domingo, 31 de marzo de 2013

EL VICTORIOSO DE DIOS

Publicado el 10 de abril de 2011




La Historia es a veces grandilocuente y orgullosa y a veces tímida y humilde. En artículos anteriores he sacado del cajón de la humildad algunas gestas que no merecían encontrarse en el baúl del olvido, pero a veces es también necesario dosificar el orgullo y colocar a las cosas en el terreno de su justa medida.
Algo así como esto último es lo que estudiamos en los libros de Historia de mediados del siglo pasado y yo recuerdo muy bien que al estudiar la Reconquista, leímos con satisfacción que las huestes cristianas, al mando del Conde de Castilla, don Sancho García, derrotaron y dieron muerte al temible caudillo musulmán Almanzor, en la famosa batalla de Calatañazor. Pues bien, parece que las cosas no fueron realmente así.
Hace veinte años, cuando estaba destinado en las castellanas tierras de Zamora, tuve la oportunidad de conocer lugares emblemáticos de nuestra historia, en los que aquella tierra es muy rica.
Uno de los últimos lugares que visité, una fría tarde de invierno, fue Calatañazor. Para quien no conozca este nombre, es necesario aclarar que se trata de un pequeño pueblo de la provincia de Soria, que pasó a la historia porque allí se dio una batalla que cambió considerablemente el curso de los acontecimientos durante la Reconquista.
Los hechos ocurrieron hace más de mil años, en el verano de 1002. Por aquellos tiempos, la principal preocupación de todos los cristianos que poblaban la Península Ibérica, que aún no se llamaba España, era, sin duda alguna, expulsar a los invasores árabes que ya llevaban aquí casi tres siglos.
Pero la Reconquista encontraba tremendas dificultades derivadas, de una parte, del propio carácter de los pueblos godos que poblaban el territorio, enzarzados constantemente en luchas entre ellos por la propia hegemonía, pero sobre todo, porque el enemigo era muy superior.
En aquella época, el Califato de Córdoba, en el que gobernaba la dinastía de los Omeyas, hacía sombra al de Bagdad, a donde se había trasladado la capital del imperio musulmán, después que los Abasíes destronaran a los Omeyas de Damasco.
Fue Abderramán III el que se proclamó califa después de conquistar Córdoba, en año 929.
Pero lo mismo que en tierras cristianas, los invasores estaban fuertemente divididos y diferentes facciones como los sirios, los bereberes y los propios árabes, se disputaban el poder y las tierras. A la muerte de Abderramán, le sucedió su hijo Alhaken II y ese momento supone el inicio de la carrera militar y política del personaje del que me propongo hablar.
Su nombre era, como el de casi todos los árabes, larguísimo, pero era conocido por Al-Mansur Billah, que quiere decir “El Victorioso de Alá”. En el lado cristiano se le conocía como Almanzor.
Joven inteligente y ambicioso, había estudiado leyes y letras en Córdoba y pronto empezó a destacar hasta ser nombrado intendente del heredero del califato, el príncipe Hisham. Cuando murió su padre, el príncipe tenía once años y algunas de las facciones poderosas pretendían sustituirlo por su tío Al-Mugirah, hermano del califa muerto.
Aquí entró Almanzor en liza por primera vez, pues se encargó de asesinar al pretendiente al trono, asegurando la sucesión de Hisham II y su propio lugar en la corte.
Después de llenarse los bolsillos de manera fraudulenta, consiguió salir airoso de la denuncia que se le interpuso y no sólo bien parado, sino con más prestigio que antes.
Su figura alcanza gran popularidad por la supresión de tributos sobre las tierras y otras medidas demagógicas que tomó, pero sobre todo, por su destacada carrera militar, al frente de los ejércitos del califato.
Su ambición no tenía límites y su falta de escrúpulos contribuía eficazmente a alzarlo con todo el poder. Tenía al califa Hisham totalmente apartado de cualquier acto de poder, acabó con el visir del califato que le hacía sombra y por último, derrotó y mató a su suegro, el prestigioso general Galib, con cuya hija se había casado para asegurarse una buena alianza.
Todos los años, por la primavera, el caudillo Almanzor se ponía al frente del ejército y marchaba de correrías por las fronteras con los reinos cristianos del norte, causando enormes destrozos y saliendo victorioso en todas las campañas.

