domingo, 31 de marzo de 2013

LA CARA DEL DEMONIO

Publicado el 1 de mayo de 2011




Cada año, por Semana Santa, multitud de cofradías de todas las ciudades y pueblos de España, sacan a sus titulares a las calle para procesionar. Cada año, una infinidad de obras de arte se exponen a la intemperie para dar satisfacción al sentimiento cofrade y festivo de millones de españoles y extranjeros que acuden a presenciar tamaño derroche de arte y sensibilidad.
Sería complicado hacer una relación de los imagineros españoles cuyas obras salen a la calle, de tan elevado como es su número: Berruguete, Alonso Cano, Juan de Mesa, Salzillo, Pedro de Mena, Martínez Montañés, Luján Pérez y muchísimos más, algunos, completamente anónimos que vivieron siglos atrás y con sus exquisitas obras llenaron de figuras policromadas nuestras iglesias y catedrales.
La imaginería tuvo su esplendor durante el Barroco y en esa época destacaron escultores de enorme talla, como Pedro Roldán y su hija, La Roldana, todo un personaje en la escultura y que ha pasado por la historia de manera bastante desapercibida.
Quizás, en nuestra provincia, Luisa Ignacia Roldán y Villavicencio sea más conocida que en otros lugares, porque Cádiz tuvo para ella una importancia trascendental.
Nació la Roldana en los primeros días del mes de septiembre de 1652, en Sevilla, cuarta hija de los nueve que tuvo el matrimonio formado por Pedro Roldán, importante escultor e imaginero sevillano que destacaba ya en su tiempo como una de las más importantes figuras del Barroco y Teresa de Jesús y Villavicencio, recibiendo el bautismo el día ocho de aquel mismo mes, en la iglesia de la Señora Santa María.
En el taller de su padre, junto con sus dos hermanas mayores, empieza a aprender los rudimentos de la profesión. Su hermana mayor, María, igual que Luisa, se inclinaron por la escultura; Francisca, la segunda, pintaba las imágenes y esculturas que se tallaban en el taller paterno y sus hermanos, Marcelino y Pedro también escultores, ayudaban, aunque sin demasiado éxito.
De entre toda esta familia de artistas, Luisa destacó sobremanera, llegando incluso a corregir las obras de su padre, como ocurrió con la imagen de Fernando III, el Santo, que le fue encargada con motivo de su canonización y que el cabildo catedralicio rechazó por no encontrarla conforme a las características solicitadas. Luisa se llevó la imagen al taller y le serró la cabeza y los brazos, tallando nuevas piezas a las que confirió un aire distinto y que fue aceptada por la catedral sin ningún reparo.
Pero la vida de la insigne escultora sufrió un revés que la marcó. En el taller de su padre trabajaba como aprendiz Luís Antonio Navarro de los Arcos, con el que Luisa se prometió en matrimonio. Al enterarse su padre se opuso rotundamente, prohibió que se vieran y despidió al aprendiz.
Luisa estaba decidida y sin la autorización de su padre, preceptiva en aquella época, se casó el día de Navidad de 1671, cuando solamente tenía diecinueve años.
Los acontecimiento posteriores vinieron a dar la razón a su padre que algo había visto en la conducta del aprendiz que no le gustaba para marido de su hija, la cual comprobó, al poco tiempo, que su marido no tenía nada que ver con la persona de la que creyó estar enamorada.
Tuvieron varios hijos que murieron antes de cumplir los dos años de edad, circunstancia que debe ser muy traumática para una mujer, pero más en este caso, cuando comprobaba que Luís no se ocupaba de aportar al matrimonio ni un solo ducado y que todo salía de su trabajo.
Distanciada del padre, no tenía demasiadas oportunidades y si a eso se le agrega que Sevilla salía a duras penas de una de las peores epidemias de peste bubónica de su historia, que produjo una mortandad de más de sesenta mil persona, sumiendo a la ciudad en una profunda crisis, es comprensible la falta de recursos y la desesperación que llegara a soportar La Roldana.
No obstante, su arte era reconocido por gran parte de la curia eclesiástica y por las familias adineradas, de manera que no le faltaron encargos, aunque cosa distinta era que después los cobrara.
Uno de esos encargos fue del convento de los Carmelitas de Cádiz, ciudad a la que se trasladó con sus hijos en 1684 y en donde esculpió el Ecce Homo que se conserva en la Catedral de nuestra ciudad y es la primera escultura documentada, considerada obra maestra por técnicos y expertos.
Otro encargo le vino de la catedral de Cádiz, que le pidió las esculturas de San Servando y San Germán, patronos de la ciudad, que se observan en la fotografía que acompaña a este texto y que se terminaron en el año 1687.


