia entre ellas.

También se dibujaron retratos-robots con una coincidencia escalofriante: arcos superciliares muy pronunciados, pómulos sobresalientes, ausencia de barbilla, nariz chata, vello recubriendo todo el cuerpo, extremidades muy largas…

Una batería de dibujos y fotografías de neandertales, cromañones,  homínidos, primates, aborígenes y miembros de tribus muy primitivas, se expuso a los avistadores y sorprendentemente todos señalaban el mismo dibujo, con las características más arriba reseñadas. Era lo más parecido a un hombre del Neandertal, un antecesor humano al que se supone desaparecido desde hace más de treinta mil años.

Esta información no tiene nada de original, se podría decir. Muchos años antes, el neozelandés Hillary, que junto al sherpa Tenzing fueron los primeros en coronar el Everest, ya había oído a los sherpas hablar del extraordinario hombre de las nieves, el conocido como “Yeti”, cuyo primer testimonio fotográfico se debe al alpinista Eric Shipton que a punto estuvo de ser el primero en coronar el Everets, pero que en su descenso si que fue el primero en fotografiar unas huellas de pisadas de pie descalzo de apariencia humana, pero absolutamente impensable que en aquella altitud un humano fuese descalzo.

El mismo Hillary encontró también huellas de pisadas y restos de pelo. Las conclusiones científicas del momento eran las mismas con las que se encontraba Magraner: un ser homínido, de mayor estatura que el “Barmanu”, recubierto de pelo, esquivo y habitando a unas alturas casi incompatible con la vida para humanos.

En 1998 el escalador estadounidense Craig Calonica informó que a seis mil metros de altura, en la cara china del Everest, se topó con dos criaturas, el primero de aproximadamente un metro ochenta que caminaba erguido y no era humano. Al poco apareció una segunda criatura, algo más baja, pero con sus mismas características. Eso hace sospechar que serían hembra y macho del espécimen que fuera.

Por si eran pocas coincidencias entre el “Barmanu” y el “Yeti”, aún hay otro episodio de similares características ocurrido a muchos kilómetros del Himalaya y que es conocido como “El Yeti ruso”.

En la frontera de Rusia con Turquía, una zona conocida como Daguestán, cruzada por la cordillera del Cáucaso, en 1941, el ejército ruso capturó a una persona extraña a la que primero calificaron como espía pero que al ir estudiándolo, decidieron que no era un hombre como el resto de los habitantes de la zona. En vista de la complejidad del asunto, solicitaron la presencia de un médico que tras examinarlo detalló que parecía un hombre primitivo, con ciertos rasgos prehistóricos, con el cuerpo cubierto de vello largo y lanoso, con brazos largos y piernas cortas y lo que más sorprendió al médico fue su mirada, posada en algo lejano, sin fijación, como la de los animales.

Su recomendación fue devolverlo al entorno donde lo habían encontrado, pero el ejército optó por fusilarlo.

El hecho no pasó desapercibido para todo el mundo y con el paso del tiempo se supo que no era el primer espécimen hallado en la zona donde los conocían por el nombre de “Almas” y se decía que desde el Cáucaso hasta Mongolia, a lo largo de las cordilleras de toda la zona, la presencia de estos seres era bastante regular.

Una somera observación de un mapa nos acerca bastante a la situación. Están realmente lejanos un punto de los otros dos, pero forman casi una identidad orográfica continua que muy bien haya podido ser el espacio por el que se han ido desparramando estas extrañas criaturas, sobre cuya existencia no cabe duda alguna y cuyas características personales son casi idénticas. Un dato muy revelador que se repite a lo largo de todo ese espacio geográfico es que las criaturas que han sido avistadas no emiten ningún sonido humano, simplemente gruñen guturalmente, como cualquier otro animal carente de aparato fonador.

Magraner era consciente de esta realidad y por eso insistió durante quince años en encontrar a una de estas criaturas, buscándola en la zona en la que se sabía de su existencia.

