lunes, 1 de abril de 2013

SUSANA BEN SUSÓN, LA SUSONA

Publicado el 20 de noviembre de 2011




Otra mujer, protagonista de la Historia, de entre las muchas que dieron estas tierras, aunque en nada similar a la que tuvimos ocasión de conocer en anteriores artículos, también vivió en Andalucía y más concretamente en el típico barrio de Santa Cruz, de la ciudad de Sevilla.
Con ella y con su familia se pueden hacer algunas constataciones sobre hechos y circunstancias que han permanecido inalterables a lo largo de los tiempos; voy a tratar de explicarlo.
Desde que en el año 70 de nuestra Era, el general romano Tito, antes de ser emperador, destruyese por segunda vez el templo de Jerusalén y ordenase la diáspora del pueblo judío, éstos se dispersaron y se asentaron por toda Europa, siendo España uno de los países en donde hubo mayor asentamiento.
Muy pronto, la laboriosidad de este pueblo en determinadas materias, lo hicieron salir del estado de postración posterior a la salida de su tierra y la banca, así como buena parte del comercio en general, estuvo en manos de aquellos exilados que, ciertamente, se integraban poco y mal en los pueblos y las culturas que los acogieron.
Nunca abandonaron su fe, su lengua y sus costumbres, rodeándose todos para vivir en barrios llamados juderías, de donde casi no les era necesario salir.
Pasados los años y los siglos, las cosas seguían igual en cuanto a sus costumbres, pero se había producido una circunstancia excepcional que hacía a aquella gente sumamente peligrosa para los estados y es que todo el poder económico de los principales países europeos estaban en manos de los judíos, que a la sombra, eran el verdadero poder económico de los gobiernos, a los que prestaban dinero con intereses usurarios.
Eso y la afrenta que para los cristianos de aquellos tiempo de fanatismo religioso, más impuesto por la Iglesia y vigilado por la Inquisición que como verdadera expresión de su fe, suponía tener que convivir con los descendientes del pueblo que había sacrificado al Hijo de Dios, produjeron situaciones muy delicadas, hasta el extremo de que en 1492, recién terminada la Reconquista, se decidió la expulsión de los que no abandonaran la fe judía y abrazaran la religión católica.
Pero antes de eso, pasaron muchas cosas en todas las ciudades importantes de la Península Ibérica y en Sevilla sucedió algo que pudo cambiar el curso de la historia y en la que La Susona tuvo un papel preponderante.
Su padre, Diego Susón, era un poderoso banquero judío de Sevilla, que además de un enorme poder económico, poseía mucha ascendencia sobre el importante colectivo semita, a la sazón bastante harto de las constantes vejaciones que habían de sufrir por parte de los cristianos.
En el mes de marzo de 1391 estalló la primera explosión de ira de los cristianos contra los judíos, incitada por las incendiaria prédicas del arcediano de la catedral de Sevilla, un clérigo natural de Écija llamado Ferrán Martínez. La plebe, siempre dispuesta a cualquier desmán y con vistas a obtener sus propios beneficios, se dejó llevar por las soflamas del clérigo y entraron en la judería saqueando tiendas y negocios y maltratando a sus moradores, pero la cosa no pasó de ahí, porque las fuerzas del orden con el Alguacil Mayor a la cabeza acudieron prestos y apresaron a varios alborotadores, algunos de los cuales fueron castigados a penas de azotes.
No cesó el clérigo y el seis de junio del mismo año, incendiados los ánimos de los cristianos sevillanos, entraron en el barrio de la judería y con el grito de “muerte a los judíos”, no pararon en robar y saquear, sino que persiguiendo a los moradores por las estrechas calles de la judería, mataron a cuatro mil hebreos.
La revuelta se extendió primero por todas las ciudades importantes de Andalucía, luego por las de Castilla y por último, llegaron hasta el reino de Aragón y Cataluña.
Muchos judíos, sin embargo, consiguieron huir con sus familias y con casi lo puesto y años después, cuando las cosas parecían más calmadas, regresaron a su barrio con la intención de restaurar sus viviendas, rehacer sus vidas y, sobre todo, continuar con sus negocios. Pero, a pesar de las promesas hechas por las autoridades y por el propio rey, de que sus vidas y haciendas serían respetadas, los judíos no vivían tranquilos.