Estatua del Caudillo Almanzor en Algeciras
Hasta cincuenta y seis incursiones realizó, consiguiendo importantes victorias y asolando ciudades como León y Zamora, o saqueando otras tan lejanas de Córdoba como Barcelona, Pamplona y Santiago de Compostela.
Después de arrasar esta ciudad y destruir su iglesia, hizo desmontar las campanas que trasladó hasta Córdoba, cargadas a hombros de cristianos prisioneros.
Pero de manera inexplicable y a pesar del odio que el caudillo musulmán tenía hacia todo lo cristiano, hizo respetar la tumba del Apóstol, lo que se ha interpretado como el mayor error táctico cometido por el invicto caudillo, pues al permanecer intacta la supuesta sepultura del apóstol Santiago, se incrementó la afluencia de peregrinos que revitalizó, en el aspecto económico y estratégico-militar, la situación de los reinos cristianos del norte de la península.
Tal era su prestigio y tan desmedida su ambición que forjó la idea de convertirse él mismo en califa y dejar para sus descendientes tan importante herencia. Y ese fue un hecho decisivo en la Historia de España, porque lo sucedido después, como consecuencia de eso, desencadenó la descomposición del califato de Córdoba y la aparición de los Reinos de Taifas, contra los que los cristianos tuvieron mucho más fácil combatir y alcanzar grandes victorias.
Pero estábamos en un pueblo soriano de extraordinaria belleza: Calatañazor.
En la actualidad es un municipio que cuenta con sesenta habitantes, todos mayores y muchos de ellos ancianos que no quieren, bajo ningún concepto, abandonar un pueblo en el que han vivido como si estuvieran en plena Edad Media.

Calle principal de Calatañazor


Y se cuenta en aquel pueblecito, una historia que poco tiene que ver con lo que habíamos estudiado en los libros y que la cultura popular había acuñado. Y es que se ha presentado la batalla de Calatañazor como la gran victoria cristiana que consiguió derrotar al caudillo Almanzor que murió a consecuencia de la heridas sufridas.
Pero parece que la cosa no fue así. Al menos, eso es lo que nos explicó un vecino del pueblo que había recibido por tradición oral la crónica de lo que aquel día, ocho de agosto de 1002, ocurrió en el llamado Valle de la Sangre, a los pies de la peña en la que se asienta el pueblo.
Calatañazor se encuentra estratégicamente situado sobre una montaña rocosa que domina el valle por el que discurre el río Milanos. Este valle se conoce con el nombre de Valle de la Sangre, sin que se sepa muy bien cual es la razón de tal calificativo, quizás debido al color rojizo de la tierra cuando la ilumina el sol crepuscular; aunque también puede ser por el color de las aguas del río que conoció tiempos de mayor esplendor y ahora es un arroyo bastante raquítico.
Lo cierto es que desde el castillo que corona la peña en la que se asienta la población, se domina un extenso valle que se recoge en la fotografía que ilustra esta página.

Valle de la Sangre visto desde el castillo.