Indudablemente se trataba de un ser esquivo, desconfiado, que vivía feliz en sus territorios aunque estos fueran tan inhóspitos como el Karakorum, donde muy posiblemente entraran en hibernación cuando el frío se apoderaba del lugar.

Quizás de los tres especímenes, el Barmanu es el más documentado, gracias a la constancia de Magraner que año tras año invertía su dinero y sus vacaciones en trasladarse a Chitral y continuar su búsqueda.

Pero Chitral se estaba convirtiendo en una zona peligrosa. Todo Pakistán lo era, por el auge que el fundamentalismo islámico estaba experimentando desde la radicalización de los ayatolas.

Magraner convivía con los kalash, pueblo que habita en aquella zona y aunque varias de sus tribus eran politeístas, al estilo indio, la radicalización fundamentalista se iba apoderando del entorno. La intransigencia islámica lo tenía por cristiano y eso suponía una enemistad secular para el Islam.

En el año 2001, Magraner denunció a las autoridades pakistaníes que estaba siendo objeto de insultos y amenazas por parte de personas muy concretas de los alrededores de su residencia, pero en ese momento Pakistán vivía un estado convulso de atentados y asesinatos y nada hacen por la seguridad del científico, salvo recomendarle que se aleje una temporada.

Entre el dos y el tres de agosto de 2002, Jordi Magraner fue asesinado junto con un sirviente, en su propio domicilio. Los autores los degollaron a ambos y para disimular, robaron determinadas piezas, entre ella un ordenador que fue encontrado tiempo después en la vivienda de uno de los sospechosos del doble asesinato, un afgano llamado Mohammad Deen.

El amor por la ciencia puede llevar a situaciones dramáticas como esta.

jueves, 2 de julio de 2020

RAIMONDO DI SANGRO




En 1894 un cronista napolitano llamado Fabio Colonna hizo un descubrimiento terrorífico. En la casi olvidada capilla de Sansevero, de Nápoles que había sido propiedad de la familia principesca de Di Sangro, aparecieron dos cajas de madera que contenían dos esqueletos humanos con sus vísceras blandas y sus venas momificadas, más bien petrificadas, pertenecientes a un hombre y una mujer, que presentan unos rostros con expresión de terror que asustan nada más mirarlos.

Se veía claramente que eran obra humana y rápidamente se pensó en un personaje lúgubre y macabro que vivió en el siglo XVIII y que, perteneciendo a la familia titular de la capilla, había sido conocido como Raimondo di Sangro.

Conocido también como Príncipe de Sansevero, nació el año 1710 en el seno de una poderosa familia napolitana. Su madre murió a los pocos meses y su padre, viudo joven y príncipe poderoso, cometió tantos desmanes sexuales que finalmente fue expulsado de Italia, así que, con poco más de un año, Raimondo fue confiado a la tutela de su abuelo, iniciando a la edad adecuada sus estudios sobre literatura, geografía y artes caballerescas, tan al gusto de la época.

Muy pronto, sus preceptores descubrieron que tenía una mente prodigiosa e impulsaron a su padre y su abuelo a enviarlo al Colegio Jesuita de Roma, la escuela más prestigiosa de la época, donde completó su formación en filosofía, lenguas, ciencias naturales, hidrostática y arquitectura militar. Llegó a dominar ocho idiomas y con apenas veinte años, había completado sus estudios, trasladándose a vivir a Nápoles, donde residió en el palacio de Sansevero.

Se casó con su prima Carlota, riquísima heredera con la que se sabe que tuvo un hijo, Vicenzo.

Fue amigo personal del rey de Nápoles, que posteriormente sería Carlos III de España, el cual lo distinguía con su amistad y numerosas condecoraciones.

Raimondo inventó un dispositivo hidráulico completamente innovador y un arcabuz que no usaba mecha para iniciar el disparo, sino aire comprimido, construyendo un ejemplar que regaló al su amigo el rey. También inventó un cañón mucho más ligero de peso y de mayor alcance. Según su biógrafo, el arma estaba hecha de una aleación especial muy ligera y resistente, cuya composición no se supo nunca.