Pasaron los años y ya terminaba el siglo XV, cuando los Reyes Católicos tenían cercado el reino de Granada y el final de la Reconquista se contemplaba como posible y cercano, el banquero Susón ideó un plan para acabar definitivamente con aquella situación en la que vivían y lo mismo que ocurrió cuando la invasión musulmana de 711, que los judíos cansados de las vejaciones de los visigodos facilitaron la llegada e invasión de los árabes, quería ahora favorecer el resurgimiento del poder musulmán.
Para ello se reunió con gente muy importante de todo el reino y se confabularon para yugular la economía del Estado; debilitarlo hasta el extremo de que no pudiera mantener el ejército y entonces aflorar dinero a las arcas mahometanas y propiciar la contratación de mercenarios bereberes y turcos, para enfrentarse a los ejércitos cristianos.
El plan era mucho más complejo y no descartaba emplear la violencia en ciudades importantes para hacerse con el poder fáctico.
La conjura iba viento en popa, propiciada por los magníficos cauces de comunicación que los comerciantes y banqueros poseían para sus transacciones económicas y amparada por el uso de la lengua hebrea que no era comprendida por los cristianos y sobre todo, por la apariencia de renegados de su dogma que tanto Susón como sus demás correligionarios, tenían. Todos ellos eran judíos conversos que en el fondo seguían practicando su religión, aunque de forma tan oculta que entre ellos se encontraban personajes de alto renombre en la sociedad sevillana, como Pedro Fernández de Benadava, mayordomo de la catedral; Juan Fernández de Abolafia, letrado y alcalde de Justicia, Adolfo de Triana y muchos otros.
Tenía Diego Susón una hija llamada Susana Ben Susón, una mujer joven de gran belleza, la cual era consciente del poder que podría llegar a alcanzar si conseguía un buen matrimonio con algún joven de la nobleza sevillana y en eso estaba la joven Susana, a la que llamaban “La Susona”, en relaciones con un joven de alto rango dentro la nobleza, cuando tuvo conocimiento de la trama que su padre tenía urdida.
No sospechando el alcance que su decisión pudiera tener, ni confiando tampoco en que la conjura que su padre capitaneaba pudiera llegar a buen puerto, contó a su enamorado los detalles de aquella traición que los judíos preparaban, aportando toda suerte de detalles sobre los planes que pretendían, las personas a las que pensaban asesinar y la forma en la que se iban a hacer con el control de la ciudad.
El joven enamorado, abrumado por la gravedad de lo que Susana le había contado, acudió al alcaide de la ciudad, don Diego de Merlo, al que puso en antecedentes de cuanto sabía por boca de su novia.
El alcaide inició unas pesquisas que le condujeron a comprobar que lo que le había contado su confidente era totalmente cierto y que en la casa de Susón, se reunían con frecuencia aquellos conspiradores. Y así, una noche, esperando que estuviesen todos reunidos, con fuerte guardia de alguaciles y corchetes, se presentó en la casa del banquero, sita en la calle entonces llamada de la Muerte, en pleno barrio de Santa Cruz y los prendió a todos.
No suponía quizás La Susona el alcance de su delación, ni que a su padre y a todos los conspiradores los fueran a ajusticiar, pero así fue y tras juicio sumarísimo en el que se vieron forzados a confesar, todos los conjurados fueron trasladados a los campos de Tablada, donde se aplicaban las penas de muerte y allí fueron ejecutados. Sus cadáveres permanecieron expuestos por un año, como se hacía con los más abyectos criminales.
Cuenta la tradición que, arrepentida de su acción, repudiada por su gente y abandonada por su amante, ingresó en un convento de clausura en donde murió, pero lo cierto es que su cadáver apareció en la casa número 10 de la Calle de la Muerte y junto a él una nota manuscrita en la que pedía que tras su muerte le cortasen la cabeza y la clavaran sobre el dintel de la puerta y permaneciera allí para siempre. A finales del siglo XVIII se retiró la calavera y se sustituyó por dos azulejos, cambiándose el nombre de la calle que desde entonces se denomina Susona.

Azulejo conmemorativo en la calle Susona


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