San Servando y San Germán, patronos de Cádiz.

De su estancia en nuestra provincia son varias imágenes que le fueron encargadas por iglesias como el San José con el Niño, de la Parroquia de San Antonio de Cádiz, el Cristo Nazareno, de la Iglesia Prioral de El Puerto de Santa María o la Soledad, de la Iglesia de la Victoria de Puerto Real, por cierto la única imagen de la Roldana en nuestra provincia que procesiona en Semana Santa.
Después de su estancia en Cádiz, Luisa consigue que Carlos II, el último de los reyes de la Casa de Austria, la nombre escultora de Cámara, y se traslada a Madrid con su familia.
Allí esculpe, por encargo del rey, su obra más controvertida y que da título a este artículo.
Le encarga el rey, para decorar un salón del Monasterio del Escorial, un San Miguel dando muerte al demonio y ella cumple su encargo, entregando una escultura muy del agrado del soberano que aún se conserva en el Monasterio.
En esa escultura, como buena artista que era, además de irónica y vengativa, Luisa esculpe su cara para dar imagen al ángel, mientras que al demonio le pone la cara de su marido que ya en aquellos momento llevaba una vida de vicio y disipación que los mantenía separado y del que había tenido que soportar abundantes malos tratos.
Pero aún con la fama de gran escultora y con su puesto en la cámara real, la vida le resulta difícil y tiene que dedicarse a obras menores para poder subsistir.
De esta época proceden numerosos belenes que le dieron mucha fama, pero pocos dineros, aunque se convirtió en la escultora barroca que más trabajó este campo de la escultura miniaturista, realizados casi todos en terracota policromada.
Que llovieran encargos no significa que luego se cobraran y su situación económica se hizo tan precaria que incluso se dirigió al rey, ya Felipe V, en una carta en la que hacía una declaración de pobreza y solicitaba alimentos y vestidos, pues vivía prácticamente de la mendicidad.
Entre los artistas, sobre todo pintores y escultores existe la máxima de no firmar sus obras hasta que no están totalmente acabadas y cuando son por encargo, no hacerlo hasta no haberlas cobrado.
Esta es la razón por la que muchas obras de arte se consideran anónimas, o se atribuyen a tal o cual artista, al carecer de la firma de su autor y de la fecha de su creación, seguramente porque no las habían cobrado. Luego, es un trabajo de los técnicos cuando se encuentra una obra no adjudicada, estudiar sus características, la técnica empleada, la escuela a la que pertenece y todas las demás circunstancias que son necesarias para atribuirla a algún artista concreto.
Se sabe que La Roldana fue una escultura muy prolífica y sin embargo no constan de ellas demasiadas obras debidamente documentadas, esa puede ser una de las razones de que muchas de sus obras no las firmara.
La más controvertida de todas es, sin duda alguna, la Macarena de Sevilla. Considerada como la Virgen más bella de todas las esculpidas en el mundo, la llamada Monna Lisa de las esculturas, no tiene autor. Muchos estudiosos, críticos, historiadores del arte y técnicos en general, opinan y con mucho fundamento, que la Macarena es obra de la Roldana y quizás el no haber cobrado el íntegro del precio estipulado hizo que la escultora no estampara su firma o no certificara su autoría.
Esta gran artista, joya de nuestro barroco, se ganó por méritos propios un lugar en el arte y en la historia aunque, quizás por ser mujer, quizás porque su corta vida -murió con poco más de cincuenta años, en la pobreza más absoluta- le impidió seguir creando, lo cierto es que cayó en un olvido del que es preciso rescatar.
Su muerte fue tan triste y solitaria que no se tiene constancia oficial de ella y se calcula que fue en torno a 1704.
En Cádiz tenemos una réplica de su San Miguel y el demonio, precisamente en la céntrica calle de San Miguel esquina con Javier de Burgos, en una hornacina a la altura del segundo piso.

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