Y es que trabajar en laboratorio era la pasión de Raimondo, considerado como un experimentado alquimista que no buscaba la piedra filosofal, sino la posibilidad de volver a la vida a los seres fallecidos. A pesar de sus buenas intenciones, no se tienen noticias de que en este campo hubiera obtenido ningún éxito.

Construyó un carro anfibio capaz de trasladarse sobre el mar al convertir sus ruedas en paletas impulsoras, con el que se paseaba todos los domingos, ante la expectación de la ciudadanía.

Inventó, así mismo, una cera vegetal que se comportaba como la cera de abejas, una seda, también vegetal y con idéntico comportamiento y con esta seda produjo un papel muy especial, como los que se elaboraban en China.

Si bien no conseguía que nadie regresara del mundo de los muertos, si que es cierto que empezó a adquirir fama como sanador cuando en 1747 salvó al Príncipe de Bisignano de lo que los médicos pronosticaban como muerte segura, así como la de alguna otra personalidad de la época, casos sobre los que existen testimonios médicos de la recuperación de los pacientes.

En una revista de Florencia publicó un descubrimiento que había realizado de manera accidental, cuando experimentaba en su laboratorio. Consistía en una sustancia inflamable que una vez encendida había seguido ardiendo durante meses sin que experimentara ninguna disminución en su peso. Lo llamó La Luz Perpetua y se abstuvo de notificar cual era su composición, aunque reconoció que entre otras sustancias contenía una extraída de los huesos del cráneo humano.

Este invento ha sido muy discutido y la ciencia no lo reconoce como tal, existiendo algunos científicos de la ápoca que pensaron que Raimondo hacía una referencia esotérica, más que una divulgación científica, porque ya, sobre toda su personalidad, pesaba más el aspecto hermético.

Dejando para el final la historia de los dos esqueletos con vísceras y venas hallados en la capilla de Sansevero, es de reseñar que dicha capilla es de una belleza extraordinaria y actualmente está convertida en museo, y es uno de los más visitados de Nápoles.

En ella y entre las muchas y valiosas piezas existentes, nos encontramos una obra casi única. Se trata del Cristo Velado, una escultura en mármol de un Cristo fallecido y cubierto por un lienzo, a través del cual se puede observar toda la anatomía y las facciones del yacente.

 

Detalle de la capilla y el Cristo Velado

 

La obra se realizó por indicación de Raimondo quien primero se la encargó a un famoso escultor de la época, Antonio Corradini, el cual murió al poco tiempo habiendo realizado solamente la maqueta de la obra en terracota.

En vista de la situación, di Sangro se la encargó al escultor Giuseppe Sanmartino, que sin respetar la idea de su antecesor creó una obra de arte digna de toda admiración.

La obra se terminó en 1753 y fue inmediatamente objeto de admiración general. La complejidad de obtener una “transparencia” inducía a pensar que toda la obra no podía ser una sola pieza de mármol y la fama de alquimista del mecenas, impulsaba esa idea. Se decía que en sus muchos experimentos, di Sangro había encontrado la forma de ablandar el mármol y que así habían podido trabajarlo con la perfección que se apreciaba y en cuanto al velo, era un velo real extendido sobre la escultura y que habría sido tratado con alguna de las sustancias misteriosas que el alquimista usaba para convertirlo en mármol.

Investigaciones científicas realizadas sobre la escultura demuestran que el velo forma parte de la pieza de mármol sobre la que está esculpido el Cristo y el conjunto es producto exclusivo del arte y no de practicas alquimistas.

Sin embargo, lo de ablandar el mármol, como también se dijo de las piedras graníticas de las pirámides o las construcciones incas, es algo que muy posiblemente pasadas civilizaciones conocieron.

Pero la pieza magna de la capilla de Sansevero son las dos “máquinas anatómicas” descubiertas a finales del siglo XIX.