Una tarde de primeros de agosto, los habitantes de Calatañazor divisan, muy a lo lejos, un grupo de hombres que se acerca hacia el pueblo caminando a lo largo del cauce del río.
La gente sospecha que puede tratarse de una partida de moros de las que suelen adentrarse en tierras cristianas para hostigar a sus habitantes, hacer prisioneros y botines y destruir iglesias y monasterios.
Porque esa era una de las aficiones preferidas de los invasores sarracenos y eso es lo que solía hacer el caudillo Almanzor que aquel año había salido de correrías por la zona de La Rioja, donde asoló el monasterio de San Millán de la Cogolla, una comunidad de ermitaños creada en el siglo V y que llegó a convertirse en uno de los focos culturales más importantes de Europa y muy posiblemente, el lugar en el que nació el idioma que se conoce como Castellano.
Los habitantes del pueblo estuvieron observando a aquella partida de guerreros que se acercaba y que a todas luces parecía ser de moros que regresaban de correrías. Convencidos de que las cosas eran como ellos pensaban, decidieron dar aviso a las tropas del Conde de Castilla, don Sancho García que se encontraban no muy lejos del lugar.
Advertido el conde, acudió con su gente a la salida del Valle de la Sangre, en donde esperaron que llegasen los moros, los cuales transportaban a Almanzor que había caído enfermo y se encontraba muy debilitado.
El caudillo árabe debía tener unos sesenta y cuatro años, edad muy avanzada para la época y además había tenido una vida plagada de sobresaltos, heridas, traiciones, conjuras y otros muchos incidentes que indudablemente influirían en una merma de su salud. Aquel año inició las correrías sin estar en buenas condiciones físicas, situación que se fue agravando en el transcurso del verano, hasta desencadenar en un debilitamiento importante que le tenía postrado y por eso, sus huestes, lo conducían en camilla hacia un lugar seguro, pues se encontraban infiltrados en tierras cristianas a bastante distancia de la seguridad que les proporcionaba la frontera.
La cuestión es que la partida del Conde de Castilla los esperó a la salida del valle y consiguió dispersar a la escasa tropa musulmana la que huyó a refugiarse en Medinaceli, donde días después falleció el caudillo Almanzor como consecuencia de las heridas que sufrió en aquella escaramuza, las que, sin duda, agravaron su ya precario estado de salud.
Fue enterrado en aquella ciudad; en Córdoba, la noticia de su muerte se acogió con una doble sensación de pena y alegría y los cristianos celebraron por todo lo alto la fabulosa victoria en la "Batalla de Calatañazor".
Antes de morir y dado el enorme poder político y militar que poseía y a lo que se sumaba su ambición, sintió la tentación de convertir en califa a su descendencia y así, nombró sucesor suyo a su hijo Abdel-Malik Al Muzaffar, que mantendría al califa Hisham II en la misma situación que había estado hasta ese momento, es decir, recluido en una jaula de oro, rodeado de lujos y mujeres, pero totalmente ajeno a la política del califato y sin poder alguno.
Pero la ambición era tónica común en la familia del caudillo y su segundo hijo Abderramán Sanyul, conocido popularmente como “Sanchuelo”, posiblemente envenenó a su hermano para hacerse con el poder.
Sin embargo esta muerte fue el desencadenante de una guerra civil entre los partidarios del califa y los del descendiente de Almanzor, dando lugar a la fragmentación del califato y el inicio de los llamados Reinos de Taifas.
Es una situación curiosa al comprobar que aquél que había sido el mayor azote de los reinos cristianos, el caudillo invicto bajo cuyo mandato alcanzó el califato de Córdoba su mayor esplendor, fuera también la figura que propició el inicio del declive de tan pujante civilización.
Contra el califato, un gobierno fuerte y consolidado, los reyes cristianos tenían poco o casi nada que hacer, salvo algunas escaramuzas fronterizas y batallas en las que casi siempre salían perdiendo, pero cuando se inicia lo que en la historia se conoce como la “fitna” o guerra civil, por hacerse con el poder, gran parte del poderío musulmán se pierde y cuando más tarde se fragmenta el califato, los reyes cristianos lo tienen mucho más fácil y comienza lo que verdaderamente supone la Reconquista, pues ya se ha señalado anteriormente que el propio Almanzor era capaz de asolar Galicia, Navarra o Barcelona, lo que da idea de hasta dónde llegaba su superioridad militar.
Y todo se inició en aquel Valle de la Sangre que se divisa desde el pueblecito de Calatañazor, a donde llegué una tarde fría de invierno.
Para terminar esta historia habría que relatar lo que cuenta la tradición y es que aquellas campanas de Santiago de Compostela que a hombros de cristianos fueron trasladadas hasta Córdoba, cuando Fernando III, El Santo, conquistó la ciudad, hizo justamente lo contrario y a hombros de moros fueron retornadas hasta su antiguo emplazamiento.

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