 

Las llamadas Máquinas anatómicas

 

Dentro de dos esqueletos, masculino y femenino, se encuentran vísceras blandas, corazón, páncreas, hígado…, más que momificados, petrificados y todo un entramado de venas y arterias mostradas con una precisión y conocimiento anatómico extraordinarios.

De inmediato se adjudico a Raimondo aquel sombrío descubrimiento y se supuso que aquellos esqueletos pertenecían a dos personas a las que el príncipe habría sometido a una prueba realmente cruel y macabra.

Ya habían pasado cien años desde la muerte de di Sangro, por lo que todo lo que en ese momento se asegurase no pasaba de ser meramente especulativo.

Así, se supone que di Sangro utilizó en su experimento a dos personas vivas, a las que introdujo en el torrente sanguíneo una solución a base de metales pesados, posiblemente mercurio y alguna otra sustancia que el corazón de ambos fue bombeando y distribuyéndola por toda la red de venas, arterias y capilares, que se iban petrificando, lo mismo que las vísceras que recibían dicha sangre.

Lógicamente, para que el corazón bombeara la sangre, las dos personas debían estar vivas y soportando un proceso que debería ser largo y muy doloroso, lo que explica la expresión de pavoroso sufrimiento que muestran hasta que se produjera la muerte al petrificarse la sangre.

No se sabe quienes eran las personas que padecieron este doloroso experimento, aunque se supone que debían ser sirvientes suyos a los que obligara a participar, o esclavos que comprara para tal fin.

Como siempre suele ocurrir, frente a la evidencia de las dos momias, han surgido voces más o menos acreditadas desmintiendo la veracidad de tales momias y aduciendo que son objeto de taller, creados con cera y seda, como la que Raimondo había inventado, pero todos han coincidido que los esqueletos son auténticos y la posibilidad de crear un entramado de venas y arterias como las que presentan las dos “máquinas anatómicas” es más difícil de conseguir que la transparencia del mármol en la escultura de Cristo Velado.

Raimondo di Sangro falleció en 1771 en Nápoles y su hijo se deshizo de todas las pertenencias de su padre.

Actualmente la capilla de Sansevero pertenece a la familia napolitana d’Aquino y está convertida en museo.

viernes, 26 de junio de 2020

SALIR DE LA IGNORANCIA




Decía un sabio que quería aprender no para saber más, sino para ignorar menos y es un buen pensamiento que entra en conexión con ese otro que dice querer cambiar todo lo que se sabe por la milésima parte de lo que se desconoce.

Si hacemos un repaso por el desarrollo del conocimiento a lo largo de la historia, podemos comprobar que se han ido alternando periodos donde el saber ha sido brillante, por otros en los que no ha sido precisamente brillo, sino opacidad, lo que lo ha adornado.

Nos sorprenden los conocimientos que civilizaciones antiguas debieron tener sobre temas tan complejos como la astronomía, cuando en plena Edad Media, quisieron quemar a Galileo por decir que era la Tierra la que giraba alrededor del Sol y no al revés, como el rancio catolicismo imponía.

Porque se ha dicho, desde hace ya varias décadas, que babilonios, egipcios e incluso mayas, en otro continente, poseían una información bastante exacta del universo y que la reflejaron en su cultura de formas diversas, pero la más común fue estableciendo proporciones en edificaciones de todo tipo.

Encontrar la relación entre la altura de una pirámide y el área de su base puede estar conectado con cierto número descubierto siglos después por los griegos, o saber cómo orientar la entrada del templo de Abu Simbel para que recoja los rayos del Sol naciente 61 días antes y 61 días después del solsticio de invierno (21 de diciembre), proyectándose hasta la pared del fondo; o cómo sale el Sol ante los ojos de la Esfinge de Guiza el día en que se inicia la primavera, requiere de unos recursos matemáticos y astronómicos realmente avanzados.

La meseta de Guiza y las construcciones que alberga denotan unos elevados conocimientos que de alguna forma el pueblo egipcio poseía, cuando la realidad es que en otros campos, su bagaje cultural era más bien escaso. Pero no es imposible destacar en una sola rama del saber y hacerlo hasta extremos insospechados.

 

La Esfinge y la Pirámide de Keops

 

Según la historia ortodoxa nos ha ido marcando, la cultura egipcia sucedió a la mesopotámica y a ella le siguió la cretense, luego la griega, romana, etc., pero la ciencia avanza en dirección divergente de la clásica ortodoxia y poco a poco se van haciendo descubrimientos que realmente hacen pensar si no estaremos en todo equivocados y hay que replantear todo nuestro conocimiento.

Con años de diferencia, las construcciones de la llanura de Guiza más importantes son las tres pirámides, Keops, Kefrén y Micerinos y la Esfinge. Todas ellas fueron construidas entre los siglos XXVI y XXVII antes de nuestra Era.

Junto a ellas hay otras pirámides, mucho más discretas y escalonadas, son las mastabas, construcciones que querían llegar a la altura de sus hermanas mayores, sin conseguirlo.

Es decir, hace unos cuatro mil seiscientos años, se construyeron las impresionantes obras arquitectónicas de la famosa meseta.

Cierto que datar de forma precisa las construcciones a base de piedras es muy complicados, porque las piedras han existido desde siempre y solo las han transportado, por lo que se complica el método del carbono14, así que para tener una certeza será preciso emplear otros métodos, mucho más complicados y a la vez más científicos.

Así, ha surgido la “Arqueoastronomía”, una forma de datar las construcciones a partir de los datos astronómicos que los constructores incluyeron en sus obras.

Esta nueva ciencia se basa en el enorme progreso que la astronomía ha experimentado en el último siglo y que permite conocer con exactitud milimétrica que posición ocupaban las estrellas y las constelaciones en relación con la tierra a lo largo de los siglos y de los milenios. En definitiva es un sistema de datación por la alineación de las estrellas.

En el caso de la meseta de Guiza la datación de sus cuatro figuras más emblemáticas ha experimentado cambios de muy diverso tenor. En primer lugar se ha creído que la Gran Pirámide, la de Keops, es unos setenta años más moderna de lo que se la había datado, por lo que no pudo haber sido erigida por este faraón y sin embargo, la Esfinge sería mucho más antigua, dado el alto grado de erosión que presenta.

Todo esto se complicó más cuando usando la arqueoastronomía, el ingeniero y escritor belga, nacido en Alejandría, Robert Bauval comprobó que las tres pirámides están construidas como reflejo en la Tierra de las tres estrellas de la constelación de Orión, también llamada de El Cazador, quizás la constelación más prominente del cielo que puede verse desde los dos hemisferios terrestre.

Por si esa teoría no tuviese suficiente rigor, se han hallado textos egipcios en los que se relata que cuando el rey mítico Osiris murió, se trocó en una estrella de Orión, paso previo a convertirse en una deidad. Eso demuestra la importancia que dicha constelación tenía para los egipcios.

Pero la posición de las pirámides no se corresponde actualmente con la situación de las estrella de esa constelación y es que el firmamento va cambiando conforme a unos patrones muy exactos, de manera que es posible redefinir su posición en cualquier momento del pasado.

De esa manera se comprobó que la posición sí se correspondía exactamente con la que las tres estrellas tenían en el año diez mil quinientos antes de nuestra Era y además que la Esfinge, en aquel momento, miraba en dirección contraria a Orión.

Aquí está el enigma. O bien todas las construcciones de la meseta de Guiza son del año menos diez mil quinientos, o bien quisieron los egipcios realizar algún tipo de conmemoración hacia esa fecha, en cuyo caso sus conocimientos astronómicos serían aún superiores a lo imaginado porque habrían de conocer la posición de las tres estrellas seis mil años atrás.

De una u otra forma, hay que replantear el conocimiento a la luz de los avances tecnológicos, pues de no ser así, nos habríamos quedado con la pueril explicación que el arzobispo de Armagh, James Usser dio de la edad de nuestra planeta, teniendo como único fundamento la lectura exhaustiva de la Biblia. De esa manera tan científica llegó a la afirmación de que la Tierra se empezó a construir a mediodía del domingo 23 de octubre de 4004 AC y todo lo creado es obra de Dios.

Y se quedó tan tranquilo, como puedes ver si consultas el artículo que escribí hace unos años y que se encuentra en este enlace: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com/2013/04/la-edad-de-la-tierra.html

Esta posición, que en el seno de las religiones cristianas, se denomina “creacionista”, se enfrenta radicalmente contra la llamada “evolucionista”, creada a raíz de que Charles Darwin planteara la idea de la evolución biológica en su libro “La evolución de las especies”, de 1859.

Solamente la fe podía salvar del abismo científico una teoría tenida ya por absurda, pero un descubrimiento realizado a principio del siglo XX,  en las orillas del río Paluxi, en Texas, vino a complicar el asunto. Aparecieron unas huellas de dinosaurios impresas en unos sedimentos de hace doscientos cincuenta millones de años y junto a ellas, huellas de pies humanos.

Los dinosaurios desaparecieron hace sesenta y cinco millones de años y los primeros homínidos empezaron a caminar hace unos cuatro millones. Por tanto, dinosaurios y homínidos no pudieron nunca convivir.

 

Huellas sobre el sedimento del río Paluxi

 

Salvo que la interpretación sea la creacionista en cuyo caso es muy sencilla: Dios los creó a todos a la vez hace seis mil años.

Tan sencilla explicación agrede a la inteligencia humana que con una pregunta tan sencilla como: ¿qué pasó entonces si fueron creados hace seis mil años y dejaron su pie impreso hace doscientos cincuenta millones?, se desmonta la base de la teoría.

Pero la otra, la evolucionista tampoco consigue explicar el asunto: ¿cómo es que homínidos y dinosaurios pisaron a la vez el mismo sedimento?

Muchos científicos han estudiado el tema y se han formulado teorías que van desde que las pisadas no son humanas, hasta asegurar todo lo contrario y certificar que sí lo son.

Habrá muchas explicaciones que pueden desplazarse desde la existencia de un fraude de arqueólogos deseosos de fama, hasta desconocimiento de especies animales que pudieran dejar aquellas huellas parecidas a la de los humanos. O, por que no, humanos que ya existieron en aquella época y que por razones que ignoramos se extinguieran sin dejar rastro, volviendo a aparecer millones de años después, cuando evolucionaron de especies más perfeccionadas y con mejores perspectivas de supervivencia.

Si las pirámides o la Esfinge tiene seis mil años más de lo que hemos venido creyendo, moviéndose en un arco de tiempo muchísimo más estrecho, ¿por qué no pudo aparecer una efímera especie de homínidos hace doscientos cincuenta millones de años, cuando el arco temporal es tan amplísimo?.

La ortodoxia está anticuada. Hay que abrirse más al conocimiento de nuevas tendencias, nuevas ideas que traten de explicarnos lo que ya la ciencia obsoleta es incapaz de precisar.

jueves, 18 de junio de 2020

PEDRO "EL GRIEGO"




La pasada semana, mientras buscaba documentación sobre el museo de la ciudad cretense de Heraklion, me encontré con la sorpresa de que esta ciudad en tiempos se llamó Candía, tomando el nombre de la fortaleza que defendía su puerto.

Ese nombre me sonaba porque hace algún tiempo que estaba preparando documentación sobre un conquistador del Nuevo Mundo al que se conoce como Pedro de Candía, o Pedro “el Griego”, personaje de vital importancia en la conquista del Perú y que ha pasado desapercibido en la historia.

El tal Pedro de Candía había nacido allí, en Heraklión,  alrededor del año 1484.

En ese momento la isla de Creta, la mayor del archipiélago griego, estaba en manos de la República de Venecia y de los Caballeros del Temple.

Allí, en la fortaleza de la ciudad, nació Pedro en el seno de una acomodada familia veneciana, cuyos padres murieron en uno de los muchos asedios a los que los piratas otomanos y berberiscos sometían a la isla.

No se sabe a ciencia cierta si su madre era veneciana o aragonesa, pero lo que se conoce es que tras la muerte de los padres, Pedro, junto con sus tres hermanos mayores y una hermana más pequeña, fue trasladado a una ciudad llamada  Castelnuovo, donde un hermano de la madre fallecida, se hizo cargo de la educación de sus sobrinos.

Con el nombre de Castolnuovo hay más de una docena de ciudades repartidas por toda la península italiana, incluso en la costa continental del Adriático, por lo que se desconoce el lugar exacto en el que Pedro y sus hermanos pasaron el resto de su infancia.

El hecho de que años más tarde, la familia de su tío y los cuatro huérfanos se trasladasen a España, concretamente a Aragón, es lo que hace pensar la ascendencia de su madre, como se dijo más arriba.

 

Fortaleza de Candía, defendiendo el puerto

 

Pedro, bajo el amparo de su tío, inicia una carrera militar instruyéndose en la técnica innovadora del manejo de explosivos, así como en las modernas técnicas de la artillería, donde alcanza una alta cualificación.

Participa en diferentes campañas militares con las fuerzas españolas contra los piratas del norte de África como es la toma de Orán, golpe durísimo a la piratería bereber, el sitio de Bugía, o la rendición de Trípoli, siempre a las órdenes de Pedro de Vera, comandante de las tropas castellanas encargado de la artillería y que poseía una gran experiencia, después de haber participado en numerosas campañas como la conquista de las Islas Canarias.

A las órdenes de su comandante, Pedro “el Griego”, empieza a ser muy conocido por su alta preparación y su eficacia en la fabricación de pólvora, así como su destreza en el empleo de toda clase de armas de fuego, desde trabucos y arcabuces hasta culebrinas, falconetes, cañones y obuses.

Su última participación junto al comandante Pedro de Vera fue en la famosa batalla de Pavía, celebrada en 1525 contra los franceses en la que, además de una brillante victoria, se hizo prisionero al rey francés Francisco I que fue trasladado a Madrid.

Después de esta batalla, “el Griego” se traslada a Castilla, donde inicia su servicio en el cuerpo llamado Guardas de Castilla, que se había creado después de la conquista de Granada y se considera que es el primer verdadero ejército español, completamente profesional y con las consiguientes divisiones en diferentes armas.

Es en esta etapa cuando contrae matrimonio y reside en Villalpando, en la provincia de Zamora, pero dura poco su estabilidad matrimonial pues con el nombramiento de Pedro de los Ríos, noble cordobés a quien debió conocer en el servicio de las Guardas de Castilla, como gobernador del territorio conocido por Castilla de Oro de Tierra Firme, en la América Central, se decide por trasladarse al Nuevo Continente.

Corría el año 1526 y el continente americano bullía de ambiciones. Todo el mundo ansiaba enriquecerse con el oro y la plata que aquellas tierras proporcionaba, aunque otros buscaban más la fama y la gloria de la conquista.

Las habilidades de “el Griego” con los explosivos le hacía un valor muy codiciado, pues la explosión de un petardo, el disparo de un arcabuz o el más potente de una culebrina, era algo que aterrorizaba a los indígenas que de esta forma y ante el temor de verse abatido por aquel ruido mortífero, se sometían a los conquistadores.

Por encargo de su amigo, el gobernador de los Ríos, se une a las huestes de Almagro que está formando un contingente para, a su vez, unirse a Francisco Pizarro e iniciar la conquista de las tierras al sur de Panamá.

En algunos escritos de correspondencia cursados entre los conquistadores y el gobernador, se hace alusión a Pedro de Candía como soldado experto en estrategia militar y muy hábil en temas de artillería y explosivos, su verdadera especialidad.

Cuando la expedición de Almagro se une a la de Pizarro y su gente, al sur del río San Juan, había pasado ya un año desde que Pedro pusiera pie en tierras americanas.

De inmediato se inició la exploración de aquel territorio, pero dada la inmensidad de aquellas selvas y costas y la escasez de hombres, Pizarro decide establecerse de momento en la llamada Isla del Gallo, en la costa de Colombia, muy cerca de lo que hoy es frontera con Ecuador y allí esperar a que Almagro reclutase más hombres en Panamá.

Las condiciones de supervivencia en aquella isla eran durísimas y muchos de los participantes de aquella expedición querían volverse a Panamá, pero Pizarro, consciente de la intención de algunos de sus hombres, estableció unas condiciones de casi confinamiento.

No obstante, los descontentos, ante la imposibilidad de escapar de aquella reclusión, optaron por otra forma de comunicarse con el exterior y consiguieron introducir en el correo que de tarde en tarde llegaba a la isla, una serie de quejas para el gobernador Pedro de los Ríos, el cual, a la vista de las demandas formuladas por los descontentos decidió enviar un representante suyo, el cual se presentó a Pizarro y le obligó a dejar salir de la isla a aquellos que lo desearan y que volverían con él a Panamá.

Para disgusto de Pizarro, la mayoría siguió al representante del gobernador y solamente trece hombres se declararon decididos a continuar junto a Pizarro. Son los que la historia conoce como “Los trece de la fama”.

Y entre ellos se encontraba Pedro “el Griego” que, en vista de su fidelidad al conquistador, hizo que éste le prestase mucha más consideración.

Pedro de Candía era un hombre fuerte, decidido, valeroso y nada pusilánime, por eso se ofreció para ser el primer conquistador que entrase en contacto con los indígenas. Fue en un poblado llamado Tumbes, en la costa norte de Perú.

De lejos parecía una ciudad fortificada, pero el de Candía no puso reparo alguno y con una gruesa cota de malla, yelmo y celada, con una espada al cinto y escudo de acero, cogió su arcabuz y avanzó decididamente hacia la ciudad.

La presencia de un solo hombre no pareció inquietar a los indígenas, a los que dejó aterrorizado cuando disparó el arma sobre unos tablones que quedaron hecho añicos.

A la vista del poder que aquel hombre tenía, los incas consideraron que era un enviado de su principal dios, “Viracocha”, ofreciéndole hospitalidad e invitándole a visitar su ciudad, donde le mostraron templos, casas, la fortaleza y cuanto había en la ciudad. Allí, “el Griego”, comprobó las inmensas riquezas que la ciudad albergaba y al regresar con sus compañero y relatar lo que habían visto sus ojos, despertó la codicia en los expedicionarios.

Pero no era posible que con trece hombres acometieran la tarea suicida de enfrentarse a aquellos indígenas que parecían estar muy bien preparados, por mucho que las armas de fuego pudieran aterrorizarlos, por lo que Pizarro decidió regresar a Panamá y contando su descubrimiento, conseguir más gentes para iniciar la conquista.

Expuesto su plan, el gobernador no se lo permitió, por lo que Pizarro, acompañado por “el Griego” emprendieron viaje a España, para entrevistarse con el emperador Carlos V.

Una vez en España, ante los miembros del Consejo de Indias, Pedro de Candía relató su experiencia con toda suerte de detalles, e incluso aportó un plano de la ciudad que él mismo había confeccionado.

El resultado fue la firma en Toledo de unas capitulaciones en las que se concedió a “el Griego” la categoría de hidalgo, además de regidor de la ciudad de Tumbes y el nombramiento como Artillero Mayor del Perú.

Iniciada la expedición para la conquista, participó activamente en todas las operaciones que se llevaron a cabo, sobre todo en la captura del inca Atahualpa y fue el primer alcalde de la ciudad de Cuzco, creada por los españoles en 1534.

Pedro de Candía murió en la batalla de Chupas, defendiendo el bando de Diego de Almagro, llamado “El mozo”, hijo del Almagro conquistador enfrentado a Pizarro, frente a las fuerzas realistas mandadas por Cristóbal Vaca de Castro, a manos del propio Diego de Almagro que consideró que “el Griego” lo había traicionado en el curso de la batalla. Era el 16 de septiembre de 1542.

 

La batalla de Chupas, según grabado de 1727